Lecturas: Mochila 

Huir de las certezas

por  Nicolás Hochman

Hay un recurso muy común en la serie The Affair, un artificio que aparece en los cincuenta y tres episodios, que seguramente tiene un nombre técnico que no conozco, y al que suelo llamar perspectivismo. La idea, básicamente, es mostrar al menos dos puntos de vista. En uno, por ejemplo, un tipo entra al bar con su familia, y pispea a la mesera, que tiene un vestido floreado. Ella lo relojea, provocativa, y al rato están a los besos en el patio. Es una escena de muchas, centradas en él, en lo que le pasa, lo que siente, lo que hace, lo que dice. A la media hora hay un fundido a negro y comienza la segunda parte, que se centra en ella, en lo que le pasa, lo que siente, lo que hace, lo que dice. Hasta que su día llega al momento en el que se cruza con el tipo, que entra al bar con su familia y no para de mirarla, provocador, a ella, que tiene un vestido no con flores, sino celeste, hasta que terminan a los besos no el patio, sino en el baño del bar. ¿Cuál es la historia correcta? No sabemos, porque nosotros, los espectadores, no estábamos ahí, y no nos queda otra que ser rehenes de un director dubitativo, que no decide cuál es el punto de vista que nos quiere mostrar. O quizás no: quizás quiera confundirnos. O darnos a entender que da igual, porque en definitiva todo punto de vista es parcial, subjetivo, fallado y fallido, y entre puntos de vista diferentes puede haber mucho en común, pero siempre algo termina haciendo que se contradigan en vez de complementarse.

Exactamente eso es lo que pasa con Mochila, publicada por primera vez en 2014, donde tenemos a dos personajes que tuvieron una historia de amor en la novela anterior de Marina Arias, Neoprene, cuando eran jóvenes. Tuvieron un noviazgo, se separaron, se volvieron a encontrar veintidós años después, Facebook mediante, y es casi como si el tiempo no hubiera pasado para ellos. Aunque haya habido separaciones, hijos, mudanzas, canas, panzas, músculos flácidos, frustraciones y momentos preciosos que no llegaron a compartir. Mochila es, ante todo, una historia de reencuentro y de amor, con un affair, también. Y es una historia en la que los puntos de vista se van alternando sin una secuencia evidente, complementándose y refutándose, gracias al trabajo de una narradora que parece que todo lo sabe, pero que decide escamotear. Una narradora que dosifica, que de repente nos bombardea con información y luego decide saltearse el tiempo y las acciones, de modo que tengamos que imaginar qué es eso que pasó o pudo haber pasado mientras tanto. Como le pasa a Mariana y a Christian, los protagonistas, que no tienen tan en claro qué es lo que pasa y les pasa. Quién, en su lugar, podría tener certezas sin salir corriendo. Porque la certeza, lo sabemos, es algo con lo que está muy bien fantasear, pero de lo que hay que huir tan pronto como se pueda

Mochila es una novela que habla de la identidad, de la memoria, de la soledad y la familia y los ex. Del paso del tiempo transformando a las personas, pero sobre todo al recuerdo, que se reconstruye como puede cada uno: con retazos, con esfuerzo, con necesidad, con experiencias que lo atraviesan y deforman, y mejoran y corrigen. Del trabajo de reconocerse en el otro (o no) y hacer algo a partir de eso. De decidir, a partir de éticas que nunca son lo suficientemente evidentes, qué es lo mejor para nosotros, qué es eso que podría llegar a hacernos bien. Y es, finalmente, una novela de época.

Mochila recupera el habla coloquial de cualquiera de nosotros y lo introduce en una trama cotidiana, costumbrista, haciendo que todo fluya con soltura y con humor, pero también con conflictos sociales y políticos y económicos que están ahí, aunque no se expliciten. No es necesario. Nosotros, lectores, estamos en condiciones de reconocer las huellas del pasado reciente de inmediato, porque lo asociamos a palabras, calles, objetos, canciones, nombres propios. 

 

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