Lecturas: Y si yo fuera puta

Gloriosos agujeros de conejo

por Marcos Urdapilleta

Hay una expresión en inglés que se usa para describir situaciones agobiantes, que van creciendo en complejidad y que pueden resultar absorbentes y angustiosas. La expresión es rabbit hole, significa agujero de conejo y está tomada del clásico de Lewis Caroll, Alicia en el país de las maravillas. Alicia persigue a un conejo hasta su madriguera y cae: la experiencia de esa caída irreversible, la confusión y el vértigo, un poco eso es lo que designa la frase. Se empezó a usar a fines de los 1990 y principios de los 2000 para hablar de internet (de esos primeros clics ya adictivos que empezaban en un punto cualquiera de la web y no se sabía ni adónde llevaban ni cuándo terminaban) pero hoy el uso está más extendido y ya no se limita a ese contexto.

Un rabbit hole es lo que muestra una de las secuencias finales de la película que consagró al director de cine Gaspar Noé. En Irreversible, Marcus, un treintañero viril y seductor, se adentra en los submundos de la prostitución y del hampa callejero en una búsqueda frenética: quiere encontrar al que atacó y violó a su novia. La película es la historia de esta pesquisa violenta, y muestra con sordidez un mundo oscuro hecho de putas, de travas, de drogones, de matones, de putos sadomasoquistas. El final, de hecho, tiene lugar en el club Rectum, un boliche homosexual oscuro y perverso. Mientras Marcus baja escaleras infinitas y cruza pasillos que parecen laberintos, lo que se ve de fondo empapado todo de una luz rojísima es un montón indistinto de putos encuerados, putos en bolas, putos atados o encadenados cogiendo unos con otros sin distinción, pero sí con agresividad o en trance alienado. Hay mugre por todos lados, obviamente.

Tal vez lo más importante es cómo Marcus baja –y baja y baja y baja. Cómo cae, por ponerlo en otros términos. Es clara la idea de que se está metiendo en lo bajo: en lo sórdido, en lo inmundo, en lo infecto, en lo que no debería ser o no debería verse allá arriba, en la ciudad de la gente normal. El club Rectum existió en París realmente, al menos hasta el año 2000, cuando cerró definitivamente. En 2005 fue demolido, y en la película de Gaspar Noé contiene casi literalmente uno de estos rabbit hole: lo que de verdad es irreversible, en la historia de Marcus, no es ni el tiempo ni el destino trágico –como quiere decir la película– sino la caída. El Rectum de Noé es un rejunte de lo abyecto. Que es lo mismo que decir: un rejunte de todo lo que queremos tapar, todo eso que nos incomoda, que nos resulta insoportable o inconveniente de ver –abyecto significa vil, significa sucio y despreciable, pero antes que eso quiere decir ‘arrojar lejos’. 

Sobre ese mundo que se arroja lejos porque es difícil de mirar escribe Amara Moira. Y si yo fuera puta es un libro de crónicas sobre la noche que no se ve, sobre esa otra ciudad hecha de rincones oscuros y mal pavimentados donde si hace demasiado frío que no se note, donde se espera que pase el auto del juez o el ciclomotor del obrero de la construcción para hacer unos pesos a cambio de un rato de placer. De alguna manera, el libro de Moira también es el retrato de un rabbit hole. Pero esta vez está narrado –está pensado y sentido– de este lado de la abyección, desde este submundo hecho de precariedad y de carencia a donde las putas, y sobre todo las putas travesti-trans, como la propia Moira, han sido arrojadas. El libro tiene el mérito, entonces, de mostrar el otro extremo de la madriguera: “¿Cuánto sabrían ustedes de la vida por detrás del telón de la profesión más mal hablada del mundo si no fuera por mí?”, pregunta en un momento. Y la vida se muestra detrás de ese telón en todas sus contradicciones –con su placer y su dolor, con el arrojo y también con la angustia que supone– pero lo que aparece sobre todo es la necesidad urgente de volverlo más habitable y más digno, también más honesto.

Decir que Y si yo fuera una puta es un libro valiente puede parecer banal: una de esas cosas que se dicen para felicitar algo sin entenderlo del todo. Aplauso, emoción, palmadita en el hombro: qué libro valiente. Pero de hecho lo es. Al margen de que escribir y publicar probablemente siempre lo sea en uno u otro sentido, escribir y publicar acerca de uno mismo se vuelve considerablemente costoso. Implica contar eso que no siempre es agradable de decir o de oír, y eso obviamente puede generar conflicto. Cuánto más costoso será entonces si la que escribe es esa a la que se mira con distancia, con recelo y aun con desprecio, la puta, la travesti, la trava pobre, la que pone el culo para ganarse el mango.

Decir que es un libro valiente, de todos modos, también es decir lo menos. No solamente porque justamente es en parte a ese gesto al que le pelea el texto –aplauso, emoción, lágrima contenida, pero por qué tendría que ser valiente la identidad trans, y qué significa celebrar esa valentía– sino porque además es divertido y es inteligente. Es un libro que perfectamente se puede leer de un tirón, en una tarde, y que aun si se lee así dura mucho más que ese rato. Es difícil leerlo sin pensar en las crónicas de sidario de Lemebel, en Las malas de Sosa Villada, o incluso en los melodramas trash y poéticos de Sbarra. Pero sobre todo es difícil leerlo sin cuestionarse qué es y cómo funciona el deseo cuando se manda por calles que no le teníamos previstas, esas que están curtidas de tiempo y de abandono, de precariedad y de ilegalidad, y que están ahí, aunque –o precisamente porque– nos emperremos tanto en taparlas.

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