Lecturas: Casos abiertos

Todo por resolver

por Mauricio Koch

¿Cuánto dice de una sociedad el tipo de delincuencia que se practica en ella? ¿O el coeficiente intelectual promedio de los ladrones, el grado de preparación de los hechos, las razones por las que los planes fallan? ¿Qué conclusiones podemos sacar de un país en el que un intento de magnicidio llega hasta el filo de lo posible, pero finalmente no se concreta porque el arma no gatilla y la bala no sale? ¿Qué tono debería tener el documental o la ficción que decida narrar ese hecho? Y no son casos aislados, nuestro desayuno de cada día está hecho de café con leche, tostadas y robos a mano armada en verdulerías de barrio que terminan con los ladrones llevándose un par de naranjas después de que el verdulero les explica que ese día llovió y la venta estuvo floja; señoras jubiladas que vuelven de hacer las compras a las diez de la mañana y son literalmente arrastradas por un tipo que pasa en bicicleta y quiere arrebatarles la cartera, lo que termina con la señora golpeada o muerta; delincuentes que desvalijan la casa de un matrimonio de jubilados y cuando quieren huir el auto en el que se trasladan pierde una rueda y caen en una cuneta llena de agua podrida. La lista podría ser infinita. Y aún no hemos mencionado el accionar policial o el rol de los jueces, ni la narrativa periodística y sus intereses. ¿Qué pensamos, por ejemplo, cuando vemos una escena más de torpeza policial, un agente excedido de peso que maneja un patrullero con el paragolpes atado con alambre y el guardabarros a la rastra y no alcanza el objetivo porque además se queda sin nafta a mitad de camino? Los argentinos consumimos thrillers norteamericanos o series policiales nórdicas hiperintelectuales con cierta sonrisa de incredulidad o como quien mira o lee ficción fantástica, porque la realidad en la que vivimos es torpe y patética, más propia de Beckett o Cantinflas que de Vin Diesel o Anne Holt

De casos así, ambientados en el centro norte de la provincia de Buenos Aires –con epicentro en Salto, Chivilcoy, Arroyo Dulce, Dennehy– se ocupa Hernán Carbonel en su más reciente libro de crónicas, Casos abiertos. Son casos policiales que, como no podía ser de otra manera, con las características que enumeramos, envejecen hasta terminar en mito, siempre sin resolver, rodeados de leyendas y versiones encontradas, con los sospechosos muertos hace añares o con presos que nunca debieron estarlo. La ineficiencia sería graciosa si solo alcanzara a una de las partes, entonces podríamos reírnos de la torpeza policial o de la rusticidad de los ladrones, pero en estos casos no hay esa posibilidad: dos ladrones asaltan un banco en la localidad de Arroyo Dulce, huyen en auto y luego se suben a un avión. La policía los persigue y tirotea a un avión que pasa, pero es un avión equivocado, en realidad le están tirando a un avión en el que viaja el comisario de San Pedro. La historia no termina en tragedia porque los tiros no dan en el blanco. La buena noticia –además de la mala puntería, en este caso– es que los ladrones se equivocaron de caja y en vez de llevarse diez millones de pesos, sólo se llevaron uno y medio. Así las cosas: a esto en otras latitudes se le llama absurdo, nosotros le decimos realidad

El libro está compuesto por dos crónicas largas (El caso Arroyo Dulce y El crimen perfecto). La primera es una investigación minuciosa de dos asaltos al banco de Arroyo Dulce ocurridos en el año 1971. Allí el cronista indaga en las posibilidades de que haya sido un hecho perpetrado por militantes montoneros o por simples delincuentes que se hicieron pasar por tales. La segunda es más reciente, un asesinato sucedido en 2005 en la pequeña localidad de Dennehy, con el foco puesto en una retórica judicial desbordada que desencadena un repentino interés en un caso que de otra manera no habría pasado a mayores. Carbonel ha cometido la herejía de leer mucha literatura, lo que hace que sus crónicas, además de estar bien documentadas y narradas con la tensión justa y por momentos el vértigo de una road movie pampeana, contengan en su estructura citas y fragmentos de novelas de Piglia o Dal Masetto, entre otros autores, o referencias varias al cine nacional de los ‘70 y ‘80, lo que les aporta un interesante matiz.

Completan el libro tres crónicas más breves. Una sobre el momento en que encuentran a la familia Pomar, veinticuatro días después de su desaparición, un triste ejemplo más de la perenne ineptitud policial/estatal argentina; otra sobre dos inundaciones, en particular la del año 2015, la más terrible, en la ciudad de Salto y, por último, una crónica sobre Juan Oscar Guzmán Illanes, músico y narrador boliviano que estuvo preso unos años en Argentina y volvió a Bolivia cuando recuperó la libertad. Este último texto, titulado Las migraciones internas, tiene un tono distinto al resto del libro, más íntimo, a media voz, un recurso que nos permite ver y escuchar al protagonista; son apenas unas páginas pero allí podemos vislumbrar los desastres humanitarios que rodean al sistema carcelario, las múltiples violencias a las que son sometidas personas cuyo principal pecado es el de portar una piel marrón, hombres y mujeres que mueren dentro de la cárcel, la mayoría de las veces por problemas cardíacos vinculados al estrés y a la angustia “causados por un inútil sistema judicial que condena una vida sin pruebas pero demora eternidades en resolver una libertad”, en palabras del propio Juan Oscar. 

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