Cuestiones de oficio:

El dilema del título

por Anahí Flores

El título suele ser lo primero que leemos de un texto literario. Mario Benedetti dijo que “una parte importante de un cuento es el título: lo ilumina”. Pero a veces cuesta conseguir uno que funcione. Este artículo no es una receta mágica, apenas las anotaciones de alguien que muchas veces se ahoga en la tarea de conseguir un buen título.

  1. Buscar el título dentro del texto. Es uno de los métodos más usados: releer el cuento hasta extraer el título del propio texto, como si hubiera estado escondido esperando que lo encuentren.
  2. De qué se trata la historia que queremos contar. Pensar en el tema principal del cuento o en una característica del protagonista.
  3. Pensar en alguna frase hecha que se relacione con el asunto que trata el libro, como Cadáver exquisito (Agustina Bazterrica) o A sangre fría (Truman Capote).
  4. El lugar donde ocurre la acción, o un lugar que tenga peso en la trama. Veamos algunos ejemplos: Lisboa (Leopoldo Brizuela); Amsterdam (Ian MacEwan); Carthage (Joyce Carol Oates).
  5. La estación o el mes del año, si es que esto pesa en la trama. Ejemplos: Los idus de marzo (Thornton Wilder); El incendio de abril (Miguel Torres); El invierno más largo (Cecilia Ekbäck).
  6. Nombres de personajes. Hay personajes con tanta fuerza que directamente dan título a la historia: Lolita, Ana Karenina, Madame Bovary, Claus y Lucas, David Copperfield, Moby Dick…
  7. Nombre de personaje + aposición. Bartleby, el escribiente (Herman Melville); Yo, robot (Isaac Asimov); Funes, el memorioso (Borges); Casablanca la bella (Fernando Vallejo).
  8. Las fórmulas clásicas. Consisten en “sustantivo + de + sustantivo” (con sus respectivos artículos si fuese necesario) y “sustantivo + adjetivo” (o al revés). Algunos ejemplos: El señor de las moscas (William Golding); El señor de los anillos (Tolkien); El libro de arena (Borges); Los días de la noche (Silvina Ocampo); El libro de Manuel (Cortázar); La invención de Morel y El sueño de los héroes (Bioy Casares); El guardián de los cerdos (Sebastián Grimberg); “La autopista del sur” (Cortázar). Veamos ahora ejemplos de la segunda fórmula: Noches blancas (Dostoyevski); “Las ruinas circulares” (Borges); “Casa tomada” (Cortázar); Plata quemada (Ricardo Piglia); “La otra piedad” (Laura Massolo).
  9. Una sola palabra (o artículo + sustantivo). El título adquiere la misma fuerza que cuando elegimos titular con el nombre de un personaje. Pienso en Rayuela (Cortázar).
  10. Contrastes. Un ejemplo es La insoportable levedad del ser (Milan Kundera), ya que insoportable y leve generan sensaciones opuestas. Lo mismo ocurre con Sensatez y sentimientos (Jane Austen) y Guerra y paz (Tolstoi).
  11. Breves o largos. Pensar en si queremos un título breve (seco, corto, rápido, contundente) o un título largo (que pueda llamar mucho la atención, pero que por eso mismo corra el riesgo de ser olvidado o confundido) es otro factor a tener en cuenta.
  12. Nombres largos que llaman la atención. El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo (David Barnett); La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (Gabriel García Márquez); Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Haruki Murakami); A veces estoy contenta pero tengo ganas de llorar (Jens Christian Grøndahl); No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Patricio Pron); Los árboles caídos también son el bosque y La paciencia del agua sobre cada piedra (Alejandra Kamiya).
  13. Títulos “robados” (en el buen sentido de la palabra). Una frase de otro libro, de otro autor, o de una canción, puede dar título a un cuento o una novela. Por ejemplo: Que de lejos parecen moscas es una novela de Kike Ferrari, pero la frase original es de una lista de clasificación de animales que hizo Borges. Y Vete de mí, título de una novela de Alejandra Laurencich, fue tomado del nombre de un bolero. Osvaldo Soriano usó bastante este método, en sus novelas A sus plantas rendido un león (que es una línea del himno nacional argentino), No habrá más penas ni olvido (de “Mi Buenos Aires querido”, el famoso tango de Gardel / Le Pera) y Una sombra ya pronto serás (del tango “Caminito”, de Gardel). Por último, Salvo el crepúsculo, de Cortázar, que tomó ese título de un verso de un haiku de Bashô, traducido por Octavio Paz.
  14. Algo que diga un personaje de la historia. Una frase que lo represente. Que de sólo leer el título ya escuchemos la voz del personaje. Por ejemplo, si digo “Preferiría no hacerlo”, ¿quién no piensa en el protagonista de Bartleby, el escribiente, de Melville, que repite esa frase muchas veces a lo largo de la nouvelle?
  15. Poner atención a la musicalidad. Fogwill decía: “Bien acentuadas, las sucesiones de cinco o siete sílabas, como las de once bien organizadas prometen un discurso más fluido que el que predomina en el habla y en el periodismo, aunque después el libro –como siempre me ocurre– termine frustrando cualquier expectativa de fluidez. Decía mi maestro que en la ficción hay que saber mentir bien desde el comienzo: el título. Mi maestro soy yo y por eso jamás titularía una obra «El presente», «El futuro» ni «El pasado» que, por tetrasílabos, en la lectura muda se oyen como dos nombres (Elfu Turo) ninguno de los cuales significa nada y, por simétricos (Tá-tá/Tá-ta) preanuncian una escritura tan moralista y escolar como los tiempos de conjugación verbales en los que se inspiran”.
  16. Que no tenga nada que ver. Puede resultar inquietante, molesto, llamativo. Puede funcionar o salir el tiro por la culata. Un ejemplo es La cantante calva, de Eugène Ionesco, una obra de teatro en la que apenas se menciona al pasar una cantante calva.
  17. Pedir ayuda. A veces estamos tan metidos/as en la historia que no podemos encontrarle un título. O bien estamos apegados/as a un título temporario que pusimos para identificar el archivo, pero que con el tiempo se cristalizó y ya nos parece que está bien. Una mirada externa puede ser de ayuda para ver las cosas diferentes.
  18. Hacer una lista de títulos posibles. Anotar todos los títulos que surjan, aunque parezcan ridículos. Dejar reposar esa lista y releerla días después. En una entrevista que le hicieron a Hemingway en 1985 para París Review, le preguntaron si el título se le ocurría mientras elaboraba la historia, y él respondió: “No, hago una lista de títulos después de haber terminado el cuento o el libro… a veces son más de cien. Después empiezo a eliminarlos, y a veces los elimino todos”. Otro autor que hacía listas de títulos, en su caso “por las dudas”, era Raymond Chandler.

 

Espero que estas anotaciones te sean útiles la próxima vez que busques un título. Aunque César Aira dijo: “El deseo mío es que mis libros no tengan título, porque condicionan”. Así que otra opción válida sería dejar a un lado todo lo que acabo de escribir.

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