Lecturas: Vida imaginaria

La provocación y la belleza

por Hernán Carbonel

No podemos preguntárselo, lamentablemente, pero de haberlo leído, es seguro que Juan Forn hubiese quedado encantado con Vida imaginaria. En aquella charla en vivo que diera para Fundación La Balandra, a principios de 2021, meses antes de morir, confesó estar fascinado por la lectura de uno de sus libros.

En una de las columnas que escribió sobre ella, definió a Natalia Guinzburg través de palabras de Italo Calvino: “Una inteligencia femenina que infringe los códigos masculinos, una inteligencia tan seca como fulgurante, que despierta como de una larga hibernación por intuición y comprensión rapidísima de ciertas conexiones”.

Es que mucho de eso hay en Vida imaginaria, recopilación de textos de no ficción, publicado originalmente por Mondadori en 1974 y que no había sido traducida al castellano hasta ahora. Se trata de una serie de artículos publicados en La Stampa y el Corriere della Sera entre el ’69 y el ’74.

Entre temas como el judaísmo, el gobierno italiano de entonces, la condición femenina como puesto de observación privilegiada, la satisfacción (“un sentimiento de naturaleza tibia y de valor inferior”), Ingmar Bergman y Federico Fellini, Alberto Moravia y el poeta Biagio Marin, el texto que da título al libro es el más extenso, de unas dieciocho páginas (el resto ronda un promedio de seis) y es, quizás también, el más rico: la infancia, la juventud, la imaginación, el concepto de fantasía, las historias creadas en contraste con el mundo real, los sueños individuales, los sueños colectivos, el tránsito hacia la muerte, el pensar la escritura misma.

“Deseo que las novelas sean tensas, abiertas y límpidas. Deseo saber dónde me encuentro”, dice en un pasaje, refiriéndose a la novela En Grand Central Station me senté y lloré, y revela ahí sus modos de lectura y de consumo cultural. “La naturaleza femenina y el tono autobiográfico son inseparables de su fisonomía íntima”, escribe en otro pasaje, y pareciera hablar de su propia prosa. Pero lo más interesante de sus cavilaciones es el anclaje en el presente que tienen, medio siglo después, cómo se espejan en el tiempo.

Natalia Levi, más conocida como Natalia Ginzburg, había nacido en 1916 y falleció en 1991. Su padre había sido apresado por sus ideas antifascistas, mismo y peor derrotero sufrido por Leone Ginzburg –su primer marido, de quien ella tomó su apellido–, torturado hasta la muerte por el nazismo, uno de los más cercanos colaboradores de editorial Einaudi junto a Cesare Pavese. Fue autora de una numerosa serie de novelas, relatos, ensayos, artículos, memorias y dramaturgia, muchos centrados en los núcleos familiares. Entre otras actividades extraliterarias, llegó a trabajar en cine junto a Pier Paolo Pasolini y fue elegida diputada por el Partido Comunista Italiano. 

Cruzado por muchos géneros –crítica literaria o de cine, articulo puro y duro, ensayo breve, memorias, fresco social–, Vida imaginaria se construye a través de textos provocadores, de un sentido crítico inexpugnable, y a la belleza propia de su prosa Guinzburg le suma severidad, emoción, astucia, cierta “sonrisa maliciosa”, donde se separa “la inocencia de la ingenuidad”, según Cesare Garboli. En fin: hay dardos en sus palabras.

Cuando la revista semanal Época le pidió que definiera su libro, Guinzburg escribió sobre esta antología: “me decía que el día en que me decidiera a recogerlos en un único volumen los corregiría y ampliaría. Pero no lo he hecho y la mayoría se ha quedado como estaba (…) Cuando acabo, o creo que he acabado, mi relación con lo que he escrito se rompe”.

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