Lecturas: Sobre mi hija

Las fisuras de la normalidad

por Mauricio Koch

En los últimos años se ha publicado mucha (y podríamos decir buena, o quedarnos con esa) literatura que da cuenta no de los vínculos familiares en sentido amplio, es decir no al modo saga familiar a las que nos tenían acostumbrados los autores del llamado boom, esas extensas novelas que abarcaban varias generaciones y adoptaban múltiples puntos de vista y tenían la pretensión de abarcarlo todo, sino relatos más bien breves y con el foco puesto en la relación del narrador o narradora con uno solo de los miembros de la familia, y más precisamente en determinados momentos de esa relación. Aunque hay un contexto, y hay actores secundarios, el eje narrativo es ese vínculo (y las tensiones, conflictos, incluso sosiegos) entre dos personas. Algunos ejemplos: El salto de papá, de Martín Sivak y Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, ambas novelas escritas por narradores hombres, que profundizan en la relación con el padre, y, más precisamente, en las preguntas que quedan abiertas cuando el padre muere. En esta línea están también La invención de la soledad de Paul Auster o El africano de J. M. G. Le Clézio. Algunas madres también se mueren, de Inés Ulanovsky, comparte la brevedad, pero da cuenta de la relación hija/madre. La lista podría seguir, es extensa y nos conduce hasta Albert Cohen, con El libro de mi madre, y sobre todo a Kafka y su célebre Carta al padre. Lo que tienen en común estos libros es que son decidida y abiertamente autobiográficos, no lo ocultan, al contrario, se mueven en ese territorio, el narrador y protagonista lleva el nombre del autor y el pacto de lectura es que quien lee se está asomando a fragmentos de vida de las personas allí mencionadas, que existen o existieron y los hechos no son inventados. Y son, además, libros escritos por hijos que hablan de sus padres. 

En el otro extremo de esta misma ecuación están los libros escritos por padres o madres que narran o poetizan la relación con sus hijos. Este anaquel es incluso más nutrido que el anterior, siempre hay un libro de estos en la mesa de novedades, un subgénero en sí mismo, y lo que comparten casi todos esos volúmenes es que se enfocan en los primeros años de los hijos, incluso en el embarazo, el parto y los primeros meses del bebé. Son libros escritos por padres que acaban de descubrir la paternidad, que están deslumbrados, o desorientados, o ambas cosas, y escriben a partir de esas emociones. Y si es la madre quien escribe, el libro probablemente tenga una perspectiva feminista y hable de los desafíos que implica criar a un hijo en este tiempo, la necesidad de ampliar derechos o no resignar los ganados, los modos de compartir responsabilidades con la pareja, etc. 

Pero, otra vez, son textos autobiográficos, con muy poco de ficción, o construidos a partir de hechos verdaderos, tomados de la realidad, no inventados. Ahora bien, novelas propiamente dichas (o, para no ser tan ortodoxo, novelas a la vieja usanza), es decir con personajes que no sólo no lleven el nombre del autor o autora, sino que además no se parezcan al autor o autora ni sea esa la búsqueda, novelas o cuentos deliberadamente ficcionales, despegados ex profeso de la vida de quien escribe, y sobre todo que analicen el vínculo de una madre de sesenta y tantos años con una hija de treinta, son menos habituales. Mucho menos habituales. Y esto es lo que sucede con Sobre mi hija (editado en Argentina por Fiordo), de Kim Hye-jin, narradora coreana nacida en Daegu en 1983, autora también de otras tres novelas y dos conjuntos de cuentos. No creo que la razón esté en que se trata de una autora oriental, sino en que es un libro que va por fuera de las modas o tendencias actuales. En principio, y no sólo por esto que acabamos de mencionar, el mundo que se nos ofrece es muy tentador. Veamos. 

Nunca sabremos el nombre de la mujer que narra, pero sí que tiene poco más de sesenta años y se siente vieja (“Me voy convirtiendo en uno de esos viejos que solo sirve para vivir de los impuestos, una anciana cerrada y prejuiciosa”), que quedó viuda y tiene una hija de treinta a la que no entiende, por muchos esfuerzos que haga. Sabemos también que vive sola y trabaja en un hogar de ancianos, donde cuida a una mujer veinte años mayor que ella, llamada Jen. Por carriles paralelos, en episodios breves separados por asteriscos, la novela transita estas dos relaciones, siempre desde el punto de vista de la misma mujer. En este recorrido nos encontramos con problemas y frustraciones personales (“¿Por qué mi hija no piensa en hacer algo de provecho como convertirse en una madre con responsabilidades ante la sociedad, en formar un hogar, tener hijos y criarlos?”), pero también sociales (“Hoy en día, los trabajadores temporales han pasado a ser de uno de cada diez, a ser tres de diez o incluso seis o siete de cada diez. No cumplen con los requisitos para obtener un préstamo ni para recibir una vivienda social”) o económicos (“En nuestra situación actual, no puedo ni debo decir que lo que debe hacer es esforzarse hasta lograr lo que quiere, como me dijeron mis padres a mí”). El costo de vida en Corea es una carga importante para esta mujer, que sabe que los años se le han ido, es consciente de que lo que viene es aún peor, lo comprueba a diario en su trabajo y el libro se detiene en largas y profundas reflexiones sobre la vejez, sobre los estragos que la vejez le hace al cuerpo y la soledad que rodea a los viejos; por esta razón está obsesionada con el futuro de su hija, una chica inteligente que ha estudiado muchísimo pero que no termina de “sentar cabeza”, no lleva “una vida normal”. La madre/narradora está obsesionada con la normalidad, con no correrse del molde, quiere que su hija no se destaque, que no llame la atención ni con la ropa ni con sus actitudes, nada de eso es bueno, la vida tiene que ser un acatar mandatos, hacer lo que corresponde, casarse y tener hijos, llevar adelante un matrimonio, saludar a los vecinos, ir del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Ser invisible. Ser normal. Esto es una premisa con la que no piensa claudicar: la normalidad por sobre todas las cosas

Pero resulta que la hija tiene otros planes, bien distintos: para empezar, está en pareja con una chica (algo que la madre no puede entender. Son muchas las cosas que no puede entender de la hija, pero esto la supera. Nunca acepta la relación, y es tan grande la negación a la que se aferra que a la pareja de su hija no la llama por el nombre: “la chica”, le dice) y no sólo eso, sino que le pide que las aloje en su casa por un tiempo. La madre, a regañadientes, acepta. Semanas después, a partir de un hecho injusto en la universidad donde trabaja la hija (por sospechas sobre la condición sexual despiden a un grupo de docentes), tanto ella como su pareja y otras personas deciden protestar frente al edificio, lo que les cuesta el repudio de gran parte de la sociedad y una represión atroz que termina con varias mujeres heridas de gravedad. Este hecho es crucial en el transcurso de la novela, en especial en la vida de la narradora, quien sin saber realmente por qué e incluso contra su voluntad, empieza a tener actitudes extrañas o ajenas o inesperadas en ella (se enfurece porque a Jen, la mujer que cuida hace años deciden de un día para otro cambiarla de asilo, “en un país donde fingir ignorancia y quedarse callado es lo que se considera tener buenos modales, ¿por qué no puedo sacarme esto de la cabeza?”), su lucha interna es enorme, se debate entre lo que la razón le indica que debería hacer y lo que una especie de instinto humanitario la lleva a hacer, cuidar, reaccionar frente a la injusticia (“¿Cómo es posible que ahora nos deshagamos de ella como si se tratara de basura?”, le dice al médico encargado del asilo). Esto es algo que comienza y que ya no se detiene, ella se da cuenta de que no puede volver a ser como antes, algo se ha transformado definitivamente. Y entonces toma una decisión, que es impulsiva, pero tiene un valor simbólico enorme.

Sin embargo, a no confundirse, Sobre mi hija no es un libro complaciente de final epifánico ni mucho menos feliz y ni siquiera propone un desenlace en el que la narradora llega a una conclusión o termina con las ideas más claras que antes de empezar. Como es una mujer profundamente reflexiva tiene, eso sí, ideas nuevas, producto de las decisiones que ha tomado y de los riesgos que ha corrido: ha podido comprobar que salirse de la normalidad tiene sus costos, pero también hay quien le dice por lo bajo que lo que ha hecho es en verdad “muy refrescante”. Y eso de alguna manera la consuela y le da fuerzas. 

No hay recetas para la felicidad, y los pensamientos siguen bullendo: “Dentro de mí todavía está esa parte que no quiere entender nada, y otra parte que quiere entender todo. Otro yo observa todo desde lejos y muchos otros yoes repiten esta lucha sin fin”. Y sigue ansiando la rutina estable y sin altibajos “donde no hubiera nada que comprender ni aceptar”, aunque sabe que lo que le espera en el futuro no es más que una larga lucha sin fin

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