Lecturas: Ni chico ni chica

Una novela que piensa dilemas de género

por Nicolás Ghigonetto

Rosa Iceberg publicó Ni chico ni chica, ópera prima de Belén Mentasti, una novela que narra pasajes de la adolescencia de Malena, unx personaje intersexual que se descubre entre diagnósticos médicos y su búsqueda personal. El comienzo es una foto, la de tapa, con Belu, la autora, vestida de pantalón beige y chomba clásica, blanca, con el escudo del colegio. Se está sacando el buzo, el movimiento le tapa la cara. Pero esa foto de Belu, la autora, tiene un revés, un costado ficcional, la que se ve allí puede no ser ella, puede ser un límite, una difuminación de ese límite, un ingreso a la ficción (¿Malena?), un diálogo con otra, una foto escrita en el capítulo 4: “los directores del colegio en el centro, los varones de pantalón beige y chombas clásicas en la fila de abajo; nosotras, de jumper escocés, con la mirada al frente y un aura de solemnidad, más arriba”. 

El banco de la escuela, el piso rojizo, el gesto, la ropa de chico que viste una chica, la escena completa que se monta desde la tapa, inaugura una problemática de límites: ¿hasta qué lugar llega la ficción?, ¿hasta dónde los límites del género? Ni chico ni chica es una novela que piensa dilemas de género literario y dilemas de género.

La novela se enmarca dentro del relato de aprendizaje o iniciación, el relato en primera persona de Malena. O mejor (uso las palabras propias del texto) el viaje y destino de un héroe: “afrontar lo inesperado de las aventuras y después regresar a las tierras de origen cambiado, volver siendo otro, el mismo pero distinto”. En Buenos Aires, Malena es una chica que va al colegio, tiene un hermano que se llama Facundo y un amigo que se llama Manuel, un papá que hubiera deseado tener un varón y una mamá que la acompaña como puede; colecciona y ordena pokemones, asiste al colegio y les presta atención a varias de sus clases.

Ésta es Malena. Una Malena quieta, o relativamente quieta, que se desplaza, pero no se encuentra, no se halla, quizás tampoco se busque, es buscada/inspeccionada de manera violenta por el doctor Pirelli, ginecólogo al que asiste cualquier chica de esa edad. Luego, se va de viaje con Manuel a San Marcos Sierras y comienza (o continúa) su viaje del héroe, se transforma, se descubre. 

Facundo, Manuel, Eira y la madre son personajes que orbitan la vida de Malena y tensionan su descubrimiento. Mientras Facundo es quien mea en el baño de su casa, de parado, y deja gotitas en la tapa que le dan asco, Manuel mea en el baño de hombres del colegio y ella le sostiene –en palabras de la narradora– la pijaManuel es quien propone a Malena el viaje a San Marcos Sierras y quien le señala la puerta del descubrimiento. Eira es con quien la atraviesa, con quien vive el alud, con quien se golpea para regenerarse. Mamá es quien la mima después de la tormenta. 

La vestimenta es un tópico fundamental del libro: la foto de tapa, los cambios de medias con Facundo, la primera escena en que Malena se cambia, el préstamo del buzo a Manuel tras una pelea por un partido de fútbol en el recreo, la bombacha que no se quiere sacar y el pantalón que sí desprende y el bóxer que sí baja Malena, la escena desnudo de Manuel, entre otros pasajes llamativos. La ropa, por acción, omisión y estándar de cultura juega un papel preponderante en el libro: los personajes están vestidos, se visten para taparse, definirse; se desvisten para conocerse, manifestarse. 

Al principio se dijo que el libro plantea dos dilemas: a) de género literario, b) de género. 

El género, el relato del héroe, el relato de iniciación, el relato de viaje, es el vehículo que encontró la autora para hablar sobre los dilemas de género, los problemas de etiquetas. La dosificación de la información, las elipsis en lugares justos, el descubrimiento paulatino, hacen que la obra no sea un panfleto ni haga leña del árbol queer floreciente. Mentasti no se inscribe en una literatura que tematiza y sobretematiza un tópico en boga, lo descubre al mismo tiempo que Malena se reconoce y se permite identificar el dolor que hay en saber una verdad. La primera persona (genial decisión) permite poner al lector y al personaje en el mismo plano, el del descubrimiento. Es un relato íntimo, que no descuida los múltiples problemas que recorren a unx adolescente que tiene un dilema central, aunque no el único. 

Detengámonos un momento más en el recurso de la elipsis, un gran hallazgo del libro a nivel formal: por ejemplo, en el capítulo 5, pasan de una invitación a fumar a estar en el baño, en el 12, están sentados en el colectivo a punto de salir hacia San Marcos Sierras. La autora hace avanzar el relato con narración y silencios, pero sin explicaciones innecesarias. Esos puntos ciegos, esas brechas temporales combaten una enunciación desmedida propia de la literatura panfletaria o acomodaticia, hecha a medida de la época. 

Malena es Ni chico ni chica, aunque el doctor Pirelli dirá otra cosa [spoiler alert]: “Presenta un trastorno de desarrollo sexual. Se evidencia la falta de hormonas masculinas durante la gestación. No hay desarrollo y/o formación de ovarios ni de útero. Su genitalidad no se encuadra anatómicamente dentro de los patrones sexuales normales”. Ni chico ni chica es, también, un relato que tensiona los discursos culturales y biológicos. Las clases de biología, los diagnósticos médicos, las angustias de la vida adolescente, y sus sentidos contradictorios, que no pueden ser explicados por profesores ni especialistas, y que sí son narrados por un dispositivo ficcional intimista. Porque la novela es un relato de iniciación, un viaje del héroe, y es un relato de adolescentes que, como pueden, transitan el camino del yo. 

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