Verano del 98

María Tenshi Ibarra

Cuento ganador del 4º Concurso de Narrativa de la Fundación La Balandra, categoría cuento.

 

Mi mamá me despierta y me dice que me prepare porque este año se va a morir.

—No te vas a morir —le digo y me doy vuelta para seguir durmiendo.

—Sí que me voy a morir. Y todavía no tengo nada hecho. Y vos tampoco tenés nada hecho. Tenemos que pintar la casa, cambiar los muebles. Plantar más plantas.

Amanece. Está nublado y húmedo, pero en el dorado que tiñe los bordes de las nubes hay amenaza de un día de sol. Le pido a mi mamá que me deje dormir un rato más. Me responde que ya soy grande y es tiempo de que haya una muerte en mi vida. Enumero mentalmente la cantidad de gente muerta que conozco y después le doy nombres y algunos apellidos. Pero es un esfuerzo inútil.

—No, no. Esos son conocidos, no una muerte tuya. Cuando muere alguien tuyo, tenés que acostumbrarte a la ausencia. Es hacer tu cabeza de nuevo y crecer. ¿Entendés lo que te estoy diciendo?

—Dejá de decir boludeces, ma.

—Todas las mujeres de mi familia morimos a esta edad que tengo ahora. Yo me muero este año, así que hacé tu cabeza de nuevo y aprendé.

Me levanto, me pongo un pantalón de gimnasia y salgo. Mi mamá me sigue, chancleteando a volumen alto. Vamos al patio. Ella enciende un cigarrillo. Lo fuma lento, contemplando el árbol de nísperos en el centro del jardín. Sin mirarme a la cara, me dice que traiga la escalera y saque unos nísperos, que va a hacer un dulce casero. Me resisto.

—El dulce de nísperos es un asco.

—Entonces los pelo y los meto en el congelador y después los cortamos y los mezclamos con helado.

—¡Qué asco!

—Traé la escalera.

—No voy a subir a buscar nísperos.

—No te estoy pidiendo que subas —me dice, sorprendida—. ¿No te das cuenta de que te estoy pidiendo que traigas la escalera, nada más?

—¿Y para qué querés que traiga la escalera, nada más?

—Para verla y saber que está bien.

—…

—Traela, ¿querés?

Voy al galpón del fondo porque no se me ocurre otro lugar donde buscar. No la encuentro y me quedo revolviendo cosas.

—¿Y? —pregunta mi mamá apoyada en el marco de la puerta.

—No está la escalera.

—¿Cómo que no está?

—¿No ves que no está?

—Por ahí, debajo de ese mueble.

—No está. La habrás prestado.

—Yo no presto esa escalera, Dios me libre. Con lo difícil que fue hacerla mía. Todo el mundo me la envidia. Si la presto, me la van a partir al medio.

—Te digo que no está.

Las cosas que hay en el galpón son casi todas de ella: ropa vieja, diarios viejos, sillas rotas, herramientas oxidadas, botellas de agua, de Coca, de vino, de cerveza, de alcohol etílico. En un rincón hay una caja con casetes: José Vélez, Nino Bravo, Aldo y sus Pasteles Verdes, Pimpinela, música árabe. También hay algunos míos. Copias, ninguno original: Los Pericos, Los Fabulosos Cadillacs. Cómo pude escuchar esa música alguna vez, me pregunto y agarro la caja. Paso al lado de mi mamá. Acerco los casetes a su cara para ver qué me dice. No me dice nada. Entro en casa y me encierro en mi pieza.

Ella me habla detrás de la puerta.

—¿Entonces vos decís que se la presté a alguien?

—No sé. A lo mejor.

—¿Pero a quién se la prestamos, entonces?

—Yo no la presté. Vos sos la dueña de todo.

—Qué maldita que es la gente. Vos les ofrecés una ayuda de corazón y no te devuelven nada. Esas cosas te llevás de este mundo, el maltrato.

Me apoyo contra la puerta y la cierro con llave. No me siento bien haciéndolo. La vuelvo a destrabar. Del otro lado mi mamá grita:

—¡Yo no soy así! ¡Yo no me quedo con nada que no es mío!

Voy probando los casetes de mi infancia. La mayoría se traba apenas pongo play. Los guardo en la caja y los dejo en un rincón. Empujo la cama hasta que toca la pared. El colchón roza violentamente un sector cubierto de hongos. Me quedo inmóvil, esperando una decisión que no entiendo si me beneficia o me perjudica. Salto hasta el rincón opuesto de la habitación y pongo un CD de Babes in Toyland a todo volumen. Hago pogo contra las paredes y canto en un inglés deforme. Al tercer tema me canso y solamente pienso en morirme. Sale el sol.

 

  •  

 

Corro las cortinas de mi cuarto para que se filtre la luz del mediodía. Es un rayo invasivo y rojo que me provoca imaginar una música relacionada con la energía solar. No con la luz, sino con el fuego. Me gustaría poder tocar una música así. O algún instrumento complicado, como el violín. Tocarlo todo el día hasta que me sangren los dedos. Convertirme en concertista profesional, viajar por el mundo, liderar una orquesta. Y cuando mi fama y mi prestigio sean indiscutibles, grabar un disco solista de violín lo-fi. Me visualizo seleccionando piezas clásicas con el único propósito de enredarlas en bolas de ruido y acoples. Casi puedo escucharlas, se oyen como si reprodujesen el sonido de explosiones en la superficie del sol. De ahora en más, solo me queda presentarme a conciertos con chatarreros y cirujas que le peguen con palos a montones de metal y también a personas del público. De esta forma, saboteo a conciencia la carrera musical careta que jamás quise y me dedico a tocar el violín en la calle. Y un día, como acto final de un extenso viaje por tan diversos escenarios, me prendo fuego en una perfo que, de pasada, incendia el Congreso de la Nación.

Los gritos de mi madre apagan las llamas que consumen mi cadáver imaginario.

—¡La vida no la tengo comprada, pero la escalera bien ganada la tengo!

Está parada contra el alambrado, gritándole a uno de nuestros vecinos.

—Ya le dije que no tengo su escalera, doña, déjese de joder —le responde el tipo; se llama José y es alcohólico.

—Y si no la tenés vos, ¿quién la tiene entonces, pelotudo?

—Eh, doña. ¿Qué le pasa? No me falte el respeto, eh.

—Y vos no me digas lo que tengo que hacer entonces, chorro malparido.

—¡Cerrá el culo, vieja trastornada!

—¡El culo cerralo vos antes de que se te agrande tanto que no sepas cuántas pijas te están metiendo, borracho puto!

Se gritan un par de cosas más, se cansan y abandonan. Me impresionan la homofobia y las metáforas de violación que es capaz de formular mi mamá. El vecino saca cuatro parlantes a su patio y pone cumbia para dar por cerrada la discusión. Mi mamá entra en mi cuarto sin llamar.

—¿Qué vas a hacer cuando yo no esté? No vas a soportar tanto maltrato. Vas a tener que mudarte.

—Me mudo ahora, si querés.

Hablamos lo más alto que podemos, pero casi no nos escuchamos por los bajos de la cumbia santafesina.

—¿Dónde te vas a mudar? ¿A la calle? Te van a matar. En cinco minutos. Vos no saliste a mí.

—Menos mal.

—Vos te tomás todo a la chacota, pero yo me voy a morir este año. Tenés que prepararte. Irte de acá, conseguir un trabajo. Conocer gente que viva bien. ¿Entendés lo que te digo?

—No te vas a morir, no me jodas más.

—¿Qué?

—¡Que no me jodas más!

—Quiero que me entierren en Córdoba. No quiero que mis restos descansen para toda la eternidad en el cementerio de mierda de Benavidez. Quiero estar con mi mamá, en la bóveda familiar.

—No te escucho.

—¡Que no me entierres con estos porteños culeados, te estoy diciendo!

—Nadie es porteño en este barrio, ma.

—Ni para porteños sirven. Menos mal que este año me muero y no les voy a tener que ver más la jeta.

Me cuelgo la mochila y voy hasta la puerta de calle. Ella me agarra una mano.

—Tengo que volver a Córdoba, con mi familia. No me entierres en cualquier parte porque te voy a perseguir después de muerta.

—Bueno.

—Jurámelo.

—Te lo juro.

—…

—…

—Gracias. Yo sé que en el fondo me querés.

—Pero no le digas más cosas así al vecino.

—¿Cosas así? ¿Qué cosas?

—Lo de las pijas y todo lo que le dijiste.

—¿Qué tiene de malo?

—Es horrible.

—Ya sé que es horrible, por eso se lo digo. —No me parece que esté bueno hacer eso.

—¿Y cómo lo voy a insultar entonces?

—No sé. Pensá en otra cosa.

—Es difícil insultar a alguien sin decir cosas horribles.

—Ya sé. Pero no está bueno.

—No lo insulto porque quiero, lo insulto por necesidad.

 

  •  

 

Mi mamá y yo nos levantamos temprano y salimos a cirujear. La blancura del sol nos deja sin pensamientos. Caminamos por mucho rato, pero no encontramos nada que nos interese.

Antes del mediodía llegamos a un recreo de vacaciones para empleados de comercio. En la entrada nos topamos con un mueble abandonado: un armario con perchas y algunas camperas podridas. El portón del recreo está entreabierto. Se lo digo a mi mamá y ella me dice que entremos. Vamos hasta donde están los bancos, las mesas de piedra y las parrillas. No hay nadie, es un día de semana.

—¿Querés que vayamos más lejos? Podemos ir cerca del río —pregunto.

—No. Quiero pasar el día acá sentada, tomando mates hasta que esté el asado.

—No trajimos el mate. Y yo no como asado.

—Alguien va a venir y va a traer un termo y le voy a pedir. Un mate no se le niega a nadie. Somos todos argentinos.

—Hoy es lunes. No viene nadie a este recreo.

—Alguien tiene que venir.

—Abre el jueves recién.

—Un pedazo de asado en un pan. No podés negárselo a nadie.

—Si querés comer asado, lo tenés que comprar vos.

—Igual, no tengo ganas de comer carne hoy. Tomemos unos mates, dale.

—Ya te dije que no trajimos el mate.

—¿Por qué?

—Nunca me dijiste de tomar mate.

—¿Y qué pensaste que íbamos a hacer?

—No sé. Lo de siempre.

—¿Y qué es lo de siempre para vos?

—Cirujear. Robar plantas.

—Un día que salimos y hay sol, y no sos capaz de traer mate. Nunca tenés la iniciativa de nada, vos.

—Si me vas a decir cosas horribles, me voy.

—Esperá —mi mamá me pone una mano sobre el pecho—. ¿Viste ese mueble que hay en la entrada? —Sí.

—Parece que alguien lo abandonó.

—Parece.

—Tendríamos que sacarlo de ahí. Me pone nerviosa ese mueble, con esas camperas tan nuevas.

—No están nuevas, están podridas. Está todo apolillado, por eso lo tiraron.

—Un mueble apolillado. Qué picardía.

—Es un mueble, nada más.

—Pero todavía está entero. Y se va a estropear la madera encima del pasto. Y esa ropa preciosa, con el humo del asado. —No va a haber ningún asado.

—No me voy a quedar tranquila hasta que el mueble esté en un lugar como la gente.

—…

—Dale, llevémoslo para casa.

—Es demasiado grande.

—Por favor. ¿Qué puede pesar?

—¡No me voy a poner a cargar muebles!

—¡Si yo no te digo que lo cargues vos! Te estoy diciendo que llames al encargado del recreo para que nos ayude. Que nos pida un remís.

—No tenemos plata para un remís.

—No trajiste plata, tampoco.

—No tenemos plata, ma.

—Bueno. Pero quiero hablar con el encargado. Andá y llamalo.

—Yo no quiero hablar con nadie.

—¿Tanto te cuesta hablar con un empleado de mierda de un recreo? ¿A quién saliste, me querés decir? —A nadie.

—Hablame bien.

—¡Te estoy hablando bien!

—¿Qué carajo vas a hacer de tu vida cuando yo no esté?

—Nada.

—No podés ayudar a tu propia madre.

—…

—¿Cuánto hace que tenés puesta esa remera, me querés decir?

—¿Qué tiene que ver mi remera?

—¿Qué dice?

—Es el nombre de una banda.

Mi mamá se acerca a mi remera y examina con desprecio al guitarrista de The Jesus and Mary Chain.

—Siempre la misma remera negra. Con este calor. No querés estudiar, no sos capaz de usar una ropa de color… ¡No querés que progresemos!

Le digo que si quiere progresar se lleve el mueble ella sola y me vuelvo a casa corriendo.

 

  •  

 

Mi mamá abre la ventana de la cocina. Parpadea cegada por el sol. Me dice que pongamos más azul en la casa, más cosas, más telas.

—Bueno —contesto.

—Pongamos azul en todos los ambientes. En el baño. Azulejos azules. Todo azulado. Azulejado azul.

—Como quieras.

—El azul corta la mala onda. Cuando yo me muera vas a necesitar algo para cuidarte de todo lo malo que anda dando vueltas.

Escuchamos aplausos. Miramos por la ventana y vemos a la vecina detrás del alambrado. Golpea las manos para que salgamos. Vamos al patio chancleteando fuerte.

—¿Qué pasa? —pregunta mi mamá.

—¿No ve? —dice la vecina; se llama Julia y es empleada en una fiambrería—. Fíjese en el techo de su galpón.

Con mi mamá miramos el techo.

—¿No ve? Fíjese bien. ¿No ve que tiene a su gato, muerto en el techo?

Las patitas pelirrojas del gato, estiradas, sobresalen por encima de la pared.

—¿No se da cuenta del olor a podrido que hay? A carne podrida. ¿No lo huele? Todo el olor de su gato muerto lo tengo en mi patio. Cómo no se da cuenta.

Mi mamá me manda a que suba y corrobore. Trepo por un costado de la torre de la parrilla y me sostengo en puntas de pie sobre los canalones de fibrocemento.

—Todo el olor a muerto de su gato acá lo tengo impregnado —dice la vecina apretándose la nariz.

—¡Mish! —le grito al gato.

—¿Para qué le gritás? ¿No ves que está muerto? —me dice la vecina y se ríe—. ¿Y las ratas? ¿Ustedes no saben que hay ratas que vienen de su casa? A ver si hacen algo o hago la denuncia a la Municipalidad. No pueden acumular tantas porquerías. Tienen ese galpón lleno de basura. Es un basural. Por eso hay ratas. No se puede.

Es ilegal.

La panza rubia del gato sube y baja con su respiración. Encuentro una piedrita y se la tiro cerca de la cabeza. El gato da un brinco y salta al patio de la vecina. La rodea, pasa por debajo del alambrado y va directo a restregarse contra las piernas de mi mamá.

—¿Y esto? ¿Qué es esto? —le dice mi mamá a la vecina—. ¿A vos te parece que esto es un gato muerto?

La vecina no responde.

—Miralo. ¿Te parece muerto este gato a vos?

El gato brinca y se mete en la casa.

—¡Olor a podrido! —grita mi mamá—. ¿Sabés de dónde viene el olor a podrido?

La vecina deja a mi mamá hablando sola.

—¡De tu argolla viene el olor a podrido! ¡De todos los machos que te cojés, puta conchuda!

Desprendo los dedos de mi mamá del alambrado, le digo que ya está.

—¡De la concha te salen ratas!

—Vamos, ma.

—Está bien, no me agarres así que no estoy loca.

—Bueno, pero vamos.

—Está bien. Pero no estoy loca, no me agarres así.

Nos metemos en casa. Pongo la pava sobre la hornalla y cargo el mate.

—Esa maldita se cree que me puede tratar de sucia —dice más tranquila.

Pasa un dedo por el mate y saca un poco de yerba seca. El gato se sube a sus piernas.

—Bichito. Ella se va a morir antes que vos, no te preocupes. Esa trola argolluda se va a morir de SIDA antes que vos y que yo.

—No tendrías que decir cosas así sobre el HIV.

—¿Qué cosas?

—Que alguien se va a morir de SIDA. No está bien.

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Vos tenés SIDA?

—No es algo que se tenga, ma.

—¿Pero tenés SIDA o no tenés?

—¿Podés dejar de hablar así del HIV?

—Bueno. No sé qué tanto te importa el SIDA ahora.

—Hablemos de otra cosa, por favor.

—…

—…

—El mes que viene pinto toda la casa de azul.

—Bueno.

—Todo. Azulejos azules. Todo azul.

—Dale.

—Así se corta tanta envidia.

—Bueno.

—Demasiada envidia nos rodea.

 

  •  

 

—¿Por qué está tan oscuro? —me pregunta mi mamá; aparece de la nada en medio de la cocina cargada con bolsas llenas de plantas. Yo me limpio sangre de las manos, en penumbras.

—¿Qué estás haciendo en la oscuridad?

—Me curo la mano.

—¿Qué te hiciste en la mano?

—Me agarré a piñas.

—¿Cómo? ¿Con quién?

—Con un tipo en el colectivo.

—¿Por qué?

—Me apoyó.

—¿Cómo te apoyó?

—Se apoyó encima mío.

—¿La porquería te apoyó?

—Sí.

—¡No!

Mi mamá me agarra los dedos. Tengo cortes en los nudillos.

—¿Y nadie hizo nada?

—Yo le di un par de piñas.

—¿Con la mano?

—¿Y con qué voy a pegar piñas?

—¿Cómo le vas a pegar con la mano a un pajero, criatura de Dios? A un pajero así, te das vuelta y le das un cabezazo. No podés andar dañándote las manos. Mirate esos dedos, tan largos, de pianista.

—No soy pianista.

—Tendrías que haberlo pensado mejor.

—No pude pensar.

—Todos los tipos siempre te van a querer hacer eso. Todos cortados por la misma tijera. Tenés que pensar, ser más inteligente para no dañarte mientras los ajusticiás.

—…

—Tenés que esperar siempre lo peor.

—…

—Entonces, cuando pasa, te das vuelta y les das un buen cabezazo. Vos, ¿cuánto medís? Más que yo. Vos podés darte ese lujo. Mirame a mí. Yo ya me encogí toda, me gasté.

—…

—A menos de un año de morirme estoy. Ya toda gastada. No puedo cabecear pajeros. Vos sí podés.

Mi mamá deja las bolsas en la mesa y se saca la billetera del bolsillo. De la billetera sale una foto vieja color sepia. Casi no la puedo ver por la oscuridad, pero me la sé de memoria. Es ella a los quince años, junto con tres de sus hermanos.

—Miralos: tu tío Gabriel, tu tío Faustino y tu tío Antonio. Los tres, unos degenerados. A los tres los surtí las veces que quise y así me hice respetar. Siempre tenés que esperar lo peor… Ellos, miralos bien, se desvivían por maltratarme. Ah, pero bien que los surtí. Miralo a este. El Antonio. Siempre metiendo mano. Y un día, en pleno campo, me pega con la azada y me raja la pierna: “Es en joda, Sara, no te enojés”. En joda. Mi propia sangre regando la tierra, en joda. Pero no fui y le di una piña. Un metro ochenta de hijo de mil putas el Antonio. Que mi madre me perdone. No. Me aguanté. Respiré. Me alejé como si no mereciera venganza, como si me fuera a vendar. Haciéndome la pobre, que llora de dolor. Y me volví al galpón y agarré el machete y esperé a que estuviera distraído. Y cuando estuvo distraído, ¿sabés que le hice?

—No.

—Le corté un cachete del culo. Medio culo de un machetazo, limpito.

—…

—Y el muy maricón, llorando a gritos, llamándolo al papá: “Papá, papá, la Sara me hirió de muerte”. Pero el papá estaba lejos, en la otra punta de la chacra. El que lo oyó fue el Faustino. Y se vino como una lluvia torrencial, derecho a castigarme. Y yo todavía regando la tierra con mi sangre, ¿te das cuenta? Hermanos… quién los quiere. Degenerados. Violentos. Y cuando el Faustino me quiere surtir, lo esquivo, y cuando me busca de nuevo, se encuentra con esta, bien dura. —Mi mamá se pasa la punta de los dedos por el nacimiento del cabello—. Me salí con la mía porque fui más inteligente y usé la cabeza. Ahora no puedo, porque los años me fueron lijando. Vos todavía podés. ¿Cuántos cumpliste ya?

—Dieciséis.

—Jurame que cuando yo no esté vas a usar la cabeza como corresponde, que no te vas a estropear las manos.

Jurame.

—Te lo juro.

—Las manos son lo mejor que tenemos. Más importante que todo… que los ojos, que todo.

—Si vos lo decís.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer?

—¿Con qué?

—Cuando yo me muera.

—No te vas a enterar.

—No me lo quiero ni imaginar. Esta casa. Te la van a quitar. Tu padre. Te va a dejar en la calle.

—¿Qué me importa?

—El día que te quedes sin casa vas a entender lo que te estoy diciendo.

—Yo también me voy a morir un día de estos.

—Pero a vos te falta mucho. Usá la cabeza.

Mi mamá descorre las cortinas para que entre el sol. Un haz de luz me atraviesa la frente y me la parte en dos.

Tomas Downey © 2017 magdalena siedlecki

MARÍA TENSHI IBARRA

Autorx ganadorx del 4º Concurso de Narrativa de la Fundación La Balandra, categoría cuento. Desde 2011 lleva editadas 13 publicaciones entre relatos, novelas, cuentos para niñes y obras de teatro. Algunos titulos de sus libros: Energía (obra de teatro) Yael y la casa violeta (cuento para niñes) Empecé a escuchar otras bandas (cuentos) Asexual (novela) Mostru (novela) Les violentes (novela)

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