Entrevista: Santiago Craig

“Escribo para encontrarle los ojos a algo que no tiene ojos”

Por Fernando Manzini

Uno de los cuentistas más originales de la literatura argentina actual. Un estilista escrupuloso, un ceramista de la frase. A veces lindante con lo extraño, a veces con lo fantástico, siempre con la poesía, Santiago Craig construye una literatura poderosa que es a la vez una forma de ver el mundo. En esta charla espontánea y desenvuelta con Fundación La Balandra, habla sin acartonamientos de su formación como escritor, de su propuesta narrativa, de los talleres literarios y de su oficio.

—Entraste a la narrativa con el tractor de la poesía. En el camino rompiste un par de cosas y dejaste un surco en un establishment un poco reacio a las propuestas narrativas poéticas. En los mismos talleres literarios donde se forman escritores, lo primero que hacen es desalentarte contra la prosa poética: “Largá el azúcar”, te dicen. “La poesía empasta la historia que querés contar”, etc., etc. ¿Por qué creés que existe esta reticencia por parte de la narrativa actual hacia modos de narrar cruzados con lo poético?

—No circulé mucho por talleres literarios, pero entiendo lo que decís. Yo distingo a la literatura como lector: lo que me gusta y lo que no. A partir de esto, veo la recurrencia de determinadas cuestiones y digo: “Ah, claro, yo estoy parado acá”. Hay libros que por ahí tienen muchísimo éxito y son requeridos por los lectores, incluso son avalados desde personas que respeto un montón, pero leo eso y no me gusta, no me interpela. No tienen eso que busco en un texto literario. Y en general, advierto que esto se debe a una falta de aplicación a la forma. Tal vez se traten de historias muy contundentes, tramas muy ingeniosas, o logren expresar determinadas vivencias. Pero a mí, en la literatura, me interesa encontrar formas nuevas. Yo siento que leo y escribo para encontrar formas nuevas de ver o de decir. Mi limitación me hace ver eso en la poesía. Para mí, la escritura tiene que ver con exponerse. Y para exponerse, hay que explorar formas nuevas. Eso lo adquirí de la poesía.

—En una entrevista te escuché decir que escribís frase a frase. Es decir, escribís una frase, la examinás y le escuchás el eco para escribir la siguiente. ¿Se podría decir que en esto también te parecés al poeta que escribe “verso a verso”?

—Creo que me pienso más como cuentista. Yo me cuento cuentos para engañarme, para generarme interés, a la manera de los cuentos que te contaban las abuelas cuando te ibas a dormir. Cuando digo que escribo con frases y no con ideas, es porque siento que la idea me limita. De mí pueden salir infinitas frases. Ideas, en cambio, tendré cuatro. Siempre voy a basarme en los mismos pensamientos, los mismos prejuicios, los mismos temas. Entonces trato de encontrar frases, y en esas frases, formas nuevas. Ojo: sí tengo un concepto general de lo que voy escribiendo. No es que tiro frases y veo si pegan. Pero necesito entusiasmarme, y el entusiasmo, para mí, está dado por la forma. Es decir: encuentro algo, lo sigo, lo voy escribiendo. Y después, en la relectura y en la corrección, saco las frases que no me representan. Las lecturas de los demás siempre te sorprenden. Te dicen, como en tu caso: “Vos escribís como poeta…”. Y uno, mientras escribe, no lo piensa así. Para mí la vida tiene que ver con lo fragmentario. Mis frases son como fotografías. Esas fotografías me las va dando la vida. Mi vida se va armando con cosas inconexas, pero que de algún modo tienen luz, pregnancia. De tus ocho años, quizá te acuerdes de una sola cosa. El día en que hablaste con un pibe que después no viste más, por ejemplo. O de una maestra que te cantó una canción. Yo creo que si encontrás esos momentos y los trasladás a “lo literario”, encontraste un modo de poner a “conversar cabezas”. Lo otro (elaborar un hilo, una coherencia, una trama), me parece más artificial, aunque entiendo que hay que hacerlo. Pero se trata de un trabajo posterior.

Camus, Sartre, Deleuze, Castillo… Todos dicen que el mundo es un caos y que la función del escritor es encontrarle un sentido a través de las palabras. Sin embargo, tu literatura parece reivindicar el papel de lo “accidental”. Algunos cuentos de Las Tormentas o de Animales, parecen meros accidentes. Lo mismo pasa con muchas escenas de Castillos. Parecés querer decirnos: en el accidente también hay literatura…

—Es así, tal cual. En los últimos treinta años estuvimos viviendo en la intención de que lo caótico pueda encontrar un sentido para tenerlo “más a mano”. Queremos dominar el caos y extraerle un sentido para ofrecerlo al mundo. Gente como Deleuze o Castillo por supuesto que hacían eso, pero además contribuyeron a generar más caos. Yo no leo un libro de Castillo y me quedo tranquilo. Todo lo contrario: me abre una furia. Me abre a decir: “Che, las cosas pueden ser de setenta maneras distintas”. O: “Detrás de cada cosa hay otras miles”. Lo mismo pasa con Deleuze. Es un tipo que lo que hace es abrir y poner a correr gusanos en el mundo, que si uno los persigue llega a lugares adonde no hubiera llegado nunca. Por eso yo, para escribir, apelo a este truco: escribo con frases y no con ideas, porque tengo más frases que ideas. Escribo con lo que no sé, porque es mucho más que lo que sé. Entonces, en lo que escriba, voy a transmitir algún tipo de desconcierto. Porque esa es mi posición en el mundo: no saber. No entender. A mí la gente segura me genera cierta suspicacia. Y en la escritura, sobre todo, me genera cierto rechazo. Esa escritura sentenciosa que te dice: “Esto es así”. O: “Esta es mi experiencia”. No sé. Yo estoy en un lugar que tiene más que ver con la fantasía, con la imaginación, con inventar. Con poner más caos en el caos. Poder expresar mi sensación de desconcierto en historias que no tienen que ver directamente conmigo, me tranquiliza. Mi punto de partida es: yo no voy a entender el mundo, pero con eso tengo que vivir. No me quejo de que el mundo sea un caos, ni voy a llorar por eso. Al contrario, en eso descubrí cierto deslumbramiento. Escribo para buscarle los ojos a algo que no tiene ojos. Yo lo quiero mirar fijo a eso.

—Estuve escroleando opiniones de tus lectores en las redes sociales. Hay quienes dicen: “Escribe lindo, pero en sus historias no pasa nada” (risas). ¿Te molesta que se diga eso a veces?

—No me da lo mismo ni me enoja. Si hay algo a lo que te expone publicar es que la gente va a opinar sobre lo que escribís. Yo escribo y publico para que alguien me lea, y así poder generar, en otro, algo parecido a lo que siento yo frente a un libro que me gusta. Después, yo qué sé lo que puede pasar. Ahora, respecto a que en mis libros “no pase nada”, yo creo que hay algo que tiene que ver con la expectativa y es una especie de mal de época. Como si nos pusieran a esperar. Cada día uno se levanta y espera que le pase algo. Pero no pasa nada. Y esta es una sensación mediática, porque esa es la lógica de un diario: todos los días tiene que pasar algo, porque si no el diario no existe. Esa es la lógica, también, de las redes sociales. “Me dieron un like”, “no me dieron un like”, “alguien me comentó algo”. Nos ponen a esperar, y esa espera es ansiedad. Y para mí, leer con ansiedad es limitarse. Porque lo único que estás haciendo es querer llegar a algo. En algún caso, y a propósito, traté de generar una tensión para después decepcionar ese tipo de lectura. En Castillos hice eso a propósito. Yo no espero nada de un libro. La espera, la ansiedad, nos hace vivir frustrados. Frente al reclamo: “En tu libro no pasó nada, yo esperaba que pasara algo”, yo contesto: “En tu vida esperabas que pasara algo; el libro no te lo va a solucionar”. Mi intención no es solucionarle la vida a alguien que espera que pase algo. Es un libro, nada más.

—En Castillos incluso explicitás esta idea. Decís, más o menos, que la vida es mayormente tránsito. Pasan tres o cuatro cosas importantes, pero nada más.

—Ahora estoy escribiendo una novela. La primera frase es: “La vida es lo que pasa”. Siento que ahí se condensa todo lo que pienso. La novela trata de la vida completa de una persona. La historia está construida a partir de hechos completamente arbitrarios, en su elección.

—Vos tenés mojones muy claros en los cuales te afincaste para escribir. Lo accidental, el extrañamiento, lo poético, la sensación de amenaza de la realidad, son constantes en tu literatura. ¿Cómo hiciste para descubrir esos mojones en vos mismo? ¿Qué puede hacer un escritor en formación para descubrir los propios?

—No tengo respuestas muy reveladoras. Para mí es muy obvio: se descubren escribiendo. Hay un momento en el que te empezás a repetir. Hace poco recorté un fragmento de la novela que estoy escribiendo y se la mostré a Luciana, mi esposa. Se trataba de una pareja que hablaba, discutía y estaba un poco harta de su rutina. Le dije: “En cada una de las cosas que escribí está esta escena, es constante, no hay manera de sacármela”. Me gusta que pase eso. Eso que vos señalás como mis “mojones”, yo recién ahora lo empiezo a notar. Digo: “Ah, claro, siempre hay una amenaza”. Notarlo me hace estar alerta a no ser terriblemente reiterativo. Pero eso uno lo encuentra escribiendo. Los escritores tendemos a decirnos: “Uh, qué cagada, escribo siempre lo mismo”. Pero, al contrario, ahí hay que ver una virtud: te estás encontrando, estás ahí, en eso. Si vos por ejemplo escribís todo el tiempo sobre tu abuelo, o sobre el espacio sideral, está bien, seguí por ahí, no pasa nada. Porque después vos ves las obras que te gustan, y esas obras se arman en una recurrencia. Y después lo terminás valorando como una virtud. Decís: “Mirá qué bien estos tipos, hablaban siempre de estos cuatro o cinco temas”. Para mí, en la vida uno no tiene más que cuatro o cinco temas. Esos temas se encuentran escribiendo y leyendo obras. Leer un autor hasta agotarlo. Ahí vas a notar sus recurrencias. Kafka escribe prácticamente las mismas escenas en distintos lugares. La situación de los personajes en Ante la ley, La metamorfosis, El Castillo y El proceso es la misma. Hay que ver esas recurrencias como virtudes. No renegar de eso. Y si querés que te diga una cosa más concreta, te la digo: de la forma se llega a los temas. Si uno encuentra una manera de decir, una voz, si uno está cómodo con lo que escribe, va a llegar a decir lo que quiere decir. La misma textura de las palabras te va a llevar a decir lo que querés decir. Después editás y a lo mejor encontrás que escribiste treinta páginas al pedo para llegar a decir lo que quisiste decir. Pero lo vas a encontrar.

—Hay una manera argentina de conducir talleres literarios basada en el rigor excesivo, la asimetría entre coordinador y talleristas, los gritos, el maltrato. Al lado de eso, vos, en tus talleres, tenés una propuesta basada en la horizontalidad, la escucha humilde, la buena onda. ¿Qué ventajas creés que tiene tu forma de dar talleres comparada con la otra?

—La otra forma no la tengo muy clara. Yo, de adulto, no hice talleres. No pasé ni por Heker, ni por Forn, ni por Saccomanno, ni por Castillo. Te cuento una cosa de mi formación. Mi libro Las tormentas está dedicado a Caron y Bettina. Ellos daban un taller para adolescentes en la Escuela del Sol. Casi todos los pibes eran darks, o por lo menos se pintaban raro. Te hablaban de películas europeas, de ópera clásica, de Pizarnik, de Girondo. Yo no conocía nada de eso. En la biblioteca de mi casa había, ponele, seis libros. Yo leía lo que había: la biografía de Perón, Khalil Gibrán, los Doce cuentos peregrinos de García Márquez. No había más que eso. En el taller, Caron nos ponía en ronda y nos hacía leer lo que habíamos escrito. Y tenía una virtud: siempre encontraba algo bueno qué decir, aún frente a textos de los que no había nada bueno que decir. Además, el tipo encontraba la forma de enseñarte a mejorarlo sin invadirte. Te sugería, no te retaba. Eso generaba progresos en la escritura de los demás. Y a mí me formó un montón. Además, era un espacio de muchísima humanidad. Caron era un tipo que te llamaba cada cumpleaños, se daba cuenta de si estabas bien o si estabas mal. Era otra relación. Para mí, era lo único que existía. Y no había una asimetría. Él tenía que agacharse y mirar desde donde vos mirabas. Calculá que teníamos catorce, quince, dieciséis años. Yo me formé en esa escuela. Entonces, para mí, el taller es un espacio compartido con los alumnos. Ni siquiera me gusta llamarlo “clases”. Y no es una pose: muchas veces, de lo que dicen en los talleres, aprendo como uno más. Armar un taller para escuchar a un tipo que te diga lo que tenés que hacer es absurdo. Lo importante, para mí, es compartir. La otra vez, en otra entrevista, me preguntaron para qué sirven los talleres. Yo dije que sirven para desacralizar la idea de que la escritura es un ejercicio solitario y de que uno escribe para sí mismo. No. La escritura es básicamente un intento de comunicación. Si uno escribe, asume que hay un otro. Ese otro puede ser uno mismo desdoblado, puede ser un fantasma, puede ser un muerto o pueden ser ciento cincuenta mil lectores. Pero siempre hay un otro. Y el taller pone en juego eso: evidencia que uno escribe para otros. 

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