Suena Zappa

Pablo Ferraioli

 

Suena Zappa. Eso no significa mucho. Es decir, a lo sumo representa una declaración, eso que los gringos llaman self-presentation y, tratándose de Zappa, podría significar: me creo un perro verde, en algún sentido superior al promedio, de paladar sofisticado y distante del gusto del rebaño, de mayor o menor actitud crítica, bastante cínico, dispuesto a afectar, si no experimentar, el goce de composiciones retorcidas y contraintuitivas, etcétera.

Es decir, y como sea: suena Zappa. Este sería un buen momento para colar en este relato la noción de que la música de Zappa es como un caleidoscopio, el efecto más o menos vertiginoso de la salvia divinorum, algo de carácter interdimensional, pero la verdad es que sólo se trata de un cuento, una historia que comienza diciendo: “Suena Zappa”.

Como en todo cuento que se precie, lo interesante sería desentrañar la circunstancia, la razón, el meollo, el quid de la cuestión. No obstante, un listado de palabras surge entre mis documentos y me obliga a distraerme de lo esencial, de lo vital, del pulso rústico de los cuerpos, del tren rojo y alocado del pensamiento y de la acción. Eso: sobre todo de la acción. Puesto que ¿qué pasa en este relato?

De momento, sólo sabemos que hay un hombre (aunque bien podría ser una mujer, lo que demuestra cuán poco sabemos) que está escuchando a Zappa. Aunque eso tampoco es necesario. Es decir, es probable que suene Zappa en un ambiente deshabitado o en presencia de un sujeto (hombre o mujer, Juan, Pedro, Marcia o Michi) incapaz de percibirlo o al menos apreciarlo, o, lo que es lo mismo, que lo oye sin escuchar. Eso, quizás lo sepan, es perfectamente posible: suena Zappa y para nuestro sujeto es como si un tremendo acorazado hiciera retumbar los siete mares con un estrépito calmo, con vibración tectónica, casi como quien dijera un silencio ciego.

O pasa un camión.

Entonces tenemos que ante nosotros se encuentra un hombre (o una mujer) para el cual la música de Frank Zappa es como el silencio que precede a la llegada del circo.

Luego, llega el circo.

El payaso camina haciendo malabares con mandarinas. Detrás vienen tres elefantes de diferentes razas, uno grande, gris, africano, uno pequeño, más claro, asiático, y uno que no. Todos saludan con las orejas y avanzan aferrados con la trompa al camarada de adelante. Hay uno que no.

Nuestro hombre (o mujer) se levanta del lugar donde reposaba sin escuchar a Zappa, se acerca al balcón que a este fin implantamos de pronto a su disposición y desde allí agita la mano como despidiendo a un barco, como aventando penas, como escurriendo un cristal que de pronto se hubiera empañado por la pesada respiración de los elefantes, los payasos, la troupe de acróbatas que viene detrás haciendo piruetas y del grupo de mimos que de pronto se congela como si una fotografía de mica los retratara, impávidos, grises, altamente resistentes al calor. Inmediatamente, una jauría de caniches se desparrama alrededor de los mimos como bolitas de mercurio en dos patas y con colitas ridículas.

Los mimos permanecen en sus lugares. Devenidos mica, quedarán allí, tal vez por el resto de la eternidad, o lo que quede de ella. Nuestro hombre (o mujer) los mira a los ojos. Advierte allí nuevamente el silencio ciego que es como el tronar de un acorazado que perturba la quietud abisal de los siete mares y se le revela entonces: El Vacío.

Pero no es capaz de aprehenderlo. Así como nuestro hombre (o blah, blah) es inmune al sonido de Frank Zappa, el vacío es para él la quintaescencia de lo imperceptible y pasa a su lado como un ángel en un oasis de amapolas. El acceso directo a la experiencia mística que le revela el vacío le está vedado. Con todo, no está privado de esperanzas: nuestro hombre/mujer (tache lo que no corresponda) puede aún acceder a variados y exquisitos textos que por interpósita mediación, a través de una aciaga metaforicidad, le señalen el nudo, el centro, el hueco inasible de lo que no tiene nombre y no puede nombrarse, vale decir: El Vacío.

Tal vez nuestro sujeto (Juan, Pablo, Haydée, Carmina o Burana) se aproxime al estadio de la iluminación y todo esto (la ignorancia de Zappa, la llegada del circo, el saludo a los mimos que parecen fotografiados en mica) no sea sino el prólogo, el antecedente, el prolegómeno necesario para avanzar un paso hacia, bueno, hacia algún lado que por definición no es este.

Cantará un himno. Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rāma, Hare Rāma, Rāma Rāma, Hare Hare. Ayunará. Velará. Levitará. Caerá en picada y se dará de trompa contra el piso con la contundencia de cincuenta ícaros desgraciados, se partirá dos dientes y le quedará el tabique desviado (un poco a la izquierda).

Con el rostro hinchado, nuestro sujeto indagará los murales de Siqueiros, la filmografía de David Cronenberg, la Ética de Spinoza y llegará a la conclusión de que no ha entendido un carajo.

Se sentará nuevamente en su cómodo sofá (marrón) y cantará una canción que dirá más o menos así: “Gib zu mir etwas Fussbodenbelag / Unter diesem fettenfliessenden Sofa”.

Luego, no pasará nada. Advendrá una vez más el silencio (ese que es como un acorazado que blah, blah, blah, blah) y pensará: “¿Qué se puede hacer sino ver películas?”. Pasará entonces a frecuentar clubes cinéfilos. Como nuestro hombre (o mujer) aún tiene de sí mismo una visión aristocratizante, se dedicará especialmente al cine ruso o de Europa del Este que, es bien sabido, no mira nadie ni siquiera en Europa del Este.

Concluirá, en consecuencia, que ha perdido el rumbo, el tren, que le ha pifiado a todos los horarios, que se le ha ido la oportunidad evidente de apresar Aquello, eso que en Pulp Fiction brilla desde el interior escamoteado de un portafolio. Como sea, un esquema se dibuja. Recapitulando: tenemos un hombre (o, está claro, una mujer; esta historia no hace diferencia de género) que se encuentra perdido y confundido y realizando un ciclo vital que de alguna manera supone la intuición de un Más Allá que, cual el consabido horizonte, se escapa. El personaje entonces realiza un periplo que, aparentemente, se prepara con la audición de la música de Frank Zappa, la cual no lo afecta, y se desencadena con la visión de un grupo de mimos que permanecen inmóviles como en una fotografía de mica y cuyos ojos le manifiestan oscuramente el vacío, revelación que no logra aprehender y lo lanza a la adoración de Krishna primero y a una búsqueda desesperada por todo tipo de superficies tales como textos o películas después.

Es entonces que lee “El fiord”. ¡Para qué! Habiéndose asomado al pavor y la violencia, nuestro sujeto gritará como un conejo enloquecido y escapará corriendo por el living comedor. Saldrá al balcón aquel que convenientemente implantáramos a su disposición y saltará, presumiblemente, al vacío que, vale aclarar, no es El Vacío, sino otra cosa mucho más prosaica. Sujeto afortunado: por arte de magia decidimos que su balcón se encuentre a escasos y melifluos setenta centímetros del suelo, con lo que su carrera (loca) apenas se verá perturbada.

Perderemos de vista a nuestro sujeto. Eso es necesario; si no, no sería posible explicar que súbitamente comencemos a recibir correo de su parte. Nos dice:

Queridos amigos:

Les escribo desde tierras inhóspitas y distantes a las que he sabido llegar impulsado por el pavor que me fuera provocado por Osvaldo Lamborghini. Aún no he podido burlarlo: todavía me lame los pies con fidelidad canina y me despierta por las noches. Procuro hacerme una vida ejerciendo oficios actuales y antiguos, tales como el diseño de aplicaciones móviles y la caligrafía china. La crisis económica es terminal, tal vez lo sepan por la prensa. Aquí, los jóvenes se suicidan en masa a la espera del final de los tiempos y los viejos simplemente esperan, más sabios, más resignados, tal vez apenas más débiles o simplemente privados ya de toda voluntad. Yo hago lo que puedo. Espero que el navegador no se cuelgue mientras escribo. Tiene esa costumbre. Mi PC apesta. Bueno, en realidad ni siquiera es mía. Me la presta el cocinero de la pensión donde vivo. Es un viejo hippie con pretensiones budistas. Le conté de mi pasado Hare Krishna y eso le simpatizó. Me hace comida macrobiótica, o al menos vegetariana. O al menos no usa carne y pone mucho curry. No está mal. El curry cansa, eso sí. Y extraño la carne. Hoy encontré un restorán argentino. No saben: hacen mollejas al cava. Me metí y las probé. Me costó caro, pero son lo más parecido a la gloria que he conocido en materia gastronómica. Algún día tendrán que ceder al pavor y venir a estas tierras inhóspitas y distantes. Yo los llevaré al restorán argentino que hace mollejas al cava. ¡Ahhhh! ¡Ya me dirán! Bueno, les mando saludos, especialmente para esa chica que extraño y deseo por las noches cuando el pavor me lame los pies y me humedece.

Besos.

Juan, Pedro, Marcia o Michi

Y así pasará el tiempo. Años pasarán.

En semejante plazo, los largos años de una vida, es más que factible encontrar lugar para que un personaje escuche mp3, utilice scanners, aspire cocaína, compre una nueva alfombra y redecore su cuarto, conciba un nuevo género lírico-narrativo, vea alguna noche, solo o en compañía, la serie American Horror Story, se enamore de una mujer y la abandone. Las vidas humanas tienden a ser banales.

Pero los detalles nos parecen de mal gusto y no tenemos la paciencia de Roberto Bolaño para urdir vidas enteras en un solo cuento. Lo último que sabremos de nuestro personaje (hombre o mujer, a los fines de esta historia es indistinto) es que conseguirá empleo en una empresa de Silicon Valley como diseñador de tipografías y ya no buscará eso que brilla desde el interior escamoteado de un portafolios.

Pablo Ferraioli
(Buenos Aires, 1970) 

Escritor argentino. Es licenciado en comunicación social y reside en La Plata. Sus relatos han sido publicados en revistas de Argentina, España y Venezuela. En 2012, recibió una mención de honor en el concurso de relatos Osvaldo Lamborghini de la Universidad Nacional de La Plata. Publicó los libros de relatos Elephant Talk (Editorial Funesiana, 2016) y Abominables (Gata Peluda, 2018). Es padre de tres hijos.