Cuestiones de oficio

Sobre decálogos, icebergs y dientes que se clavan

Por Mauricio Koch

Sobre decálogosHay muchos decálogos de escritores con consejos para escribir; una búsqueda rápida en Internet arroja cientos de ejemplos. Y todos los días aparece uno nuevo. Es cada vez más frecuente que los escritores, llegado cierto momento de sus vidas, cuando han alcanzado el reconocimiento o deciden que es hora de pasar en limpio lo que han aprendido del oficio y legarlo a las futuras generaciones, motu proprio o porque se los pide algún medio, organicen sus ideas en una serie de postulados, máximas o recomendaciones que, siguiendo el modelo de los mandamientos bíblicos, suelen ser diez. A veces ocho, a veces doce, sí, pero casi siempre diez. Hace tiempo que el decálogo es un género en sí mismo, y los lectores, cuando el maestro no deja uno con todas las de la ley, extraen y entresacan de sus diarios, prólogos y entrevistas, y arman uno que luego se suma al resto y circula también por las redes. Como en el caso de Chejov, o el de Borges. Tanto se ha extendido este hábito que muchos escritores que no han publicado nunca un libro, ya tienen un decálogo que les indica a otros cómo se debe escribir. Hay escritores que lo primero que escriben es un decálogo y otros, y no son pocos estos últimos, que es lo único que han escrito y su obra concluye allí. Más que escribir, es gente que tiene ganas de dar indicaciones.

Ironías aparte, lo cierto es que siempre se aprende algo de los decálogos, y no está de más tenerlos a mano y releerlos cada tanto, como a los mismísimos mandamientos, aunque luego rápidamente los olvidemos, como a los mismísimos mandamientos, o para ser conscientes de que vamos a hacer lo contrario de lo que el decálogo nos indica. 

Repasé algunos: 

Stephen Vizinczey, el húngaro que escribió En brazos de la mujer madura y Un millonario inocente, no se anda con vueltas y de entrada nomás le responde al célebre dictum de Truman Capote, y dice: 1) “NO BEBERÁS NI FUMARÁS NI TE DROGARÁS. Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes”. (Que nos recuerda a una de las “mínimas” de Abelardo Castillo: “Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser buen escritor”). 

El punto 8 del decálogo de Vizinczey es mi favorito, probablemente porque me toca de cerca: “NO ADORARÁS LONDRES/ NUEVA YORK/ PARÍS: Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen, sobre el arte, alguna información interna que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar”. 

Liliana Heker cierra su libro La trastienda de la escritura con un texto titulado “Mi credo”. El punto 10 dice precisamente que “hay que nutrirse de los credos y aprender a dudar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir”. Pero me interesa destacar el punto 5) “Cuando se escribe –dice Liliana–, no hay que tenerles miedo a los sentimientos, pero tampoco hay que tenerle miedo a la lucidez. Una tiene tan pocas cualidades que no veo razón para que se despoje de alguna de ellas para hacer literatura”. Tantas críticas a la expresión de las emociones hemos escuchado los escritores argentinos en nuestros años de formación (con la figura de Borges como paradigma), que entramos al oficio con la idea de que solo se puede hacer buena literatura dejando los sentimientos de lado. La gelidez como valor supremo. Y un dominio absoluto de la razón. Puig, entre otros, nos enseñaron que ese era sólo un camino, no el único. En contrapartida, hay que decir también que la reacción ha llegado a veces a extremos absurdos y se ha intentado imponer una estética zonza en la que la espontaneidad es un valor per se.

Roberto Bolaño, iconoclasta que se rio de todos y de todo, no podía dejar de ironizar sobre la profusión de los decálogos y las reglas para aprender a escribir con eficacia, y se despachó con una lista que entre otras cosas aconseja no escribir los cuentos de uno en uno sino de tres en tres o de cinco en cinco y no leer jamás a Camilo José Cela ni a Paco Umbral.

Julio Ramón Ribeyro, el maestro peruano que escribió en los márgenes del boom una obra que no para de ganar lectores, dejó una lista sobria pero muy lúcida sobre el arte de escribir cuentos. Cito tres: 1) “El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo”. 2) “La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real”. 6) “El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja”.

Entre nosotros, quizá el decálogo más conocido y que muchos hemos aprendido de memoria y repetíamos (y nos repetíamos en silencio) como palabra santa, es el Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga. En el punto VII, el maestro uruguayo observa: “No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”.

Luego escribe: 

“El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en el pie”. 

El principio del cuento A la deriva

Más allá del acierto de llamar al personaje “el hombre” (recordemos la lucha desigual a la que se enfrentan los personajes de Quiroga, solos frente a la inmensidad de la selva, donde un nombre poco importa y menos aún un apellido, las jerarquías y las leyes de ese universo son otras), me interesa destacar el sustantivo que elige para empezar ese cuento. Vamos al diccionario: Algo: 1. Pron. indef. n.: “Designa una realidad indeterminada cuya identidad no se conoce o no se especifica”. Pero también puede ser un sustantivo, como en este caso. 

El hombre pisó “algo”. No sabemos qué. “Algo” es la indefinición por excelencia. Quiroga, aunque sabe que encontró, que ya tiene el sustantivo preciso, no se queda conforme y decide esta vez añadirle una cola. Aunque no cualquier cola: blanduzco. Ese es su adjetivo. No algo blando, ni blandito, ni blandengue; no “una cosa blanda”, ni “una cosa blanduzca”. No simplemente “algo” (¿cuánto perdería la frase si sacáramos el adjetivo?). “Algo blanduzco”. Algo blanduzco que al ser pisado muerde. Algo blanduzco que clava los dientes en el pie del hombre y se arrolla sobre sí.

Siempre vuelvo a este cuento y sobre todo a este comienzo porque creo que muchas de las técnicas que a veces se enseñan o tratamos de aprehender de un modo abstracto, están acá llevadas a la práctica. Muchos de los secretos del arte de la escritura están en ese primer párrafo del cuento del maestro Quiroga. Hablo de la concisión; de “la preferencia por las palabras habituales a las palabras asombrosas”, al decir de Borges; de la tan mentada tensión; de la inmediatez con la que se instala el conflicto; de un sentido del ritmo y de la urgencia que genera en el lector. Y también el famoso iceberg hemingwayano, o elipsis, o arte de la omisión. Abelardo Castillo en su ensayo sobre Quiroga le llama “El hueco en las palabras”. Veamos, ¿de qué hablamos cuando hablamos de técnica del iceberg? Les propongo un ejercicio: ¿Cómo hubieran escrito ustedes el principio de este cuento? Hagan la prueba. ¿Y cómo lo escribirían si les dijeran “traten de usar la técnica del iceberg de Hemingway”? Siempre que lo pienso, y siendo absolutamente honesto, quién no se tentaría con la idea de describir el entorno por el que avanza el hombre en cuestión. La picada o el sendero, la hora del día, si va o vuelve del trabajo, si está cansado, en qué va pensando, si está nublado o hay sol, y en el caso de que haya sol, cómo le da el sol al personaje, las nubes de mosquitos que trata de espantar, qué tan verde es el cañaveral o cuánto le falta para llegar a la casa. Cada uno sabrá. Quiroga no hace nada de todo eso, va directo a los hechos: hay un hombre, el hombre pisa algo y ese algo lo muerde. No describe y no especifica: es el lector el que repone el paisaje y el que ve una víbora donde Quiroga todavía no la nombró. ¿Cuán consciente era Quiroga de estas decisiones y del alcance de su virtuosismo técnico? No lo sabemos y no importa. En su decálogo no aparece esta técnica, los consejos son otros. Pero una de las claves de la fuerza de su narrativa radica ahí. Y tiene que ver con otro consejo que no da, pero otros maestros sí: escribí sobre lo que conozcas. 

La segunda oración de ese primer párrafo, dice: Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque

Si nos quedaba alguna duda, ahora ya sabemos qué era ese “algo blanduzco”. Pero –y enfatizo este pero– dice que la víbora “espera otro ataque”, es decir, ella no atacó, fue atacada. Tiendo a pensar que un escritor que desconociera el comportamiento de las víboras y quisiera escribir un cuento de miedo, se vería tentado de decir que la víbora no espera, sino que prepara otro ataque, pasaría de agredida a agresora, lo que cambiaría todo. La única forma de lograr esa diferencia sustancial en el relato es conociendo de lo que vamos a hablar; y también tiendo a pensar que cuando conocemos de lo que vamos a escribir, los sustantivos precisos llegan y las colas de color añadidas se desprenden solas. 

Una sola oración dice más que mil decálogos. Y nos da la medida de un genio.