Qué cosa el silencio

Silvia Itkin

 

Supe el nombre de Carlos antes de leer su identificación en el bolsillo del ambo, cuando lo escuché discutir con el paciente de la cama contigua a la de papá, un viejo de apellido Meyer.

Cuando la discusión terminó, Carlos me miró con esos ojos claros e inexpresivos como bolitas de plástico. Una mirada inaccesible, capaz de impedir cualquier mínimo contacto. Una mirada neutral que se adaptaba tanto a la vida como a la muerte.

 

 

Una semana más tarde, al mediodía, mis hermanos avisaron que no podían venir y entré sola a la sala de cuidados intensivos. La imagen de papá me paralizó. Tenía el tamaño de un chico de diez años. La piel como una vela vieja, tatuada por una trama de capilares violáceos. El modo en que la cabeza descansaba sobre la almohada ya no era humano. Todo el horror se concentraba en la cara: se le había ido hacia atrás, como empujada por una ráfaga violenta, los rasgos pegados al cráneo. Una máscara de látex que no se podía moldear.

— Carlos, ¿todavía respira?

Él salió del mostrador donde se acumulaban las historias clínicas, se acercó a la cama y le puso dos dedos en el cuello.

Pasó a mi lado, volvió a sus carpetas como si nada.

Lo increpé:

— ¿Y?

— La doctora viene a las dos.

— ¿Y qué me va a decir, que está peor?

— No está peor —dijo Carlos y acomodó unas planillas.

— Me voy —le dije.

Atravesé el pasillo de salida un poco mareada por el encierro, los olores y la impresión. Recién entonces me di cuenta de que papá había soltado la manta.

Durante la internación, controlado por la morfina  y aun con las manos atadas para no quitarse el oxígeno, estaba aferrado a las cobijas. Habíamos visto eso un domingo con Gabriel y Enrique, mis hermanos, los tres alrededor de la cama.

Nos fuimos después a tomar un café a la vereda de un bar cercano.

— ¿Por qué se agarra? ¿Será miedo? ¿O el cuerpo tiene un automatismo de resistencia? —pregunté.

Ninguno respondió. Dejé plata sobre la mesa y me fui.

 

Hubo una época —al menos yo creo que existió— donde dos chicos grandotes me exhibían como su mejor juguete vivo.

La madre de ellos murió antes que la mía. Venían mucho a casa aunque ya eran adultos. Se sentaban con papá a recordar gente: nombres sueltos, historias sin terminar. Se reían.

A veces me asomaba. 

— ¿Y vos? —me decía Gabriel—, ¿te acordás? ¿Te acordás que vino a tu cumpleaños…?

Y no terminaba la frase.

— Uh, ese día —decía Enrique.

Pero yo no sabía de qué estaban hablando. Hacía un esfuerzo enorme por recordar y ni así tenía respuestas. Era como si me mandaran a mover bloques de piedra.

 

 

Desde ese mismo bar donde habíamos estado llamé a Enrique para decirle que había visto a papá muriéndose.

— Qué sabés —me contestó—. Ni te quedaste a esperar a la médica.

— No voy a volver —le dije.

Le expliqué que había tomado la determinación de no verlo más, que ya no era mi papá, y nos trenzamos en una pelea parecida a las que tuvimos apenas empezó su declinación: qué era lo mejor, qué teníamos que hacer, quiénes tenían razón (los médicos o nosotros). Pero a esa altura ya no nos quedaban fuerzas y decíamos frases que habían perdido la energía de incomodar, de herir o de resolver algo al menos.

No contesté una llamada perdida de Gabriel.

Estaba terminando mi tercer café cuando el teléfono vibró de nuevo y reconocí el número de la clínica: tenía que presentarse la familia, dijeron. Las cuatro y media de la tarde.

Enrique me avisó que ya estaba en camino.

— Entrá a ver qué es. No me esperes —dijo.

Caminé apurada las pocas cuadras y antes de llegar fui frenando la marcha.

 

 

Toqué el timbre de la sala. El horario de visita había terminado, los pacientes dormían salvo Meyer que me saludó con la mano en alto. Carlos no estaba.

Me atendió un chico, parecía un camillero, tenía un ambo de otro color. Le dije quién era y me entregó una bolsa negra de residuos con las pertenencias del paciente. Hablaba como un autómata.

La cama era un revoltijo de sábanas.

— ¿Se lo llevaron ya?

— No —dijo.

Volví a mirar: no había nada, ninguna presencia. Solo era una cama sin tender. Si estaba allí —y hasta hoy dudo que haya estado—, el cuerpo de papá tenía el espesor de las sábanas y el cobertor. Ya no ocupaba lugar. Había que usar la imaginación para intuir a una persona debajo.

Salí y me senté en una escalera que daba a la calle, con la bolsa en la mano.

Sabía que tenía que llorar.

Me levanté y al llegar a la esquina encontré a Gabriel y Enrique. Querían saber dónde estaba papá. Les dije que ya se lo habían llevado.

— Me dieron esto —extendí la mano con la bolsa.

Ningún gesto, ninguna intención de parte de ellos.

— ¿La tiro entonces?

— Estás loca —me dijo Gabriel.

— ¿Qué hay adentro? —preguntó Enrique.

— Cosas de él; no sé, no la voy a abrir —les dije.

Nos llamaron de la administración y fueron los dos.

Unos pasos más allá de la entrada a la guardia había dos enormes contenedores de basura. No me animé.

Los trámites tardaron como siempre. Al volver, Enrique me preguntó si los quería acompañar a la cochería para elegir y ni lo dejé terminar la frase:

— ¿Elegir qué? ¿No habíamos quedado en no hacer nada?

Se miraron.

— Después te avisamos —dijo Gabriel.

 

Otra vez sola. Anochecía.

A poco más de media cuadra encontré una casa en venta, con un murito.

Me senté y saqué un cigarrillo de marihuana de mi billetera. El humo raspó como si limpiara sarro. Puse la bolsa en el piso, un gato apareció, la olisqueó y salió corriendo.

Me di vuelta para cerciorarme de que no hubiera nadie adentro de la casa. Precioso el chalet. Me hizo acordar de un barrio de Córdoba donde habíamos estado de vacaciones todos juntos y los chicos teníamos las rodillas machucadas por las lajas del jardín.

¿Quiénes éramos los chicos entonces? Si Gabriel y Enrique andaban por los dieciséis o diecisiete, yo tendría cuatro. La madre que estaba en la casa, ¿cuál de las madres era? ¿La mía?

Las imágenes se sucedían como si tuviera que honrar la memoria de papá con recuerdos instantáneos: foto tras foto en álbumes con algunas páginas perdidas. Mar del Plata. Adrogué en un otoño de hojas como hojaldre. El lago Lácar. La casa vacía a la siesta. Una chacra en Entre Ríos con ladrillos agujereados y bichos que asomaban como dentro de poco asomarían de su cuerpo.

Veía las escenas metidas en un frasco como una conserva de otro tiempo. El frasco giraba, éramos miniaturas animadas, organismos de un ecosistema en un recipiente de vidrio. Una mano gigante sacudía el frasco, algunos saltaban y morían. Como papá.

 

 

Cerré los ojos para dar otra pitada profunda. Cuando los abrí, Carlos estaba parado a mi lado, mirándome impasible.

Le di un golpecito al muro, indicándole que se sentara. Carlos se sentó, sacó una pastilla del bolsillo, así nomás, desnuda, sin blíster y se la puso en la lengua.

— ¿Qué tomás? —le pregunté.

— Algo de la farmacia.

Le ofrecí el cigarrillo y lo rechazó.

Me preguntó por mis hermanos, le dije que andaban por ahí haciendo más trámites en la cochería.

— Pensé que eran tus tíos al principio —me dijo.

— ¿Para tanto?

— Tíos jóvenes —se corrigió.

Le pregunté por Meyer.

— Le dan el alta mañana.

— ¿No tiene a nadie?

— No, lo traen y lo llevan los vecinos, se van turnando.

Carlos se paró medio inclinado para mirar hacia la esquina. Dijo que iba al kiosco y me preguntó qué quería tomar.

Volvió con unas latas de cerveza. Después del primer trago, le pregunté qué era mejor: si estar solo como Meyer o rodeado de hijos como papá. Y como para que le quedara claro, dije:

— Porque el salto es de cada uno y en ese salto estás solo.

No contestó.

— Cuando te pregunté si estaba vivo, ¿ya estaba muriéndose? ¿Vos te das cuenta del momento en que están pasando de un estado a otro?

Carlos siguió en silencio hasta que dijo:

— ¿Y tu mamá? No había ninguna mujer, solo vos.

— Las dos muertas —dije.

Levantó el mentón y alargó el sonido de la palabra ah.

 

 

Durante la internación, estuve siempre en los dos turnos de visita. Compartí algunos con mis hermanos. Pero ellos llegaban y al rato se ponían a salonear. Después de palmearle el brazo y decirle varias veces: aguante, viejo, vamos que usted puede, pasaban el tiempo con cafecitos y cigarrillos entre el bar de la clínica y la vereda.

Ellos lo tocaban, yo no. Me lo echaban en cara. Si nunca nos habíamos tocado, ¿por qué deberíamos hacerlo ahora?

Cuando me quedaba sola, le pedía que no se resistiera más. Bajaba la voz hasta el susurro:

— Papá, ya está.

Todavía aferrado a la manta, hacía unos sonidos raros, como si las palabras se le rompieran antes de que pudiera pronunciarlas. Salvo una que se le escuchaba bien clarito.

— Gabriel, Gabriel —decía.

Tan fuerte además que más de uno me miraba como si fuera la responsable de que no estuviera: Ella le impide que vea a Gabriel. Ella no quiere traer a Gabriel, su nieto. Gabriel es el hijo que él perdió y le quedó solo ella, que ni siquiera lo conforta en sus últimos días.

 

 

Cuando la cuadra se puso oscura, le pregunté a Carlos a qué hora tenía que volver y me dijo que había terminado. Fue a buscar otras cervezas. Enrique me llamó para darme la dirección del velatorio, le pedí que me dejara tranquila en lo que quedaba del día.

Carlos volvió, señaló el plástico negro.

— ¿Por qué no la abrís?

— Me da miedo —le dije.

Levantó la bolsa del piso, la desanudó y metió la mano hasta el fondo.

Si había pensado que podía tener una parte del cuerpo desmembrado, en ese momento creí que algo podría atrapar la mano de Carlos hasta arrancársela.

Sacó el piyama, un neceser con un cepillo de dientes y un dentífrico chiquito, dos camisetas. El borde de la manga derecha del piyama tenía una mancha, sangre parecía. La luz más cercana de la calle no llegaba a iluminar del todo.

— ¿Querés que me ocupe? —dijo.

El porro, la cerveza y tal vez esa píldora misteriosa que se había metido en la boca ya habían allanado cualquier formalidad entre nosotros.

— Por favor —le pedí.

Pegó el brazo al cuerpo, con la bolsa colgando como si hubiera que disimular, y fue hasta el container.

Cuando se volvió a sentar, le pregunté cómo hacía con la muerte.

— No hay nada que hacer —dijo.

Me levanté y le pedí que me acompañara unas cuadras. La casa de papá no quedaba lejos. Tenía ganas de ir a dormir allí, y más ganas de que mis hermanos no lo supieran nunca. O mejor: que lo supieran, pero en un momento tal que quedaran destruidos por la sorpresa. Que alguno de ellos me dijera: cómo pudiste.

Las calles arboladas esparcían una fragancia dulce, como si la estación fuera a cambiar de un momento a otro y para bien. Durante un segundo no supe dónde estaba ni qué mes era.

Llegué a la puerta del edificio y le dije a Carlos que allí me quedaba. Él hizo un gesto corto, como un cabeceo. Advertí un destello en sus ojos. Una mirada fuera del horario de trabajo.

Creo que dije algo así como:

— La ropa de mi papá te quedaría; no toda, pero alguna sí.

Él me pidió el llavero y abrió.

— Descansá —me dijo.

Me dio las llaves y cerró la puerta.

 

Al día siguiente, llegué primera. Yo no hubiera querido hacer nada, pero era minoría. De hecho, fui la única que no se acercó y se quedó allí, mirando la caja de madera, como se quedaron mis hermanos.

¿De qué le hablás a un muerto aunque sea tu padre?

Esa mañana la que saloneaba era yo. En un patiecito interno con palmeras miré el cielo. Estaba despejado y había viento fresco.

Un lindo día para ir al cementerio.

En el crematorio nos quedamos, finalmente, los tres. Gabriel y Enrique se pasaban la urna vacía y decían:

— No pesa nada, viste.

Y se la volvían a pasar. Hasta que vino un hombre con delantal y se las pidió.

Cuando el cajón se deslizó en la cinta transportadora, me acordé de una escena de una película sobre la vida de alguien famoso: un ataúd se incendia. Fue un recuerdo tan vago que pensé que lo acababa de inventar.

Volvimos unos días más tarde a buscar las cenizas y hubo que esperar entre otros familiares que estaban metidos a pleno en la muerte, con ese dolor reciente que te pone fuera del tiempo.

Al lado de ellos, nosotros no parecíamos deudos.

Nos quedamos frente a una cartelera con papeles y notas periodísticas a favor de la cremación. Gabriel leyó en voz alta: La tradición del fuego en el mundo moderno. Había una invitación a que dejaras tu voluntad expresa de ser cremado, y una historia del crematorio de Buenos Aires. Los papeles estaban amarillos.

Fotografiamos la cartelera con los celulares. Cuando iba a guardar el mío, se disparó el obturador y capturó una imagen que me sigue pareciendo hermosa: nosotros tres, vistos desde las rodillas a los zapatos, en semicírculo y con un rayo de sol en diagonal.

Apareció un empleado y nos entregó la urna.

— Cómo pesa —dijo Enrique.

— No pesa nada —le dije yo.

— ¿Ah, no? Mirá.

Me la dio. Papá la había llenado.

 

 

En el auto, Gabriel preguntó quién de los tres se la llevaría. Enrique dijo:

— Arrancá y vamos pensando.

Los dos, adelante; atrás: la urna y yo. La recosté para que no se moviera con el andar. Gabriel puso música. Dimos vueltas hasta que aparecimos en Costanera Sur. Pensé en el río pero no dije nada. Bajamos a caminar entre el humo de las parrillas improvisadas en la vereda, preparándose para la caída del sol.

Anduvimos por ahí, mirando, hasta que Gabriel dijo:

— Habría que dejarlo con alguna de las dos.

— Pero si no están acá —dijo Enrique.

La madre de ellos en el norte. La mía al sur de Buenos Aires. Enterradas solas, sin lugar para nadie más.

— ¿Dejarlo cómo?, ¿al lado, a la intemperie? —pregunté.

Señalé el río.

— Resolvámoslo ya o decidan quién de ustedes lo lleva.

Gabriel sugirió que diéramos otras vueltas más.

— ¿Pero qué estamos demorando? —dije sin disimular el fastidio.

No respondieron nada y enfilaron otra vez hacia el auto.

Aparecimos en Costanera Norte. Las turbinas de los aviones. La ciudad de lejos como una maqueta iluminada. La costa del Uruguay. Otro paisaje, el mismo río. Nos quedamos recostados en el muro, cerca de unos pescadores. Gabriel se puso a hablar con ellos. Enrique y yo nos apartamos para fumar.

— Hacelo entrar en razón —le dije.

— Él es así. Él manda —me contestó Enrique.

— Ya no queda nadie para decir quién manda.

Gabriel volvió y preguntó qué habíamos decidido.

— Yo no quiero llevarlo. Ni a mi casa ni a ninguna parte —dije.

Enrique hizo un gesto como de desdén, no entendí si tenía que ver con mi respuesta o con el destino de la urna.

Miré los semáforos en la avenida. Cuando la luz cambió, me fui sin dar explicaciones. Mientras cruzaba apurada para buscar un taxi, escuché sus voces. No me nombraban: gritaban como si se hubiera escapado un perro que no era de ellos o quisieran advertirle de un peligro a un desconocido.

 

 

Llegué a mi casa y ninguno llamó. Pensé que seguirían dando vueltas con las cenizas. Me acordé de un cuento que había leído en el secundario: en una época en que era complicado trasladar cadáveres de una ciudad a otra, un hombre hizo un viaje de noche con un muerto amarrado en el asiento del acompañante por una ruta solitaria.

En el recuerdo le puse al conductor la cara de Carlos, su mirada fija en la luz de los faros sobre la línea divisoria del camino.

 

Silvia Itkin

Silvia Itkin
(Buenos Aires, 1958)

Narradora, periodista y editora. Fue directora editorial de Ediciones B entre 2010 y 2018. Trabajó en medios gráficos y audiovisuales, fue ghostwriter, publicó libros periodísticos por encargo y, también, comparte autoría de Estamos en el aire. Una historia de televisión argentina (Planeta, 1999; Ediciones B, 2016). Participó en los talleres de Inés Fernández Moreno y Liliana Heker, y de dramaturgia con Ariel Barchilón. Actualmente dirige el sello de narrativa Obloshka. Coordina talleres de escritura y hace clínica de obra. Nunca terminamos de conocernos (La Parte Maldita, 2018) es su primer libro de cuentos.