Cuestiones de oficio

Lectura: Posología y forma de administración

Por Mauricio Koch

Lectura: Posología y forma de administraciónPara evitar reacciones adversas y efectos colaterales indeseados como úlcera péptica, estreñimiento o broncoespasmos, la dosis diaria recomendada de lectura es la siguiente: un cuento breve o capítulo de novela antes de dormir y uno al despertar. Sin salir de la cama, tapado hasta el cuello y con los ojos a medio abrir, retome la novela que no pudo continuar la noche anterior porque el sueño lo venció y se quedó dormido con el libro sobre el pecho y a medianoche se cayó —el libro, no usted— y perdió el señalador y ahora tiene que acordarse dónde había quedado y, como suele olvidarse, vuelve a la última parte que recuerda y retoma desde ahí. Lea mientras toma el café con leche hasta que este se enfríe, caliéntelo y repita la operación tantas veces como sea necesario. Antes, le habría aconsejado que leyera sin reparos en el tren, mientras viaja de pie o sentado, lo mismo da; en el subte, apretujado, en hora pico, tratando de sostener el equilibrio, con el libro pegado a la cara y la música del vecino ocasional chirriando al lado. Pero ahora usted está en su casa, encerrado, ya lo sé, y probablemente preocupado, o triste, o harto, o todo eso junto, pero aun así, haga un esfuerzo por sobreponerse, agradezca que tiene un libro entre las manos y siga leyendo. Lea en voz alta, solo o acompañado, o aproveche a dar una vuelta manzana, lleve un banquito, párese arriba y lea: si alguien quiere oír, que oiga. Léale a sus hijos todas las noches un cuento, un poema con rima, unos limericks, la letra de una canción —no les cante, eso sí, usted canta mal; ellos no se lo dicen porque lo quieren, pero es así—; léale a su compañera, a su compañero, cuando tienen sueño y le dicen que ya no pueden prestar atención porque están cansados, con más razón léales hasta que efectivamente se duerman y entonces déjelos dormir un rato, digamos quince minutos, veinte a lo sumo, y vuelva a despertarlo o despertarla para que escuchen esa maravilla. Ellos le dirán que están escuchando, que les importa lo que lee, pero no son más que actos reflejos; no haga caso, usted siga leyendo. Si ellos un día se enojan y lo insultan, no se amilane: dígales que se lo pierden y pase a leerle al perro o a la tortuga que saben apreciar mejor. Y si no tiene perro ni tortuga, adopte uno. O qué clase de persona es usted.

Lea cuando va al baño, mientras se cepilla los dientes —siempre hay un lugar donde apoyar el libro, no ponga excusas—. En la oficina, cuando su jefe se da vuelta, lea un microrrelato de sopetón, un soneto de reojo, un ensayo fugaz sobre la vida de los abejorros. Lea en las vacaciones bajo un árbol de copa grande, recostado en el tronco, con las piernas estiradas, el mate a mano y un yuyito recién arrancado colgando de la boca; o en la montaña, sentado en una piedra y levantando cada tanto la vista para ver la puesta de sol; en la playa no porque todo es molesto y el que diga lo contrario, miente: la arena, el sol de frente, el viento, las moscas, la gente, el calor, todo conspira contra la lectura; pero de todos modos usted lea igual, siempre será mejor que meterse a ese mar helado. Un buen lugar para leer finales son las escaleras mecánicas, apurando la última oración para terminar justo antes de dar el saltito. En los bares no es recomendable porque uno suele distraerse con mozos que van o vienen o con chicas que entran y salen. Pero sí en las salas de espera, no esas revistas de la década del noventa que en la tapa tienen galanes que ya nadie recuerda, llévese un libro y mientras aguarda que digan su nombre, lea. Lea. No por obligación sino por gusto. No por gusto sino por vicio. No por vicio, o sí por vicio, pero también porque así como se respira se lee, porque la lectura es vida, no como dijo un zonzo por ahí, que cuando leemos dejamos de vivir, al contrario, no vivimos cuando no leemos, no leemos para aprender sino para vivir, como dijo Flaubert, y si no lo dijo debió decirlo pero casi seguro que lo dijo. Por último: si no leyó nunca en una canoa en el delta, ni en un palco del Teatro Colón dándole la espalda a una soprano lírico ligera que desafina un aria de Puccini, hágalo. No lo deje pasar. Agende y cumpla. Y no abuse, por favor, evite el estreñimiento.