Palomas pura sangre

Lu Min

Traducción: Pablo Rodríguez Durán

 

I

Su esposa se golpeaba contra la pared: la espalda alta, baja, media; omóplato izquierdo, omóplato derecho. La carne humana chocaba creando un ruido sordo contra el muro. Su semblante lucía solemne y concentrado. Volteaba cada tanto a revisar un cronómetro: debían ser veinte minutos exactos. Ni un segundo más ni un segundo menos.

El señor Mu puso el televisor en mute y con suma paciencia comenzó a cambiar de un canal a otro: locuaces comerciantes fi ngiendo alegría para vender algún inútil producto a los incautos, débiles aplausos en programas banales de diálogo, extractos de los años mozos de estrellas de ópera caídas en desgracia… En resumen, nada con sentido.

Sentido. El señor Mu se tragó la palabra bien adentro, temiendo que si la decía en voz alta alguien se burlaría de él. En los últimos tiempos se había visto dominado, casi sometido por esta poco pragmática expresión. Era infeliz, y tenía que ver con el momento de su vida: tenía un lugar estable en la sociedad y en eso que los demás llamaban futuro, no había que hacer mayor esfuerzo para saber que llegaría sin problemas a la jubilación. Más aún, su vida familiar se había tornado punto menos que insípida desde aquel otoño en que su hijo partió de casa para estudiar en la universidad. Él le sacó una extensión de su tarjeta bancaria Pacífico, con la única condición de sumarle unos buenos ceros cada mes. Muchos llamaban a este período de la vida la “segunda primavera”. De ser así, era una primavera fría, de árboles tristes y flores escondidas.

El señor Mu ya no disfrutaba trabajar. No soportaba ver la cara frívola de los recién ascendidos o a punto de ascender, con su desayuno para llevar y sus risas caricaturescas en las escaleras mecánicas, discutiendo en qué se pasaron la noche anterior trabajando. La cara cansada tras los relucientes lentes oscuros último modelo lastimaban los ojos del señor Mu, y sus desayunos ni hablar: comida rápida, callejera y llena de la alegría efímera del alimento grasoso penetraba ofensivamente sus fosas nasales. Y para colmo tenía que ignorar a su propio estómago, cuyo único bocado había sido aquel sano y equilibrado desayuno consistente en leche de soja recién hecha, huevos orgánicos producidos en granja (sustentable), arroz negro mezclado con agua, y una cucharada de “turrón de gelatina” preparado por su propia esposa (según decían este alimento era extraordinariamente efectivo para la salud; apto para todo tipo de edades y cada vez más popular en toda China).

Pero no tenía otra. Despertaba de madrugada en aquel departamento silencioso y frágil, el señor Mu, quien parecía nunca haber dormido bien, pero tampoco podía seguir durmiendo. En cuanto se levantaba ahí estaba su esposa, y no le quedaba otra que picar, preparar y sentarse a comer aquel nutritivo y balanceado desayuno de mierda.

Quién sabe cuántas veces apartó el tazón con fastidio, rogando salir y comprarse una jianbing crujiente o un pastelito de arroz frito. “¡Me importan un comino el colesterol y el aceite remanufacturado!”, decía poseído, como oponiendo una resistencia heroica a su voluntad coartada. La esposa, de pie en el balcón, esbozaba una sonrisa mientras se peinaba, como si él le estuviera contando un chiste. Todas las mañanas, ella se peinaba el cabello doscientas veces con un cuerno de res y exhortaba al señor Mu a hacer lo propio. Otros ejercicios para la salud incluían: pegarse contra la pared (tal como está descrito al inicio de este cuento, para que la energía fluya por los meridianos del cuerpo); chocar las muelas de arriba con las de abajo, 300 veces (de preferencia acostado boca arriba hasta que la boca produzca suficiente saliva, ampliamente benéfico para los riñones); caminar 40 minutos después de cada comida (sin demasiado esfuerzo, jadeos leves, poco sudor; dispersa los sedimentos alimenticios y ayuda a la digestión); remojar los pies en agua caliente (el agua debe llegar hasta casi la rodilla, debe mantenerse siempre caliente; es bueno para disipar el frío y deshacerse del fuego interno); masajearse el estómago levemente (antes de acostarse y por la madrugada al levantarse, 100 veces en el sentido de las agujas del reloj y 100 más en sentido contrario; estimula el apetito y gradúa los líquidos vitales)… etcétera, etcétera. Aunque El señor Mu era incapaz de recordar todo, igual obedecía con toda diligencia, bajo el único temor de volverse loco. Escuchaba a su mujer con mucha atención, por más que su discurso le sonara como la repetición palabra por palabra de un libro de cuidado del cuerpo mezclado con el sonsonete de un médico charlatán; un discurso ajeno y medio absurdo, del cual algunas cosas eran realmente difíciles de creer.

En los últimos años, su esposa se había adentrado en el tema de la “salud” en cuerpo y alma, hasta caer en un fanatismo alarmante: recortaba todo contenido relacionado que viera en cualquier periódico; todos los días se sumergía en Internet para ver las sutilezas de la lozanía (básicamente sólo para esto usaba la computadora) y luego imprimía la esencia de cada consejo; cada tanto se daba una vuelta por alguna librería y regresaba con varios best-sellers de cuidado del cuerpo, los cuales leía con una seriedad aterradora, como si fuera un estudiante preparándose para el examen más importante de su vida: subrayaba en rojo, anotaba las ideas fundamentales… y así fue absorbiendo las distintas doctrinas y teorías, sobreponiendo las novedosas a las añejas, y comprobando o bien descartando los métodos según el resultado experimentado en su propio cuerpo. Últimamente, por ejemplo, andaba fascinada con el tema de la “temperatura”: de acuerdo al cambio según los 24 términos solares; según el color de la saburra (rojo, tirando a pálido, tirando a purpúreo; grueso y grasoso, negro); según la condición de las uñas (tienen o no la medialuna blanca en la raíz, qué tan grande es, si 1/5 o 1/4 del total de la uña); según las venas azules en la palma de la mano (hay o no, si hay en dónde y qué tan profundas son)… Y entonces ella, siguiendo con los criterios del set completo le pedía como si se tratara de un perro que sacara la lengua, luego le agarraba la mano y como una diestra lectora de manos lo examinaba con sumo cuidado hasta tener el diagnóstico: que tenía que alinear el hígado o regular el flujo del qi; que había que deshacerse del exceso de humedad o eliminar el calor; y acto seguido le formulaba el alimento adecuado para atacar el síntoma. Para completar, tenía una tabla gigantesca con cada una de las cosas que ingerían; hasta la salsa de soja y el té estaban clasificadas con precisión de acuerdo a su temperatura: balanceado, ligeramente tibio, tibio, caliente, fresco, frío, gélido… todo un minucioso sistema perfectamente diseccionado en sus partes.

Llegó un punto en donde el señor Mu creyó haber perdido toda capacidad de razón; quiso tal como Fanjin ofrendar su carne y su sangre. ¿Cómo fue que la vida repentinamente se puso patas arriba? Sin embargo, muy pronto se percató de que su esposa en realidad no era sólo una persona, sino un grupo, una ciudad, el país entero, una tendencia mundial. Una noche, mientras el señor Mu era “apurado” por ella dentro del conjunto residencial, divisó a varios grupos de tres o cuatro personas dirigiéndose a zancadas y con la mirada consternada en la misma dirección, la razón: aquel día frente al mercado se había instalado un puestito de comida orgánica directamente traída de la granja. Un sinfín de manos se extendían, cual si se tratara de un montón de náufragos a punto de ahogarse clamando por un salvavidas. Quienes no peleaban por los productos se arrebataban la palabra, ávidos de dar el próximo consejo para la longevidad: caminar hacia atrás elimina toda enfermedad y malestar; la rara y milagrosa bardana, tomates que todo lo curan, las grasas trans: fuente de toda enfermedad, el veganismo…

Evidentemente era su esposa quien estaba en lo correcto, progresando, adaptándose a los tiempos. La gran pregunta era: ¿es esto el fin o un proceso en la vida? ¿Por qué nadie le presta atención a la salud mental? Anemia, falta de calcio, envejecimiento, exceso de grasa, patología cancerígena… pero el señor Mu no se atrevía a preguntar por temor a la reacción de su mujer. Sin embargo, muy en el fondo de su corazón, sabía que él y su esposa se habían separado. Sentía crecer dentro de sí un rechazo cada vez más pronunciado hacia el cuerpo: un odio sutil pero contundente.

Y la manifestación externa de este odio fue la náusea: trabajo, colegas, casa, esposa, hijo, comer, dormir, deporte, televisión, periódicos se tornaron nada más que un desagradable buffet: nada faltaba en el plato, pero nada tenía sabor. Su vida era un insípido revuelto de alimentos y él no tenía ganas de hacer nada.

II

Cuando miró el horizonte desde su balcón divisó una bandada de palomas. ¡Oh, palomas! Sólo alguien mirando al vacío como él se hubiera percatado de ellas.

La fotografía que desplegaba la vista desde el balcón era una repetición que a cualquiera volvería loco: filas y filas de techos grises uniformes dentro de un conjunto residencial; las ventanas y las puertas cerradas con seguro mostraban el monótono diseño del lugar. La cloaca del fregadero, la distancia entre televisor y sofá, la dirección de la cama, el hoyo del retrete… Pensó que si tocara a alguna puerta, sin ninguna diferencia, y entrara a la casa y abriera la nevera encontraría la misma mantequilla de maní Skippy, y en los cajones del clóset la misma ropa interior marca AB y en el otro cuarto sobre un escritorio idéntico, un cuaderno de estudio con una copia de los horarios para las clases de olimpíadas de matemáticas del hijo… Esto se llama uniformización, estandarización, una vida coartada, comprimida, con actores de mirada perdida andando sin rumbo por ella. Creyó posible que él, su esposa o hijo podrían un día entrar arbitrariamente a cualquier otro apartamento y cambiar lugares con el dueño de aquel, ¿qué diferencia habría? El sol se levantaría por la misma ventana, la dulzura fluiría como siempre… Este pensamiento le daba escalofríos, comenzó a pensar que todo lo que había vivido en la segunda mitad de su vida era público, compartido, de otros; una vida material estandarizada. Sintió que él nunca había tenido la voluntad de ser verdaderamente libre. Pero… las palomas.

—¡Míralas!

Comenzaba a caer el ocaso y a desvanecerse las últimas luces del día cuando las palomas se posaron sobre el techo del edificio frente al suyo; aquella postura grácil, aquel delicado e incesante vaivén del cuello; sus vientres dibujando un arco perfecto; ¡Qué inusual y exquisita belleza! Cómo levantan vuelo, cómo caen a tierra, cómo acicalan sus plumas, cómo intercalan lugares con su cuerpo diagonal en medio del vacío… Con la misma elegancia desaparecieron volando de su campo visual.

Un vuelo altivo e irregular y, fuera de control, desaparecer… ¡Qué envidia!

Parado en el balcón, sintiéndose encerrado como un primate en una jaula de zoológico, a sus 47 años, el señor Mu se vio perdido en medio de sus cavilaciones. El recuerdo de una persona lo estremeció de dolor: su yo de antes, su yo joven. Ese él era un él neurótico y atractivo; hizo locuras, se manchó de polvo, se mojó en la lluvia, rompió las reglas e ignoró los valores; desperdició el tiempo en medio de la vorágine. Escribió y dedicó 260 versos de poesía sin rima a un perro callejero con sarna; salía a la medianoche a correr a lo largo del gran puente que cruza el Yangtsé en Nanjing, donde siempre lo paraban los soldados de guardia para interrogarlo; escribió cartas de amor anónimas a una colega no muy atractiva y vio sonriente cómo ella un día se cambió el peinado que por diez años la acompañó; víctima de un súbito capricho, decidió vestirse de pobre campesino y en medio de la fría noche pasearse gritando por las tiendas hasta sacar un fajo de billetes ante las miradas de desdén, como en la película El Millonario.

¿En qué momento murió ese yo? ¿Se murió lentamente o de un tirón? No lo recordaba, y tampoco importaba ya. En cualquier caso, ahora era un animal domesticado por alguien más, que entró sin darse cuenta en medio de una profunda y asfixiante zona de confort: un trabajo estable, una esposa preocupada por la salud, un apartamento en un buen sector, un hijo con un futuro promisorio, un auto bien lavado… Así había llegado al presente, y pareciera que no quedaba más que esperar el final.

¡Me rehúso, carajo! Tenía que acabar con esa tóxica relación pero, ¿cómo se rompe con uno mismo? ¿Estrangulándose, quizás? aquel pensamiento tenía algo de sombrío, pero también algo de conocido; nuevamente miró hacia el frente, buscando las palomas, pero ya no estaban. Caía el telón de la noche y con él las aves regresaban a sus nidos. La terraza de enfrente volvió a su original estado de fría desolación; nuevamente fue sólo un rincón más, como cualquier otro en el mundo, un rincón donde no valía la pena detenerse a mirar.

Y justo cuando se daba vuelta para entrar, el señor Mu alcanzó a divisar a la última paloma deslizándose en su vuelo etéreo. Era gris. Sus plumas dibujaban un patrón de tridente y flores negras sobre su cola. ¡No, no, no! ¡Error, error, error! Parecía advertirle. El señor Mu se quedó inmóvil. La siguió con los ojos en medio de los últimos vestigios del sol. Con sorpresa se percató de que el nido al que todas las palomas volvían estaba nada más y nada menos que en la terraza del edificio vecino. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

El señor Mu elevó la vista para contemplar la amplia terraza donde se apilaban tersamente un número incierto de jaulas de paloma. Las aves emitían un cálido gu, gu que acariciaba el corazón. Las plumas de su cuello, de un color indescriptible, emitían un brillo soberbio para despedirse de la vista con las últimas luces antes del ocaso.

Súbitamente, el señor Mu se sintió mal de la garganta. Tenso, tragó un poco de saliva y con ella una suerte de esperanza, de alegría: en aquel momento sintió como si las cosas sí tuvieran un poco de sentido.

III

La cena de aquel día consistía en batata hervida acompañada de yogurt sin grasa. La mesa era de una frugalidad cercana a lo paupérrimo. Las comidas, en general, se habían convertido en combinaciones insípidas, pero tan sanas que resultaban imposibles de criticar: papillas hechas de cinco tipos de granos y tres especies de cereales; caldo de maíz tierno; bolitas de avena con pulpa de soya; puré de papas mezclado con ajo molido; vegetales mixtos cocidos en agua, arroz integral. El argumento de la esposa era el siguiente: Si es saludable no es sabroso y viceversa, pero comer bien es mejor que enfermarse y andar tomando medicinas.

—500 gramos de batata y 250 mililitros de yogurt sin grasa en cada comida son una fórmula de desintoxicación. La descubrieron los japoneses. Si se come esta mezcla por dos noches seguidas, al tercer día puede llegar a eliminarse hasta un kilo entero de carga fecal.— pronunció su mujer con gesto concluyente.

—¿Y cómo se calcula el peso? —preguntó el señor Mu en un esfuerzo sobrehumano por parecer simpático, e intentando demostrar auténtica curiosidad.

—Pues todas las etiquetas de supermercado vienen con el peso, es sólo cuestión de calcular. Aunque tienes razón, quisiera comprarme una de esas balancitas caseras, eso lo haría todo más fácil. Bueno, ¡a comer! ¡Recuerda que la batata se come con piel y todo!

—Me preguntaba por la cantidad de materia fecal… ¿Cómo saben que es un kilo…?

—Deja de molestar y come —la esposa elevó su “cena”: una batata brillantemente amarilla.

En realidad, la pregunta que el señor Mu quería hacer era otra, una pregunta que se había guardado por mucho tiempo:

—Hm, lo que quiero decir es… ¿Realmente crees que, sólo vivir para el cuerpo es, hm… lo único importante?

—Pero ¿qué dices? ¡Acaso tengo que explicártelo! A nuestra avanzada edad… Su esposa masticaba con cuidado y lentitud, cada bocado veinte veces por lo menos. No es que las contara con exactitud, pero la cifra en mente le servía para mantener un ritmo al comer. Parecía siempre estar masticando residuos de aceite o chicle o alguna otra cosa de esas difíciles de tragar.

—Pero ¿qué dices? ¡Acaso tengo que explicártelo! A nuestra avanzada edad… Su esposa masticaba con cuidado y lentitud, cada bocado veinte veces por lo menos. No es que las contara con exactitud, pero la cifra en mente le servía para mantener un ritmo al comer. Parecía siempre estar masticando residuos de aceite o chicle o alguna otra cosa de esas difíciles de tragar.

—Pero no te parece ni un poco… ¿ridículo? Es que entre más lo pienso más me parece un poco soso, un poco… —El señor Mu se detuvo a media frase. Se percató de que esta era una picazón en un punto de la espalda al que la mano no llegaba; no tenía forma de saber qué era lo que realmente quería, o qué había detrás de este saco de carne que disfruta comer y beber. ¿Dónde estaba el núcleo de su depresión y de sus más profundas ansiedades? No lo podía hablar con su esposa… Siendo francos, no lo podía hablar con nadie. Su esposa rió.

—¿Así que soso, eh? ¿Tienes mucha energía de sobra? En un rato hacemos el ejercicio de alcanzar los hombros con la mano para sudar un poco. Verás que cuando el cuerpo se mueve, la mente no anda pensando tonterías.

La conversación parecía haber llegado a un impase. Él se quedó parado mirando al oeste, impotente, mientras su esposa viraba en dirección al este con una sonrisa de satisfacción. No era la primera vez y no sería la última. El señor Mu cambió de tema.

—Ah, por cierto, hoy vi unas palomas que…

—Ah sí, las palomas. ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta? Las que están en el edificio de enfrente en el sexto piso, ¿no? Sé que muchos inquilinos han denunciado al vecino, algunos incluso me han buscado para reportarlo, ¿sabías que las palomas son portadoras de enfermedades contagiosas? ¡Son un peligro! La caca, las plumas, y además vuelan y picotean por todos lados, ¡Son más peligrosas que los pollos! ¡No podemos permitir una epidemia! Y para colmo están justo arriba nuestro.

Su mujer era miembro del comité vecinal del condominio. La situación ciertamente la consternaba.

—Pero… son hermosas —expresó el señor Mu cuidando sus palabras, consciente de que hablar con su esposa del tema no era lo más prudente. Esta nueva conversación había también llegado a un impase.

—Ah, pero eso sí, las palomas son un magnífico alimento. Temperatura balanceada y un buen suplemento de calor, “una paloma vale más que nueve pollos”, dicen. La carne es buenísima y los huevos también, con lo que cuesta un solo huevo de paloma ¡se puede comprar casi un kilo de huevo de pollo!

La esposa llevaba el tema vertiginosamente hacia un nuevo impase.

—Dime, ¿crees que se las podamos comprar directamente al vecino? Idealmente la paloma entera, pero los huevos igual sirven, ¡uy, nos tocarían fresquitos! Escuché hace poco que hay gente que fabrica huevos de paloma artificiales. ¡Qué miedo! ¿No?

—No.… pero, al vecino ni lo conocemos —El señor Mu fi nalmente se tragó sus 500 gramos de batata con piel.

—¡Pregúntale, pues!, ¿no andabas aburrido? Habla con él, total aún no le he pasado los reclamos de los vecinos. —la esposa había encontrado el punto de inflexión con las buenas relaciones vecinales — Sonríó mientras se tomaba una cucharada de vinagre de manzana, al parecer magnífica para disminuir la grasa acumulada en el vientre.

IV

No. De ninguna manera se comería ni los huevos ni mucho menos a las palomas. Sin embargo, esta decisión no hizo mella para que el señor Mu intercambiara algunas palabras con el vecino. Sintió que el esfuerzo por estirar el cuello desde su balcón para charlar con el vecino era en sí mismo algo positivo.

El enramado metálico de las jaulas de las aves impedía al señor Mu observar con detalle el rostro del vecino. Sólo podía escuchar su cavernosa y emocionada voz.

—Son todas palomas de carrera ¿entiende el concepto? Mire el anillo que traen atado en el dedo de la pata. Ahí viene toda la información: si son nacionales o extranjeras, de qué linaje, quiénes fueron sus padres, a qué generación de la estirpe pertenecen, ¡es todo un mundo! Desde que nacen se les marca con año, país y provincia de nacimiento, y número de serie. Son únicas, irremplazables, más codifi cadas que los humanos mismos. Así es. Ya llevo mis buenos años con este pasatiempo. Llegué a ser incluso el director de la Asociación de Palomas Mensajeras de Sangre Pura. Pero hace varios años lo dejé y me juré a mí mismo no volver a meterme en eso nunca más.

¿Por qué? Me duele recordarlo. En la carrera de larga distancia de Hami, en 2001, 5832 palomas participaron. Pasaron 20 días, un mes, dos meses; los dueños de las palomas esperaban ansiosamente junto a los nidos el regreso de sus aves. Qué tragedia, en total sólo regresaron 60. ¡El 1%! ¿Y el resto? Quién sabe, entre ellas mis catorce palomas, las mejores representantes del linaje “águila majestuosa”, ¡los mejores especímenes de la tradición Janssen! Y también la bisnieta de la campeona del recorrido por el río Shule, que logré conseguir tras varias visitas a las orillas del río Wusong hasta que un señor de edad avanzada finalmente me las cedió… todas se perdieron en el camino.

Y claro, se preguntará también por qué las sigo criando… bueno, supongo que principalmente por tener algo qué hacer; siempre es bueno tener algo en qué ocupar las horas, aunque si le soy franco principalmente es por…

El criador de palomas dejó la frase a medio terminar, como si esta razón no pudiera exteriorizarla. De pronto salió cojeando de una esquina.

—Ya veremos, en un mes y medio es la carrera de larga distancia de Yumen. Pero esta vez no inscribiré a tantas, pienso escoger unas cinco de las mejores. ¿Ha escuchado del poblado Yumen? Longitud 97°02’; latitud 40°16’; 1527 metros sobre el nivel del mar, la carrera consta de unos 2100 kilómetros, esa información sí la conozco…

Bastó un empujoncito para que este criador de palomas sin rostro visible arrancara a hablar como si no hubiera mañana. Él mismo se hacía la pregunta que luego respondía. El señor Mu se limitaba a asentir sin mayores esfuerzos “ajá, ajá”, mientras el otro hablaba sin parar. El señor Mu pensó que aquel era un hombre con una bestia salvaje trepidando en su mente, con razón dedicó su vida a las palomas (se vio distraído por su nueva inferencia). Presionó el botón fast forward escogiendo el lejano poblado Yumen: todas las jaulas abriéndose al mismo tiempo y cuatro, cinco mil palomas alzando vuelo en un abrir y cerrar de ojos, una masa oscura ennegreciendo efímeramente el espacio, y las alas soportando con entereza los vendavales del desierto; el plumaje flotando como la nieve de agosto y las personas cubriéndose el rostro y sosteniendo la respiración… A lo largo del arduo camino las palomas tendrían que sufrir la lluvia, atravesar las negras nubes, soportar el hambre y la sed sin jamás detener el vuelo, sobrevolar tejados derruidos y ríos sucios; atravesar redes abiertas y ramas marchitas; en el camino les dolerán los huesos, se les arrugará la piel, pero sus dos ojos permanecerán bien abiertos, observando, mirando hacia abajo el gélido mundo de los humanos, las corrientes de aire que bajo sus cuerpos metaforizan el mortal filo de un cortante cuchillo. Al 99% de las palomas les espera un triste final: o bien se les hinchan los ojos y se mueren de cansancio, o bien se pierden en el camino y terminan sus días bajo algún alero poco amigable, o se mueren de frío entrada la noche, o caen en un enredijo de maleza en la intemperie, o son alcanzadas por una bala y terminan en el plato de algún individuo…

abiertos, observando, mirando hacia abajo el gélido mundo de los humanos, las corrientes de aire que bajo sus cuerpos metaforizan el mortal filo de un cortante cuchillo. Al 99% de las palomas les espera un triste final: o bien se les hinchan los ojos y se mueren de cansancio, o bien se pierden en el camino y terminan sus días bajo algún alero poco amigable, o se mueren de frío entrada la noche, o caen en un enredijo de maleza en la intemperie, o son alcanzadas por una bala y terminan en el plato de algún individuo…

—La vuelta al nido, es casi un milagro, podría hablar días enteros de ello. Eso sí, no me creo nada de “navegación solar”, “navegación magnética”, “radar celestial”, “herencia genética” ni nada de esas ridiculeces. Yo sólo creo en una cosa: “la leña seca prende fuego”, las palomas son aves monógamas y de un exacerbado sentimentalismo. Aunque separes a una pareja por mucho tiempo, basta que antes de la carrera les des media horita a solas: querrán volver a toda prisa para reunirse con su amada.

El señor Mu no quiso escuchar más, sintió algo sospechoso en el tono del criador de palomas y le pareció que el ofi cio respondía en su vecino más a un utilitarismo que a una auténtica pasión. ¡Aquel individuo no sabía nada de palomas! Era sólo una excusa para pasar el tiempo; no tenía ni idea de por qué volaban o de por qué no; ni por qué se perdían, si se perdían, o por qué arriesgaban su vida para volver a su nido.

—Y usted… ¿en qué trabaja? —lo interrumpió el señor Mu.

—¿Yo?… hm, logística… —respondió vagamente el criador de palomas, como si esa parte de su vida no le causara el más mínimo interés.

V

La esposa colgó de la pared de la sala un gigantesco diagrama con todos los meridianos y puntos de acupuntura del cuerpo; lo observaba de arriba abajo y de derecha a izquierda como si se tratara de una obra maestra de arte. Después de comer, ella arrastraba al señor Mu a observar aquel cuerpo desnudo de hombre invitándolo a identificar, cual ciegos tocando un elefante, la correspondencia con un cuerpo real: Hanyan(maxilar cansado)…. Zanzhu (donde se acumula el bambú)… Dicang (granero de la tierra)…. Huagai… Yishe….

Los puntos de acupuntura trepaban cual hormigas el cuerpo colorido del diagrama. Tendría más de quinientos, todos compitiendo por el nombre más rebuscado y moviéndose por los resquicios del cuerpo, algunos muy juntos, otros formando una suerte de polígono abstracto. El señor Mu echó un breve vistazo al gigantesco nuevo cuadro, luego cerró los ojos y obediente dejó a su esposa presionarle los puntos respectivos. ¡Los puntos son una cosa rarísima, llena de imaginación! Este nuevo tema tuvo ocupada a su mujer por los próximos varios meses.

La voz de su esposa se manifestaba con intermitencias: “el mar de la sangre…el abrigo del yin… ¿sabías que en total hay doce canales energéticos unidos a doce órganos? Espera a que lo entienda mejor y después, si algo te duele, bastará con presionar tal o cual meridiano para curar el problema de raíz. Sí, mira, el shaoyin del pie corresponde al meridiano de riñón; y el taiyang de la mano al meridiano de pulmón… Y claro, la hora importa, todos los órganos tienen un momento del día en que funcionan mejor, y es en aquel momento cuando es más benéfico presionar los puntos. Por ejemplo, el meridiano del intestino grueso funciona de 5 a 7 de la mañana, el del estómago de 9 a 11, el del corazón de 11 a 1 del mediodía…

El señor Mu sonrió. Qué inocente era su esposa, ¡cuánto preciaba la vida! se la veía plena, feliz. Ojalá el cielo la sepa proteger.

De la nada recordó:

—Ah, por cierto, con lo de las palomas… no se pueden comprar. Son palomas de carrera, de fino pedigrí y demás, cada una cuesta de diez a veinte mil yuanes. —Dijo el señor Mu casualmente, no según su imaginación sino citando las palabras del criador.

—¡Cierto! si no lo mencionas se me olvida —la esposa se levantó del asiento, emocionada tomó una hoja impresa y se la extendió a su esposo— encontré esto hoy en Internet.

El señor Mu la recibió.

El contenido proteico de la carne de paloma supera el 15%; contiene altas dosis de vitaminas y minerales como calcio, hierro, cobre, etc. En particular la carne de los pichones recién nacidos contiene una generosa cantidad de aminoácidos ramificados y otros como la arginina. La carne de paloma es rica en sulfato de condroitina, incluso más que el cuerno de venado. El consumo regular estimula la vitalidad de las células cutáneas, incrementa la elasticidad de la piel, da color rojizo al rostro. Particularmente benéfico para personas de mediana edad, ancianos y mujeres…

La cantidad de rivoflavina presente en los huevos de paloma es 2,5 veces superior a la del huevo de pollo; el contenido de lecitina es también 3 o 4 veces superior. El contenido nutricional de 100 gramos de huevo de paloma es el siguiente: proteína, 10,8 gramos; grasa, 16 gramos, ácido pantoténico 0,62 miligramos; Ácido fólico, 60 microgramos, biotina 12 microgramos, Niacina 0.08 miligramos…

El señor Mu se abrumó, no tenía ni las ganas ni el valor de enfrentar a su esposa. Por fortuna aún no le había confesado su admiración por las palomas, pues de hacerlo temía que la conversación en vez de llegar a un impase, se fuera directo al abismo.

—Para quienes estamos en la edad de la menopausia la carne de paloma es un complemento alimenticio —dijo su mujer su mujer mientras le presionaba la parte trasera externa de la pantorrilla.

—¿Se siente bien? ¿Sientes cómo entibia el estómago? Es el meridiano de vejiga, altamente benéfico para la próstata.

—Si fuera yo una paloma, ofrendaría mi carne y sería tu alimento mi amor —Dijo el señor Mu forzando una sonrisa.

Tenía la mirada lejana y no entendió de dónde le vino ese súbito impulso por decir semejante frase tan cursi.

Pero siendo absolutamente francos, todo sería mejor si realmente fuera una paloma. Podría sacudirse de esa añeja sensación de vacío, y ciertamente de estos malditos puntos de acupuntura. Nada de docilidad, nada de complacencias. Volaría, aunque hiciera frío y hambre, en medio de la intemperie remota, volaría, hasta quedarse sin casa y sin refugio, volaría, por encima de su ser y de su triste vida.

—Qué bobadas tan melosas se te ocurren. Además, a ti ni vale la pena comerte. —Su mujer presionó con mayor fuerza en la pantorrilla. Su mirada, sin embargo, se suavizó. Qué lánguida diversión familiar. ¿No tendría que sentirse sosegado, el señor Mu? Su mujer soltó un suspiro:

—Bueno, fuera de chiste, ¿aquel tipo de verdad nunca come paloma? ¡Qué lástima! ¿Y si de repente se le volaran diez y se perdieran? ¡Qué desperdicio! Qué hombre más tonto.

El señor Mu asintió y repitió, demostrando su aprobación:

—Sí, un tonto, qué desperdicio. Al decirlo sintió cómo sus sentidos se ponían alerta.

Echó un vistazo a la ventana, y vio a una paloma moviendo su cabecita, gu gu, y meneándose de aquí para allá. La noche era negra, pero la paloma brillaba en medio de la oscuridad, colgaba en medio del vacío con diáfana claridad; la cola gris ceniza y un tridente dibujado sobre sus plumas; sus ojos rojos, magníficos, observaban con calidez al señor Mu.

Él la reconoció, ¡era la misma paloma! Aquella que vio el primer día. Una punzada de triste amargura lo invadió. Pensó que aquel departamento era demasiado grande. Su esposa estaba de pie en un remotísimo rincón, el viento soplaba, y todo su cuerpo se elevaba y comenzaba a flotar, vívidamente simulando tener unas alas hasta el momento desconocidas y sumergiéndose en un reino cercano a la auténtica felicidad. Pero su objetivo no era el nido de casa, sino el poblado de Yumen, y aquella zona donde el viento desgastaba las rocas y el suelo; el lugar de entierro tras la podredumbre del espíritu.

—¡Ey, viejo Mu! ¿Me estás escuchando o es que este punto en la pierna tiene funciones hipnóticas? ¿Te dormiste o qué? —le gritó en la oreja su mujer—. ¿Me escuchaste o no? Te digo que le preguntes, como casual, al tipo de las palomas. Con tantos bichos seguro habrá algunas de las que se tiene que deshacer, ¿no? Nosotros las compramos, él gana también, nos las comemos frescas. Yo me encargo de buscar algunas recetas para hacer con la carne: una sopa, un caldo al vapor, paloma salpimentada, de todo se puede, y seguro se mantiene el sabor… y bueno, si no quiere pues olvídalo, las compro en el mercado. Realmente no entiendo cómo no se me ocurrió antes, semejante suplemento alimenticio de calor debería haberlo hecho parte de mi dieta hace tiempo…

El señor Mu soltó una desganada sonrisa y volteó nuevamente a mirar por la ventana. Allá seguía la paloma, rutilante en medio de la negra noche; mirándolo al vaivén de su inquieta cabeza; hasta su cola con patrones artísticos parecía estremecerse con la risa. El señor Mu sintió una profunda confusión: ¿cómo es que una paloma puede reír?

VI

—Ni le cuento de la sangre, eso es muy complicado. Las sutilezas del cuello y el esternón tampoco son cosas que se puedan aprender de la noche a la mañana; el color de las plumas y la forma de la cola es muy aburrido, pero vea, acérquese, le voy a enseñar a juzgar la paloma por sus ojos. Primero, deben estar arriba de la línea del pico, eso es fundamental, para que la nariz no bloquee la vista durante el vuelo. Segundo, fíjese en el párpado. El color no importa, rojo, amarillo, negro, gris da igual, pero tiene que ser delgado, y cubrir perfectamente la órbita. El ojo no debe ser acuoso, pues aunque se ve bonito el temperamento de éstas es el de Lin Daiyu (1) … Pero no, olvídelo, en realidad todo esto son nimiedades, lo realmente clave está en la pupila. Obsérvela con atención, vea la frecuencia con que se contrae. Entre más rápido mejor, ¡vea! , ponga la mano acá, agárrele la cabeza con el pulgar y el índice. ¿Lo siente? ¡La pupila vibra!

En realidad, fue inexplicable cuando el criador de palomas, con una dosis semejante de amabilidad y obstinación, invitó al señor Mu a subir a su terraza. El sujeto tenía puesto un oftalmoscopio, parecido a los que usan los relojeros, que le agrandaba los ojos al punto que parecían querer salirse de órbita. La escena tenía algo de tenebroso. El criador de palomas le extendió otro al señor Mu. Luego, con la gentileza de quien conoce su arte, estiró una mano hasta las jaulas, apresó a una paloma entre sus manos y en tono de experto extrajo un par de conclusiones con respecto al espécimen. El señor Mu no entendía mucho. Para ser francos tampoco le importaba… tenía cierta reticencia hacia lo exacto y lo científico. Más aún, se preguntó ¿qué sentido tenía aquello con relación a la paloma per se?

—Pero lo más, más importante de todo está en el iris, aquí se esconden los misterios más abstrusos de estos animales. Todas son distintas, hay que aprender a observarlas en la superfi cie y en el fondo. El granulado del iris debe ser claro y la superficie debe producir una sensación tridimensional. Vea por ejemplo esta, tiene el fondo blanco y la superfi cie roja, este tipo de iris se llama “durazno”; si es de fondo amarillo con superficie roja se llama “amarillo gallo”; a mí me gustan las de ojos amarillo gallo, pues son muy hábiles para cielos nublados. Vea estos ojos amarillos con gotas de lluvia, estas son las mejores para carreras de fondo…

Ante la insistencia del criador de palomas, el señor Mu tomó el oftalmoscopio, se inclinó hacia el frente y observó a profundidad los ojos del ave. De pronto se sintió aturdido; los trozos granulados del iris eran como un terciopelo; como una lluvia de colores, una multiplicidad de objetos flotando sobre el vacío. La belleza le resultó insoportable. Tuvo que dejar de observar, sintió su alma atrapada y quiso saltar al vacío. Lo qué más lo estremeció fue el núcleo de la pupila: un negro profundo, infinito, rodeado de nubes purpúreas, rojas y amarillas; un ojo astuto, consciente, como si a través de él pudiera ver sus vidas pasadas y su porvenir. El señor Mu sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal.

—Ah, y ¿sabe por qué lo invité, por cierto? Le cuento: quiero que me ayude a escoger cinco palomas para la carrera de Yumen —dijo el criador de palomas con suma amabilidad, cual si le estuviera ofrendando al señor Mu un preciado regalo. Sin embargo, en su tono había algo de lástima. El señor Mu no pudo evitar fijarse en la sala y el comedor del apartamento del criador de palomas. Se repetía la misma idéntica escena de objetos atiborrados y plena desolación de todas las demás casas, un vulgar copy-paste sin ninguna imaginación: las frutas sobre la mesa, el periódico sobre el sofá, una pelota de baloncesto en una esquina, los tacones de la señora de casa puestos sobre el vestíbulo… la misma familia, marido mujer e hijo replicados en un molde perfecto… Cada hombre con sus temas de trabajo, la esposa queriendo adelgazar hasta el fin de sus días, el cable del internet hirviendo de caliente… Algo de sabio tenía el colombófilo en jamás hablar de su vida privada.

—¡Pero si yo no sé nada! No tengo ni idea de palomas… más allá de las propiedades nutritivas de su carne… Ni el señor Mu sabía de dónde salió esa aspereza, pero por alguna razón pensó que la hostilidad era lo más conveniente en aquel momento.

—No hay nada que saber. Sólo escuche a su intuición. En todos los años que lo he hecho he acertado tanto como he fallado. Claro, es jodido y, sobre todo, tengo un poco de miedo. Hace mucho que no pongo a mis pequeñas a participar en una carrera de gran fondo, y ¿quién me garantiza que no correrán la misma suerte que la vez pasada?… aquella decisión significó… entonces mejor lo dejo a usted escoger y así yo me tranquilizo. Vea, las de estas tres jaulas están en el primor de la vida, y todas son de largo aliento, perfectas para carreras de gran fondo. No tiene que saber nada más.

El criador de palomas se quitó el oftalmoscopio y observó fijamente al señor Mu.

El señor Mu lo observó de vuelta. El rostro del colombófilo le era completamente extraño: los pocos pelos que le quedaban en la cabeza, peinados con cuidado, contrastaban con la ansiedad reflejada en su áspera mirada. Frente a frente y muy cerca el uno del otro, el señor Mu se sintió incómodo, como si hubiese entrado en el escenario de un sueño que ya había tenido: parado bajo la lluvia en un día gris junto a un foráneo de nombre vago y ropa informal, al lado de las jaulas discutiendo torpemente sobre los arcoíris, las plumas de las aves, y la vida y la muerte.

—Entonces… yo, mm —El Señor Mu sintió una súbita urgencia por huir, pero no estaba dispuesto a pasar como un vil cobarde. Entonces simuló seriedad y comenzó a observar una por una a las palomas.

—Esa, la de la izquierda. Aquella se ve bien. La tercera de izquierda a derecha —Sin tener idea bajo qué criterios ni de acuerdo a qué parámetros, terminó por escoger cinco especímenes. ¿Dónde estaba la paloma con el tridente dibujado en la cola, aquella que brillaba en medio de la oscuridad? Nunca la vio.

No quiso quedarse con la duda, y un poco apenado le preguntó al criador:

—Hay una… en la cola tiene como un dibujo, como un tridente. ¡No no no! … error, ¡todo es un error.

El criador negó con convicción.

—Imposible, jamás he visto una paloma con esas características. Fíjese bien en los patrones de las plumas, o bien son gotas de lluvia, o bien son olas; lo más cercano sería esta que tiene como un gancho dibujado, ¡Sí, sí, sí! ¿Un tridente? ¿No, no, no? ¿Me está tomando del pelo?

—¿Nunca… jamás? —balbuceó el señor Mu, perplejo, mordiéndose la lengua.

—Entonces fui yo que me la imaginé —dijo el señor Mu al tiempo que decidía nunca volver a traer aquella paloma a colación. El criador no tenía ni idea, pero él sí sabía. La había visto. Aquella paloma era de él y de nadie más.

El criador no le prestó mayor atención al asunto. Sacó las cinco palomas y se puso a observarlas al tiempo que recitaba en casi un susurro el número de serie contenido en el anillo de su pata y le explicaba al señor Mu su casta y su linaje, y los premios obtenidos por su abuelo o su tío o su hermana…

El criador súbitamente elevó la vista al cielo. Nada había allá arriba. De pronto se retrajo.

—Ay, sería una gran fortuna… si pudieran volver de Yumen. Un 1%. Si el cielo las favorece yo… les pondré el mejor nombre. Es más, ¡usted las bautizará!

El señor Mu negó con la cabeza. En primer lugar, no quería cargar a cuestas semejante responsabilidad y, en segundo, le surgió un repentino y opresivo frío interior; como si supiera cuál sería el desenlace de esa historia (fuera por las palomas o por él). No. No habría oportunidad de bautizarlas.

—Oiga y… ustedes los que se dedican a este oficio, ¿nunca se comen a las palomas o a los huevos?— Esta pregunta nada tenía que ver con la terca insistencia de su esposa, sino más bien con la determinación de afrontar a su interlocutor para concluir con aquella conversación.

—Oh…. bueno, las que no se pudieron entrenar, o las que ya están viejas, enfermas o las que se caen y mueren, hay que hacer algo con ellas. Pero en cualquier escenario uno nunca se comería las propias, digamos que las mías se las daría a otro criador y él las suyas a mí, ¿entiende? Así es menos grave. En cuanto a los huevos…

El criador balbuceó algo turbio e ininteligible y acto seguido viró el cuello en dirección a las jaulas, al parecer con la intención de sacar a su paloma favorita de plumaje lluvioso y ojos amarillos.

El señor Mu aprovechó la oportunidad para darse la vuelta y con sigilo partir de la terraza del criador. Se sintió contrariado, ¿por qué quiso el criador que fuera él quien escogiera las palomas para la carrera?

Antes de partir, echó un ojo desde la terraza hacia abajo. Su departamento, tan familiar, se veía ligeramente deformado por la perspectiva del espacio diagonal desde el que nunca lo veía y tan cerca que podría encogerse de hombros y llegar de un salto. Sintió sus piernas renacer, llenas de vigor, al tiempo que una añeja memoria muscular resucitaba, como electrizada por un poderoso rayo. Recordó un importante episodio de su vida.

Estaba estudiando en la universidad y, como parte de la formación, tuvo que acudir a otra provincia en calidad de interno. Un día, apostó con otros que era capaz de saltar una zanja abandonada de más o menos dos metros y medio de ancho. La zanja era de una profundidad incierta, oscura y con piedras pluriformes reposando en el fondo. Digamos que uno no querría imaginarse lo que podría pasar si no llegaba al otro extremo. Temerario y no por ello menos afortunado, saltó por sobre el abismo, arribó a la otra orilla y recobró la sonrisa. En medio de los aplausos, como premio por su hazaña se ganó dos paquetes de cigarrillos Camel. Tras todos estos años, cada vez que alguien le regalaba un Camel en su garganta florecía un sabor rancio y dulce, el vestigio de un recuerdo de dicha y rebelión. Se sintió único, venido de otro mundo, extraordinario y en nada comparable al montón.

VII

Como era de esperarse, la esposa salió de compras y volvió con dos pichones de paloma.

—¡Qué horror! ¡Son más caros que una gallina entera! Se quejaba complacida al tiempo que recitaba las bondades de la carne de paloma.

Minutos antes habían tenido una cordial disputa.

Cuando el señor Mu regresó de la casa del criador de palomas con las manos vacías, su esposa entornó los ojos con desdén:

—¡Quién se cree ese tipo! Te invita a su terraza y luego… qué descaro, qué falta de… es como si un amigo abriera un restaurante y no te invitara ni a una copa, como si fuera dueño de una editorial y no te regalara ni un libro. Es simple y sencillamente injustificable. —Algo de razón tenía su esposa.

—No es que sea injustificable, es que son palomas mensajeras, de competencia… —El señor Mu, inmerso en el recuerdo de aquel salto, no tenía ganas de gastar saliva.

—¿Sabías que tengo un suéter de lana blanco con una mancha amarilla que a la fecha no he podido quitar? Adivina qué es… ¡Caca de paloma! y aún así no lo he denunciado ante la administración, ¡que no joda! con las infecciones y epidemias de esos animales, y ¡ni siquiera es capaz de soltar una!

—Tú… realmente… no lo harías… ¿Verdad?

El comité de condóminos seguía gozando de cierta autoridad y el señor Mu de práctico no tenía nada. De súbito recordó el fervor desenfrenado del colombófilo que tenía por vecino, y se preguntó cómo es que había decidió dedicarse a aquel ofi cio, para luego dejarlo y nuevamente retomarlo. Por qué tristezas y alegrías habría transitado en la vida el hombre… pero, bueno, el criador no era realmente importante, lo único importante eran las palomas blancas como la nieve, y también las grises. Imposible.

—Probablemente no —respondió la esposa entendiendo a qué se refería, al tiempo que decidía tomar cartas en el asunto —Me voy entonces a comprarlas por mí misma.

Un sabor ácido inundó la lengua del señor Mu. Estaría a punto de vomitar, o quizás no. En cualquier caso, sabía que no se opondría rotundamente a tomar sopa de paloma. No quería parecer un fanático, mucho menos enfrentarse a su esposa a causa de algún profundo y sensible nudo que ni él mismo era capaz de descifrar. Al fi n y al cabo, él era un buen hombre… ¿O no?

La sopa era ligeramente amarilla, con pedazos de cebollín flotando despreocupados en un apetecible fondo verde esmeralda, rematado con unas bayas goji que para el caso eran como la cereza de un perfecto pastel. La sopa tenía un aroma fragante, la carne estaba tierna y dulce. Innegable que en el aroma asomaba el paraíso del sibarita. El señor Mu se bebió su tazón con infinito placer, repitió dos veces y medio más. Un poco de sudor asomó de su frente. Su esposa dijo que exhalar sudor era la mejor señal para la salud.

Incluso llegó a hacer una muy torpe broma con respecto al tema de conversación de antes.

—Me da miedo pensar que este haya sido yo, que me esté comiendo mi carne y bebiendo mi sangre… —Su esposa no se rió.

Él, mientras tanto, sintió en reiteradas ocasiones que la paloma gris con el tridente dibujado en la cola nuevamente surcaba el aire circundante a su ventana mientras lo observaba. Pero no se atrevió a voltear. Sabía que en aquel momento estaba cayendo bajo… la insoportable pesadez del cuerpo.

Por la noche, sentados uno frente al otro, remojando sus pies en agua caliente, el señor Mu le contó a su esposa que aquel mismo día había recibido la noticia de la muerte de un viejo compañero de universidad.

—Aún no lo puedo creer, con lo sano que era. Hasta tenía el récord de 200 metros planos de toda la facultad; lo recuerdo en la reunión de ex alumnos de hace dos años, diciendo que en su vida tenía la meta de conseguir ‘tres cienes’: 100 millones para su esposa, 100 metros cuadrados para su hijo y 100 años para él. ¡Qué tragedia!

La noticia, como un monumental imán, atrajo todos los fragmentos perdidos de historias semejantes. Su mujer lanzó un largo suspiro y acto seguido comenzó a enumerar una por una las desgracias sufridas por sus conocidos: que a no sé qué colega le había dado una súbita enfermedad cardíaca; que un primo lejano tuvo un derrame cerebral, que a la ex mujer de un amigo le diagnosticaron leucemia y que a un profesor del hijo cáncer de estómago… añadió un poco más de agua caliente al balde.

—¿Ahora entiendes? ¿Entiendes por qué me la pasó todo el día pegándome en la espalda y cocinando esto y moviendo aquello? Yo ya decidí que mi misión más grande en esta vida es velar por nuestra salud. Nada más me importa. ¿Me entiendes, ahora sí?

Efímeramente conmovido, el señor Mu se dio cuenta de cuán superficial y nimia era esta emoción, tanto quizás como el desdén con el que este último par de años había visto los esfuerzos de su mujer por cuidar del cuerpo.

Pero él también había tomado la decisión de ser obediente, y por ello sumiso se tragó su sopa de paloma. Su esposa la preparó, él se la comió (tres tazones enteros), un poco de sudor emanó de su frente. Tenía que tranquilizarse: complemento de calor, tibieza, calidez moderada. La nutrición y el cuidado de la salud eran sin duda más propicios y adecuados para los cobardes.

Mientras tanto, las palomas revoloteaban libres, en el exterior. Al nacer sabrían que morirían volando, en medio del aire. Él, por el contrario, con aquel cuidado solemne, estaba destinado a exhalar su último sucio estertor tirado en una cama y ataviado de un impoluto ajuar.

VIII

Todas las tardes, al caer el ocaso, el señor Mu observaba las palomas posarse sobre la terraza vecina. Su entusiasmo, sin embargo, había disminuido considerablemente.

El criador de palomas seguía hablándole como un loro desde su relativa altura. Se lo notaba con las emociones alteradas, y cada vez más inquieto conforme la carrera de Yumen se aproximaba.

Ahora hablaba sin concierto sobre la alimentación de las palomas: que azafrán con bayas goji para aguzar la vista; que polvo de levadura para mejorar la digestión; que silicato y alpiste saludable con objeto de limpiar los intestinos; y encima de todo, decía, al agua que bebían había que añadirle extracto de ajo o un poco de miel, según la función que se quisiera mejorar. Decía también que a las cinco palomas seleccionadas para la carrera las tenía a régimen para complementar las proteínas de su cuerpo… Escuchándolo con paciencia de santo, el señor Mu se fue percatando, lentamente, de que su parloteo contenía el mismo tono engreído y dogmático de su esposa al hablar de la nutrición y la salud. ¡Acaso tratar a las palomas como si fueran humanos no era en el fondo lo mismo que reducirlas a meros sacos de carne para tragar! Una incomodidad sin nombre invadió al señor Mu. Qué mierda, es una verdadera pena que este hombre haya pasado tantos años junto a las palomas creyendo que nutría un espíritu, cuando en realidad lo único que hacía era alimentar un saco de carne y hueso.

Pero el criador seguía hablando con su ronca y agitada voz. Lecciones de vuelo de 50 y 100 kilómetros en direcciones prefijadas, y también en medio de la noche; formas de enseñarles a conseguir comida en el camino (para ello primero dejaba de alimentarlas varios días y luego, a sabiendas que tenían el estómago vacío, enterraba cierta cantidad de maní, arvejas, garbanzos, trigo, sorgo, semillas de melón y demás, o bien las lanzaba en medio de la arena o las esparcía por entre las raíces del pasto para obligar a las aves a buscar su alimento…

—Sin esto, mandarlas a una carrera de fondo es una condena a muerte. Yo… lo único que quiero es que vuelvan bien.

La voz de criador, tal como su rostro, comenzó a perderse en medio del viento nocturno. El corazón del señor Mu nuevamente se suavizó; pensó en su esposa, y luego en el criador, y luego nuevamente en su esposa. Esa seriedad, ese convencimiento, esa ingenuidad. ¿Quién se creía él para criticarlos?

—Uf, con semejante rigor, seguro que aprenderán —dijo en un intento más que torpe por consolar al criador, al tiempo que miraba a través de la ventana el espiral que trazaban las palomas con su vuelo, sucediéndose de arriba abajo, navegando el cielo adyacente en un efímero vaivén de trazos, cual si estuvieran redactando un edicto imperial en una caligrafía ilegible; una profecía que se mofara de la realidad y que, tristemente, ningún humano, nunca, llegaría a entender.

—¡Ven, antes de que se enfríe la sopa! —lo llamó su esposa desde el comedor. El señor Mu cerró con esmero una por una las ventanas del balcón. A pesar del exquisito olor de la sopa de paloma, la verdad es que el aroma no podría llegarle al de cebolla frita ni a los dátiles horneados. En cualquier caso, el señor Mu cerró las ventanas. Afuera las palomas volaban.

En los días posteriores, mientras ellos comían cantidades exageradas de sopa de paloma, crecía la ansiedad del criador. Las palomas recibían sus lecciones de vuelo, el color del rostro del señor Mu mejoró y su mujer estaba cada día más convencida de su misión en la vida… además de realizar sus ejercicios metódicamente y preparar turrón de gelatina con exacta periodicidad, descubrió el “dictum del omnívoro”, y tras su epifanía se sumergió en el arte de la diversidad del alimento que, en pocas palabras, rezaba: entre mayor variedad de alimentos en el organismo, mayores beneficios para la salud. Dicho de otra forma, el menú diario debía ser amplio, yuxtapuesto y omnicomprensivo, y no podían faltar hojas, tallos, cereales, nueces, granos, frutas, lácteos, carnes rojas y blancas y mariscos, entre otras cosas. Según el “dictum del omnívoro” la dieta ideal de todo ser humano tendría que contemplar más de veinticinco variedades distintas de alimentos al día. Su mujer se arrojó a la faena de diseñar todas las mañanas el menú del día e, invariablemente, al llegar la noche se la veía moviendo los ojos y haciendo cuentas en silencio a ver si habían o no cumplido el objetivo.

El señor Mu aceptó gustoso el “dictum del omnívoro” y, en recompensa, su esposa dejó de preocuparse por el criador de palomas.

Pero había algo que tenía al señor Mu con un dolor silencioso pero agudo: aquella paloma gris de plumas en tridente no había vuelto a visitarlo. La extrañaba y, sin embargo, no se atrevía a mirar a la ventana para buscarla.

Bajó la cabeza y puso toda su atención en sorber la sopa que yacía frente a él.

IX

Una semana antes del inicio de la carrera de Yumen, un extraño siseo se apoderó de la voz del criador de palomas. El señor Mu apenas había asomado la cabeza por el balcón cuando el criador, impaciente, le anunció desentonado:

—Oiga, como que… ¡Voy a inscribir a todas mis palomas a la carrera de Yumen! ¡Todas! ¡Treinta y siete palomas! ¡A volar, carajo!

Al señor Mu le picó la garganta. Emitió un feroz gruñido para aclarársela antes de responder. Quizás aquel criador de palomas era una persona de ánimos mutables, de decisiones cambiantes, ¿qué podía decir él? Prefi rió no inquirir en las profundidades y quedarse en lo superficial.

—Y… ¿Aún está a tiempo? ¿No le sale muy caro inscribirlas a todas?

Con voz aguda y acongojado, pero simulando gran alegría, el criador de palomas replicó:

—¿No me va a preguntar por qué? ¿No le interesa por qué las voy a mandar a todas directamente a la muerte?

El criador no estaba para rodeos. Nunca antes había mencionado la palabra muerte con tal crudeza.

El señor Mu no dijo nada. Supuso que el criador, fiel a su costumbre, terminaría por responder a sus propias preguntas.

Pero no. Ahora imprecaba en un tono inusual, agudo e incisivo.

—¿No me va a preguntar? ¿No que muy curioso, … o sólo ha estado fingiendo y nunca le importaron un bledo mis palomas? ¿Le gustaban realmente o no tenía nada mejor qué hacer?

El señor Mu, desencajado, cedió a la presión.

—Veo… entonces, ¿por qué? —preguntó al tiempo que lamentándose seguía observando, ávido, a las aves. Así las cosas, sería la última semana que las vería sobre la terraza vecina, que se posarían en su horizonte cercano, que alegrarían su mundo mediocre e insípido. Todas desaparecerían en medio de lugares ignotos o, peor, tal como lo dijo el criador de palomas con severidad: volarían sin escalas hacia la muerte.

—¡Porque me denunciaron! El comité y la oficina de administración me enviaron una notificación, muy formal, por escrito, y hasta con un sello rojo, diciendo que, dentro de los próximos diez días, sí, ¡diez días!, tenía que deshacerme de todas mis palomas. ¿Será un regalo del cielo? ¿O será que me toca mudarme de casa e irme al carajo? ¿O venderlas a todas? ¿O dejarlas en una de esas tiendas con alguien que sólo le importa el dinero y que las hace sufrir hambre con tal de no gastar? ¿O matarlas y cocinarlas y comérmelas a todas? Siendo estas mis opciones, pensé, qué bueno, pues que vayan a la carrera, que vuelen, no me importa si el 99% muere y el 1% regresa. Al fi nal, es su destino. Supongo que está bien. Así son los putos designios de la perfección.

El señor Mu miró detrás suyo. Su esposa yacía sobre el sofá con un par de gafas estudiando ensimismada un panfleto de “Alimentación Zen” que, palabras más, palabras menos, invitaba a mezclar unos diez o más alimentos, entre ellos hongo poris, cocos, nuez, ñame de la montaña, semillas de lágrimas de Job, ajonjolí, raíz de kudzu, ginkgo, gelatina de piel de asno, fríjoles negros, semillas de calabaza y arroz integral para luego molerlos y tomar el polvo resultante diluido en agua caliente todos los días. Esta mezcla mágica era capaz de eliminar las manchas de la piel, reducir la grasa, prevenir el envejecimiento, incrementar la inteligencia, disminuir los niveles de azúcar, grasa y tensión, además de mejorar la vista y fortalecer el sistema inmune. Mejor dicho, no había requerimiento de la salud humana que la omnipotente “Alimentación Zen” no pudiera satisfacer. El descubrimiento era reciente: aquel mismo día mientras paseaban por el mercado, su mujer de casualidad se encontró el panfleto. Ahora, de lo único que se arrepentía era de no haberlo descubierto antes, por ello lo estudiaba infatigablemente… Sentada con postura disoluta y con expresión impecable, lo que desde el tejado vecino gritaba el criador de palomas a ella le entraba por una oreja y le salía por la otra… sus habilidades de escucha ciertamente no eran las mejores.

El señor Mu empezó a sentir cómo su estómago comenzaba a revolverse, cual si todas las palomas que se había tragado en los últimos días hubieran resucitado y comenzado a revolotear y rebelarse en medio de sus tripas. Pensó que si abría un poco la boca todos los pichones grises y blancos que había tan gustosamente digerido saldrían volando por fuera de su ser.

—¡Oiga, el de abajo! ¿Qué pasa, le tragaron la lengua los ratones?… ¡Tranquilo, no estoy diciendo que fue usted! Usted… jamás podría haberme delatado, desde que lo conocí supe que era un pobre diablo sin pelotas. De hecho, para serle franco, esas personalidades pusilánimes me molestan … ¡Y ni siquiera sabe escoger palomas! Esas cinco que me escogió son las peores, y ni siquiera se fijó en mi mejor espécimen, la de puntitos de lluvia y ojos amarillos, pero… Lo más extraño es que después de que las escogió comencé a agarrarles cariño, así que ahora estoy todavía más molesto, ¿por qué carajos tuvo que escoger esas?

El criador se había sumergido en un solemne monólogo, en el que ya no esperaba que el señor Mu ni se defendiera ni estuviera de acuerdo. Él nunca se hubiera podido imaginar la vacua esperanza que el señor Mu depositaba en las palomas, ni tampoco la relación, mucho más mundana, claro está, de su esposa con la carne de estas aves.

—En fi n, sé que no lo entendería, pero de hecho estoy tranquilo. Al fin y al cabo, ¿no es lo mismo lanzar cinco o treinta y siete? Si se mueren, pues que se mueran todas. Lo bueno es que con la muerte se acaban los males y con los males se acaba mi preocupación.

El señor Mu tosió en un intento por decir algo, pero en realidad pensaba en la paloma gris con la cola de tridente. Pensó que ella también partiría, que no volvería a visitarlo, a observarlo, a surgir de la nada frente a su ventana. Recordó aquel par de ojos, su pupila única, su rostro excéntrico, su iris reflejando la compasión infinita del Buda Amit bha.

X

—¿Supiste, lo del vecino? —el señor Mu observaba fijamente a su esposa—. Lo terminaron reportando, finalmente. ¡Ahora le toca deshacerse de todas las palomas! Por nuestra amistad, quizás pueda darnos unas…Digo, pensé que podríamos matarlas, congelarlas, y comérnoslas según necesitemos. Es práctico, y bien distribuidas nos pueden durar un par de meses.

—Sí, estaría bien. Aunque habrá que pagar. Y como son palomas mensajeras entrenadas y demás, seguro la carne es de mucha mejor calidad que las ordinarias. Además, están bien alimentadas, porque no es que se les pueda dar alpiste sin más —siguió su esposa como enunciando científicamente la situación. En su expresión, sin embargo, no se notaba mayor interés. Tenía el ceño fruncido y un semblante entre preocupado y vacilante.

—Ay, esto del aceite es un dolor de cabeza. Con una colega estuvimos todo el día investigando y ahora estoy peor que al principio. Todo el mundo dice que el aceite de oliva es bueno, pero su contenido de ácido alfa-linolénico es de tan sólo el 1%… resulta que el aceite de canola es el mejor en este aspecto, con un 11%; la cantidad de contenido no graso del aceite de maní es la más alta, sólo después del de oliva, pero le falta germen, que es excelente para el corazón y la prevención de derrames cerebrales. El aceite de girasol no está nada mal, tampoco, en particular porque es el más alto en contenido de ácido linoleico, muy similar al aceite de cártamo, que es carísimo… estos científicos son de lo peor, te sueltan todos estos datos ¿y luego? preferiría que sólo dijeran cuál comprar y ya.

El señor Mu ya no observaba a su mujer. Entendió que ya no tenía caso seguir por esa senda; el sentimiento cómplice de la travesura se fue desinflando como se desinfl a una pelota tras pincharse con una aguja. O, quizás, él sencillamente no estaba lo suficientemente calificado como para ponerse al nivel de una conversación con su esposa.

Aquella misma mañana, el criador de palomas había estirado el cuello desde su piso y gritado en dirección a su balcón:

—Hoy por la madrugada reuní a todas las palomas. Ya están en camino a Yumen.

Las jaulas en la terraza del vecino, carentes de palomas, ya no eran más que rejas transparentes, tan vacías como el mismísimo cielo. Un instante de pánico atravesó al señor Mu. Su vida nuevamente entraría en aquella monótona repetición; el paisaje desde el balcón volvería a ser la triste copia de una pintura plagiada sin cesar.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Avergonzado, sintió lástima de sí mismo y también de su mujer. Esa vida en común donde ambos comían lo mismo y compartían cama había requerido de un esfuerzo sobrehumano por parte de ambos. Él nunca la había entendido, tampoco le había importado. Quizás fuera ella todavía más infeliz que él… aceite de maní, de oliva, de soja, de girasol… aquí estaban sus verdaderas pasiones, qué vida más triste.

—Oiga, el de abajo, acabo de recibir un mensaje. Hoy a las seis horas con ocho minutos el juez de la contienda abrió las jaulas. ¡Comenzó la carrera!

El criador de palomas blandía su celular frente al rostro del señor Mu.

—Tercer día —reportó puntualmente el criador—, treinta y siete pequeños animalitos están en este momento navegando por el aire. ¿Ya vio el pronóstico meteorológico? Ayer en la región occidental cayó un aguacero tremendo…

Las jaulas impedían ver con claridad el rostro del criador. El señor Mu se percató de que no recordaba en absoluto cómo era la cara de su vecino.

—¡Cuarto día! —reverberó una voz saltarina en medio del espacio—. ¡Ya llegó la campeona! Es de Nantong. Lo sabía, seguramente es del linaje de la princesa del oeste. Wow, más de 6000 palomas campeonas de aquella estirpe. ¡Qué belleza! Vea, ya comienzan a llegar las demás, deben haber llegado unas trescientas o cuatrocientas ya. Según me dicen, el porcentaje de las que hoy en día vuelven a sus nidos ha incrementado bastante, incluso en las carreras de gran fondo no es raro que vuelva el 5 y hasta el 7%.

—Día once. Nada de qué preocuparse. Aún es pronto para conclusiones. Por lo general tardan catorce, quince días. Algunas incluso llegan dos meses después. Treinta y siete son las nuestras, volverán, eventualmente. Saben regresar. Lo sé. Hasta puede ir pensando un bonito nombre para ellas. En su voz se advertía la arrogancia del desorientado.

El optimismo del criador parecía un abrigo ajeno prestado a regañadientes: horrible y de la talla equivocada.

¿Qué? ¿Un nombre? Imposible. Si algo sabía el señor Mu es que el nombre no era un tema de preocupación para las palomas.

A ello le siguieron algunos días en que el señor Mu decidió, buscando evitar un incómodo diálogo, no asomarse al balcón. Sin embargo, el criador de palomas sabía que si alzaba la voz lo suficiente el señor Mu lo podía escuchar. Su voz se colaba por las paredes como un par de alas inquietas se abren paso entre las grietas.

—Las palomas de un colega ya volvieron. El cabrón andaba jugando Mahjong, ¿puede creerlo? Volvió a su casa pasada la media noche y, pum, habían vuelto. Todas. ¡Puta madre! ese pedazo de… ¡Qué mahjong, ni qué mahjong! Yo no juego eso. Todos los días ando inquieto, hasta el más mínimo movimiento, aunque sea a la mitad de la noche, salgo a ver, ¡y nada! La silueta del criador flotaba ligera en la terraza vecina.

Día quince, día dieciocho…

El señor Mu casi que no se atrevía a salir al balcón. Entrada la noche, cuando su mujer se había ya dormido tras sobarse el estómago según dictaban los cánones de la longevidad, él se levantaba y se sentaba en el sofá de la sala en medio de la oscuridad. Las palomas continuarían volando sin cesar en su febril entusiasmo; la bella muerte también persistiría en su andar. ¡Cuánto deseaba volar y morir! Y cuánto se odiaba por estar ahí, echado y rumiando la triste calidez del aburrimiento.

Observaba el balcón, sumido en la penumbra, cuando un imaginado pero no menos violento sentimiento de nostalgia se abalanzó sobre él. ¿Dónde estaría la paloma de la cola en tridente? ¿Realmente lo había abandonado para siempre? Añoraba sus ojos de conjuntiva blanca y pupila roja; la grácil majestuosidad de su andar, sus precisos movimientos como si estuviera interpretando una danza apasionante en el más exquisito teatro. Al tiempo que le reprochaba su abandono, relataba al aire los profundos sentimientos que unían a hombre y pájaro.

Su mente daba vueltas. No podía dormir.

Recordó otra ocasión en la que pasó la noche en vela: tenía doce años cuando con los ojos abiertos de par en par vio a su joven tía exhalar el último estertor. Ahí conoció la muerte. Estupefacto y horrorizado, no logró cerrar los párpados en toda la noche. Tras la comida de graduación, con el hermano que dormía en la litera superior del camarote se irrigaron en alcohol y, borrachos, se treparon al gélido balcón de cemento. Habían destetado al hijo. Él lo meció la noche entera entre sus brazos, sintiendo compasión infinita por todos los niños del mundo. ¡Cuántas cortinas se abrían para sumergirse en la tragedia de la vida humana! En vísperas del año nuevo lunar de hacía dos años, tras el fastuoso banquete, un amargo sentimiento de vacío le oprimió el pecho y penetró hasta su corazón. Recostado y con consciencia plena, escuchó uno tras otro cómo estallaban los fuegos artificiales y luego, movido por un súbito impulso, se atacó a llorar.

Así estuvo sentado, en silencio, hasta el amanecer. Permaneció con las manos entrecruzadas, apretadas firmemente. Sus nudillos enrojecieron. Sintió que estaba en un barco, en medio de la noche, navegando por un vasto océano, y que tras castrarlo lo enviaban a la otra orilla… a hundirse.

“Dado que calamidades me acaecen, sé que tengo cuerpo; no tuviese yo cuerpo, ¿qué desgracia podría cernirse sobre mí?”. Recordó este verso de antaño, que se utilizaba para marcar el ritmo del remo en plena navegación.

Su esposa se levantó al alba. Se sirvió 200 ml de agua tibia con miel (tenía para estos propósitos un vaso especial con las cantidades marcadas), tomó el peine y se paró en el balcón.

—¿Otra vez insomnio? Por no escucharme, si siempre te remojaras los pies en agua caliente, y te pegaras contra la pared y antes de dormir te comieras un tazoncito de papilla no tendrías por qué sufrir esto…

Esforzándose, el señor Mu intentó decir por última vez a su mujer.

—Es por mi mente, no por mi carne, que mi cuerpo no puede dormir…

Su mujer cambió el peine de mano y comenzó a acicalarse la parte derecha del cráneo.

—Por eso no te preocupes. Estuve averiguando y en la página de Internet Sanjiu hay un famoso médico, al parecer todo un iluminado, al que se le puede preguntar online, de hecho ya lo hice y te conseguí una fórmula para cultivar el espíritu y apaciguar la mente. Lo que quiero decir es que … ¿Qué te pasa? Es como si algo siempre te estuviera bloqueando el camino, a veces una piedra, otras un muro, pero siempre, siempre algo te impide moverte. ¿Qué hay de malo en ser saludable y vivir tranquilo? ¡No te entiendo! —Su mujer lo miró con aquellos ojos diáfanos, vacíos y ausentes. Sobre su hombro colgaba una toallita sobre la que caía el cabello desechado.

No le faltaba razón a su mujer. ¿Cómo podía ser tan inconsciente? Pero ¿cómo aquietar a esa mente comprimida en su deseo de salir volando? ¿Cómo mantenerla en el presente?

—Yo… mmm, es cierto, jeje… —soltó una risita el señor Mu en señal de disculpa— pero tú deberías comer más ajonjolí. Se te está cayendo mucho el cabello.

La esposa, sorprendida, volteó a mirarlo. ¿Estaría su esposo realmente fijándose en su cabello?

XI

No recordaba cuándo fue exactamente, pero sí que aquella noche soplaba una brisa ligera bajo una luna deslumbrante. Hacía un clima agradable, ni gélido ni bochornoso. El señor Mu sintió una ráfaga de felicidad aproximándose…

La razón: sus oídos percibieron un prístino y delicado gu gu. ¡Claro que era! Aquel suave canto, ese conmovedor graznido que acariciaba el corazón tanto como los primeros balbuceos de un bebé recién nacido.

Hizo un rápido cálculo. Casi dos meses habían pasado ¿Sería posible? Tenían que ser las palomas del vecino retornando de Yumen a su nido. ¿Sería el 1 o el 5 o el 7 por ciento? O incluso (de sólo pensarlo se desbordó de la emoción) ¿sería aquella paloma con la cola dibujada en patrones perfectos de tridente, la misma que venía a anunciar que todo era un gran error?

El señor Mu se levantó del sofá, dejando en él la marca cóncava de sus grandes nalgas. Observó la marca un momento, dubitativo, pero casi de inmediato se dirigió al balcón, abrió la ventana y asomó la cabeza. La luna brillaba sobre un cielo poco estrellado. Reinaba la calma. El edificio de enfrente se veía desnudo y deprimente, como una mal tomada fotografía a contraluz en donde ni siquiera pudiera adivinarse la silueta.

Elevó la vista. En medio de la oscuridad nocturna adivinó las tristes jaulas vacías, como tumbas en medio de un cementerio. Pero aquella paloma había regresado de quién sabe qué periplo. Conmocionado y atento se mordió un labio, le tembló una pierna y le sobrevino una idea egoísta: no estaba dispuesto a compartir con el vecino el regreso de esta paloma. Al fin y al cabo, esta paloma y el criador no tenían ninguna relación. Él la había descubierto, él era el único que la conocía, y fue por él que había vuelto. No le cabía ninguna duda.

Nuevamente elevó el rostro hacia el brillante y vacío firmamento, aguzando el oído en busca de aquel gu gu que le acariciaba y partía el corazón en dos. Era como si no hubiera sobre la faz de la tierra sonido más familiar y conmovedor. ¿Y ahora? Quiso ir a recibirla a la jaula, bienvenirla; quiso, en realidad, convertirse en paloma él, y con su saliva peinar sus plumas; quiso llorar y contarle su desprecio por la carne y el cuerpo, la pérdida de todos sus ideales y motivaciones, y el ávido deseo que tenía por una vida espiritual que lo situaba al borde del abismo de la desesperación. Y para decir todo esto le bastarían un par de gu gu bien pronunciados.

¡Ja!, sonrió el señor Mu, efímeramente satisfecho y sintiendo un hálito de arrojo resucitar dentro de sí. Recordó aquella apuesta de cuando saltó la zanja. ¿Por qué le parecía tan extraordinario? ¿Por qué creía que era imposible volver a lograrlo?

En medio de la penumbra el señor Mu entrecerró los ojos y calculó sin mayores precisiones matemáticas la distancia entre su balcón y la terraza del vecino. ¡Sí llego! Inconsciente de su falta de práctica y sobredimensionando sus habilidades por culpa de la exaltación, estiró sus rígidas extremidades, tal como lo había hecho, indiferente, tres décadas atrás, juguetón y temerario, creyéndose capaz de todo. Para mayor equilibrio y estética extendió sus brazos y comenzó a ondearlos en el aire, cual si fueran un par de alas, de arriba hacia abajo…

Si en aquel mismo instante un inquilino del edificio de enfrente estuviera también sufriendo de insomnio y en medio de su vigilia somnolienta hubiese decidido con cara de idiota mirar a través de la ventana esperando el amanecer, hubiera visto a un hombre de mediana edad, ligeramente entrado en carnes y en piyama saltando en dirección oblicua desde su balcón hasta la terraza vecina como si estuviera brincando una zanja en medio de algún descampado; su amplia humanidad flotando lenta y pesada en medio del viento, ascendiendo, hasta convertirse en una paloma de plumas grises en un vuelo capaz de trascender lo mundano y sobrepasar todo paradigma de belleza.

Casi en aquel instante, el primer rayo del amanecer brotó del cielo y, nebuloso y acogedor, se posó sobre la tierra.

La mujer del señor Mu, quien en aquel momento volteaba el cuerpo en medio del sueño, no tenía cómo escuchar aquellas gigantescas alas remando en medio de las corrientes del aire. El criador de palomas, por el contrario, quien dormía con un ojo abierto, se levantó con brusquedad, se puso lo primero que encontró y salió sobresaltado a su terraza. El aire fresco de la madrugada lo refrescó, le provocó un estornudo y luego lo dejó con la boca abierta en medio del vacío: entre las apenas rojizas luces del alba, una imponente paloma con un patrón de tridentes y flores negras dibujado en las plumas de su cola surcaba el aire circundante, acercándose, alejándose, en un grácil vaivén, como si en su último adiós estuviese despidiéndose de todos los mortales en medio de sus sueños, extendiendo su última oración.

El criador de palomas, mudo y con los ojos abiertos de par en par, no pudo más que ceder al torrente de llanto cálido que manó de su rostro, al tiempo que susurraba con voz ronca.

—¡Cielo santo! Esa cola… ¡Era cierto! ¡Es un tridente perfecto! ¡No, no, no! Oiga, el de abajo, ¡tenía usted razón! ¡Todo es un error!

***

(1) Una de las protagonistas de la novela clásica china Sueño en el pabellón rojo.

Palomas pura sangre

Lu Min
(Dongtai, provincia de Jiangsu, 1973)

Narradora china. Actualmente vive en Nanjing. Comenzó a escribir a los 25 años y ha publicado las novelas Cartas de amores múltiples, El Volante, Sentimientos bloqueados y Cena para seis. Sus colecciones de cuentos y novelas cortas incluyen Acompañar a la fiesta, La canción de despedida, El visor, Agitar el polvo y Borracho. Ganó el Premio Literario Zhuang Zhongwen, el Premio Literario del Pueblo, el de Escritores Chinos, el Premio de Lector de Ficción Mensual, el de Ficción Seleccionada y el Lu Xun.