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Literatura y deportes: Melancolía de las redacciones

Por Por Alejandro Duchini

Si quieren saber cómo eran las no tan viejas redacciones de los diarios y revistas, hay un libro de reciente aparición que las describe: El periodismo es lindo porque se conoce gente, de Carlos Ulanovsky. Periodista de los buenos, de los buenísimos, y de aquellos que conocieron tiempos pasados del periodismo gráfico. No digo peores ni mejores: el periodismo actual no sabe de redacciones. Es lo que hay.

Internet, que en un principio facilitó el desarrollo periodístico en diarios y revistas, les puso punto final a determinadas formas de hacer periodismo. Cuando a los mails se les sumaron los trabajos en línea, además de las webcams, los dueños de los medios entendieron que ya no necesitaban de un equipo de redactores. Bajaron los costos, apelaron a los colaboradores externos, terminaron con el mate y el café negro horrible y barato y la charla tan típica entre periodistas y el whisky y la bohemia y así también le pusieron punto final al intercambio de ideas y hasta a las correcciones mutuas de trabajos. Más cerca en el tiempo, la pandemia hizo lo suyo. Y acá estamos: hablando de un libro que nos recuerda una casi olvidada manera de trabajar.

250 páginas de una gran edición, como las que suele publicar editorial Marea. En este caso, con el agregado de una tapa espectacular y con dibujos internos que son autoría de Miguel Rep. El prólogo es del escritor y también periodista Sergio Olguín.

Voy a hacer un aparte dedicado a estudiantes de periodismo. Lean lo que escribe Ulanovsky citando a su colega Humphrey Inzillo: “¿Cómo definir con certeza al periodismo? ¿Qué es? ¿Profesión, oficio, vocación, apostolado, especialidad, macaneo, o, como alguna vez le escuché decir a Humphrey Inzillo, ‘la manera más divertida de ser pobre’?”.

Ula -tal como se lo conoce- advierte que su mirada sobre el periodismo deportivo está muy marcada por su condición de hincha de Racing. Es más, se sincera con que es primero que nada hincha de la Academia; después, periodista.

Ingresó a las redacciones en los años 60 y en los 70 tuvo que exiliarse por la dictadura militar: de allí su Seamos felices mientras estemos aquí, publicado en los 2000 por Sudamericana y republicado recientemente a través de Marea. Son crónicas acerca de su experiencia de exiliado en México.

Para El periodismo es lindo porque se conoce gente, Ula habla con sus amigos y compañeros de redacciones. Recuerda que sus primeros pasos fueron en las secciones deportivas. Igual que varios de sus colegas. Entre ellos, Abel Gilbert, quien testimonia su paso por Clarín: “Como tantos, me inicié en la sección Deportes. Entré acomodado, portando un apellido ilustre y apenas conociendo el lugar de las letras en la máquina de escribir. El periodismo fue, ante todo, el proyecto de mi padre para su hijo músico. Mi condición de imberbe profesional me llevó directamente a los vestuarios, a entrevistar (término excesivo, ya verán por qué) jugadores después de los partidos. Me inicié en partidos de poca monta y, de a poco, pasé a hacer otros de mayor importancia. Al principio iba, libretita y birome en mano, a los vestuarios”, cuenta. Y agrega: “Muy pronto, comencé a darme cuenta de que el repertorio de palabras e ideas de los jugadores era no sólo limitado sino intercambiable: todos podían decir lo mismo hasta un grado cero de indistinción. Se podía -lo advierto a la distancia- delimitar una jerga específica con rasgos que se asemejan al mito. Protagonistas que hablaban sobre sí mismos y eran hablados por otros que a su vez habían aprendido la convención de sus mayores, desde que el periodismo deportivo consideró que valía la pena contar con esas acotadas narrativas. Cada sección de los diarios (y de la vida) tiene su coeficiente retórico de redundancia. Las declaraciones de los jugadores post partidos lo condensaban más”.

“Llegado a ese punto decidí, por mi cuenta, renunciar a la transcripción y apelar a la memoria. Muy pronto, harto de esa rutina de domingos y sábados (también cubría partidos de segunda división) estimé que ya no valía la pena siquiera escuchar lo que decían y que podía, con distintas dosis de acierto, imaginar las declaraciones. Claro, atrevimiento de un pibe de 20 años. Recuerdo un partido, un Vélez Sarsfield-River Plate. Norberto Alonso, ídolo del club de sus amores, ahora jugaba en Vélez. Esa tarde hizo un gol que no gritó y hasta se sintió en falta frente a los hinchas riverplatenses. Terminado el partido, los cronistas se abalanzaron en el vestuario hacia el héroe de la jornada. No había que ser aficionado a la telepatía ni augurar para adivinar sus respuestas. Me fui a Clarín sin participar del rito, pero convencido de que había estado frente a Alonso sin estarlo. Reconozco, a la distancia, cierta dosis de irresponsabilidad o jactancia intelectual de mi parte. Lo notable al otro día fue comprobar el carácter casi siamés entre el Beto imaginado y lo que había dicho a otros colegas. Trabajé un año más en Deportes. Nunca dejé de sospechar que no era el único que ficcionalizaba ese lugar común de las conversaciones”, sacude Gilbert.

Ulanovsky recuerda su relación con Osvaldo Soriano y Rómulo Berruti. Y recuerda a Julio Ramos y Héctor Ricardo García, dos de los empresarios que construyeron imperios de la nada y hasta marcaron estilos, más allá de que se los pueda cuestionar por sus atropellos hacia sus periodistas-empleados. El autor escribe sobre García: “Ofendido, sostenía: ‘Eso es discriminación. ¿Por qué no hablan del sensacionalismo de saco y corbata?’”: lo dice debido a las consideraciones de diario sangriento para con Crónica. García murió en 2019, con 86 años: “Atrás quedaban más de 60 años de vida periodística y muchas, muchas picardías”.

Más acá en el tiempo, refiere a exponentes del periodismo gráfico actual: Leila Guerriero, Jorge Fernández Díaz, Hernán Casciari, Reynaldo Sietecase y Rodolfo Braceli. Y arma una suerte de santuario en los que recuerda a Roberto Arlt, Rogelio García Lupo, Franciso Loiácono, Homero Alsina Thevenet, Roberto Santoro, Emilio Petcoff, Martha Ferro y Enrique Sdrech, entre otros.

El autor nos recuerda que Juan José Panno, periodista de raza entre los que se dedican a los deportes, escribió en su libro Obras maestras del error que esa sección tan minimizada era a veces una amenaza: “Vas a ir Detorpes”. 

Cuando refiere al colega Ariel Scher, escribe Ulanovsky: “Un regalo de su padre, odontólogo de profesión, le reformateó la cabeza. Fue cuando recibió el libro Literatura de la pelota, de Roberto Jorge Santoro, publicado en 1971. La devoción que Scher siente por ese trabajo es pareja con lo que ocurre en buena parte del periodismo deportivo y futbolero. El trabajo de Santoro, detenido desaparecido desde 1977, fue uno de los primeros que cruzó cultura con tribunas desde la mirada de poetas y escritores como Juan José Manauta, Leopoldo Marechal, Álvaro Yunque, Juan Mondiola, Héctor Gagliardi, Julián Centeya, entre otros. Scher es tributario de aquel libro, en numerosos textos suyos, desde los que tendió líneas entre armadas”.

También se cita a otro gran periodista, Daniel Guiñazú, quien sostiene sobre la profesión: “Hacer mucho con poco; buscar y resolver con velocidad y eficacia. Respecto a lo malo, darle relevancia a algo que no lo merece, perder la perspectiva de qué es noticia y qué no lo es, inducir al error con el fin de sacar alguna ventaja. Me refiero a errores de buena fe, esos que alguna vez cometimos todos”. y como docente de DeporTEA avisa a sus alumnos: Nosotros les enseñamos lo bueno. O la mejor manera para hacerlo. Para lo malo hay tiempo, lo van a aprender solos, dice y se ríe quien desde hace 45 años vive del trabajo periodístico”.

Hay recuerdos sobre la legendaria redacción de El Gráfico. Entre tantos apellidos, Ulanosky escribe sobre Dante Panzeri: “Se había iniciado en El Gráfico cubriendo disciplinas deportivas presuntamente de menor arraigo masivo, y entre ellas prefería el ciclismo porque, según contó, de chico en su pueblo cordobés era repartidor en bicicleta de una fiambrería. En esa popular e influyente publicación fue un muy exigente crítico de fútbol. En alguna ocasión llegó a una frase genial -Fútbol, dinámica de lo impensado- que puso en su lugar a este deporte hermoso y único, pero al que el tiempo y los intereses económicos transformaron en negocio y a quienes lo practican en esclavos modernos. Allí donde llegaba -yo fui cercano un par de años en la revista Satiricón- imponía su estilo, posiciones anti, valentía para mojarle la oreja a los poderosos, rechazo a las modas y tilinguerías. Una de sus frases de cabecera fue: No quiero cambiar el mundo. Solo quiero que me permitan tirar la bronca. Se murió en abril de 1978, luchando desde el diario La Prensa en soledad contra la realización del Mundial de Fútbol. En un país en donde muchos pasan hambre, es intolerable semejante despilfarro, dijo. Tenía toda la razón, pero el triunfo deportivo tapó todo”. 

Libro de memorias para algunos, de aprendizaje para otros, El periodismo es lindo porque se conoce gente permite saber de dónde venimos los periodistas de la gráfica. Y, tal vez, a dónde vamos.

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