Lecturas: Dientes de león

Qué es amar, qué es curar

por Natalia Neo Poblet

No sabía que aquellos panaderos que soplaba pidiendo deseos en las tardes de verano eran las flores amarillas que brotaban en primavera y se llamaban Dientes de león. 

Kawabata en la primera oración de este libro póstumo e inconcluso nos hace caminar por el borde de una ribera. Acompañamos el recorrido de regreso que hace la madre de Ineko y su yerno Kuno después de internar a la joven en un manicomio debido a que padece ceguera de cuerpo. 

Esta novela mantiene muchas similitudes con la película muda Una página de locura (1926) dirigida por el director Teinosuke Kinugasa, donde Kawabata fue uno de los guionistas. La historia trata sobre una mujer que es internada en un manicomio en el campo a causa de los maltratos que padecía por su marido, quien consigue trabajar como conserje en el nosocomio para cuidar de su esposa. Nadie sabe que ellos son pareja. Ese silenciamiento del vínculo entre ellos interfiere en su trabajo al ver cómo algunos pacientes y profesionales tratan a su esposa. En ese entonces se creía que las enfermedades mentales eran hereditarias. Mientras que, en estas páginas nuestro escritor japonés plantea a la ceguera de cuerpo como un síntoma y no como algo trasmisible genéticamente. 

La protagonista Ineko, de repente deja de ver algo que tiene frente a sus ojos. En un momento, mientras jugaba al ping pong fue solo la pelotita. ¿Acaso, se ve siempre todo lo que existe a nuestro alrededor? 

A medida que avanzamos en la lectura, prospera la conversación entre la madre y su yerno. Mientras caminan ella le cuenta que su hija vive atormentada por la muerte de su padre, debido a que siente que fue la culpable de no haber visto el suelo que pisaba el caballo sobre el que estaba montado su padre y que produjo la desgracia que se cayera por el precipicio.

En ese recorrido también Kuno le insiste a su suegra que quiere casarse con su novia, prometiéndole que va a curarla. Ella supone que él fue la causa del desencadenamiento de la enfermedad, porque fue el primer cuerpo que Ineko dejó de ver. Él cree que el amor todo lo puede, mientras que su suegra esta convencida que lo que necesita su hija es un tratamiento. Le preocupa que empeore si no se interna, e insiste en que lo mejor es el nosocomio. ¿Cómo se decide sobre la vida del otro?, ¿qué peso tiene decidir?, ¿hay algo que curar?

Antes que la madre la lleve a la clínica, se dieron juntas un baño tradicional japonés para que llegue limpia. Donde primero se lavan y después se sumergen en el agua. Por un lado, están los de mujeres y por otro los de los varones. Es un momento de intimidad con el propio cuerpo y una oportunidad para fraternizar con otras u otros. Funciona también como un espacio para relajarse y distenderse. Se frotaron las espaldas y se quedaron un rato sumergidas. 

La ceguera de nuestra protagonista muestra lo impedido, lo que no funciona y aparece como una manera de hacer oír lo innombrable, del mismo modo que cuando los pacientes hacen sonar las campanas en las orillas del río Ikuta, a modo de voces sin palabras, y así transmitir su presencia.

A la joven algo se le vuelve invisible ante sus ojos. ¿Acaso no padecemos todos de esa ceguera del mismo modo en que las flores amarillas de diente de león se cierran por la tarde y se abren por la mañana? En ese abrir y cerrar de ojos, una pausa. Una vida. El tiempo. Una lágrima. 

Por lo general, sus obras no tienen ni comienzos ni finales claros, siempre reflejan algo de lo inconcluso, del mismo modo que cualquier relato. Es una ficción que se cuenta y, además, no todo principio es un comienzo. Encima, su depresión truncó el final de este libro. Fue su yerno, Kaori, quien terminó de darle forma partir de las anotaciones que el mismo autor había dejado durante los años 1964 y 1967. 

Seix Barral acaba de reeditar numerosos títulos de Kawabata, anteriormente estaban por Emecé. Esta publicación cuenta con dos prólogos. Uno de la escritora argentina Alejandra Kamiya y otro de Tana Oshima quien también lo tradujo directamente al español, sin estar interceptado previamente por el inglés o francés como suele suceder con la lengua japonesa.

Kawabata nació en 1899 en la ciudad de Osaka y se suicida en 1972 en la ciudad de Zushi, en la región de Kantō, frente a la bahía de Sagami en el océano Pacífico, rodeada de colinas. Este paisaje es inspirador en esta última novela. Su escritura se enmarca en la Escuela de la Nueva Sensibilidad partidarios del lirismo y del impresionismo junto a Riichi Yokomitsu, a quien Kawabata consideraba su maestro. 

El autor ganó el Premio Nobel de Literatura en 1968. A cien años del comienzo de la era Meji, etapa en la que comienza la modernización y occidentalización de la isla japonesa. Al recibir el premio dio un discurso titulado “El bello Japón y yo”, donde dijo que “la iluminación no proviene de la enseñanza, sino de la visión interior. La verdad está en la escritura no escrita, está fuera de la palabra”. Su obra muestra lo sensible. Al año siguiente dictó una conferencia en Hawaii, titulada “La existencia y el descubrimiento de la belleza”, donde cuenta cómo descubrió por medio de la luz matinal la iluminación brillante que refractaban unos vasos que estaban apoyados en la mesa de la terraza de un lujoso hotel. En ese momento encontró con toda claridad un resplandor por primera vez y a partir de esa experiencia dice que la esencia misma de la literatura se trata de ese tipo de encuentros. 

La combinación entre lo bello y lo triste es lo que anuda Kawabata con su escritura, como un oleaje de la impermanencia para reflejar una realidad en continuo movimiento. 

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