Letras móviles

Un arder en los versos

por Hernán Carbonel

No sé si estarán de acuerdo con esto, pero suele suceder que, cuanto más cercano el objeto o sujeto de estudio o adoración, más difícil se vuelve hablar de él. La vida, en ese sentido, se opone al microscopio. Lo dijo el querido Antonio Dal Masetto: demasiado cerca desaparece (Los Piojos cantaban “desde lejos de no se ve”, pero ese es otro cantar). 

Bueno, a mí me sucede, entre otras demasiadas pocas cosas, con Vicente Luy: aprecio tanto su obra que me cuesta hablar de ella. Así que, líbrenme de esta, mejor espejemos y utilicemos una figura cualquiera para tratar de representarlo.

Le he pasado poemas suyos a gente que no es del palo de la poesía, o ni siquiera es del palo de la literatura –por esto de que Vicente era tan rocker que la excedía– y se sorprenden, por no decir se espantan, al ver que en un poema aparezcan términos como Bilardo diputados Merengadas clítoris Heineken Sabatini. ¿Qué le pasaba a este hombre?, se preguntarán. La poesía, le pasaba, les diría yo, por lo más profundo e invisible de las venas le pasaba, la poesía y la vida que lo llevó a tirarse de un séptimo piso.

Es una vieja discusión, que ni se nos ocurra tratar de resolver acá y ahora, la de los límites entre obra y experiencia. Entonces entrémosle a la vida, primero, que es lo primero que debe haber para que haya poesía.

Vicente nació en 1961. Era hijo de Lucianne Larrea y Gilbert Luy, ejecutivo él de Renault al que le había ido bien con algunas apuestas en la bolsa de Wall Street. Cuando Vicente tenía seis meses, sus padres partieron rumbo a Nueva York, pero nunca llegaron: el avión se cayó en Brasil. La incertidumbre vio el hueco y se metió en él: Vicente pasó por diferentes familias adoptivas, donde incluso sufrió violencia doméstica, hasta que, a los siete años, su abuelo, Juan Larrea, se hizo cargo. Pero Juan Larrea no era un abuelo cualquiera. 

Había nacido en Bilbao y estudiado Filosofía y Letras. Fue bibliotecario en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, se mudó a la capital francesa y con César Vallejo fundó la revista Favorables París Poema –Larrea fue uno de los pocos, poquísimos que estuvo aquel día en el entierro de Vallejo–, frecuentó a Gerardo Diego, Tristan Tzara, Vicente Huidobro, Juan Gris y Pablo Picasso. Con la Guerra Civil Española ya estallada, se subió a un barco –lo bueno de los barcos es que no se caen, lo malo de los barcos es que se hunden, pero este no se hundió– y llegó primero a México, después a Nueva York, y, por último, a Córdoba, Argentina.

Y aunque no fuera un abuelo cualquiera, Larrea también estaba destinado, como todas las mujeres y todos los hombres de este mundo, a morir, y murió cuando Vicente tenía 19 años, dejándole dos cosas: una segunda orfandad y una herencia que él dilapidaría pacientemente, con esmero y precisión.

¿Qué hizo Vicente de ahí en adelante? Primero, empezar a escribir. Pero también tantas otras que es difícil enumerarlas. Fue parte del grupo Verbonautas (ahí figuraban Osvaldo Vignia, Palo Pandolfo, Gabo Ferro, Tom Lupo, varios más). Enfrentó una causa judicial por empapelar Córdoba con un afiche en el que aparecía desnudo junto a la frase “Lo esencial es invisible a los ojos”. Tuvo la idea de crear un sitio de apuestas, pero le salió mal. Pasó una temporada internado en el Borda. Zafó de un intento de suicidio. Sobrevivió con una pensión mensual por invalidez –diagnóstico: trastorno bipolar.

Para la edición de La vida en Córdoba (1999) se gastó cerca de veinticinco mil dólares, provenientes de aquella herencia. Para No le pidan peras a Cuper (2003) pagó avisos a página completa en Rolling Stone y Página 12. Costeó de su bolsillo la producción de ese hermoso disco que es Flopa Manza Minimal, el trío integrado por Florencia Lestani, Mariano Esain y Ariel Minimal. “Dejadez”: escuchen esa canción, por favor, no se le puede pasar por al lado sin registrarla. 

Vicente era flaco, longilíneo, esmirriado, cara de ratón, como si su cuerpo quisiera absorberse a sí mismo, los ojos perdidos en vaya a saberse qué. Busquen los videos que hay en Youtube de él leyendo sus poemas; llevan a lo que uno sospecha debe haber sido la grabación de los últimos discos solistas de Syd Barret, cuando el diamante loco ya no podía brillar.

En febrero de 2012, Vicente viajó a Salta. A través de una inmobiliaria pidió ver un departamento. Mientras la empleada hablaba sobre las bondades del inmueble, él fue hasta una ventana y se arrojó al vacío. Plan de operaciones / La única manera de vivir a gusto es estando poseído es un libro póstumo. Los dos últimos versos vienen de un correo electrónico que le mandó a un amigo días antes del último salto: “Fui a PARE DE SUFRIR / y me dijeron que volviera en mayo”.

Pero ojo, no caigamos en el remanido tópico de que porque estaba loco escribía poesía. Tampoco había que tomarse un whisky tras otro para escribir como Dylan Thomas o Raymond Chandler. Tsé, tsé. A Vicente, lo que le costaba, era vivir. Y no hay otra forma de comprender a aquel al que le cuesta la vida que abrazándolo o leyéndolo. Como ya no podemos abrazarlo, lo leemos, lo seguiremos leyendo. Si me equivoco contradíganme con amor, porque con amor digo.

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