Lecturas: Opinión: Esto es agua

El autor divertido más triste del mundo

por Fernando Manzini

La obra de no ficción de David Foster Wallace (de aquí en adelante D.F.W.) unió el genio imaginativo con la divulgación periodística, la mirada devoradora con la escritura aluvional, la inteligencia sobre educada con una sensibilidad bromista tan jodidamente buena que lo hace a uno reír, lamentarse de cómo van las cosas y tener pesadillas. Las tres al mismo tiempo. Y es que treinta años después de que Tom Wolfe definiera las bases del Nuevo Periodismo, cayó este cerebrito grunge (una especie de Kurt Cobain de ojos marrones, espaldas de nadador y anteojos de abuela) y empezó a hacer algo que no se parecía a nada: ensayos de una fascinación catatónica, crónicas lisas como un circuito de Fórmula 1, notas y artículos de una sinceridad que podría ubicarse en el punto exacto entre la valentía, el espanto y la necesidad imparable de contarlo todo.

Por más que se lo conozca como autor de ficción, por mucho que haya obtenido su fama con La broma infinita (novelón de más de mil páginas que muchos elogian pero nadie leyó), es en su obra periodística donde mejor conecta con sus lectores: susurrando bromas, salpicando todo de autoconciencia y acidez, abalanzándose sobre cualquier objeto (real o abstracto) para reflexionar sobre él y sentirlo hasta que duela, ahorrándole al lector lo que resulta obvio o tedioso o repugnante con un estilo humano. Es en sus crónicas y ensayos donde uno encuentra en David al mejor amigo que se pueda tener. Y no es solo mi opinión. En uno de los epílogos dedicados a Portátil (algo así como un compendio imposible de su obra completa), Alberto Fuguet arriesgó: “Es su no ficción lo que gatilla que alguien quiera leer su ficción (…). Quizá solo Scott Fitzgerald volcó tanta víscera personal y confesiones a sus encargos periodísticos (…). Como buen suicida, algo sabía de sí mismo”. 

La huella que dejó su no ficción en los Estados Unidos es tan profunda y larga que sería imposible de clasificar. Baste decir que autores como George Saunders o David James Poissant destacaron su obra periodística y cuentan a D.F.W. entre sus referentes más entrañables (el último incluso llegó a decir que la lectura de su obra no solo lo llevó a empezar a escribir, sino también a estudiar Letras en su misma Universidad). 

Entre los nuestros, Leila Guerriero dijo de él: “Uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos (…). El autor divertido más triste del mundo (ninguno de sus textos puede leerse sin reír y sin preguntarse: ¿de qué me rio?)”. Y Rodrigo Fresán, cuya deuda con D.F.W. es más que evidente, declaró, con la contundencia enfática que lo caracteriza: “El mejor estilista y escritor satírico de su generación, junto a Bret Easton Ellis, el american psycho”. 

Habiendo dejado en claro mi fascinación personal —y compartida— por este escritor, no voy a aburrirlos ahora con el largo catálogo de los textos periodísticos, artículos críticos, antojos científicos e investigaciones urbanas que reunió en sus nueve libros de no ficción conocidos hasta la fecha (los herederos sacan a flote, de vez en cuando, alguno más: se sospecha y agradece). No voy a hablarles de la famosa crónica de aquel crucero en el Caribe, ni de la Feria Estatal donde se quejó hasta de las porristas, ni de su no-entrevista a David Lynch, ni de sus incursiones autobiográficas sobre tenis, ni de su excelente interpretación de Borges, Kafka o Schwarzenegger. No. De lo que sí voy a hablarles es de uno de sus libros de no ficción para mí más dudosos, una especie de casi libro, un seudo libro, un panfletito que no se sabe bien cómo llegó a ser libro, pero, una vez publicado, resulta que se convirtió en un éxito de ventas, la cosa más leída de D.F.W. en el mundo, su última proclama, su ofrenda redentora para toda la humanidad: Esto es agua.

En su origen espiritual, Esto es agua es un discurso pronunciado en 2005, en una ceremonia de toga, birrete y borla, a los egresados en las carreras de Humanidades de la Universidad de Kenyon, Estados Unidos. En su destino comercial, en cambio, es un librito editado y publicado por los herederos de D.F.W. seis años después de su suicidio (ahorcamiento casero, hay que decirlo, posterior al gesto tierno de haber llenado de comida las vasijas de sus perros).

 El libro pone el dedo sobre uno de los mantras más remanidos del mundo universitario moderno, el que dice, orgullosamente, que las Humanidades no llenan las cabezas de los estudiantes con datos más o menos triviales, sino que les enseñan a pensar. Dicha atribución le parece a D.F.W. un poco petulante, y en cambio defiende que las Humanidades no intervendrían en la capacidad en sí de pensar sino en la elección de en qué pensar. Según su planteo, esta injerencia sí es necesaria. Porque si bien todos tenemos la sensación de que elegimos lo que pensamos, se trataría de una ilusión. Y es que estaríamos mal configurados de fábrica: nunca tuvimos ninguna experiencia de la que no fuéramos el eje central, cada uno de nosotros se siente el centro del universo. A causa de esto, es nuestro egoísmo el que elige por nosotros, basado en un sistema de creencias que ni siquiera estamos dispuestos a revisar. 

Para salir de esta trampa, D.F.W. nos propone rechazar nuestro egoísmo, hacer a un lado las reacciones más perezosas y mecánicas, ejercer cierto control consciente sobre nuestros pensamientos. Es preciso decidir a qué le prestamos atención y elegir el modo de construir sentido a partir de nuestra experiencia. Si nos creemos el ombligo del mundo, las únicas personas reales a las que les pasan las cosas, cualquier acontecimiento adverso nos resultará molesto y nos hará rabiar. Según David, esa rabia no se elige: salta solita con el resorte de nuestra arrogancia.

Para elegir, entonces, habría que salir del resorte, huir de la respuesta automática. Después de todo, las conductas que más nos molestan del otro podrían justificarse por factores desconocidos.

Hasta ahí, su propuesta.

Para bajar a tierra esta idea —hacerla “literaturizable”— construyamos un contexto ficticio, pero cotidiano. Estamos en la cola del súper, tuvimos un mal día, hicimos horas extra en el trabajo, nuestro jefe nos sermoneó por pavadas. Queremos volver rápido a casa, sentarnos en nuestro sillón y escrolear los menes de los famosos con la mente en blanco; después, pedir una pizza y acostarnos a dormir. Pero un imprevisto amenaza destruir ese plan perfecto. Cierto señor calvo arrastra lento su carrito (lleno a tope) hacia la cola, se pone delante de nosotros, mira al techo, empieza a silbar una canción de Maná. La furia, como es obvio, despierta en la profundidad de nuestras entrañas, sube por nuestro esófago, la boca se nos llena de improperios.

Sin embargo… ¿qué nos autorizaría, estrictamente, a dar por supuesto que el señor calvo se nos coló a propósito? ¿Y si ni siquiera se dio cuenta de que se estaba colando? ¿Y si el calvo padeciera una desorientación espaciotemporal que le impidió configurarse un mapa mental de su contexto, en el que accidentalmente estuvimos incluidos? ¿Y si en el preciso momento en que se nos coló estaba pensando en su hijo enfermo, y la distracción consecuente bloqueó cualquier posibilidad de ser percibidos por él? Y aunque lo hubiera hecho a propósito… ¿qué nos impide pensar que el señor calvo estaba apurado por llegar a tiempo a la terminal de micros, o a un concierto de La Joaqui, o a un último chequeo cardíaco previo a una operación de válvulas?

Más o menos es esto lo que dice D.F.W. en su discurso, pero con ejemplos un poco más USA.

Creo que se trata de un buen mensaje. No importa que D.F.W. tome como axioma el existencialismo sartreano, es decir, que parta de la base de que somos lo que elegimos. No importa que se haya negado a sospechar de nuestra capacidad real de decisión, que haya obviado la buena tonelada de trabajos científicos que juran que en realidad no decidimos nada, que es nuestro cerebro el que elige por nosotros. No importa: de lo que se trata aquí es de la fe del autor en ese posible cachito indeterminado de la experiencia llamado libertad humana. Una fe que, aunque incierta, muchos consideramos necesaria para sentirnos vivos. Y si no… ¿qué nos queda?

Esto es agua no es, ni por lejos, el libro más complejo, arriesgado o fascinante de David Foster Wallace. Quizá incluso sea el libro más simple y de mensaje más directo y moralista de todos los que escribió. Quizá no le haga falta otra cosa. Quizá con eso alcance.

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