Lecturas: Enlutada

Una quietud plagada de imposibilidades

Por Salvador Biedma

Valentín está con su novia y sus amigos. Es domingo. Recibe un mensaje en el celular. Un remitente desconocido le avisa que el padre murió. Su reacción, al comienzo de la novela, no resulta clara; al menos, para los lectores, que todavía no conocen mucho de su historia. Él no se asombra ni se desespera, tampoco llora. Más allá de un anuncio casi al pasar, esa tarde no habla del tema con sus amigos ni con su pareja. En el mensaje, el hombre que le dio la noticia le pide que lo llame. Él decide dejar pasar un tiempo, un rato, unas horas. No tenía una relación muy cercana con su papá.

Días después, Valentín sufre un accidente grave en coche. Queda con las dos piernas enyesadas. Esto lo obliga a frenar, a cambiar su rutina, a –de algún modo– reaccionar ante la muerte. Durante largas semanas, necesita ayuda para ir al baño, para moverse, para realizar actos mínimos. 

Así Paula Tomassoni le da fuerza con su narración a esa quietud plagada de imposibilidades, con los conflictos que le genera al protagonista, por ejemplo, en su relación de pareja.

En reposo absoluto, Valentín se mete en la vida del padre muerto. Le entregaron, como parte de la herencia, la computadora de su papá. Tiene acceso a archivos, fotos y, sobre todo, a las cuentas en redes sociales y a la casilla de mail. Empieza a enterarse de aspectos que desconocía. Va consumiendo y dosificando una cantidad acotada de información, se fija cuántos posteos, chats o mails le quedan por revisar. Llega a lugares muy íntimos. De cualquier manera, no parece lamentarse por el hecho de acceder a ese mundo cuando su papá ya está muerto ni se plantea tampoco escrúpulos éticos por revisar conversaciones privadas.

Entre otras cosas, “espía” las charlas del padre con una mujer con la que estaba iniciando una relación, Graciela, que va cobrando protagonismo a medida que la trama avanza. Si se produce un quiebre con la muerte de Juan, si esta muerte –aunque aparece desde el inicio– divide en dos los tiempos de la novela, los meses posteriores suponen la transformación de Valentín, pero los meses previos implican a Graciela como coprotagonista. “Ella también tiene un revólver en el último cajón de la cómoda. Le tocó en el reparto de bienes”, se lee a mitad del libro.

Juan, ese padre casi desconocido para Valentín, tenía un segundo oficio, oculto a medias. Además de manejar un remise, se dedicaba a cazar y vender pájaros. A veces, en forma ilegal. De ahí surge el título del libro: la cacatúa enlutada se cuenta entre las aves más caras y más difíciles de conseguir. A su vez, resultaría raro desligar esta palabra, relacionada con el luto, de la muerte de Juan y del particular duelo que Valentín lleva adelante. Se podría pensar que el nombre del pájaro siembra una huella, le anticipa al lector la trama, si no se supiese desde el inicio que Juan murió.

No hay tiempo para aburrirse en la tercera novela de Tomassoni; antes de que eso ocurra, encontramos que ha habido un cambio, sea en la trama o en la estructura, casi sin que nos diéramos cuenta. La estructura narrativa guarda sorpresas y el final retoma y ajusta hábilmente ciertos hilos de la intriga que habían quedado sueltos.

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