Entrevista: Gabriela Borrelli Azara

Lo que era impropio en una época es orgullo en otra

por Natalia Neo Poblet

Es una tarde de lluvia. Camino por las calles de San Telmo hasta nuestro punto de encuentro, mientras cierro el paraguas veo su melena rubia a través del vidrio de la ventana del bar. Está leyendo el último libro de Mario Bellatin y tomándose un café cuando la interrumpo para sentarme en su mesa.  Gabriela Borrelli Azara conductora de radio, escritora y poeta. Trabaja en distintos medios gráficos. En 2015 publicó su primer libro de poemas Océano (editorial Lamás Médula); en 2018, Lecturas feministas (Ediciones Futurock); en 2019, otro tomo de poemas, Hamaca Paraguaya (Patronus Ediciones); en 2020, su primera novela, Vidrio (Club Hem), y, en 2021, Lecturas feministas II (Ediciones Futurock).

–¿Recordás cuándo fue que la poesía te tocó por primera vez?

–Sí, recuerdo todo. Fue a partir del primer poema que leí. Tenía ocho años. En una Navidad me regalaron un libro de María Fernanda Hermoso. En la década de los ‘80 mis viejos eran docentes universitarios, tenían cuatro hijos y no mucho dinero. En cambio, mis primas eran ricas. En esa Navidad a ellas les habían regalaron patines y a mí un libro de poemas. Lloré de bronca y de resentimiento porque quería los patines y no un libro de poemas. Le reclamé a mi mamá. En mi casa había libros, aunque no había una relación específica con la poesía. Un día, en el colegio, me mandaron a memorizar un poema y yo elegí: “Un trébol para regalar”, de María Fernanda Hermoso. 

¿Mi abuelo torero?
El paño muy rojo …
y el toro de fuego
Torito de lidia.
Igual que mi abuelo,
nacido en Sevilla.
Lo perdonará.
Mi abuelo, poeta,
no sabe matar.

El libro tenía ilustraciones. Ella era una escritora mendocina, pero tenía algo muy castizo. Había un poema del obelisco, otro del zoológico. Desde ese momento la poesía siempre me acompañó, siempre la buscaba. Después recuerdo un salto entre mis catorce y quince años. Un amigo de mamá estaba leyendo Fernando Pessoa y lo empecé a leer también. Esos fueron los dos primeros momentos en los que la poesía me tocó y a partir de esas experiencias me volví una lectora voraz.

–¿Qué encontrabas en la poesía?

–Me encantaba. Entre los dieciocho y diecinueve años empecé a ir a recitales de poesía. Yo vivía en Monte Grande y venía para capital a un ciclo que se hacía en un sótano en Plaza Dorrego y se llamaba Maldita Ginebra. Sentí que había encontrado mi lugar en el mundo. Los sábados iba siempre a lugares de poesía. Era un lugar recreativo y un lugar en mí. Era todo lo que me gustaba. Empecé a estudiar Letras por la noche en la Universidad de Lomas de Zamora y, simultáneamente, locución en ISER por la mañana. Yo no tenía otra expectativa en la radio más que tener un programa de literatura o de poesía, no aspiraba a otra cosa. Siempre encontré y encuentro ahí un lugar de misterio, algo que insiste en mí. Siempre hay un autor nuevo para leer. Como esa cosa de “detective salvaje” que tiene el lector de poesía, que siempre está buscando al poeta desconocido y quiere descubrir al pobre desgraciado que no leyó nadie. Como en el libro de Bolaño. En cambio, el lector de narrativa es un lector que va más con compartir lo que se lee en la época. Mientras que el lector de poesía desconfía del poeta exitoso. Mi vida se marcó mucho por la lectura de Alfonsina Storni, que en la década del ’30 llenaba estadios leyendo. Algo que hoy es impensado. Aunque sucedió hace poco con Diana Bellessi en el Centro Cultural Kirchner (CCK) al que fueron 1700 personas, algo que pasaba con Alfonsina Storni pero de manera más clasista. Storni leía en el Gran Hotel Provincial, en temporada alta, cuando era la Mar del Plata de los ricos y no la Mar del Plata popular que es hoy. En la década del ‘40 fue una época de explosión de la poesía.

–¿Cuáles crees que fueron los mayores cambios?

–Cambian los soportes y eso hace que cambie la circulación. Lo vengo analizando. De hecho, en Lecturas feministas II, donde hablo de Graciela Batticuore que publicó un libro por ediciones Ampersand, sobre cómo se van conformando las lectoras. La configuración del lector siempre está con los soportes, qué distribución tienen, quiénes acceden a los libros y quiénes no. Con la poesía sucedió un primer salto: del libro a los blogs. A diferencia de la narrativa, la poesía siempre se sostuvo con la presencia. Hay un movimiento de circulación de la poesía que, por un lado, la contamina, pero, por otro lado, también la hace crecer y a la vez crea lectores. En la poesía primero fueron los blogs, después las redes. Instagram provoca incluso una categoría que son los instapoetas.  Creo que en la poesía ahora hay un cambio del soporte que permite que se acceda a mucha lectura de poesía a la que antes no se accedía. Yo soy crítica, pero también muy optimista y creo que las redes logran que haya poesía villera, en las cárceles, que haya poesía en muchos sectores. Hay una inmediatez que tal vez va en detrimento de otra poesía más lírica, más sosegada, más introspectiva. Pero las dos cosas existen y son expresiones en Argentina y en el mundo. Lo que cambia es la circulación y el soporte es como el tema de Luca Prodan, con la voz de Tom Lupo diciendo: “el tiempo pasa y nos vamos poniendo technos”. Cambia el soporte, mientras que el ímpetu y el espíritu de lo poético sigue igual en el tiempo.

–¿Hay para vos una poesía feminista y una poesía lésbica?

–Yo creo que sí. Eso reside tanto en el ímpetu del yo poético como en el escritural, de quien escribe y sobre todo de quien lee. Lo lesbiano o lo feminista se puede ver en mis lecturas. No hay dudas cuando Alfonsina Storni escribe “La loba”. En ese poema está pensando en un feminismo fuera de época. O cuando Diana Bellessi escribe “Eroica” hay ahí una erótica lesbiana. Me gusta más mirarlas como categorías lectoras que encasillarlas en una poesía que tenga anaqueles diferentes.

–¿Hubo algún cambio en la poesía después de la Ley de Matrimonio igualitario y de esta mayor amplitud y aceptación de las disidencias en la sociedad?

–Hay un cambio de circulación. Yo tenía una profesora en la facultad que daba Griego y decía que Safo no era lesbiana. Si nosotras dos no podemos caminar de la mano por la calle, posiblemente no habrá editoriales que apuesten a comercializar libros de lesbianas. Ese juego que hay en esa triada que es la creación, la lectura y el mercado, es decir, quién publica y qué es lo que se publica. Lo que se publica está siempre contaminado por lo social. Para mí hay un ejemplo muy claro que estudié bastante y que son las escritoras peronistas. Como en la década del ’60, con la proscripción peronista. En los años ‘60 y ’70, Silvina Ocampo o la triada Marta Lynch, Silvina Bullrich y Beatriz Guido eran best sellers. Su literatura representaba, aunque no directamente, una forma de antiperonismo. Ahora bien, ¿quería decir que no había escritoras comprometidas?, por supuesto que las había. En una proscripción social hay una literatura que siempre queda oculta de una circulación más masiva.

–¿Y sabés qué pasaba con la literatura LGTBQ+?

–Con LGTBQ+ pasa igual. No es que no se escribía. Carlos Correas publicó su primer cuento, “La narración de la historia”, en 1959, en la revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en el que describe un levante homosexual callejero por Constitución. Fue censurado y acusado. Lo que era impropio en una época es orgullo en otra. O Reina Roffé con su novela Monte de Venus publicada en 1976, novela inaugural de nuestra literatura lésbica en Argentina. Primer libro censurado de la literatura argentina. Esa historia me fascina porque es realista. La protagonista, Julia Grande, es una lesbiana de General Rodríguez, queda embarazada, tiene un hijo, va a una escuela secundaria y se enamora de una de sus profesoras, quien encima la engaña publicando sus memorias. Julia Grande tenía aspecto de machona, donde se juega toda la violencia machista en el ser o en el parecer. Si vos no parecés es mejor para la sociedad. En una época te decían: no se te nota que sos lesbiana, como si te dijeran un halago. Y las que parecen, que mueran. Que mueran literalmente. Hay un cambio que tiene que ver con la circulación y la visibilización que una sociedad contamina: qué se lee y qué se escribe. Lo dice David Viñas en Literatura Argentina y Realidad Política: “La literatura argentina es la historia de la voluntad nacional”. Acá hay una voluntad nacional de tener tantos derechos y la literatura va a gozar de esa misma voluntad nacional. Por supuesto, no son siempre dimensiones estáticas. Ahí se mete la cola del capitalismo, la del mercado que ensucia todo y que carga las tintas de esta literatura en detrimento de otras. Hay un cambio lector.

–¿En qué punto confluyen el lesbianismo, la poesía y el feminismo?

–Mi militancia feminista me permitió encontrarme con un montón de textos poéticos y literarios que son producto de esa militancia. Yo creo que también dentro de las relaciones lesbianas que tuve, de amistades y amores hay todo un conocimiento que es bien diferente al conocimiento que se crea en el mundo heteronórmico. Hay una circulación de textos, de formas de decir, de formas de volver a nombrarse que tienen para mí la misma potencia creadora que tiene la poesía como método para la lengua. Es decir, crear una lengua nueva, una lengua de las amantes, es un ímpetu poético que reside en esa salida de la heteronorma hegemónica. Las amantes, las que se aman, las amigas, las parejas crean una lengua que no puede ser sino poética por lo que crean por fuera de lo establecido. Y eso últimamente tomó muchas formas. Las tres son formas de hacer política capilar, sensorial, íntima. Estamos llenas, llenos y llenes de políticas íntimas. La relación que se tiene con la propia vida es una política que se lleva adelante y a veces se encuentra en caminos colectivos. A mí me gusta ser en comunidad. Que mi política íntima sea en comunidad. Yo viví siempre la poesía en comunidad: en grupos de lecturas, en recitales de poesía, en talleres, en reuniones donde los poetas intercambian sus libros y los de otros. Siempre hay alguien que te acerca la poesía, hay grupos de pertenencia. Escribir es un acto en soledad, es una actividad solitaria, pero es solo un momento del texto, el resto son momentos sociales. Empezando por la primera persona a la que se lo leés y además es una palabra dada al otro. Siempre lo pienso en comunidad. Pienso en escritoras como Úrsula K. Le Guin o Isabel Zapata quienes plantean otra forma de pensar lo literario. Lo literario en comunidad, donde se haga cada vez más grande y donde entren otros relatos: orales, ancestrales, relatos de voces extraliterarias. Igual siempre se impone una forma de la literatura que es una forma de escribir con lo hetero-cis. Estamos en ese momento, por un lado, con el imaginario del escritor al estilo Leopoldo Lugones o Alfonsina Storni y otra forma nueva de ser escritor y de relacionarse con la literatura. Por ejemplo, lo que está pasando ahora con el rap, con el freestyle, es fascinante. La lengua está en movimiento. Hay una época muy atomizada, que es producto de las redes. La atomización de géneros y de poca afectación con el otro, en el sentido que hay muchos lectores que capaz no conocen a otros grupos y eso es producto del algoritmo, del capitalismo de plataformas. Yo me acuerdo de esos encuentros a los que iba en los que me encontraba con gente que no tenía nada que ver con mi poesía, con otras generaciones y eso fue muy rico para mí. La amistad es algo muy importante en la poesía, en la literatura en general. Encontrarte con la gente que es diferente a vos, con lo otro, con lo que te hace extraña ante vos misma.

–¿Ahora en qué andas?

–Estoy trabajando en un libro que posiblemente salga este año por editorial Paidós, que se va a llamar Cartas a jóvenes poetas. Ensayo. Cartas donde se juntan la poesía, el feminismo y el lesbianismo. Las empecé a dar en los talleres. Tenía un taller lesbiano, le decíamos así. No porque haya salido con esa intención, sino porque éramos todas lesbianas y jóvenes de no más de 30. De ese grupo todas terminaron publicando. Para arrancar cada taller les escribía una carta contándoles sobre diferentes poetas. Exploran la poesía en Argentina, la poesía lesbiana, la poesía latinoamericana. Nacen ahí, después se volvieron otra cosa porque las fui trabajando. Quise tomar el gesto de Rilke que le escribe a un joven poeta desconocido, Franz Xaver Kappus, de la escuela militar austrohúngara. Eran jóvenes poetas. Todas somos jóvenes poetas.

–¿Cuál es la play list de ese libro?

–¡Me encanta la pregunta! Ana Prada, Nina Simone, Gianna Nannini y Nada Malanima, también cantante italiana.

–¿Se va a publicar un libro de las Aguafuertes Torteñas?

Las cartas que estoy escribiendo tienen un poco el espíritu de las Aguafuertes Torteñas porque voy contando cómo conocí a algún poeta, cuento cuándo fui por primera vez con una novia y una amiga al evento de poesía de Rosario. Las Aguafuertes están ahí para ser publicadas, para que sea un libro faltarían algunas más.

–Te cuento que amé las Aguafuertes Torteñas.

–A mí me encantaba hacerlas. Fue una idea de Liliana Viola. Una editorial me ofreció publicarlas, pero Liliana me dijo hay que hacer más para que sea un libro.

–Contá un poco sobre Poesía Ya.

–El trabajo enorme de Poesía Ya es una idea de Vero Fiorito, gestora cultural. Fue directora del CCK, me convocó en 2019, apenas comenzó la gestión de Tristán Bauer. Fiorito tenía la idea de hacer un gran festival. Poesía Ya conserva el espíritu de la presencia del lector. Lo hacíamos en el Museo de la Lengua cuando María Pía López era directora y eran los lectores de poesía quienes venían a leer a sus poetas favoritos. Así empezó el ciclo en el 2014 aproximadamente. Se hacía una vez por mes en la Plaza Boris. Estaba muy unido a mi programa en radio Del Plata en el que estaba con Tom Lupo, convocábamos muchos oyentes entre el 2014 y el 2016. Era un ciclo muy pequeño y cuando empecé como asesora del CCK, Vero Fiorito me dijo: “quiero poesía”, y así fue como armamos el Poesía Ya con talleres, con la presencia del lector, espacio para leer en la cúpula, y una presencia de invitados y con muchos talleres para la gente y lecturas. En pandemia fue virtual. El segundo año fue cuando Diana Bellessi abrió. Fue un concierto increíble, muy emocionante. Lecturas de poetas que fueron producto de una convocatoria. Mandabas tus poemas y un jurado de seis o siete poetas elegía. Fue la forma más democrática de no tener curadores sino de abrir el juego. Se anotaron unos 2000 poetas de todo el país y vinieron sesenta. Entonces eran las lecturas de poesía, los talleres, algunas performances, y las lecturas en el Ballena. Este año explotó porque fueron diez días y estuvimos en cuatro sedes: en el Centro Cultural Borges, en el Museo Nacional del Cabildo, en Casa Patria Grande y en el CCK. Y además convocamos a diferentes ciclos de lectura y también damos el Premio Alfonsina Storni a libro inédito. Fue mostrar no solo un sector de la poesía, sino un abanico.

–¿Quiénes fueron los ganadores del Premio Alfonsina Storni?

–El primero lo ganó Silvia Mellado, el segundo Gabriela Franco y este año Gabriel Caldirola. Storni tiene todo. Ploteamos algunos poemas de ella en el CCK. Cuando la empecé a leer no podía creer que una mujer de la década del ‘30 me estuviera leyendo a mí en la década del ’90. Hasta el día de hoy me sigue hablando.

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