Literatura y deportes

El ombligo del pulpo

por Alejandro Duchini

Era difícil salir indemne de las experiencias de los años 60 y 70 si se andaba por el mundo con una raqueta en la mano, con buena pinta y no faltaba dinero. Ni hablar si a eso se le agregaba juventud, pelo largo e influencias de Bob Dylan y Leonard Cohen. Características que encajaban en Modesto Vázquez Feijóo, conocido como Tito Vázquez. Promesa del tenis argentino en tiempos en que también aparecía Guillermo Vilas, Tito viajó por el mundo gracias a los torneos, pero su bohemia lo llevó a elegir otra vida. Acorde a lo que le interesaba: libros, música y mujeres.

Tito cumplió con el trinomio cultural de aquellos tiempos revolucionarios: sexo, drogas y rock and roll. Había nacido en Buenos Aires en 1949 y muy joven se fue a los Estados Unidos por una beca de un mes. Ese viaje le cambió la vida. No paraba de escuchar a los Beatles y a los Rolling Stones. Integrante del equipo argentino en la Copa Davis, le tiraba el sueño americano. A los 18, cuando consiguió vivir en California, ya tenía bastante rock and roll encima, había visto a Jimi Hendrix y se había acostado con varias mujeres, algunas casadas que morían por tener un joven en su cama. Por entonces, en una tienda de ropas conoció a una argentina que lo volvió loco y que unos días después le dijo “veníte a pasar el fin de semana a mi casa”. Aclaremos que esa casa estaba en Malibú, a metros de la playa.

Tito no lo dudó y el sábado siguiente estaba en la casa hippie de María, frente al mar, donde lo recibió con velas de colores y buena comida. Hubo vino, música y sexo. Y también cocaína “cien por ciento pura”, como le dijo ella. Él probó por primera vez: todavía recuerda el placer que invadió su cuerpo cuando la coca pasó por sus orificios nasales. Después llegaron otras mujeres y su cabeza se revolucionó, además, con música (a los Beatles, Stones y Dylan les sumaba Pink Floyd, Neil Young, Frank Zappa, Jefferson Airplane y Grateful Dead) y lecturas (John Steinbeck, Herman Hesse, Khalil Gibran, Alan Watts, Aldous Huxley y Henry Miller). También se anotó en un curso de filosofía en el que le hablaron de Krishnamurti. Frases como “la vida es tu propio maestro y uno está en estado de aprendizaje continuo” o “la libertad consiste en entender lo que uno es, de un momento a otro” lo pusieron en otro estado mental y lo interesaron en la cultura oriental.

Su vida era una locura tamizada por las drogas y nuevos amigos. Uno de ellos lo llevó a una casa donde fumaron tantos porros que no podía creer que esa era la casa en la que el clan de Charles Manson había asesinado a Sharon Tate y varios más. Seguía en el equipo argentino de Copa Davis y viajaba seguido cuando lo convocaban. Por momentos quería dedicarse de lleno al tenis, pero cuando volvía a los Estados Unidos era imposible resistirse a las tentaciones. En Beverly Hills se acostó con dos de sus alumnas adineradas. Lo invitaron a Roland Garros, probó el LSD, se puso eufórico y cada vez rendía menos en las canchas. Pero no quería dejar. Cada tanto volvía a probar con la comida sana y con acostarse temprano. Pero a la larga entendió que lo suyo no iba por el lado del tenis.

Antes de dejarlo compartió dobles con Guillermo Vilas. También compartían habitaciones en torneos en los que Tito veía cómo Willy cambiaba a medida que se hacía famoso y ganaba cada vez más. “Su ego era un obstáculo en nuestra relación”, escribió Tito en su libro El ombligo del pulpo (Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano), un libro de memorias imperdible al que le terminó de dar forma en el verano de 2018.

Y mientras Vilas se asentaba en la cúspide del tenis, Tito viajaba por el mundo jugando torneos con menores expectativas. No paraba de conocer chicas con las que terminaba en la cama. Las conocía en los torneos y hasta en las calles de Amsterdam, como cuando viajó a Holanda para ver un concierto de rock. De esa experiencia nunca olvidó el olor a marihuana mezclado en el aire y un cartel en el que se leía “se vende ácido, hachís, ¡se vende el paraíso!”. Europa se convirtió en su territorio y Barcelona una ciudad esencial. Se hizo fan del Barsa y no se perdía los partidos de Johan Cruyff. Fiestas en la India, nights club en Egipto y toros en España. Pero nada como los excesos de Ibiza: “mi Grand Slam”, la definió. El 1 de enero de 1977 cumplió sus 28 con resaca y resabios de los excesos de las últimas horas en una chacra de Colombia. Sintió que se moría.

Volvió a intentar con el tenis en un torneo en Alicante. Por los diarios se enteraba de que Vilas acababa de ganar Roland Garros. Podría haber jugado la clasificación a Wimbledon, pero el entorno del tenis no le interesaba. En un partido de clasificación jugaba el último turno contra John Belly. Perdió el primer set 6-3. Cuando se acercó al banco para cambiar de lado sintió que no iba más. Se desató los cordones, se sacó las zapatillas y después las medias. “No quiero jugar más”, se dijo en voz alta.

“Mi voz interior me sorprendió por su firmeza, la decisión se manifestó en palabras. Sentí una dicha desconocida, una libertad naciente, una emoción vacía, plena, diferente. Durante un tiempo indefinido permanecí descalzo, absorto, contemplando el verde sin interrogación alguna. Sentí la hierba bajo mis pies, el fluir de una nueva energía. Una liviandad similar al opio se adueñó de mi cuerpo. El tenis había sido un argumento, el tiempo mi enemigo; si el tiempo deja de existir el enemigo desaparece”, escribió el 11 de febrero de 2018 en el cierre de El ombligo del pulpo. Con 69 años.

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