Una mínima posibilidad

Por Mauricio Koch

Después de haber leído una larga serie de artículos y entrevistas de y a especialistas de distintas disciplinas en relación con el avance de la Inteligencia Artificial y sus consecuencias a corto plazo –ni hablar a mediano–, lo primero que recordé (más que recordar, sentí) fue un aforismo de Cioran que dice: “Esta mañana, tras haber oído a un astrónomo hablar de miles de millones de soles, he renunciado a asearme: ¿para qué seguir lavándose?” Un par de párrafos bastarán para darles una idea de la desolación: Yuval Harari, historiador israelí, afirma: “Se asoma un porvenir cada vez menos improbable, forjado por la nueva revolución tecnológica, uno en el que la inteligencia artificial será más inteligente que nosotros para ciertas tareas, la mano de obra barata se volverá irrelevante y el envejecimiento y la muerte serán una condena inevitable sólo para aquellos que no tengan dinero suficiente”. (…) “En esencia, estamos aprendiendo a producir cuerpos y mentes. Los cuerpos y las mentes van a ser los dos productos principales de la nueva oleada de cambios. Y, si se abre una brecha entre quienes saben cómo producir cuerpos y mentes y quienes no saben hacerlos, esta será mucho mayor que cualquier otra que hayamos visto antes a lo largo de la historia”. O Bifo Berardi, el filósofo italiano, en un largo artículo titulado Unheimlich: caos y autómata cognitivo: “Mientras el proceso evolutivo se encuentra atrapado entre el caos y el autómata, en la vida cotidiana vemos juntos la proliferación de dispositivos técnicos que actúan como humanos superinteligentes, y seres humanos que actúan cada vez más como locos incurables: el autómata cognitivo se levanta sobre las ruinas que siguen a la explosión del caos psicótico”. O una pregunta lanzada por Henry Kissinger: “¿Qué le sucederá a la conciencia humana si su capacidad interpretativa es superada por la inteligencia artificial y las sociedades ya no pueden interpretar el mundo en el que viven de manera significativa?”

El panorama que describen es tan sombrío, y sombrío no por capricho sino con fundamentos válidos, que, aunque más no sea por espíritu de contradicción y hasta de negación en beneficio de mi salud mental, me gustaría ensayar un comentario no digo optimista, pero sí al menos despegado de la negrura espesa que rodea el tema.

Para esto me voy a enfocar puntualmente en el oficio que me importa, el único que intento comprender y me preocupa: el de escribir ficciones.

Me informan que los programas de IA ya existentes pueden producir una obra maestra o su equivalente en un abrir y cerrar de ojos: La metamorfosis en treinta segundos, Guerra y paz, tres minutos. Aplausos, medallas y besos. Ahora bien, ¿cuánto tardaríamos en aburrirnos de esta posibilidad? ¿Seguiría existiendo el mismo concepto de obra maestra si una aplicación puede producirla en serie y a velocidad supersónica? No hace falta que respondamos. Posiblemente la obra original mantendría su halo o pasaría a ser una pieza de museo y el resto mercancía barata, sin ningún valor artístico, ofertas de supermercado. ¿Entonces? Lo inquietante, al menos para mí, no es que la IA pueda producir en serie cuentos a lo Borges o novelas a lo Proust sino si tiene la posibilidad de hacer sola cosas nuevas, si en efecto puede prescindir del autor, si es innecesario el autor humano para la producción futura de literatura. ¿Es eso posible? De ser así, no tendríamos mucho más que hablar. Pero si de lo que estamos hablando es de la actualización de la vieja discusión arte hecho con máquinas sí o arte hecho con máquinas no, podríamos detenernos a pensarlo. Lo comento con Martín, un colega amigo, y él me recuerda la famosa discusión entre Pappo y DJ Deró. “Esa discusión es del año 2000 y Pappo la perdió por goleada –me dice–, el deejay tenía razón en que ni el sampler ni los sintetizadores hacen solos el trabajo, siempre hace falta una curaduría, un talento detrás que con esa herramienta genere algo interesante”.

Si bien todo es muy reciente y no sabemos hacia dónde nos llevará, lo cierto es que hasta ahora los textos producidos por la IA que he leído no llegan a preocuparme. Están por debajo de la paranoia que a priori se me disparó. Son redacciones que se parecen bastante al dueño y algo así como el paroxismo de la corrección política, básicamente porque el bot está programado para ser moderado y no se le escapa nada. Con alguien/algo que escribe así las editoriales ya no necesitarán sensivity readers ni editores atentos a la ofensa de ninguna minoría y los lectores, por nuestra parte, podemos estar seguros de que entre las líneas de esos textos no hay vida. Sin posibilidad de error no hay vida. La posibilidad de equivocarnos, incluso de ofender, es lo que nos hace humanos, entre otras cosas. Hacer uso de la palabra es saber que del otro lado posiblemente habrá alguien que saldrá lastimado, ofendido, confundido o alterado por nuestro discurso. O indiferente. Es así, no hay opción. Y está bien que así sea y hay que defenderlo.

Acá vendría entonces mi intento desesperado: toda empresa humana nos resulta más o menos admirable –o insustancial o repulsiva, o lo que sea que nos produzca–, en tanto y en cuanto estuvo soñada, proyectada, gestada y consumada, a veces luego de años de paciencia y esfuerzo y de atravesar un sinfín de dificultades, por un igual a nosotros, alguien regido por la biología tal y como la conocíamos hasta hace poco. Un libro bien escrito puede producirnos una mezcla de fascinación y hasta de envidia, seamos sinceros, la fascinación está muchas veces atravesada por la envidia y hasta por los celos: envidiamos el talento, la capacidad creadora, la voluntad férrea para llevar adelante una empresa de esa magnitud. Pero hay también, por supuesto, admiración. Ese cúmulo complejo y hasta contradictorio de emociones sólo es posible frente a un igual. ¿Qué ocurre en el caso de una IA que ha escrito un libro así, no digamos uno malo ni mediocre sino uno bueno, uno realmente bueno, un libro que si hubiese estado escrito por alguien de carne y hueso nos haría caer rendidos de admiración o retorcernos de envidia? ¿Lo leemos de igual manera? ¿Nos despierta el mismo interés? Mi amigo Martín dice que sí, que a él no le importa el autor, que incluso le molesta la figura de autor, que la lectura le interesa como experiencia en sí, ajena a aquel que la produjo, lo importante es que el texto este ahí: no Shakespeare sino Hamlet.

Entre esa posición de prescindencia del autor y la mía, de necesidad y puesta en valor de la figura de autor en tanto y en cuanto para que la obra exista tuvo que haber alguien que transpirara, quizá haya un punto en común y es que tal vez todavía nos queda un pequeño vestigio de posibilidad de elección. Una elección que no conduce al éxito ni a la rapidez, ni al vértigo productivo, ni a la acumulación de ningún tipo de capital simbólico, llámense seguidores o likes, ni al posicionamiento inmediato entre los más vistos y buscados, sino a una labor artesanal que ni siquiera aspira a ni promete la felicidad o estados de conciencia superiores ni se jacta de nada de eso, es simple y llanamente el placer de hacer las cosas, de tenerlas entre las manos y atravesar la experiencia de gestarlas, con todo lo que eso implica en términos sobreponerse a la pereza, a la pregunta del para qué y tantas otras debilidades y fortalezas que nos hacen humanos, o humanos en un sentido que conocemos y que aprendimos a apreciar y a padecer, y por eso mismo mi salida optimista es también una rebelión simple, artesanal. No es que no sepamos las consecuencias de este proceso, no es que no sepamos ni despreciemos las ventajas que puede traer, pero elegimos otra cosa: elegimos escribir, a mano o en la PC pero nosotros, tipeando, eligiendo y ordenando artesanalmente palabras una atrás de la otra, evaluando eufonías y sentidos o sinsentidos, urdiendo oraciones para formar párrafos y con los párrafos capítulos, para que algún día ese trabajo sea un texto que luego quizás se convierta en libro y cuando sea libro termine su sentido en un puente que del otro lado tenga un lector, un lector que en el mejor de los casos tampoco esté apurado, que no tenga que demostrarle nada a nadie, que no lea para que los demás sepan que leyó sino, como dijo Flaubert, “no para aprender sino para vivir”. No para alardear o presumir de una lectura sino más modesta y simplemente para volvernos hacia la vida, para beber de ella con más avidez.

Foto: Rocío Pedroza

Mauricio Koch creció en Hernández, provincia de Entre Ríos. Su libro de cuentos El lugar de las despedidas (La Parte Maldita, 2014) recibió el 2° Premio en el Concurso Nacional de Narrativa Eugenio Cambaceres, organizado por la Biblioteca Nacional. En 2016, publicó Cuadernos de crianza (Paidós), un diario íntimo inspirado en los primeros años de su hija, Gretel. Luego publicó Los silencios (Conejos, 2017), su primera novela, y Baltasar contra el olvido (Obloshka, 2020) que recientemente obtuvo una Mención especial en los Premios Nacionales período 2017/20. Dirige la colección de narrativa Variaciones de la editorial La parte maldita y coordina talleres de escritura grupales e individuales. 

 

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