Inteligencia Artificial mata autor

Por Nicolás Falcioni

Algunas preguntas para los que creemos que los cuentos y las novelas también crean el mundo ¿Hay algo más artificial que la literatura? Y…  ¿no es una tautología? Quiero decir, si es inteligencia ¿no es artificial?

Veamos ¿Qué es la IA? Una máquina (algoritmo) que busca imitar (plagiar ¿les suena?) la inteligencia de los hombres (¡ah, natural!). Los liberales, con su positivismo infantil característico, creen incluso que la máquina puede mejorar. O peor, que puede aprender.

¿Crea algo nuevo? Nada que no esté en su fuente de información, esto es, las manifestaciones del lenguaje, el sistema operativo de la civilización, origen del mito, el arte, la ciencia, la ley, los dioses y… sí, la paradoja es terrible, del código informático. Todo eso que cándidamente los humanos subimos a internet.

Entonces ¿la máquina no agrega nada? Sí, nuevas combinaciones de cosas (palabras, ideas) que ya estaban. ¿No es eso la literatura? 

¿Qué cambió, por qué ahora hablamos de IA? La potencia del software depende de la calidad del input (conjunto de datos que se introducen en el sistema), y como ahora ese input es Internet (en tiempo real), el algoritmo tiene mucho de dónde agarrar. En términos literarios, la máquina está viva y desbocada.

¿Corre peligro la literatura? ¡Jajajaja! Para nada. Pero los humanos la tenemos difícil. Pongámoslo en términos marxistas (¡qué demodé!). El Capital, esto es, el cuerpo de la literatura ya escrita subida a internet, tiene ahora un arma fabulosa para incrementar su rentabilidad relativa (seducir lectores) en desmedro del Trabajo (lo que se está escribiendo ahora mismo).

Es cierto que un humano contemporáneo puede tomar, por decir algo, un argumento característico de Quentin Tarantino, y sobre esa base escribir una novela kafkiana. Solo que la IA lo hace en segundos, con una memoria y una capacidad para tejer argumentos y relaciones entre los personajes prácticamente infinitas.

Ahora ¿queda buena la novela? Tal vez te decepcione, pero si el prompt engineer (ingeniero de instrucciones) se lo ordena, la IA va a escribir para el gusto medio estadístico de su audiencia, con lo necesario para incrementar sus probabilidades de convertirse en un best seller. Va a estimar el valor de esas probabilidades y, de forma continua, con los ritmos de lectura como input, va a reescribir en función de optimizar aquel valor. Sin traumas infantiles. Sin otros prejuicios que el prompt del ingeniero.

Los tecnólogos liberarles creen que el algoritmo es la frontera de la innovación, aun cuando la IA se parece más a un monstruo monoteísta de la Edad Media (un Uno que todo lo creó y lo ve y lo predice).

Entre nosotros, lo que está en juego es la invención más literaria de todas (el artificio iluminista por excelencia): el autor, el individuo creativo. Pese al énfasis de los analistas del (“somos hablados por el lenguaje”), los escritores vivimos del romanticismo. La literatura es la gesta de un héroe que inventa un mundo, o no es nada.

Tristemente, la IA parece venir a confirmar la teoría semiótica: la fuente de toda literatura (también de la literatura menos inteligente) somos nosotros mismos, repitiéndonos, olvidándolo, y creyéndolo original al día siguiente.

Nos negamos a aceptar, porque nos duele el ego, que la IA es nuestro Pierre Menard, y que en sus manos todo lo agradable que escribimos hoy (esos Quijotes) mañana será poco más que “una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical”.

¿Hay que luchar contra la IA? ¿Podemos hacer algo? Hasta acá no hay mucho que hacer. De ahora en más, se me ocurre dejar de alimentar la máquina, escribir en papel, en computadoras offline, etc. Claro que el problema es la difusión, debería ser un circuito íntimo, controlado de alguna manera, pero que antes o después un (humano) traidor (el típico Judas) va a sacar fotos y las va a subir a la red. Entonces no. Sería inútil. 

Tal vez aceptar la IA como parte del mundo, como las montañas, el viento, los ríos, los árboles. Un eco de lo que fuimos. Como esas cigüeñas de petróleo, una gran cuchara que junta material fósil de la civilización y lo escupe por las pantallas. Un rescoldo de la escritura ancestral, donde alcanzamos a reconocer, oníricamente, frases que nos pareció haber escuchado en alguna ocasión. O tal vez debamos darle vuelta la cara. Minimizarla. Ignorarla como a esa chica o ese chico que nos gusta pero que, como nos hace temblar, decidimos que es demasiado para nosotros.

Nicolás Falcioni es periodista y emprendedor. Escribe sobre comunicación, negocios y tecnología, y también cubre temas de estilo de vida. Es editor de Latinys, un medio digital que cuenta historias sobre mini casas (tiny houses) en español.

 

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