No se debe narrar el presente como si ya hubiera pasado

por Marcos Almada

por Marcos AlmadaEra un año para escribir. Lo que fuera. Una novela postergada, un primer poemario, el diario de la peste, reunir de una buena vez todos esos cuentos sueltos, corregirlos y darles un orden, que hicieran sistema. 

Habrá quienes se deben haber metido en alguna de esas posibilidades, o en varias a la vez, o en ninguna.

 

También era un buen año para leer. Un año largo para un libro largo. Los Sorias, el Ulises, 6666, el Quijote. Un buen año para leer la biblia, el corán, la torá, el talmud,  el bhagavad gita. Un buen año para comer y tomar mucho. O para hacer ejercicio en el patio, aeróbico, yoga o kung fu por zoom. Un buen año para cortar con relaciones tóxicas. Un buen año para acercarse a la familia 7 x 24. 

 

Todos los planes que teníamos se derritieron como plástico caliente. Esta locura nos agarró de sorpresa. Tuvimos que reorganizar nuestras vidas.

En una de esas hacía falta que algo así pasara para que nos diéramos cuenta de nuestra fragilidad.  Una fragilidad sistemática y organizada. Pensada y ejecutada por un montón de personas, que incluso, hasta respetamos, y votamos. 

Sería genial que algo como esto nos cambie, que podamos modificar los comportamientos mezquinos que representamos en casi todos nuestros actos: pasear al perro y no juntar la mierda, frenar el auto sobre la senda peatonal, tirar la colilla del pucho en cualquier lado, estacionar en doble fila, comportamientos microsociológicos que denotan que, si estuviéramos en el lugar de la toma de decisiones, haríamos lo mismo que hacen los que manejan los hilos de nuestras vidas. 

 

Al principio pensé que iba a escribir mucho. Que iba a leer todo lo que tenía pendiente, que iba a poder trabajar en un montón de ideas que me daban vuelta hacia bocha pero que no trabajaba por falta de tiempo. 

 

Quiero escribir, tengo muchas ideas, cosas por la mitad, pero no puedo entrarle a nada. Me come lo cotidiano, el trabajo, Netflix. Fui toqueteando varios textos. Navegando los mares inestables de mis words.  No se trata ni más ni menos que de ganarle páginas al tiempo.  Un período como este debería ser un campo fértil para la escritura. Seguro que hicimos grillas horarias, planificación de las tareas del hogar, los zooms del trabajo y de las clases de les chiques, el almuerzo, tres horitas más de laburo por la tarde, un poco de ejercicio, algún juego de mesa familiar, antes de la cena. Y ya queda poco. Lavar los platos, pelear para que les chiques se laven los dientes. Besito de las buenas noches, agarrar un librito o sentarse un rato frente a la compu, al menos para cambiar una o dos palabras de algunos de los textos abiertos. 

 

Me hubiera gustado arrancar un diario de la pandemia. Anotar solo las acciones que hago durante el día, como un seguridad de garita que anota en un cuaderno entradas y salidas. Es una idea que leí en los diarios de Piglia. Transcribo: un diario registra los hechos mientras suceden. No los recuerda, solo los registra en presente. No se debe narrar el presente como si ya hubiera pasado. 

Eso es lo que subrayé. Me pareció atinado porque tenía ganas de anotar entradas en un diario, desde que Alberto nos pidió que nos quedáramos en casa. Hasta tenía la excusa perfecta, incluirnos en la novela que vengo escribiendo sobre papá, en la que le hablo a él directamente. Pensé en escribir ese diario para ponerlo en situación. Cómo se le explica todo esto que está pasando a alguien que no lo puede vivir. Era un buen ejercicio. Pero me aburrí a las dos semanas. 

Ahora tengo la esperanza de que enero y febrero sean meses muy tranquilos y calurosos en los que voy a poder escribir con más regularidad.