Manojo de pesadillas

por Gabriela Colombo

Gabriela ColomboPasé la segunda quincena de febrero en San Pablo para renovar los documentos brasileños y avanzar con la escritura de mi novela. Me instalé en el departamento de una amiga, en el barrio de Itaim. Aproveché los días también para leer y caminar por el parque Ibirapuera. El coronavirus se propagaba de manera exponencial por el mundo. Los amigos y la familia de Europa hablaban de protocolos de higiene, prohibiciones, estadísticas de muertes. De este lado del Atlántico recibía las noticias sin alcanzar a comprender el tremendo cambio de vida que estábamos por sufrir. 

La novela empezó a tomar cuerpo, las ideas fluían, escribía a buen ritmo. Tres días antes de volver a Buenos Aires me mudé a un hotel en Barueri, la ciudad donde crié a mis hijos. La última noche de carnaval cené con Cris y Ana en un restaurante árabe, en el que solíamos reunirnos cuando éramos vecinas. Cris acababa de volver de Portugal con su hijo, Lucas. Aunque en Lisboa había muy pocos casos de covid-19, ellos viajaron con unos barbijos especiales, N95, porque Lucas es diabético. 

El 26 de febrero, me reuní con un editor a quien le había entregado mi libro de cuentos en la Balada Literaria del año anterior y celebramos su decisión de publicarlo. Al día siguiente me levanté temprano, se evaluaba la cancelación de vuelos internacionales, no veía la hora de volver a casa. Bajé a desayunar. El televisor de la sala estaba informando el primer contagio de San Pablo, cuando recibí un mensaje de Cris. Lucas había amanecido con mucho dolor de garganta, fueron al hospital y habían quedado “aislados”. Observé alarmada la foto de los dos con barbijos, en un cuarto pequeño y blanco. La llamé. Habían llegado hacía una hora, las enfermeras estaban vestidas como astronautas y no los iban a dejar salir hasta conocer los resultados de los estudios. 

Durante las cuatro horas que ellos estuvieron encerrados intenté en vano escribir. Me distraía con las noticias. En Argentina aún no se registraba ningún caso. Tuve miedo de que Lucas diera positivo, de habernos contagiado. Terminé de armar la valija. Salí a comprar tapabocas y alcohol en gel, pero estaban agotados. Ana me consiguió dos barbijos descartables, me sugirió que me los pusiera uno arriba del otro, apenas entrara al avión. En el vuelo la gente me miraba raro y a mí, de la angustia, me dolía la garganta. 

Las primeras semanas de la cuarentena me la pasé leyendo exclusivamente lo relacionado con el nuevo virus. ¿Cómo era posible que el muy despiadado se pudiera alojar en algunos cuerpos sin generar síntomas y se propagara con tanta furia por un suspiro, un bostezo o un abrazo? Me obsesioné con la limpieza y la desinfección. Sufrí de insomnio. Durante un tiempo, que pareció una eternidad, me desconecté por completo de la trama de mi novela y empecé a anotar como un autómata las pesadillas que me despertaban de madrugada. 

La decisión de continuar reuniéndome, en forma virtual, con los grupos de mis clubes de lectura me ayudó a soportar mejor el encierro. Leer y conversar sobre las obras de grandes autores sirvió de refugio para descansar un poco de la realidad. 

Recién pude vencer el bloqueo que me impedía avanzar con la novela en agosto. Para lograrlo fue importante no abandonar el hábito de la escritura. Aquel manojo de pesadillas que llenaron varias hojas de un cuaderno, ese embrollo de situaciones inquietantes y absurdas, que en su mayoría terminaron convirtiéndose en cuentos, volvió a poner en funcionamiento el engranaje creativo.  

La literatura es mi tabla de salvación. Me aferro a ella para no naufragar en el mar de desconcierto que es la vida.