Lecturas: Tres hermanos

Por Sebastián Grimberg

Libro_tres_hermanosTres hermanos, el último libro de Esther Cross, es un conjunto de historias difíciles de encasillar: no terminan de ser cuentos ni son capítulos de novela y, sin embargo, al terminar de leerlo, queda la sensación de que podría tratarse tanto de una cosa como de la otra. El hilo conductor principal es la voz de la narradora —presente en la mayoría de los relatos— una niña de entre diez y doce años que, en un tono por momentos de diario personal, de anécdota o hasta de testigo desinteresado, nos traslada a un campo en La Pampa, un campo como muchos otros y que impresiona con reminiscencias de Yoknapatawpha,  el escenario de varias novelas de Faulkner, donde una atmósfera caliente y amarilla como maíz seco rodea a las casonas polvorientas del sur norteamericano. Estas historias, que se potencian entre sí, parecerían ser la trama de relatos que construyen el universo privado de la narradora, que la determinan e identifican, que sientan las bases para esa mujer adulta que aparecerá en las últimas páginas.

Si algo queda claro después de leer el libro, es que la literatura no necesita de artificios espectaculares ni de ideas retorcidas, que muchas veces basta con un personaje —y no me refiero a que resulte sencillo encontrarlo sino todo lo contrario— que narre con naturalidad y aparente ingenuidad la violencia inherente a la naturaleza que se esconde en el monte, lugar de atracción y de peligro; la tragedia humana del paso del tiempo en un hombre que al perder la memoria empieza a desdibujarse y no genera más que incordio entre quienes lo rodean; el afecto ambivalente hacia los animales y la violencia sobre ellos ejercida; las infidelidades y las vidas de los marginados —los “crotos” en este caso— para quienes la ternura es tan factible como el crimen.

Es sabido que los niños pueden ejercer la crueldad casi con desinterés —y creo que eso es lo que más nos aterra— de la misma manera pueden narrarla.