Lecturas: Nuestra parte de noche

Por Laura Bertolé

nuestra parte de la nocheLeer Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez, es una experiencia vertiginosa. El tiempo se acelera y vamos sin control, con la certeza del choque inminente. Pero a diferencia de la velocidad que convierte el paisaje en algo difuso, en este libro podemos verlo todo, hasta lo que no quisiéramos ver.

La novela se inicia con un viaje.  Una necesaria intimidad entre un padre y su hijo que viven el duelo por la madre del chico. Juan, el padre, es un médium poderoso con un cuerpo enfermo. Quiere proteger a Gaspar de la herencia de deidad que lleva en la sangre y que, sabe, será reclamada por una sociedad secreta que persigue la inmortalidad a través de los rituales más siniestros. Los protagonistas atraviesan el país hacia el norte, de Buenos Aires a Iguazú. En cierta forma, sentimos que también escapan. Se acercan a lugares sombríos, envueltos en una atmósfera de símbolos paganos y creencias esotéricas del litoral. A medida que avanzamos, el mundo de la novela se vuelve más oscuro, más perturbador. La historia se cuenta a través de cuerpos ausentes, pero también de cuerpos enfermos, mutilados o intervenidos por la medicina. El dolor se expone desde el deterioro físico, se muestra con crudeza sin reservarse ninguna imagen, ningún grito. La temporalidad elegida, pone el foco sobre los privilegios de clase. Los pactos entre la burguesía y los militares en épocas de la dictadura, la forma sutil y consensuada de esconder el horror dentro del horror.

Si el libro construye un universo que se alimenta a sí mismo, Mariana Enríquez demuestra que es capaz de manejar nuestras emociones, de crear un centro de gravedad que nos atrae a sus reglas y nos transforma. En un vivo que la autora realizó recientemente vía redes sociales, menciona que desde la escritura inicial a la composición final, fueron cinco años de trabajo. Se nota, hay una precisión de taxidermista que logra colocar hasta la última pieza en la posición correcta: la criatura se vuelve real y está al acecho.

Las cinco voces narrativas, que van desde la primera persona a la crónica, tienen la virtud de contarnos la naturaleza velada de nuestra propia historia. Más allá de la complejidad, cada tono es un espejo perfecto de los personajes. Rosario nos habla con una voz muerta, como si leyéramos un diario antiguo, y nos pinta ese Londres de los ‘60 con su psicodelia, sus excesos. Juan esconde una fuerza que apenas puede controlar, una bestia que descarga su furia cuando es liberada y arrasa con todo lo que encuentra. Pero también posee una sensibilidad única y un cuerpo que se agota. Hay una condición fronteriza con el personaje de su hijo, que aunque no lo desee, heredará ese desborde y también el amor por la poesía (nota aparte para el listado increíble de poetas y bandas de rock que la autora va dejando como pistas, para quien las quiera seguir).

Las casas son piezas fundamentales en la construcción del relato. Más allá de escenarios, están cargadas de riqueza simbólica y de contrastes. Hay casas inmensas con túneles macabros, austeras, espacios soporíferos, narcóticos y también aquellas donde ocurren cosas sobrenaturales. En particular una casa abandonada, que vibra, atrae. Donde una cierta ingenuidad adolescente convivirá con lo fantástico y el horror de verdad.

A Gaspar volveremos a verlo, en el último capítulo, en una especie de iniciación a la vida adulta por la que transcurrirá con toda su carga de sangre. El recuerdo de un padre brutal, de una madre de la que sabe poco, el rumor incesante de los que ya no están, los vínculos como lugar de abandono, la posibilidad de un destello en medio de la muerte. Todo se unirá para provocar un final deslumbrante, pleno de belleza, de espanto, como un infierno de Hieronymus Bosch. Se desvanecerá el límite entre lo racional y lo fantástico. Entraremos en el filo de una prosa que conmueve, impacta y se expandirá más allá de cerrar el libro. Porque lo oculto generará un eco, una necesidad de respuesta, que completaremos con nuestros propios miedos. 

 

La novela Nuestra parte de Noche resultó ganadora del 37° edición del Premio Herralde de novela y fue publicada por Anagrama en 2019.