Lecturas: Los hombres son todos iguales

Por Natalia Brandi

Sergio Olguín vuelve al cuento —acaso sea el género más argentino que tenemos— con Los hombres son todos iguales (Tusquet editores, 2019), un libro que parte de un cliché pero que, quienes escribimos, sabemos que garantiza un buen modo de iniciar una historia. La literatura tiene esa particularidad: puede partir de un territorio conocido, romper ese conocimiento y volver al lector con información nueva. Elegí Los hombres son todos iguales de entre tantos otros, precisamente, por el gancho que me provocó ese título.

El libro compila once historias muy distintas entre sí. El hilo conductor es el vínculo entre varones, a excepción del primer cuento: “La chica que miraba a cámara”. Es posible que ese arranque sea un guiño pensado —no sé si por el autor o tal vez por su editor—, pero abrir el libro esperando leer sobre varones y que la primera frase sea:Mi tía Patricia era la ‘rara’ de la familia”, me provocó, me interpeló y me llenó de expectativas.

Encarnar voces femeninas es algo en lo que Sergio Olguín tiene experiencia de sobra. A propósito nos dice: “La mayoría de mis libros tienen personajes femeninos fuertes. Haber trabajado tres novelas con Vero Rosenthal me daba la posibilidad de hablar ahora de los varones, de esos vínculos que tienen más que ver conmigo”.

Como lectora prefiero las temáticas más cercanas a mi mundo, tal vez por ello ese primer cuento sea uno de mis favoritos. Habla sobre el devenir sexual de una mujer, su relación con una tía, crítica de cine, que funciona como su referente y la historia oculta en una fotografía. Después de leerlo, Sergio Olguín ya me tenía en su puño. Ingresé con naturalidad al resto de sus historias. Me reí con el taxista argentino que viaja a Japón para ver a Boca y lo confunden con Maradona. Me estremecí con el hijo de la adivina que soporta el maltrato en la escuela secundaria con una indiferencia escalofriante. El último, “Recetas” es el más íntimo, ahí Olguín cuenta una historia propia.

Cada cuento de Los hombres son todos iguales engloba un mundo en sí mismo, muy distinto en sus registros y en sus tonos narrativos, pero con todos ellos tuve la sensación de que no estaba leyendo sino que oía las historias o que las veía, como si espiara un mundo que creía ajeno y que, al final, no lo es tanto.