Lecturas: Cosas pequeñas como esas

Un pequeño acto

por Natalia Brandi

Cosas pequeñas como esasClaire Keegan (Irlanda, 1968) es una autora que despliega su virtuosismo narrativo con asombrosa claridad. Su libro de cuentos Recorre los campos azules (Eterna Cadencia, 2008) cautiva con su universo poblado de personajes que viven en pequeños pueblos del interior irlandés, y fue galardonado con el Edge Hill Prize como mejor libro de cuentos publicado en las Islas Británicas en 2007. Luego Antártida (Eterna Cadencia, 2009), que fuera nombrado Libro del Año por Los Ángeles Times y premiado con el William Trevor Prize y el Rooney Prize for Irish Literature, emparenta definitivamente a Keegan con Chejov y O’Connor. 

Es atrapante ver cómo sus cuentos, en dónde el contexto local tiene la supremacía de propiciar las historias, adquieren la condición de relatos universales

¿Serán los temas qué trata o tal vez la hondura con la cual logra expresar su propia cosmogonía? ¿Será la paciente mirada de Keegan, que espera a que llegue la palabra justa? Como sea, y antes de que se pudieran responder algunas de estas preguntas, aparece su nouvelle Tres Luces (Eterna Cadencia, 2010), donde la Irlanda rural y árida de principios de los ochenta se presenta desde la vida de su pequeña protagonista entre lo que debe ser dicho y lo que debe callarse. 

Ahora tenemos el placer de volver a leerla en un nuevo relato. La nouvelle Cosas pequeñas como esas (Eterna Cadencia, 2021), que está dedicada, según palabras de la propia autora, a “las mujeres y niños que padecieron en los hogares para madres e hijos y en las lavanderías de la Magdalena de Irlanda”

Es la víspera de la Navidad de 1985 en un pequeño pueblo irlandés y Bill Furlong lleva una vida austera bajo las delicadas condiciones económicas de su país, pero a pesar de ello vive apaciblemente vendiendo carbón y leña. Está casado y es un padre devoto de sus cinco hijas. Dueño de una personalidad reflexiva y sensible, tal vez motivada por su pasado, a punto tal de que su mujer Eileen muchas veces lo trae a la práctica realidad. Por ejemplo, cuando él se plantea: “¿por qué nunca estaba en paz? El día aún no despuntaba y Furlong miró hacia el río oscuro y brillante cuya superficie reflejaba partes equivalentes del pueblo iluminado. Eran tantas las cosas que se veían mejor, cuando no estaban tan cerca. No pudo decir cuál prefería; si la vista del pueblo o su reflejo en el agua”. 

Un par de días antes de la Nochebuena, Furlong llega al convento del pueblo a entregar el carbón y presencia una situación inesperada que lo retrotrae a su pasado y lo somete a una disyuntiva: mirar hacia el costado y seguir con su vida, como le pide hacer su parte de persona común y corriente que desea no haber visto lo que vio, o hacer la diferencia con un acto pequeño, no tomar el camino asignado y dejarse llevar por el dictado de su corazón y callar el miedo ante lo que aún no puede ver.

Keegan no escatima en contarnos historias sórdidas de un pueblo que ha sufrido, y a pesar de que esta última novela aborda el maltrato bestial que sufrían las jóvenes madres en los conventos (hasta no hace mucho tiempo), el relato nos confirma que un pequeño acto, el simple movimiento de una persona, marca la diferencia y cambia la vida de otra para siempre.

Con un narrador que se detiene en el interior del protagonista y con la mano maestra de Keegan, que pincela las imágenes y los sentimientos magistralmente, es un placer regalarse una historia tan luminosa y conmovedora.

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