La ilusión de los mamíferos

por Walter Lezcano

Walter LezcanoEn una primera lectura plagada de inocencia, la idea de aislamiento, encierro y soledad pareciera ser el estado perfecto para que se produzca la escritura, la creatividad, el trabajo. Pero, lamentablemente, siempre es más complejo. Cuando Saer no podía escribir se ponía a traducir poemas de poetas que admiraba. A eso esto lo llamaba “ablandar la mano”. Y es comprensible porque muchas veces resulta difícil entrar en zona de escritura. Con el aterrizaje de la pandemia en la tierra, la cuestión se volvió un entramado difícil de esclarecer. La pregunta salta sin saber de dónde viene esa energía: ¿se puede escribir dándole la espalda al mundo y sus necesidades? Por supuesto que sí. Pero el tema es otro. El tema es saber si esa posibilidad o imposibilidad de escribir tiene que ver con la necesidad vital o con la adhesión obediente. Es decir: ¿se escribe porque hay algo para decir o se escribe para estar al día, rendirse ante la agenda y ser oportunista?  

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En esta última pandemia pude terminar tres libros con lo que venía luchando desde hacía varios años de distintas maneras: ya sea porque no encontraba las palabras que le dieran forma o porque el tono no era el adecuado o porque las correcciones se volvían infinitas. En fin, problemáticas habituales. Pero puedo reconocer que sin el tiempo (enrarecido hasta volverse prácticamente ilusorio) que me dio la pandemia y el encierro obligatorio no los hubiese podido terminar de ninguna manera en este período que marca el almanaque. Fue también una toma de decisión: es el momento de concretar, de cerrar, de dar forma, de usar el tiempo a mi favor. Dice Daniel Guebel: “tomar una decisión es un instante de locura”. Para cómo estaba el mundo y frente a la situación que estamos viviendo todas las decisiones son válidas y necesarias si son las que te mantienen con vida. Decidí entonces que iba a seguir escribiendo. En una época enferma quería ver si podía ir en sentido contrario. 

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¿Cómo dialogar con el presente? La literatura es un guiso que se cocina de manera muy lenta. Su trabajo con el tiempo es delicado, personal, privado. Se trata de la instauración de otro ritmo que no tiene nada que ver con el que marcan los relojes. Es un tiempo fuera del tiempo. En este aspecto, escribir motivado por la pandemia es una empresa dedicada al fracaso porque surge una pregunta interesante: ¿cómo leer lo que sucede, y que algunos llaman realidad, desde la cerradura o, peor, desde las redes sociales? Los que la tienen clara con esto son quienes escriben ciencia ficción: la única manera de hablar del presente es bajo la forma de distopía. 

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Mi experiencia de escritura en pandemia también estuvo regida por las problemáticas comunes a todas las personas: pobreza, paranoia, miedo a que le pase algo a mis seres queridos, incertidumbre sobre el futuro. Y a pesar de que sigo encerrado y vi en total a 5 personas en espacios abiertos, por poco tiempo y siguiendo todos los protocolos, desde que empezó esto, la decisión de continuar escribiendo se mantuvo intacta y, de algún modo, cobró una fuerza inusitada pensando en lo que decía Bolaño al comienzo de un cuento: “Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo”. Desde este posicionamiento, y solo desde este lugar, la escritura, en mi caso, se volvió una forma de resistir el avance de las fuerzas oscuras que intentan gobernar nuestra mente.