La escritura es una pulsión remota

por Jorge Consiglio

 Jorge ConsiglioHay un elemento constitutivo de las catástrofes: su seductora espectacularidad. Hasta cierto punto, la atención que suscitan les da entidad, las conforma. Los ojos que enfocan al trabajador que cae de un andamio o al auto que se estrella contra un árbol son parte esencial de la tragedia, la cargan de emocionalidad. Hasta cierto punto, los testigos, con su deferente atención, refuerzan la existencia de lo acontecido. Le otorgan una moral: esa caída, ese fortuito incidente, resulta útil. Sirve, por ejemplo, para expresar lo aleatorio como principio de realidad. Esto me recuerda una idea de John Berger. Asegura que en los cuadros que entran al canon de la historia universal de la pintura hay una colaboración entre el modelo (ya se trate de un sujeto o de una naturaleza muerta) y el artista. Y esa colaboración resulta de un contacto de índole ontológico. Algo parecido ocurre entre el que observa una desgracia y el hecho en sí. Hay un vínculo, una especie de bucle dialéctico, que los fusiona. El testigo, entonces, cuando se abstrae mirando, no lo hace por el placer —la perversión— de inmiscuirse en la desdicha ajena —observar los “visajes” a los que alude el narrador de Borges en “El hombre de la esquina rosada”—, sino que, más bien, es responsable de enhebrar la fatalidad en la cadena de incidentes que conforman el sistema vital. Este matiz se ve con toda claridad en el contenido que los usuarios suben a las redes sociales. Hace poco, un amigo me mostró la filmación de una pelea callejera en internet. Las imágenes eran contundentes: los tipos se trompeaban y un conjunto de voyeurs tomaba registro fílmico con sus celulares. Definitivamente, habían entendido el valor de su incumbencia. 

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En virtud de estos pensamientos, a mediados de marzo, cuando se declaró la cuarentena estricta, pensé que el encierro no debía ser un tiempo productivo en términos de escritura y lectura. El mundo colapsaba y el proceso merecía toda mi atención. Mirar obsesivamente el progresivo deterioro de las estructuras y los cuerpos, encandilarme con el covid-19: esa era mi responsabilidad civil y estaba decidido a sostenerla. El encierro debía articular información y angustia. El único —y ubicuo— relato posible tenía que ver con la pandemia, con la muda estrategia del contagio, con la falta de oxígeno, con el rol de los otros como eventuales portadores. De pronto, el universo se transformó en un grumo de heraldos negros. ¿Quién estaría dispuesto a escribir en estas condiciones? Sin embargo, la situación se naturalizó casi de inmediato. El parte de guerra que enumeraba las bajas empezó a tener menos incidencia que el reporte del clima. El tejido narrativo de la pandemia empezó a dilatarse y, a partir de esa nueva zona, se rediseñaron todas las nociones que componen la actividad humana. En otras palabras, la pregunta de si debe o no escribir durante la pandemia se transformó. O, mejor, amplificó su sentido. El enunciado interrogativo, finalmente, a través de ese móvil de aclarar una circunstancia, condujo a una afirmación: la escritura es una pulsión remota que termina por imponerse a cualquier circunstancia.