La densidad del agua

Héctor Prahim

Cuidado con el amor (salvo que sea verdadero, y
cada parte tuya, hasta los dedos de los pies, diga sí),
porque te va a envolver como una momia y nadie va
a oírte gritar.

Anne Sexton

Estoy seguro de que siguen ahí, en la oscuridad, con sus sillitas plegables y sus cañas por más que no sea temporada de pesca. Al instante prenden una luz para alumbrar las líneas. La apagan ni bien se oye el motor de una lancha que avanza por el lago. El ruido crece, se oye algo de música. Levanto la botella de cerveza, está por la mitad, la hago girar en mis manos, la dejo en el suelo, cualquier trapo o pedazo de tela calzaría justo, y de seguro allá arriba, en la casona, habrá algo que sirva de combustión. Cierro los ojos, los abro. Me doy cuenta del movimiento involuntario de mi pierna derecha, la aquieto. Muevo los dedos de los pies dentro de los zapatos. Hace varias noches que no puedo dormir bien, hoy no parece ser la excepción, menos con esos tipos ahí afuera.

Al momento veo pasar un catamarán con gente en la cubierta, bailan bajo las luces de cañones audiorítmicos. El destello llega hasta acá, hasta este quincho cerrado, entra a través de las ventanas, rompe la penumbra, se mueve por el techo como un pulpo, pasa por mi cara, por mis manos y sale. Barre la bajada de lanchas del terreno de al lado, barre el pilote de cemento y el terraplén donde es posible que ahora, los tipos se oculten para que nadie de aviso a la prefectura. Porque al principio ya reían y hablaban en lo oscuro, cuando bajé a preparar el asado, no sé por qué entonces no les presté atención. Me puse a hacer bollos de papel de diario, corté pedazos de algodón, los rocié con alcohol de quemar. Quebré ramas secas y las coloqué encima. “Leena” susurré. Recordé su sonrisa. Tengo una casa, una mujer comprensiva, una hija hermosa, un trabajo digno con el que me gano el pan, pero mi vida se quedó sin la sonrisa de Leena. Prendí el fuego y observé las llamas por un largo rato, hasta que oí a los tipos chiflar, chiflar y decirle cosas a Ivana que, sentada afuera, sobre la pared corta del costado, cuidaba de Vicky.

Cuando Ivana vio que me acercaba dijo.  

—No les hagas caso, deben estar borrachos.

La esquivé y seguí de largo.

—¿Qué pasa hijos de la gran puta? —dije en voz alta y abrí los brazos hacia la oscuridad.

Se rieron, esos tipos se rieron delante de mi familia. Sentí la fuerza en las manos. El calor que subía por mis orejas. Tensé la mandíbula, miré hacia el agua. Tuve ganas de saltar, de nadar en lo oscuro hasta ese pilote. Pero Ivana me tomó del brazo.

—Por favor, Markus —dijo—, no podés ponerte así, te está mirando la nena.

Mis hombros se aflojaron, dejé de apretar los puños. Quise decirle que no se metiera, que me dejara manejar la situación, pero se me trabó la lengua y se me nubló la vista. Igual que otras veces, me sentí un estúpido que se dejaba llevar por ocasionales estallidos de ira.    

Luego uno de los tipos chistó, y los demás callaron. De verdad pensé que eso sería todo, que comeríamos en paz y nos iríamos a dormir y nos levantaríamos a la mañana como si nada hubiera pasado, pero las risas volvieron en pocos segundos. Ivana me llevó de nuevo al quincho y cerró la puerta. Se sentó a la mesa y sentó a Vicky en sus rodillas.

—Tenemos hambre —dijo—, ¿falta mucho?

Tamborileó con los dedos sobre la fórmica como si nada pudiera alterar su mundo. Bajé la mirada, negué con la cabeza. Volví a la parrilla. Supuse que esa era la clase de fortaleza que le faltó a Leena hace menos de una semana, cuando puso a Los Ramones y tomó un frasco entero de pastillas y ya no despertó. La misma noche que en la otra punta de la ciudad, yo levantaba a Vicky de la cintura para que me ayudara a soplar las 32 velitas de una torta casera, e Ivana, subida en una silla, nos filmaba.

Alguien canta al otro lado del lago, y canta mal. Veo luces de casas, de hoteles, luces de bares que se estiran sobre el agua. Veo autos que avanzan en fila como en una procesión y otros que suben por calles empinadas. Hay una gran claridad, aunque no logro ver la luna por ninguna parte. Sé que Ivana está equivocada, al menos en esto, porque la noche está repleta de soles. El movimiento involuntario de mi pierna derecha vuelve. Respiro profundo. Bajo la mirada. Llegamos ayer, como a las once de la noche, después de manejar casi por seis horas. Inventé el pretexto de que necesitábamos pasar unos días en familia, bajé dos cajas de herramientas de la Tata Sumo, un compresor para gaseosas, unas jaulas para papas fritas, coloqué el asiento trasero, cargué los bolsos y salimos a la ruta. La casera nos alojó en una de las habitaciones que dan a la terraza, dijo que podíamos utilizar el comedor a cualquier hora, que por el momento éramos los únicos huéspedes. Pasé la noche dando vueltas en la cama, durmiendo por ratos, y a la mañana, ya en el comedor, solo y con el ánimo por el piso, en el instante que terminaba de servirme una taza de café, vi algo que pasó rápido por una de las ventanas. Salí a la terraza, me acerqué al borde, ahí arriba, sobre esa barranca ahora iluminada, unos veinte chicos down con sus instructores esperaban su turno para tirarse por una tirolesa. Contemplar a los chicos, verlos en fila, entusiasmados con sus equipos de gimnasia, hizo que me despabilara, que me llenara de emoción. Pero también era verdad que quería estar un rato solo antes de que Ivana y Vicky despertaran, así que terminé el café y bajé. Caminé hasta este quincho. Justo allá, de pie, estaba aquél forzudo down con los brazos extendidos al frente y las manos abiertas, recibía en las palmas los golpes anémicos de otro chico de menor estatura. Moví la cabeza a modo de saludo y miré hacia el lago a través de la ventana. Al instante escuché:

—Aprovéchelo, maestro, mientras se pueda.

El forzudo seguía atento a los golpes del otro chico, pero me hablaba a mí.

—Es la mierda sin tratar que tiran los hoteles —dijo—, eso está matando el lago.

Asentí con un gesto, metí las manos en los bolsillos. Volví a mirar a través de la ventana. El agua resplandecía al rayo del sol, y al otro lado se veía una costanera con autos bajo los árboles, gente llevando conservadoras y reposeras.

El forzudo insistió.                   

—Pagan para que no abran las compuertas del dique, para tener sus propias playas de arena. Me gustaría dinamitarles el dique, por el bien de los peces. 

El otro chico levantó una mano sin mirarme, la movió rápido en un saludo y volvió a golpear. Tenía guantes de lana que dejaban al descubierto sus dedos. Imaginé una lluvia de concreto, pedazos de dique cayendo sobre Sodoma y Gomorra. Imaginé agua liberada arrastrando todo a su paso para volver a ser, y me pareció hermoso. Abrí los brazos, los dejé caer. Miré mis zapatos, mis piernas. Sonreí. No me había propuesto nada cuando bajé, intentaba estar un rato solo, no pensar, y de pronto, esos chicos de corazones puros acababan de indicarme de que algo estaba matando todo a mí alrededor, y no iba a parar, porque siempre tendría el pasado por delante, y ese pasado envejecería mis huesos, enfermaría mi carne, y mi corazón perdería su fuerza. Dejé de sonreír, dije que era una pena lo del lago. Luego salí.

Ahora los tipos hablan, prenden una luz dentro de una carpa. Al rato la apagan. Bebo otro trago de cerveza sin dejar de mirar para ese lado. Trato de sacar de mi cabeza la idea de la molotov. Dejo la botella en el suelo. Me froto las manos. Entrelazo los dedos. Hace años que no he vuelto a pescar, dejé de ir cuando nació Vicky. Solía pescar en ríos, nunca en lagos, para ver pasar la corriente. Siempre con las rebabas de mis anzuelos aplastadas con una pinza, siempre dispuesto a reanimar a los peces medianos y grandes antes de devolverlos al agua.

Hace un rato, en este mismo quincho, mientras terminábamos de comer, y como para tratar de romper el silencio, Ivana dijo.

—¿Sabías que al sol le quedan 10.000 millones de años?

Ella hablaba de algo que había visto a la tarde en la tele antes de que yo fuera a comprar carne y carbón. Permanecí con la boca cerrada, estaba Vicky, no quería discutir sobre distintos puntos de vista, pero me hubiera gustado decirle a Ivana que éramos malos ancestros, que era lamentable que nos quedara tanto tiempo. Pensé en contarle lo que había escuchado en la radio cuando volvía de comprar, sobre unas ballenas varadas en un pueblo costero que, a pesar del esfuerzo, no pudieron salvar. Tuvieron que prenderles fuego varias noches después, como grandes hogueras de solsticio, cansados del olor de la descomposición y temerosos de que reventaran por los gases. Pero solo la miré y moví el vaso en mi mano. Eso pareció suficiente para que, como si hubiera leído mis pensamientos, Ivana dijera.   

—De cualquier manera, Markus, la tierra va a estar deshabitada antes de ese tiempo.

Sonreí, mi viejo lado punk sonrió. Tomé un sorbo de cerveza, y continué moviendo el vaso sin dejar de sonreír. Ivana soltó el tenedor, se puso de pie.

—Nos vamos a dormir —dijo, y cargó en brazos a Vicky.

La vi subir la barranca. Pensé en lo que me había comentado. Pensé en lo que había dicho el forzudo en la mañana. Todo seguía indicando el derrumbe, el desastre, la aflicción. Me puse de pie, caminé hasta la parrilla. Arrinconé lo que quedaba de brasa. Después fui y apagué las luces, arrastré una silla hasta esta ventana, y desde acá miro hacia la oscuridad donde están los tipos, y bebo lo que queda de cerveza, y recuerdo. Recuerdo la tarde que empezó la destrucción en la casa de Leena, yo sabía que el marido no volvía hasta la noche, y ella me recibió nerviosa pero sonriente. Su bebé se deslizaba por ahí, en el andador. La seguí hasta el jardín del fondo porque no podía pensar en otra cosa que no fuera yo. Me mostró los rosales que había estado podando. La tomé de la mano y la llevé al lavadero, cerré la puerta. La besé contra el lavarropas. Subí su pollera. Al rato oímos el golpe del andador en la puerta. Me apartó primero suave, después con fuerza. Se acomodó la ropa y fue a abrir. La oí gritar, la vi desplomarse de rodillas, la vi taparse la cara. El bebé temblaba sobre el andador, con la lengua afuera, blanca e hinchada como un gusano. Lo subimos a mi camioneta y salimos a toda velocidad. Entré corriendo a la guardia con el chico en brazos. Pasé una puerta vaivén y lo dejé sobre una camilla sin sábana. Después retrocedí lo más que pude, creo que retrocedí hasta una pared revestida de azulejos. Vi a Leena llorar en silencio con el teléfono celular en las manos. Luego la oí tartamudear, cuando llamó al marido, dijo que el bebé había comido veneno del jardín. Es que todo pasó tan rápido que a veces pienso que no pasó, que está por pasar, que seguirá pasando. Leena hizo señas para que me fuera, pero no me fui. Me quedé en el estacionamiento, dentro de la Tata Sumo, calculando que en ese lugar triste, repleto de gente sentada en hileras de sillas delante de pantallas con números, al chico le hacían un lavaje de estómago. Pero sin imaginar que en cuestión de horas, entraría en coma por un virus hospitalario y moriría 35 días después. En ese estacionamiento, como en un autocine, toda mi vida pasó por delante de mis ojos. Al rato bajé la ventanilla,  prendí un cigarrillo. Vi entrar el Regatta despintado que fue hasta el fondo del playón a toda velocidad y frenó de golpe delante de los tachos de basura. De inmediato supe que el hombre que pasó corriendo con la boca abierta hacia la guardia, y dejó el motor en marcha y los faros prendidos, era el marido de Leena, aunque nunca antes lo había visto. Tiré el cigarrillo, sacudí las cenizas de mi pantalón. Sé que temblaba, las manos me temblaban, y el corazón parecía que iba a explotar. Bajé, caminé hasta el Regatta, giré la llave del contacto, apagué los faros. Ahí detrás, sobre el asiento, estaba la butaca del bebé. Salí rápido, cerré la puerta. Recién entonces las manos me dejaron de temblar, pero el corazón siguió acelerado. No sé cuánto tiempo permanecí de pie, delante del Regatta sin hacer nada, hasta que me fui. Hasta que pude irme.

Oigo que rompen una botella o algo por el estilo. Parece que discuten. Por un momento observo el desplazamiento de las sombras. Hasta que todo se aquieta, solo llega un hilo de música desde el otro lado del lago. Paso un dedo por las líneas de mi mano izquierda. Luego palmeo el marco de la ventana tres veces, cada toque quiere decir: acá y ahora, acá y ahora. Pero cuesta concentrarse cuando esa mujer buena tomó un frasco entero de pastillas, y Los Ramones, mi música, la música que le di, sonó el resto de la noche, y a la mañana siguiente, según el encargado, el edificio entero estaba delante de aquella puerta, pidiendo por favor que alguien apagara esa música horrible. Doy vuelta la botella, solo cae espuma, ya no me interesa verla volar. Las molotov del mundo solo deberían volar contra los bancos, todas al mismo tiempo. Dejo la botella en el suelo. Me pongo de pie. Cruzo lo que resta del quincho y salgo. Subo por la barranca concentrado en las luces de la terraza, proyectadas por los viejos apliques en forma de antorcha. Es posible que Ivana esté mirando televisión. Tal vez Vicky ya deba estar dormida. Tal vez esos tipos también sean padres de familia. Tal vez sus mujeres estén recostadas en sus camas, esperando, esperando a sus amantes, o mirando televisión, o soñando. Alcanzo a ver la escalera que lleva a la terraza, sé que si la subo no voy a poder dormir. ¿Cómo hacerlo? Sigo de largo, hasta el estacionamiento. Mi camioneta está delante de la verja que da a la calle. Subo del lado del acompañante. Prendo la radio, muevo el dial, dejo algo de música. Me toco la garganta, carraspeo. Ahora mismo me gustaría tomarme otra cerveza y quedarme así hasta que venga el sueño. A través del parabrisas observo las luces del complejo de enfrente, dan a una terraza circular, a reposeras vacías. Bungalows y Spa, departamentos en alquiler, dice el cartel en lo alto de la calle. Más allá, frente al terreno de al lado, donde termina el asfalto, hay una trimoto furgón estacionada. Bajo la ventanilla. Estiro la mano hasta el espejo lateral, lo muevo hacia adentro y hacia afuera. Una vez más pienso en Leena. Pienso en algo que oí por ahí sobre los indígenas charrúas; se cortaban dedos de las manos cada vez que moría un ser querido. Vuelvo a pensar en esas pobres ballenas, en la nostalgia terrestre de sus aletas con falanges, en sus demás huesos, delgados para su volumen, adaptados a la densidad del agua, a la costumbre del agua, donde no pesan, aunque ese peso se vuelva ingobernable al cambiar la densidad del agua por el del aire.  

Rasco con la uña algo en mi pantalón. Entiendo que debería olvidarme de todo y seguir, pero siempre llevaré esto conmigo. Es que yo fui el único que estuvo junto a Leena en el último tiempo, cuando dejó al marido y se mudó al monoambiente. Pasaba a verla cada dos o tres días, le dejaba comida en la heladera que prácticamente no tocaba. “Debe ser terrible morirse con la música de otro”, dijo, una tarde de jueves que escuchábamos a The Cranberries, y yo jugaba con el flash de una Nikon vieja, y ella fumaba mentolados y miraba una revista de decoración. Hubo tardes que la encontré en el sofá, con la mirada rara, como si no me conociera o como si yo no fuera nadie. Otras veces la encontré en el baño, delante de la pileta, hurgando su pelo reseco, como si estuviera frente a la vuelta al mundo de Pripyat, resoplando el gris plateado del plutonio. Hace una semana llamó por teléfono para que fuera a verla a la terminal de ferrys. Yo arreglaba una freidora vieja en una sucursal de WalterHamburger, a unos 15 minutos del puerto. ¿Te vas?, pregunté, sin saber que esa iba a ser la última vez que nos veríamos. Todavía no, si venís te explico, contestó. Me pareció raro, no había salido en tres meses y de repente llamaba desde la terminal. Dije que en un rato iba, y así fue. Manejé hasta el puerto. La encontré sentada en la última mesa del café, contra un ventanal que daba a la dársena, atenta a un ferry grande que arribaba despacio, de costado. Se puso de pie cuando me vio. Se había maquillado y no dejaba de sonreír. Me besó lento, y tomó mis manos, dijo que había hablado por teléfono con el marido como por una hora, dijo que le había contado sobre lo nuestro, inclusive lo del día del accidente, y del momento en que nos conocimos en ese local del Zar del buen gusto, la vez que ella tomaba café en una mesa dentro del recinto del pelotero, con el chico en una silla de comer, y yo cambiaba el teflón de una tostadora vertical. Dijo que teníamos que ir a buscar las cenizas del chico. La observé en silencio hasta que soltó mis manos y bajó la cabeza. Dijo que después de contarle todo, el marido preguntó si realmente lo que había en la urna era suyo. Ella contestó que sí, que lo era. El marido dijo que de todas formas sacara aquello de su casa. Temí que ese hombre me buscara, que un día tocara timbre en mi casa, que hablara con mi mujer. Extendí las manos sobre la mesa, miré su taza con café sin tocar. Pensé en decirle que no era una buena idea ir, pero ella volvió a sonreír. Luego nos quedamos en silencio, delante del ventanal, como si no supiéramos qué hacer con toda esa luz limpia y generosa de la media mañana. Después salimos. Manejé en silencio. Cuando llegamos, estacioné en la vereda de enfrente. El Regatta estaba un poco más adelante, le había hecho algo de pintura y las cubiertas relucían. Leena bajó, cruzó la calle. Tocó timbre a pesar de que conservaba la llave. El marido se había dejado la barba, una tupida barba entrecana, parecía más gordo. No me vio o si me vio no pareció importarle. Intercambiaron algunas palabras y Leena se quedó afuera, cabizbaja, y el marido entró. Pensé en llamarla, en decirle que nos fuéramos, pero a los pocos segundos el marido reapareció, le entregó la urna. Leena cruzó la calle, subió a la camioneta. Me miró, dijo que quería volver al puerto, quería tirar las cenizas en esas aguas. Para que al menos, dijo, su bebé estuviera acompañado por toda esa gente que subía y bajaba de los ferrys. Miré la urna en sus rodillas, era blanca y tenía la tapa forrada con los personajes de Pocoyó. Giré la llave del contacto. Miré hacia adelante, hacia una hilera de postes de luz, parecían monos rapados de laboratorio que sostenían el tendido eléctrico. Pasé el cambio, solté el embriague despacio, nos movimos unos metros hasta ponernos a la par del Regatta, solo para comprobar que ya había sacado el asiento del chico, luego seguimos.

Bajo el volumen  de la música para poder oír el ruido que hacen, parece que están subiendo por algún sendero, al momento los veo, son dos, salen del terreno de al lado, uno se mete en el furgón de la trimoto, el otro intenta subir en la parte delantera pero tropieza y cae. Se levanta rápido, trepa al asiento, patea el pedal de arranque hasta que el motor prende. Acelera a fondo sin moverse del lugar. El otro asoma desde el furgón, le indica algo. Recién entonces salen, suben a los tumbos por la calle hasta que los pierdo de vista. Me paso la lengua por los labios. Los dedos me laten. A través del espejo lateral observo hacia el lago. No hay señal de ninguna lancha de la prefectura. ¿Qué los asustó entonces? ¿Por qué salieron así? Me quedo quieto por un momento. Luego abro la puerta y bajo. Voy a la parte trasera. Saco la llave cruz aunque tengo la impresión de que ya no van a volver. Camino hasta la verja, en la calle solo se escucha el croar de las ranas. Salgo, voy hasta el terreno de al lado, tiene el pastizal alto, con bolsas de basura. Me adentro, el terreno comienza a inclinarse. La adrenalina empuja, muerde igual que serpiente. Voy apartando ramas sobre la marcha. Salgo a un trecho de cemento, a la bajada de lanchas. Bordeo un tronco caído y sigo unos metros por las piedras. Hago un último tramo de cascotes, salgo al terraplén de tierra apisonada. Me agacho, aprieto la llave cruz. Mi respiración es caliente. Ahí adelante está la carpa a medio desarmar y una sillita plegable volcada. Es un verdadero alivio no ver a nadie. Avanzo hasta un medio mundo casero apoyado contra una piedra, hasta un par de botas de goma prolijamente juntas. Levanto una linterna vincha del suelo, la prendo. Alumbro cajitas de vino aplastadas y botellas rotas, un anafe con una pava, baldes y cuchillos y pescados abiertos al medio sobre hojas de diario. ¿Cómo es posible que hayan dejado todo? Observo la sombra del quincho a la distancia, las luces de la casona allá en lo alto. Hago unos pasos. Oigo un ruido, me vuelvo a agachar, apago la luz. Un momento después la prendo de nuevo, la dirijo hacia el pilote de cemento. Tampoco veo a nadie, solo cañas estaqueadas. Me acerco a una que hace una curvatura como si fuera a quebrarse. Estiro la mano, toco el reel, empieza a girar solo, parece que va a vaciar el carretel. No es mi pesca, pero me gustaría dejar que se vaya. Aunque desde esta posición es difícil, el animal entraría en pánico al intentar traerlo para sacarle el anzuelo o cortarle la tanza bien al ras. De todas formas, alumbro a mí alrededor en busca de algo para cortar y lo veo. Veo al tipo tendido de costado en el suelo, está descalzo, parece dormir, puede que esté borracho. Tardo en reaccionar, hasta que me acerco despacio. Lo toco con la punta del zapato.

—Eh, levantate —digo. Lo muevo con la llave cruz, lo doy vuelta. Veo la mano ensangrentada a centímetros del cuello rebanado, doy un paso atrás. Vomito. Trato de respirar. El hijo de puta tiene la boca torcida, desesperada, pero sus ojos parecen mirar hacia la noche y están llenos de amor. Retrocedo, alumbro hacia el lago. Algo grande sigue ahí, dando pelea para no ser sacrificado, tironeando de la línea sin mostrarse.

Hector Prahim

Héctor Prahim
(Tucumán, 1975)

Narrador argentino. Se formó en narrativa en el taller de Emilio Matei, en el Centro Cultural Recoleta, y en el taller de Vicente Battista. Sus cuentos han sido publicados en distintas antologías y en diarios nacionales e internacionales. Colabora con las revistas Casa de las Américas (Cuba), Muu + Artes & Letras y Solo Tempestad (Argentina), Dos Disparos Magazine (Chile), Almiar y Margen Cero (España), y El Narratorio, narrativa hispanoamericana (digital). En 2014, su cuento “La luz plana de la radio”, bajo el título “Oscuridad líquida”, recibió el Premio Municipal de Relatos “Manuel Mujica Láinez” con un jurado integrado por Selva Almada, Marcelo Birmajer y Leopoldo Brizuela. En 2017, su cuento “El pabellón de los animales domésticos” recibió el Premio “Antonio Porcelli Concursos Participativos”. Y, en 2017, su cuento “La densidad del agua”, bajo el título “Aflicción”, recibió el Premio XXXIV Concurso de Cuentos “Gabriel Aresti”, en España. En 2018, recibió el Premio “Yo te cuento Buenos Aires Oro” de la Legislatura Porteña. Ese mismo año, su cuento “El rectángulo exacto donde estuvo mi cama matrimonial” recibió el Premio de Relatos “Barracas al Sud” de la Dirección General de Cultura, Arte y Espectáculos de la Municipalidad de Avellaneda, y el XXIX Premio de Narración Breve de la UNED, en España. También en 2018, su libro El pabellón de los animales domésticos fue distinguido con una mención en la edición 59° del Premio Casa de las Américas (Cuba), con un jurado integrado por Marta Aponte Alsina, de Puerto Rico; Rodrigo Hasbún (Bolivia); Ariel Urquiza (Argentina), y Daniel Díaz Mantilla (Cuba). En 2019, la editorial Indómita Luz publicó dicho volumen de cuentos que obtuvo una importante recepción en el público lector y la crítica, y llegó a ser nombrado entre los 10 mejores libros de narrativa breve publicados ese año.