Hay un río

Por Ariel Bermani

Ariel BermaniHay un río. Es lindo sentarse a la orilla. Un río imaginario. Pero la imaginación y eso que llamamos la realidad tienen límites difíciles de imponer. Qué importa si el río no está. Lo que importa es cerrar los ojos para verlo pasar.

Como el río: las palabras se empecinan, pierden fuerza y, enseguida, vuelven a embestir. No necesito una ocasión especial para escribir. Tampoco un lugar limpio y bien iluminado. Con tener un poco de tiempo, alcanza. Por más que el mundo se derrumbe. No creo que esto sea malo o bueno, simplemente lo vivo de esa manera y, en este caso, el hecho de estar obligado a salir poco de casa me sirvió para terminar textos que estaban a medio hacer, empezar otros, corregir material viejo. 

Las consecuencias de estos meses de peste se irán viendo (ya se están viendo), pero la literatura no depende necesariamente de los hechos históricos. Escritores y escritoras convivieron con guerras, enfermedades, persecuciones, dictaduras. La escritura se mueve por otro carril, es otra la realidad que se genera, se construye, escribiendo. Es un espejo que refracta. Por lo tanto, más allá de las situaciones límite, personales o sociales, escribir es un ejercicio que no depende de las buenas épocas. En cualquier época se escribe. En cualquier situación. Bajo todo tipo de presiones. Con plata, sin plata, enfermos, mutilados, en la calle, en la biblioteca, en una computadora, en hojas sueltas, como sea. Pienso en el alcoholismo de Carson McCullers y de Carver, en la enfermedad de Bolaño, en Gramsci encerrado en la cárcel de Mussolini la mayor parte de su vida. 

Por supuesto, si se dan las condiciones necesarias, siempre es más cómodo sentarse a escribir. Con la cabeza fría, dedicándonos a seguir de cerca a nuestros personajes o tejiendo versos, pero esas condiciones casi siempre faltan. Hay que hacer algo para sobrevivir, porque la escritura pocas veces aporta los recursos económicos para llevar adelante una vida, al menos, discreta. Y no solo en este país. Por eso el tiempo de escritura se resiente, los escritores trabajan de lo que pueden, muchas veces. Pueden estar más cerca del mundo de la literatura (clases, talleres, periodismo cultural), o más lejos. Kafka y Pessoa trabajaron en oficinas. Vicente Luy nunca pudo trabajar, como Pizarnik. Tizón fue juez. Hebe Uhart, profesora de filosofía. 

Con esto quiero decir que, más allá de esta circunstancia histórica tan particular, el dilema que presenta la escritura siempre nos pone en situaciones límite: escribir implica restarle tiempo a otras cosas y es una actividad antieconómica, en el marco de un sistema político y económico que privilegia la  acumulación de capital. 

Hay un río donde nos miramos mientras escribimos. Nos miramos sin vernos del todo, porque es un río de agua podrida. Pero no importa. Nada importa, si tenemos a mano una historia para contar. O no tenemos una historia pero nos acompaña la música de las palabras. El ritmo de un texto futuro que vamos a escribir uno de estos días, cuando finalmente se presente ante nosotros y ni siquiera la peor de las pandemias pueda detenernos.