Entrevistas: Valentina Vidal

“Hay que trabajar la palabra todo el tiempo”

Por Mariana Iglesias

portada_fuerza-magnetica_valentina-vidalDurante 2019, Valentina Vidal, lanzó su primera novela Fuerza magnética (Tusquets) un texto en el que la autora se zambulle en una temática singular que aborda la relación de amistad entre dos mujeres en un contexto y en un escenario particular: una clínica de salud (privada) en la que la protagonista (que trabaja allí mismo) queda internada para tratar una enfermedad. Sin golpes bajos y con una tensión permanente que le devela al lector la fibra de cada personaje y los hilos que los mueven y sus aristas, Fuerza magnética es una novela honesta y ágil (de esas que nos hacen levantar la cabeza y respirar hondo para pensar en lo que estamos leyendo); además está bien escrita y aborda un tema ríspido que cautiva desde el primer capítulo. En esta cálida charla que compartimos hace unos días con Vidal, la autora da cuenta de cómo fue el proceso que originó el texto, el lado B de la escritura y el trabajo que viene desarrollando en talleres, en general en compañía de otros, así como también nos cuenta las lecturas que acompañaron la creación.

—¿Cuál fue el escenario de trabajo previo al origen de la novela?

—Cuando empecé la novela tenía la idea de que fuera un libro de relatos dentro de un mismo universo, porque sentía que venía del mundo del cuento, pero al tiempo me di cuenta de que no funcionaba porque los personajes pedían una estructura de novela, de tiro más largo, entonces me animé a reescribirla completa y una vez que la terminé, fui a hacer clínica de novela con Federico Falco. A partir de ahí empezamos a ver en un plano macro cómo funcionaba el texto y decidir qué compensaciones necesitaba. La primera decisión fue salirme de la primera persona y cuando la pasé a tercera, se me abrió un mundo enorme con otro tipo de decisiones a tomar.

—¿A qué tipo de decisiones te referís?

Valentina-Vidal—En primer lugar, hubo personajes que se revelaron, que aparecieron y pidieron pista. Después, decidí incorporar la enfermedad como un hecho de la vida misma, sin golpes bajos, y sin mencionarla de modo permanente, solo como parte constitutiva del relato. En Fuerza magnética Alina es el cuerpo enfermo y Jimena son los ojos de un edificio también enfermo; a partir de esta premisa hay un mundo para explorar, a partir de la coralidad que le dan los personajes y a eso se le suma mi propia experiencia habiendo trabajado muchísimos años en un establecimiento de salud. Pero llegó un momento en donde Federico Falco me dijo que ya era hora de meter las manos en el barro y ahí fue que escribí el capítulo donde las dos amigas se preparan para el tratamiento de Alina. Abordarlo fue tremendo para mí. Creo que a partir de ese capítulo no paré de escribir hasta terminarla, porque la novela trata básicamente sobre la amistad y ese fue el norte que necesitaba encontrar.

—Qué material literario te acompañó para trabajar?

El libro que tuve todo el tiempo al lado fue El Castillo, de Franz Kafka. Este material fue de gran utilidad para entrar en clima y durante la reescritura, que es el proceso que comienza una vez que se advierten las necesidades del texto. En este período tuve el libro al lado para lograr esa sensación opresiva que Kafka transmite de modo impecable.

—Advertimos que los personajes son muy activos y no se quedan en una mera escenografía útil al relato, ¿cómo los trabajaste?

—La novela en sí me costó tres años de trabajo. Tuve algunos momentos de bloqueos, pero fue solo cuestión de desarticular algunos puntos, por ejemplo, con los personajes de Alina y Jimena (las protagonistas) que hablaban parecido. Entonces hice un trabajo minucioso con las características de cada personaje para fijar los detalles y poder internalizarlos para trabajar con ellos, verlos, y equilibrar la narración. Eso fue vital para mí. Una vez terminada llegó el momento de las lecturas y devoluciones que hicieron los compañeros de taller, y tuve que aprender a discernir que algunas remitían a gustos personales y que otras, dejaban en evidencia que todavía había trabajo por hacer, por pulir. Y la trabajé sin pausa hasta que quedé conforme para animarme a acercarla a una editorial. Nadie nos corre, hay que tener paciencia y dejar algo lo mejor escrito que se pueda, dar lo mejor de una.

—¿Cómo es ese proceso para “soltarla” en pos de una su posible publicación?

Valentina Vidal

Foto: Alejandra Metler

—La mandé a Tusquets en agosto y estaba tan ansiosa que a los tres meses pregunté si podía mandarla a otro lado, porque yo estaba segura de que me iban a decir que no. Entonces Paola Lucantis (la editora) me dijo que esperara. Yo no lo podía creer pero le dije que por supuesto esperaría. Después nos reiríamos de mi ansiedad. ¡Tres meses! No es nada ese tiempo, hay editoriales que tardan más de un año en responder. Al mes nos reunimos y me confirmó que me iban a publicar. Mientras pasaba el tiempo de espera entre la noticia y la publicación, tuve que ser muy paciente para no tocar la novela en el “mientras tanto”, porque una no para nunca de corregir, pero por suerte, cuando llegó el momento, hicimos un trabajo hermoso con Gabriela Franco en la corrección. Ella venía de editar los Diarios de Abelardo Castillo, entre otras cosas. Fueron meses de trabajo intenso, pero del que disfruté cada minuto. Hasta que llegó el día de soltarla.

—Y ahí ¿qué sucedió?

—Un salto al vacío. Es rarísimo, porque ya no podés manejar nada. Yo le digo “la semana del silencio” porque entre que sale y recibís los primeros comentarios no sabés dónde estás parada. Recién ahí pude soltarla del todo. Sabés que fue una etapa, pero que ya estás inmersa en otra.

—¿Cuál es tu desafío actual?

Fuerza magnética me trajo momentos hermosos de los que estoy muy agradecida. Releerla me insta a pensar en nuevos desafíos y a retomar la escritura pensando en el próximo texto.

—¿Qué te interesa de la narrativa de este momento?

—Me gusta mucho el color que está tomando la narrativa actual, su espesura, su poética. Hay una búsqueda de en las nuevas voces por contar de otra manera. Temas como la maternidad, en la novela Fugaz, de Leila Sucari, con una prosa descarnada, trash y visceral, es muy interesante. Hay una mirada diferente. En el mismo sentido destaco autores como Martín Sancia Kawamichi, Mariano Quirós, Camila Sosa Villadas y Silvia Itkin que trabajan de manera excepcional su prosa y que yo creo que se encaminan hacia las ligas mayores de la narrativa nacional.

¿Qué sugerencia podés compartir con quienes se inician en el camino de escribir?

Creo que, para iniciarse, sumarse a un taller es lo ideal. En mi caso, siempre me ayudó la mirada del otro y en un taller mi escritura se nutrió y creció un montón. Pero no creo que sea para todos de la misma manera. Algunas personas no están listas para exponerse y prefieren trabajar su escritura desde la soledad, eso lo tiene que ir viendo cada uno. Pero es necesario saber que siempre hay que darle a alguien lo que escribimos para poder recepcionar qué es lo que provoca la escritura. Podes hacerlo en un taller, o en soledad, pero para saber si realmente lo que quisiste decir, se está recibiendo, es fundamental que alguien te lea. Después el lector termina de construir la narración con su subjetividad, pero para eso uno tiene que estar mínimamente conforme con lo que escribió. Pensemos que Rayuela no se escribió en seis meses ni El Aleph en una sentada. Gustave Flaubert, por ejemplo, buscaba una palabra durante meses. Hay que tenerse paciencia y si una está dispuesta a exponerse, a pasar por un momento de vulnerabilidad, es ideal sumarse a un taller porque la experiencia es muy rica y generosa. Lo importante es sostener el deseo de la escritura acompañado de trabajo, paciencia, humildad, de superar las frustraciones, y leer, leer, leer. Novelas como Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, o Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara, han sido lecturas nutritivas y disparadoras de unas ganas voraces de sentarme a escribir. No se puede escribir sin haber leído.