Entrevista: Luciano Lamberti

“Hay que enseñar a corregir más que enseñar a escribir”

Por Anahí Flores

Entrevista: Luciano LambertiHace unos años leí “La canción que cantábamos todos los días”, de Luciano Lamberti, y desde entonces volví a ese cuento muchas veces. Después fui conociendo, claro, otros cuentos de él y también sus novelas, pero ya que ese fue el primero de sus cuentos que leí, empiezo por ahí mismo esta charla que iba a ser en persona, en el parque Centenario, pero que terminó siendo en plena cuarentena, por skype.

—La primera oración de “La canción que cantábamos todos los días está dividida en tres fragmentos de seis sílabas cada uno (Me llamo Tomás, tengo treinta años, vivo con mi padre). Se nota en el ritmo cuidado de este y otros de tus cuentos, que frecuentás la poesía. ¿Cómo vivís la interacción de ambos géneros?

—Bueno, yo empecé escribiendo poesía. Y después, cuando empecé a escribir narrativa, traté, como los escritores que a mí me gustan, de que la narrativa suene como poesía. Que no sea sólo una cuestión informativa sino que la sonoridad sea parte también del significado, de lo que quiero decir. En los escritores que yo leo eso es parte de su encanto. No es todo, porque a mí me gusta que pasen cosas en la narrativa, que haya una trama o determinadas estrategias para que yo siga leyendo, pero también, si lo sigo leyendo es porque suena bien y porque está bien dicho. Aunque “que esté bien dicho” puede significar muchas cosas. Significa tantas cosas como escritores me gustan. En muchos de ellos yo notaba eso: que la prosa resonaba y era parte del sentido, más allá de los personajes, de la acción, de la trama. Y también lo que busco es cierta claridad: que se entienda lo que estoy diciendo. Que no llame la atención de por sí, sino que pueda generar esa ilusión de la ficción que nos saca del lugar donde estamos y nos transporta. Me interesa que mi lector se pueda olvidar de que está leyendo. Y lo de la musicalidad me interesa pero ni siquiera lo busco, cuando sale bien es porque sale así.

Ese cuento en particular lo reescribí muchas veces. Viene de una anotación del cuaderno de notas de Hawthorne…

Entrevista: Luciano Lamberti—¡Justo te iba a mencionar eso! Este verano leí los Cuadernos norteamericanos de Nathaniel Hawthorne y reconocí esa anotación de la que hablás. Y ya que estamos en tema, ¿cómo surgen, en general, tus cuentos? ¿De dónde salen las imágenes?

—En general lo que sucede es que yo no soy nada planificador. Lo intenté, porque no planificar implica reescribir mucho, pero no me salió. Me distraigo, me pongo a hacer otra cosa. Me gusta seguir la vocecita. Es mi método. Cada uno tiene el suyo o encontrará el que le sirva. A mí me sirve sentarme a escribir y trabajar como ciego. Se me ocurre una imagen y después la escritura misma me va revelando cosas que yo no tenía idea de que existían. Aprendí a respetar eso y es algo que intento que mis alumnos hagan también, porque a veces la idea inicial de un cuento va siendo reemplazada por otra y hay que respetar eso que ocurre en la escritura, más que nuestra idea tonta acerca de qué tenía que pasar. A veces la idea inicial no es más que un capricho, una cuestión de ego y demás, entonces no tiene tanta importancia.  Me siento a escribir cuentos con nada: con una frase o una imagen en la cabeza, o una historia pero muy desdibujada, muy verde, y después voy siguiendo la vocecita a ver a dónde me lleva. No lo fuerzo. Si sale lo que yo pensé, bien. Y si no, me sorprendo a mí mismo. Además es casi como una especie de psicoanálisis casero porque vas descubriendo sobre la marcha lo que querías decir o lo que no sabías que querías decir, y eso a mí me parece genial. Implica también mucho trabajo, porque para después respetar eso que aparece en el texto y que yo no sabía que existía siquiera, tengo que reescribir varias veces el cuento, trabajar un montón para que termine cobrando su forma.

—¿Y cómo trabajás esto mismo en los talleres literarios? ¿Les das un disparador de escritura a tus alumnos o los conducís por otro lado?

—En general lo que hago en los talleres es tirarles muchas lecturas por la cabeza, que me parece que es lo más importante para un escritor, ¿no? Leer muchos cuentos, de muchas tradiciones diversas y con muchas posiciones estéticas, a veces incluso antagónicas. Trato de no definir el cuento, es decir que sabemos que es un cuento pero sus reglas son variables, o sea que cambian de escritor a escritor. No se puede definir el cuento de una forma cerrada, no se puede hacer un manual del cuentista: hay que respetar lo que el propio texto está planteando como sus propias reglas para ser leído. Yo trato de darles muchas lecturas. Y les doy, sí, consignas, pero son disparadores, después no evalúo el texto de acuerdo a la consigna sino que lo evalúo como un texto autónomo que no tiene nada que ver con la consigna. Y en los talleres trabajamos mucho con la reescritura y la corrección, leemos las producciones de los chicos y a partir de eso trabajamos como si fuera una especie de grupo de guionistas de una serie en el que todos tiran posibilidades y cuestiones alrededor del texto. El que lo escribe toma lo que quiere o no, pero se lleva muchas miradas sobre su texto y eso para mí es enriquecedor. Sobre todo para los que están corrigiendo, porque aprender a corregir los textos de los demás te da una gimnasia para corregir los propios que es impresionante. A mí me parece que hay que enseñar a corregir más que enseñar a escribir, porque hay algo de escribir en términos de entusiasmo, de voluntad, de ganas de estar solo y de perder el tiempo y eso no se puede enseñar. Sí se puede enseñar la noción de escritura como un trabajo, y la escritura de un cuento como una sucesión de borradores hasta llegar a la versión final. Eso me gusta a mí, enseñarles esa ética de trabajo. Después, cada uno de acuerdo a su deseo va encontrando su forma o dedicándose a otra cosa.

La idea de taller, para mí, es esa: recibir miradas y dar entusiasmo para encontrar placer en el trabajo, encontrar placer en eso que habitualmente no da placer, que es hacer la segunda, tercera o cuarta versión de un cuento. El cuento “La canción que cantábamos todos los días”, por ejemplo… tuvo cinco versiones antes de llegar a la versión final. Primero iba a ser una novela juvenil, después un microcuento, después un cuento largo… Iba a estar en tercera, pero fue acomodándose hasta encontrar lo que yo pensaba que era la forma ideal para narrar ese cuento. Para mí esa es la clave, encontrar la forma de cada historia.

Entrevista: Luciano Lamberti—Con respecto a la forma de contar una historia, en tus últimas dos novelas… Bueno, yo digo “tus últimas” pero creo que son todas ¿no?

—Sí, primeras y últimas.

—Bien, en ambas novelas usás una estructura coral, las historias están construidas a partir de muchas voces. ¿Qué aconsejarías a alguien que quiera escribir un cuento o una novela coral?

—Por un lado hay que tener la disposición a la imitación, a ponerse diferentes disfraces. Eso es algo fundamental si vas a narrar con muchas voces. Y tener vocación de actor. Tratar de escuchar cómo hablaría un bombero, una enfermera, una señora. Imaginarlo y reproducir sus voces. La forma en que un personaje se apropia del lenguaje dice muchas cosas sobre su ideología, su educación, su forma de estar en el mundo. Eso, en particular, sobre las voces. La maestra rural es quizá una novela más clásica, en el sentido de que son monólogos alrededor de un misterio. Y en La masacre de Kruguer trabajo más con la noción de documental, que a mí me gusta mucho, sobre todo en relación con el terror. Es un género que implica que creas lo que está pasando y no tengas acceso a todo, la información tiene que estar escatimada. Es algo muy contemporáneo en la forma de narrar. La literatura juega con dosificar la información, con darnos pedazos de información para convertirnos en lectores activos que tengan que terminar de armar la historia en su propia cabeza. El lector se siente útil y que está colaborando con la novela de alguna forma. Y por otro lado juega con la seducción, en el sentido de darle ganas de leer al lector. Provocarle cierto suspenso. Me gusta esa forma de narrar y me gusta, también, la idea de que el narrador pueda llegar a desaparecer. Hay una frase que leí, de Onetti sobre Puig. Onetti decía que en las novelas de Puig sabemos cómo hablan los almaceneros, los bailarines, las señoras, pero no sabemos cómo habla Puig. Es una crítica que le hace pero a mí me encantó porque es algo muy contemporáneo en la forma de acercarse al problema y que tiene que ver mucho con el cine.

—Volviendo a La masacre de Kruguer, ahí narrás la historia de un pueblo que altera su comportamiento repentinamente. Con esto del coronavirus todos estamos alterando muy rápido nuestro comportamiento, nuestras costumbres. ¿Cómo ves la relación entre lo que escribís y la realidad? ¿Lo fantástico y la realidad?

—A mí cuando me preguntan qué me da miedo, si tengo que ser sincero, no me dan miedo los hombres lobo, ni los vampiros, ni siquiera los fantasmas. Lo que me da miedo es la locura. La cordura es algo que sostenemos con ganchitos y es muy frágil y en cualquier momento se puede ir a la mierda. Lo sé porque tengo amigos psiquiatras que me contaron casos de gente a la que le dio un brote psicótico de pronto y era gente, entre comillas, normal que de repente se sacaba e incendiaba su casa y mataba a toda su familia. Entonces lo que a mí me gusta explorar es eso: la locura. Cómo algo es capaz de destruir la certeza sobre la que estamos parados. Si lo puedo relacionar con esto, este encierro nos va a llevar a todos a un lugar extraño. Ya nos está llevando. Yo nunca salgo de casa pero ahora necesito salir todo el tiempo. A mí me encanta quedarme en casa, pero cuando algo está prohibido, empezamos a querer experimentarlo. Salir a comprar puchos para mí es un placer inigualable, ahora.