Hallazgos arqueológicos

Cristian Acevedo

Lucas se abraza al regalo que acaba de traerle el tío Daniel. Corre y busca un escondite donde no le lleguen los gritos: el mantel que cuelga y cae hasta las baldosas blancas es su refugio. Atrincherado bajo la mesa rompe el envoltorio y, de a poco, se desentiende de las voces de su papá y del tío Daniel que —como siempre— pelean como si se fueran a matar.

Lucas lee la caja: “Kit de Excavación Arqueológica”. Y siente que el corazón le va a estallar en el pecho. El tío Daniel sí que lo entiende. ¡Es el mejor tío del mundo! Y él no sabe por qué su tío y su papá están discutiendo ahora, pero no debe ser por el regalo. Porque Lucas vio en un documental de Canal 7 que los arqueólogos también usan uniforme. Y no serán tan verdes y limpitos como los de un General, pero igual son uniformes: a su papá seguro le gustará verlo uniformado. Aunque sea de arqueólogo.

Y, además de la camisa y el pantalón verde, la caja tiene una cantimplora y muchas herramientas: dos pinceles, pico y pala, un cepillo grande, otro mediano, y un cepillo que debe ser para los huesos chiquitos, porque sus pelos son finos como pestañas.

Ahora su mamá vuelve de la cocina con dos tazas de café, y el tío Daniel empieza a decir algo de gente que la “chuparon”. Y su papá le dice que se calle la boca, que no sabe lo que está diciendo, que si es vivo va a saber cerrar el culo.

Y Lucas —que permanece bajo la mesa— también quiere que el tío se calle. Que obedezca y no hable. Porque no le gusta que su papá se ponga así, que diga malas palabras, que golpee la mesa. Y menos por esa gente de la que habla el tío, que “se chupa” porque seguro toma mucho vino.

 

Ahora, hace como un año que el tío Daniel no va a visitarlos.

La última vez se había ido de un portazo y a los gritos. Y Lucas esperaba que volviera como al mes, cuando ya se les pasara el enojo, pero se ve que todavía no se le pasó porque ni siquiera a su cumple fue.

De todas formas sigue siendo su tío preferido: su mamá se enoja porque Lucas tiene como siete tíos más, pero ninguno de ellos lo entiende como lo hace el tío Daniel. Cómo se reían todos la última Navidad, cuando él les contó que quería ser arqueólogo. Si el tío Daniel hubiera estado en esa cena, no habría dejado que se rieran así.

Igual, Lucas juega todo el día a que es arqueólogo, aunque su papá lo mire de reojo. En el fondo es donde juega, porque su papá no quiere que salga a la calle: lo dejó muy claro la vez que le dijo a su mamá que tenían prohibido salir a la calle solos. “Es peligroso”, había dicho, y su mamá había bajado la mirada, y no dijo nada.

Su papá dice que la plaza de la esquina es peligrosa, que hay gente que pone bombas en las calesitas, en los autos, en las casas. Tampoco lo deja juntarse con los melli porque dice que sus padres son también peligrosos. Y con tanto peligro, a Lucas no le queda otra que jugar en el fondo.

Así que se pasa las tardes trepado a la higuera o tirado en el pasto. De vez en cuando juega a la guerra: se ajusta con doble vuelta de cordón los borceguíes de su papá y sale a los metrallazos a rescatar a algún soldado de su escuadrón. Aunque son más entretenidas las tardes de excavaciones, de monedas desenterradas, de fósiles por descubrir.

Por eso es que Lucas hace pozos, porque vio en la tele que en Argentina había dinosaurios enormes, como uno que pesaba como cien toneladas y del que siempre se acuerda porque se llama Argentinosaurio, y es fácil de acordarse.

Y como últimamente su papá anda muy ocupado con eso de defender a la patria, él tiene tiempo de hacer lo que quiere sin que lo miren peor que a un soldado enemigo.

Ya lleva tres pozos. Y a medida que hace uno nuevo, cubre el viejo y le clava un palo que le sirve para reconocer las zonas ya exploradas. Su mamá dice que va a comprar flores para aprovechar esos pozos y la tierra removida. Pero él sabe que nunca va a comprar nada, porque salir es peligroso.

Lucas se prometió que, para cuando al tío Daniel se le pasara la bronca, tendría algún hallazgo arqueológico para enseñarle. Y el tío se va a poner recontento, y no le va a quedar tanto tiempo para discutir de política con su papá.

 

Afuera todos festejan que salieron campeones del mundo. Pero Lucas sigue cavando: a él no le interesan ni el fútbol ni los mundiales ni nada de todo eso. En lo único en que piensa es en su promesa.

Al tío Daniel sí le gusta el fútbol: tiene el carnet de socio y una cadenita bien brillante con el escudo de Independiente.

A su papá también le gusta, pero no es fanático. El abuelo siempre cuenta que cuando eran como él, los llevaba a la cancha a ver al “Rojo” domingo por medio. “Artime, Yasalde y Tarabini”, repite el abuelo; y Lucas, de a poco, se va acordando de los once. El abuelo también le dice que alguna vez los va a convencer para que vayan los cuatro. Lucas nunca fue a la cancha, no es lo suyo. Y aunque el tío Daniel diga que no, los chicos del cole tienen razón: él es de madera para los deportes.

Al mediodía vio en la tele que todos se juntaban a festejar en el obelisco. Seguro el tío Daniel anda por ahí, festejando, con todos los demás. Y puede ser que después de los festejos, pase a visitarlo. Están todos tan contentos que seguro se olvidó del enojo que tenía con su papá. Por eso cava y cava. Y hasta se fue al galpón a buscar la pala de punta. Por si viene el tío.

Ya tiene ocho palos clavados en hilera y ningún descubrimiento. Le queda mucho por explorar. Y se le ocurrió que lo mejor es empezar bien pegado a la medianera del fondo, entre la higuera y el limonero.

Su papá acaba de llegar —él no se ha sumado a los festejos—: se baja del auto y, desde la puerta, se queda mirándolo. No dice nada, se peina el bigote y se mete en la casa. Por suerte Lucas ya ha dejado en su lugar los borceguíes. Ya ha hecho la tarea y ha acomodado su pieza también. Se ha ganado el derecho de hacer arqueología todo el tiempo que quiera. Al menos hasta las siete.

Y empieza a palear a un lado del limonero, que es donde la tierra está más blanda y hay más sombra. Hace un pozo y, cuando ya no hay manera de que la pala saque más tierra, sigue un paso más allá. Cava uno, tapa otro, marca con un palo y sigue. Así hasta que el sol se inclina contra la higuera y le descarga su último destello.

Lucas puede ver cómo su sombra se va haciendo cada vez más larga y finita. Y en uno de tantos golpes de pala, la tierra se raja y se desmorona en un hueco blando y prometedor. Sus manos rebotan en el mango, y el filo embarrado de la pala cruje bajo sus pies.

Una tela gruesa y sucia se extiende a lo largo de la fosa.

Y Lucas nunca estuvo tan feliz —así de eufórico se habrá sentido Carter frente a la tumba de Tutankamón—. Cavará hasta que pueda liberar esa tela que lo separa de su gran descubrimiento. Y planea sus siguientes pasos: usará la pala de mano para los bordes donde parece no haber más tela. Y, a la mañana siguiente, se levantará temprano y avanzará con el cepillo mediano. Capaz que es un cofre, una momia maya, ¡el mismísimo Argentinosaurio!

Por fin consigue liberar una punta de esa sucia tela, que bien podría ser antiquísima, prehistórica. Levantarla no le resulta fácil, pero Lucas sabe que nada es fácil para un arqueólogo. Y el corazón le late en el cuello y a ambos lados de la cabeza, de la emoción.

Es mejor de lo que esperaba: los huesos que se desparraman dentro de la tela son más largos que sus propios huesos. De seguro va a necesitar el cepillo grande también. Y empezar bien temprano.

Y está tan sumido en su labor arqueológica que no alcanza a oír a su papá que grita su nombre, que se acerca a paso firme, que lo zamarrea por la espalda. Que le da un bife con el dorso de la mano y que le grita que se levante y que lo arrastra de la oreja y que lo encierra en el baño y que lo faja como nunca.

 

Contra el marco de la puerta, su mamá reza en voz baja: la nariz y los ojos hinchados, los labios pálidos.

Lucas espía a su papá desde la ventana. Lo observa acercarse a sus excavaciones y marchar de un lado a otro. Del limonero a la higuera, ida y vuelta, muchas veces. Lo ve arrodillarse. Lo ve agarrarse la cabeza, lo ve permanecer de rodillas frente a su descubrimiento de huesos grandes. Y lo ve meter la mano y sacar algo, algo dorado que le cuelga entre los dedos y que resuena como un tintineo de llaves. Y no solamente eso ve: su papá también mira al cielo, que oscurece sobre su cuello que tiembla. Y Lucas no entiende: si hizo la tarea y ordenó su pieza, ¿por qué se puso así, por qué le pegó tanto, por qué su papá no se pone contento?

Lucas no sabe por qué. Pero, aunque apenas pueda ver esa espalda agitada y esa mano que aprieta algo dorado y brillante, a Lucas le parece que su papá también llora, y que llora por su culpa.

Cristian Acevedo
(Tierra del Fuego, 1982)

Narrador argentino. Ha publicado los volúmenes de cuentos Canibalísmico (Nova, 2014), Sommelier de infiernos (Baltasara Editora, 2016) y La sonrisa del rottweiler (Baldíos de la lengua, 2019). En 2016, Editorial Bärenhaus publicó su primera novela, Matilde debe morir. Entre otras distinciones, ha sido finalista del Premio Marco Denevi de Novela 2018, del Premio de Cuento Bernardo Kordon 2018 y del Premio Clarín de Novela 2019. Actualmente vive en Bella Vista, desde donde escribe.