Escribir en pandemia

por Enzo Maqueira

Enzo MaqueiraQuizás por lo novedoso, lo apocalíptico o lo inesperado, aquellos primeros tiempos de la pandemia fagocitaron cualquier vía de escape. No hubo refugio en donde guarecerse. Ni siquiera la literatura, que siempre había funcionado tan bien para evadir coyunturas, conflictos familiares, problemas económicos. El conteo de muertos, los litros de alcohol en spray, las montañas de jabón y gel para lavar las manos; barbijos, el miedo a enfermar y a contagiar a los cercanos, cierto aire de invasión zombi…Todo distribuido como una carrera de obstáculos en la calesita de la Historia. Escapar de la fascinación por la pandemia fue imposible para quienes acostumbramos imaginar pestes, catástrofes y fallecimientos; también para los que menospreciamos el sol de la tarde y preferimos el encierro a puro tecleteo en la búsqueda desesperada de una historia, con minúscula, para contarnos.

La pandemia nos cubrió con su manto de inexorabilidad. Las palabras, por supuesto, también quedaron bajo su sombra. Apenas se decretó el comienzo de la cuarentena llovieron los diarios del confinamiento. Acepté un par de invitaciones que me hicieron para escribir el mío. Era eso o nada. Sólo podía pensar en la pandemia. Tuvo algo de épico aquel tiempo que hoy parece lejano pero que vuelve a amenazarnos bajo la forma de un rebrote: escribir en pandemia sobre la pandemia, relatar el encierro desde el encierro, reproducir el temor mientras los helicópteros sobrevolaban los techos de nuestra escritura. Pero entonces llegó la monotonía. ¿Todo debía girar alrededor de la pandemia? A las pocas semanas de mantener mi diario actualizado, el relato de la repetición, la rutina, el ir y venir al supermercado, echarme alcohol en las zapatillas, sanitizarlo todo, cocinar, comer, lavar los platos, maratonear películas en Netflix, se volvió un embole. Ya no sólo me hundía en una cotidianidad exasperante, también me veía obligado a reconstruirla sobre el papel. Además el resultado era pobre. La falta de distancia me impedía mirar más allá de lo evidente. Escribir sobre la pandemia en pandemia fue necesario al principio y como ejercicio catártico, pero pronto perdió el sentido y se volvió parte de la tortura. 

Por suerte había plan b: una novela que llevaba diez años entre versiones, reversiones, equívocos, vuelta a empezar. Una novela terminada sólo en relación al número de páginas, aún llena de cabos sueltos, todavía deforme, que pedía a gritos una reescritura exhaustiva. Pensaba ocuparme de ella en mi verano de soledad en el desierto de la Patagonia (ahora me pregunto si habrá verano esta vez), pero la cuarentena adelantó la conjunción de espacio-tiempo. En algún punto de la catástrofe, concentrarme en la artesanía de las palabras se convirtió en el único motor posible. Apenas un oficio prescindible, como la mayoría de las cosas que hacíamos antes de que el mundo se detuviera, que sin embargo le otorgaba y le seguirá otorgando sentido a todo lo que existe.