Entrevista: Andrés Neuman

Tercera parte

El lenguaje necesita maduración

Por Anahí Flores

Andrés NeumanHace unos meses conversé por zoom con Andrés Neuman. La charla estuvo tan buena que nos olvidamos del paso del tiempo, y terminamos tocando tantos temas que resultaba difícil reunirlos en una única nota. Para poder compartir este material con la Fundación La Balandra, decidimos dividirlo en tres entregas. Tal vez ya hayan leído Recentralizar el país del cuerpo, que fue la primera nota. Ahí hablamos de su último libro, Anatomía sensible, y de la narrativa que está presente en cada cuerpo. Luego vino La arqueología del deseo de escribir; en esa nota conversamos acerca de cómo empezó a escribir y cómo ese proceso de asumirse escritor duró años e incluso traspasó fronteras. Por último, hoy me toca transcribir la parte de la charla en la que hablamos sobre escribir en cuarentena.

 —Andrés, venimos de un año muy particular y hay una pregunta que nos hacen a todos y yo quisiera hacértela a vos, si me lo permitís. Me corrijo, son varias preguntas, pero todas apuntan a lo mismo. ¿Escribiste durante pandemia? ¿Escribiste sobre la pandemia? ¿Escribiste para huir de la pandemia? ¿No escribiste? Cada uno reaccionó a su manera al 2020 y a la situación que aún se mantiene. ¿Nos contás cómo lo viviste, y lo estás viviendo, vos?

—Fue muy extremo. Yo siento que la pandemia, más que inventar nuevos problemas, lo que hizo fue agudizarlos todos. Tiene un efecto brutalmente clarificador. A veces para mal. Como una lente que de pronto se enfocó y lo que enfocás es una visión atroz, pero más nítida. Esto pasó con las relaciones humanas, con las relaciones económicas…, lo que era precario se superprecarizó. Los problemas de convivencia se agudizaron. Creo que, del mismo modo, nuestra neurosis con la escritura también se extremó durante la pandemia. La relación con el afuera, la gestión del tiempo interno, la cuestión de hasta qué punto la escritura habla o no de lo que está pasando ahora. Si es una maniobra de evasión, o de indagación, o las dos cosas. Si escribir es un acto de preservación de un espacio interno versus la distracción externa. Esas dicotomías son absolutamente discutibles, pero funcionan en nuestra conceptualización de la escritura. Todas esas cuestiones, la pandemia las sacudió y nos las presentó más crudas que nunca. A mí me pasaron cosas que ya me habían pasado antes, pero de manera más drástica: momentos de bloqueo en los que, incluso con tiempo para escribir, no podía escribir absolutamente nada. Porque al sacarnos la idea que tenemos del afuera, el adentro ya no es el mismo. Uno se encerraba a escribir, pero el matiz del encierro cambió trágicamente. Ya no era un encierro gozoso, volitivo y casi travieso, era un encierro frente a la destrucción. Entonces el estatus del adentro cambió. Y a eso le agregamos que todo lo que estaba afuera se trasplantó al adentro (el teletrabajo lo que hizo fue sabotear la posibilidad de un adentro más limpio). Así que, por momentos, me pasó desde bloquearme de una manera como nunca antes, en la que todo lo que yo había deseado —estar en mi escritorio, parar de viajar, no salir de casa— conducía a la paralización, hasta, en otros momentos, tener un nivel de productividad casi demente, que era una forma, supongo, de huir del pánico. Como huir del incendio corriendo hacia adelante. Tenía una novela que no conseguía empezar nunca y, de pronto, en los primeros meses de pandemia avancé a un ritmo desaforado, alimentándome del propio pánico que sentía. Pero eso se entreveraba con momentos de parálisis. Ahora estoy en un momento de parálisis, por ejemplo. O sea, parezco disponer del tiempo y del espacio y no logro escribir porque algo se descompuso en la división del afuera y del adentro, del tiempo libre y el tiempo de trabajo. Entonces, siento que todos esos problemas ya existían pero los estamos viviendo en una proporción desconocida. Y al mismo tiempo me hizo pensar en que a veces tenemos un enfoque un poco ingenuo de lo que es la actualidad. Porque la actualidad y el presente son dos cosas muy distintas que se confunden permanentemente cuando se habla de escritura. La actualidad es lo que está en los medios y probablemente también en las discusiones diarias de las redes, y el presente es algo mucho más complejo, que implica un ejercicio de comparación con el pasado y un ejercicio de proyección del futuro. O sea: el presente es un fenómeno narrativo complejo y la actualidad es una especie de estado de ansiedad y nerviosismo que produce argumentaciones a muy corto plazo. ¿Por qué te digo esto? Porque me parece que, cuando se habla de si la escritura aborda los problemas actuales, etcétera, a veces se hace un enfoque muy cortoplacista. Viste que en los primeros meses de la pandemia te pedían todo: poemas de la pandemia, artículos de la pandemia, opiniones sobre la pandemia, y el sobreentendido de esas peticiones era que en tanto escritores y escritoras que somos, lo natural es que el lenguaje literario aluda al problema del ya mismo. Como si la literatura respondiera al aquí y al ahora igual que los medios. Eso me hizo pensar que tal vez, lo más natural en pandemia, aparte de contarla —la estamos contando, la terminamos contando y este año dejará un reguero insoportable de literatura sobre la pandemia: alguna buena, otra regular, otra mala, como todo, pero eso ya lo sabemos—, sea el rastro fascinante que dejará de alusiones indirectas, de negaciones, de elusiones, y eso va a ser lo más interesante para leer. 

Cuando me tocó hacer mi tesis, hace veinte años, elegí como tema la literatura argentina y la dictadura, y fui despejando temas que ya habían sido muy bien estudiados, a los que yo sentía que no podía aportar nada especial y mucho menos desde España. Empecé a pensar: novela y dictadura (está súper estudiado), la novela de la dictadura (peor aún: hay un millón de bibliografías al respecto). Pero sin darme cuenta fui eligiendo un territorio de la no alusión, o de la no mención directa: elegí un género teóricamente menos político como es el cuento (está ese prejuicio de que la novela es sociológica, política y que el cuento es más autocontemplativo y se debe más a su propia forma, prejuicio que se refuta leyendo un cuento de Kafka o de Walsh, por ejemplo), porque había más campo libre al estar menos asediado por los estudios políticos, pero sobre todo, y a esto quería llegar, elegí leer no a la generación de la dictadura, sino a la de la posdictadura, generación que en la práctica nunca había tenido problemas de censura, que había comenzado a publicar en democracia… La generación nacida en los sesenta como mucho había vivido la dictadura como un trauma de infancia o adolescencia, pero cuando se iniciaron como escritores no tuvieron que lidiar con los conflictos de una dictadura y, por eso mismo, habían hablado poco de eso en apariencia. A toda esa generación que, además, coincidió con la eclosión del menemismo y los años noventa, en Argentina, hasta donde yo pude entender leyendo, se la había considerado una generación apolítica y poco interesada en los discursos de esa índole. Entonces elegí eso para leerlo políticamente. Hice una lectura a contrapelo, política, del género literario menos político de la generación supuestamente apolítica. Así como, cuando me tocó hacer la tesis, sentí que había más campo de investigación en los lugares donde se supone que no había política, y decidí leerlos alegóricamente, detectar los silencios y las omisiones sistemáticas, o ver cómo algo ominoso gravita aunque no se mencione (en esos cuentistas había muchas metáforas de la tortura pero no necesariamente política, cuerpos ausentes, violencias institucionales, secretos familiares, traumas colectivos), del mismo modo, cuando termine la pandemia, creo que hará falta no solamente ver cuáles son las mejores novelas de la pandemia o los poemas de la pandemia, sino leer pandémicamente los temas que no tienen nada que ver.

Lo que sí me pasó es que cuando descubrí que, en mi caso, no tenía ganas de escribir el gran poema de la pandemia o la novela de la pandemia, sino dejar que esa opresión de la pandemia gravitase sobre lo que estaba escribiendo, que lo intensificara, que lo hiciera más acuciante, más doloroso, como un silencio que no se rompe, entonces me sentí más liberado para escribir. Porque estaba esa demanda pública de “ah, no, con todo lo que está pasando, espero que estés hablando del covid, de qué otra cosa vas a hablar”, y eso también puede ser paralizante. Porque el lenguaje necesita maduración, reelaboración, y esta limitación no es algo malo sino de índole profundamente literaria. Cuando lo entendí, me relajé y seguí escribiendo. 

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