Ensayo de vuelo 1

Salvador Garmendia

 

No soy un hombre, casi, soy un dedo meñique. Mi flacura ha llegado a ser tan esquemática, tan universal (yo la proyecto con satisfacción íntima en el ámbito ascético de los principios y las fórmulas puras), que mi cuerpo desnudo es un cálido compendio de anatomía. Sin embargo, por el solo hecho de confrontar tal déficit de animalidad, no me siento un personaje feo ni mucho menos monstruoso; por el contrario, cada vez voy entendiendo menos un ideal de belleza tan estropeado como el que ha sido impuesto a la humanidad, de unos siglos a esta parte, por toda una especie decadente de marmoleros y conservadores de museos. Mis ideas en este punto puedo resumirlas sin dificultad: la carne es fétida, viciosa y corruptible en exceso. Pertenece por herencia al dominio de las especies zoológicas más burdas y desprestigiadas de la creación, como los paquidermos, que son animales de pantano, comedores de harapos vegetales, estúpidos y domesticables hasta el asco. A juzgar por las viñetas de los manuales de historia natural, hubo una edad postdiluviana en que estos mastodontes se paseaban a sus anchas por un planeta enfangado y oscuro, llenando el aire de mugidos y pestilencias. Es posible que la idea de sus enormes deyecciones provoque en las mentes glotonas la envidia por los fabulosos hartazgos que seguramente cometerían aquellos que posteriormente ocuparon una tierra prodigiosamente fecundada por tales inmundicias; sin embargo, no hubo siglos más infecundos, bochornosos y ausentes de espiritualidad y de grandeza.

Por otra parte, su fortaleza aparente se alimenta de una resignación servil, tanto que el hombre, aun el más obeso de los imbéciles, sería incapaz de ofrecer una imagen más sólida de la estupidez terrenal como la del elefante que saluda al público infantil parado sobre sus patas traseras, sacudiendo la trompa y enseñando, sin sombra de pudor, un triste simulacro de pene.

Recuerdo, por cierto, a un general dictador de esta república, que, llevado por su manía de creerse toro (y convencido por sus doctores, carceleros e hijos naturales de que sus bramidos de anciano resonaban como el único vocabulario comprensible en el enorme silencio sin historia del país), cultivaba una amorosa inclinación por la fauna cautiva: a su hipopótamo particular lo llamaba, con razonable familiaridad, el hijoepútamo.

Mi sistema circulatorio, visto en totalidad, es un cordaje tenso y comprimido que envuelve con perfecta sabiduría la osamenta y la fibra. Centenares de mis músculos, pequeños y vibrantes, trabajan en su abrigo de piel; una piel ociosa, herencia de mis pobres años de demencia carnal, que cuelga y se arruga en los lugares más inverosímiles; iba a decir como un escroto, y esto me recuerda que cuando me contemplo desnudo ante el espejo —lo hago con frecuencia y muy a gusto—, suelo verme de veras como un miembro a punto de inflamarse de deliciosa virilidad. Siento en ese momento que la figura del espejo se independiza y que algo radiante y poderoso va a irradiar de ella.

Si a todo esto se agrega que mi estatura es algo más reducida que lo usual en un hombre chiquito, se comprenderá cómo, en varias oportunidades, mi mujer ha estado a punto de echarme al suelo al ir a retirar las sábanas.

Claro está que en un mundo irracional como el nuestro, debo sobrellevar el peso, a veces irritante, de ciertos inconvenientes imprevisibles: un domingo en un parque, una de esas piezas de escaso mérito, identificables por su redondez y su color de almagre (se distraía comiendo una bolsita de cotufas), vino tranquilamente y se me sentó encima. No lo advirtió al principio ni yo fui capaz de protestar, enmudecido como había quedado por semejante carga letal; además, que en el instante mismo, alguna regresión de la memoria me lanzó a una edad miserable: un traje de marinero, una boca abierta y las manos pegajosas de caramelo, presenciando una escena de circo: en medio de la pista, un pichón de elefante se posaba de nalgas sobre el estómago y las partes del domador y así se estuvo un momento de frente a nosotros, agitando sus cascos delanteros como si se gozara de su falta de vergüenza. La ensordecedora gritería del público me arrulló por algunos momentos, en tanto que la pieza terminaba de incomodarse con mis huesos, y después de revolverse varias veces en busca de acomodo, optó por prescindir del estorbo y alzándome por las ropas fue a echarme en el depósito de basura más cercano. Al oírme patalear y chillar dentro del pote, mostróse realmente turbado y desde ese momento usó de toda clase de miramientos para reparar los daños ocasionados en mi ropa como resultado de aquella violenta inmersión en un pozo crujiente y pegajoso de celofán, latas de jugo y papel estrujado. (Una lluvia de palmadas, golpecitos de uña y tirones para disipar las arrugas me envolvió por una eternidad). Al final, sopló vigorosamente en mi pelo, donde habían quedado envoltorios de chocolates y salvavidas. Compungido, pidió que lo perdonara; no había tenido culpa de nada; al verme, me dijo, pensó que algún gracioso me había dejado ahí por molestar. (Y lo justifiqué, en el fondo: mi perfil es punzante y vigoroso, difícil de olvidar; pero quien me mira de frente y a los ojos como él lo hizo, difícilmente encuentra un punto donde los elementos desfocados se estabilicen; mis rasgos se confunden en la mirada del contrario y llegan a desaparecer volatilizados en una dispersión estrábica. El tipo, que además era algo cegato, sólo tuvo al alcance de sus narices una mancha difusa).

En cuanto a mi mujer, Dios la guarde, es un ser bondadoso. Tiene una fuerza hercúlea y cuando ha tomado más de tres rápidas cervezas (nuestras tenidas suelen ser memorables), suelta unas carcajadas gloriosas que parecen multiplicarse y esparcirse por toda la sala. En ese momento una imagen excitante emerge de aquella precipitación de vocales: se trata de una estampida de enanos frenéticos que salen en tropel de las paredes y corren volteando y arrastrando todo el mobiliario hasta sacarlo fuera y echarlo escaleras abajo. Es como un juego delicioso de nuestro exclusivo dominio: me basta decir “los enanos”, ya aflautada la voz por la risa, apuntando un dedo a medio metro del piso, mientras con los nudillos me piso los labios, para que las carcajadas nos envuelvan y los enanos aparezcan de veras.

Es lindo.

Cuando empecé a abandonar las comidas, ella me secundó demostrando un acatamiento apacible, aunque sí revestido de cierta bondadosa picardía. Pronto, en el área de mantel comprendida entre mis brazos en reposo, no hubo más que el periódico doblado y mis cápsulas para el riñón. Hoy, comedor y cocina han sido eliminados de la casa, librándonos, entre otras cosas, de olores y muebles inútiles. La mujer, para no herir mis escrúpulos, se alimentaba en secreto, no sé si frugalmente como asegura; sospecho que no.

Ya se habrán dado cuenta de que mi existencia es por demás tranquila; sin embargo, en la oficina tuve que soportar, al comienzo, el recelo y la curiosidad malsana de los compañeros. En mi presencia se cambiaban miradas de una vulgaridad irritante, como si me vieran acostado en el fondo de una letrina. Por suerte, algo acabó por nivelarnos y hacer que cada cual se guardara con agria resignación en sí mismo: para el jefe, hombre gordo y de pocas palabras, todos allí éramos «un caso». Cada día paseaba delante de nosotros un gesto de impotente inconformidad dando a entender que la fatalidad había colocado bajo su dominio a las más estrafalarias e incomprensibles especies racionales. Así fue como una vez pasó frente a mi escritorio, frenó tres pasos más allá por haber creído ver lo que no era y sí era y regresó para cerciorarse. Ladeó en varios sentidos la cabeza, buscando sin duda el centro inexistente del foco (no me sorprendió lo más mínimo; eso mismo ha hecho y hará mucha gente conmigo), y, al no encontrarlo, dibujó una mueca que era de reprobación y «otro más, qué le vamos a hacer». Desde entonces quedé inserto en la colección, metido en mi nicho, esterilizado e inmune a la curiosidad de mis congéneres. Pues bien, a esto quería llegar: hoy ha quedado establecido mi primer programa de vuelo; por ahora lo vemos como un intento, un ensayo poco ambicioso antes de emprender itinerarios más completos y emocionantes. Nuestro balcón domina la avenida, que es ancha y hermosa; dos cuadras adelante está el parque al que daré una vuelta completa antes de emprender el regreso a la base. La operación de despegue la hemos practicado bajo techo sin dificultad: ella me alzará en sus dos manos, sujetándome por las cavidades del estómago, y dará el impulso inicial. Libre de sus manos, entraré suavemente en el aire.

«¿Mañana?», le suplico al cabo de varias prácticas, tantos ensayos que sólo pueden conducir al fin previsto, el único posible, y ella me dice «sí» con una sonrisa inalcanzable que me enternece hasta las lágrimas.

(1) “Ensayo de vuelo” forma parte del libro Difuntos, extraños y volátiles, publicado originalmente en 1970, y reeditado por Los cuadernos del destierro, en 2020, en Argentina.

Salvador_Garmendia_1990s

SALVADOR GARMENDIA
(Venezuela, 1928 – 2001)

Narrador, periodista, guionista de radio y televisión, y diplomático. Formó parte del comité fundador de la revista Tiempo literario e integró el grupo, y posterior editorial, Sardio. En 1959, publicó su novela Los pequeños seres. Junto a otros integrantes fundó El techo de la Ballena. Publicó por esos años las novelas Los habitantes, Días de ceniza y La mala vida, así como su primer libro de cuentos, Doble fondo, y en 1970 la primera edición de Difuntos, extraños y volátiles

Por su libro de cuentos Los escondites obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1972). En 1974 publicó Memorias de Altagracia, la que se convertiría en una de sus obras más importantes. Fue galardonado con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, en su Mención Cuento con el relato “Tan desnuda como una piedra” y en 1992 el Premio Dos Océanos de Francia. Entre otros libros de relatos se destacan Hace mal tiempo afuera y La casa del tiempo. Colaboró periódicamente con artículos humorísticos en la revista El Sádico Ilustrado, de donde surgieron una compilación de crónicas que llevaría el nombre de Crónicas sádicas, ilustrada con dibujos de Pedro León Zapata.

Foto: Elisa Maggi – Archivo fotográfico de la familia Garmendia.