En un concierto de piares

por Mariana Travacio

Mariana TravacioAmanece. Oigo un pájaro, a lo lejos. Su canto me suena a letanía. No sé qué pájaro es, nunca pude nombrarlo. Me dijeron que es un pájaro de mal agüero, pero suelo escucharlo a diario. Si presagiara desdichas, imagino que mi vida sería un rosario de maldiciones. 

Hace un rato estaba en un zoom, con mi amiga Tomassoni: nos leíamos las novelas que estamos escribiendo. Y ahora escucho ese pájaro y levanto la vista y veo las primeras luces del día: entiendo que se acabó la noche y que debería irme a dormir. Pero me resisto: hago de cuenta que el cielo no clarea y que el pájaro no canta y me sirvo otra copa y decido estirar mi noche, un poco más. Por eso, a las seis y media, escucho el whatsapp que me manda Tomassoni: me manda fotos de la Patagonia, se dedica a ejemplificarme lo que hablamos anoche. Yo le agradezco esas postales del desierto que me conectan, otra vez, con la novela que vengo balbuceando en este noviembre pandémico.

No sé en qué momento pude volver a escribir, o a leer, pero sí recuerdo los meses en los que no pude hilvanar una sola idea: los meses de aprender a diluir el alcohol al setenta y la lavandina al diez mientras nos habituábamos a vernos por zoom y aparecían cisnes en Venecia y ratas en Buenos Aires y se apilaban cadáveres y no nos alcanzaban las horas del día para salir del desconcierto. El cuerpo encerrado y los ojos clavados en la pantalla, reduciendo la lectura al consumo de noticias, en tantas lenguas como fuera posible, como si en alguna línea entreverada en esos diarios fuésemos a encontrar un horizonte: cualquier clase de certidumbre, cualquier cosa que nos devolviera el amparo necesario para instalarnos en la deriva de la escritura o en esa forma de la intemperie que es el acto de lectura: nadie se pone a leer en el centro de un incendio.

Es como si se hubiera inventado un mundo nuevo en el que las cosas carecieran de nombre y nos hubiésemos quedado estupefactos, con el índice erguido, en plena perplejidad, señalándolo todo, preguntándonos qué era eso. Y es notable el campo semántico que vino a nombrarlo todo, a naturalizarlo, a que aprendiéramos a aceptarlo, a que nos habituáramos: COVID-19, SARS-COV-2, ASPO, DISPO, PCR, N95, máscara facial, barbijo, permiso de circulación, personal esencial, test rápido, hisopado, protocolo sanitario, caso sospechoso, contacto estrecho. 

En el Ulysses, de Joyce, aparece una definición de fantasma sobre la que tuve necesidad de volver, en estos meses. Dice que un fantasma es un hombre que se ha desvanecido: por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres. Supongo que nos hemos afantasmado bastante, en este tiempo. Ahora salimos con barbijo, esquivamos al vecino, contenemos el abrazo.

No sé cómo recordaremos esta pandemia mañana. Solo sé que amanece y que ya no distingo la voz del pájaro de mal agüero: ahora el cielo se aturde en un concierto de piares. Los voy escuchando, despacio, mientras me acerco a la cama y agarro el celular para agradecerle a Tomassoni. Ella sabe que esas fotos son las imágenes que me hacían falta para seguir en la novela.