El mundo en un detalle

Flannery O´Connor y sus lecciones de literatura

Por Laura Galarza

Flannery O'Connor, por De Casseres

Flannery O’Connor, por De Casseres

La mujer está lista para ir al grupo de adelgazamiento, se mira en el espejo, quiere saber cómo luce con ese sombrero de siete dólares y medio. Su hijo le pide que se apure, tiene que acompañarla y va de mala gana. Esta es la escena inicial de “Todo lo que asciende tiene que converger”, uno de los cuentos más emblemáticos de Flannery O´Connor (Georgia, 1925-1964). “Era un sombrero espantoso. El ala de terciopelo morado bajaba por un lado y subía por el otro, y el resto era verde y parecía un almohadón del que se escapa el relleno”, piensa el hijo adolescente mientras mira a su madre. Si Flannery escribía hasta treinta veces un relato, ese detenimiento en el detalle del sombrero no es fruto de una improvisación ni un capricho. “Cuando más se mira un objeto, más mundo se ve en él”, dice en su memorable ensayo “Sobre el arte de escribir un cuento”, que puede leerse en el libro Misterio y maneras, que compila sus textos de no ficción. Y más adelante: “El cuentista debe preocuparse por mostrar lo concreto, de modo que el detalle concreto trabaje doble turno”.

Ahora bien, en los intersticios de la conversación anodina que mantienen madre e hijo durante el avance del cuento “Todo lo que asciende…”, Flannery les hace decir cosas como: “Si uno sabe quién es puede ir a cualquier parte” o “¿quieres mirar alrededor y ver dónde estás ahora? De este modo el detalle del sombrero va trabajando en un doble registro, de lo concreto a la profundidad de lo simbólico. Más tarde con la madre y el hijo ya viajando en el colectivo, toda esa tensión acumulada en el detalle del sombrero, decanta como un buen vino. Una mujer negra ㅡque a esa altura el lector sabe que espantan a la madreㅡ sube al colectivo ¡con el mismo sombrero! Otra vez Flannery utiliza la mirada del hijo para dar el batacazo: “El espectáculo de los dos sombreros, idénticos, apareció ante él con el resplandor de un radiante amanecer. Su rostro se iluminó de alegría. Le costaba creer que el destino le hubiera impuesto a su madre una lección semejante”.

Esta maestría en el uso de lo concreto, se apoya a su vez, en otro punto sobre el cual se detiene en el ensayo mencionado: el poder de la observación. Después de escribir toda la mañana, Flannery era capaz de pasar una tarde entera  observando a sus pavos reales dispersos por el parque. “Siempre me andan preguntando por qué los crío, y no tengo ninguna respuesta concisa ni razonable que dar”. Misterio y maneras, abre con un ensayo sobre sus pavos y la vida en la granja Andalucía, donde ella vivió confinada por el lupus, junto a su madre. Con minucia y toda la atención puesta en esas aves tan intrigantes, Flannery enseña cómo no se trata solo de ver, sino de mirar. Hay una escena donde un hombre llega con su camioneta a la granja y uno de los pavos se le planta delante y no lo deja avanzar. Con la cámara fija sobre ellos Flannery hace que esa imagen se convierta en un tratado acerca del poder de la naturaleza y los humanos.

“El escritor está buscando una imagen que conecte, combine o encarne dos puntos: uno está arraigado en lo concreto, el otro es invisible a simple vista, pero el escritor cree firmemente en él, tan innegablemente real como el punto que todo el mundo ve”. En “El geranio”, el primer cuento de la autora y que dejó boquiabiertos a escritores consagrados en la colonia de Yadoo, el viejo Dudley se deja estar frente a la ventana que da a la parte de atrás de otros departamentos en New York. A Dudley la hija lo trajo del campo a vivir con ella. Lo único que espera ver cada día es a ese geranio que sacan al sol. Cuanto más enfoca la pluma-ojo de Flannery al geranio, se produce una condensación de la nostalgia de Dudley por su otra vida (“no tienen ni idea, ni idea de geranios”).  

Ahora bien, Flannery advierte que para que el cuento adquiera profundidad y significación, esos detalles no deben acumularse sin sentido. “El arte es selectivo”, dice. Entonces, al arte de la observación, el escritor debe sumar el de la selección. “Nada esencial para la experiencia principal deberá ser suprimido en un cuento corto. Todo lo que hay en él es esencial y genera movimiento”.

En el cuento “La cosecha” la señorita Willerton, limpia las migas que quedaron sobre la mesa mientras espera el momento del día en que pueda sentarse, por fin, a escribir. Aprovecha ese tiempo en que levanta la mugre de los demás, para pensar. El problema ㅡnos va haciendo entender Flanneryㅡ es que la señorita Willerton se empeña en encontrar un tema “que tenga impacto social”. Mientras tanto, se va perdiendo los detalles de la vida cotidiana que son los que le darían el verdadero material para su cuento. Sobre esos detalles que la señorita Willerton deja caer (como deja caer esas migas de la mesa al piso) Flannery escribe su relato sobre la señorita Willerton. Una magistral vuelta de tuerca a lo Henry James, o la historia dentro de la historia que hará un siglo más tarde Cortázar en “Continuidad de los parques”. Así, “La cosecha” debe leerse también, como una gran lección de literatura. Dice Flannery: “Prefiero hablar de ‘significado’ del cuento a hablar del ‘tema’ de un cuento. La gente habla del tema del cuento como si el tema fuera un trozo de cuerda que anuda el extremo de una bolsa de comida para aves. Creen que, si se puede extraer el tema de un cuento, del mismo modo que se quita el hilo que ata la bolsa de maíz, puede abrirse la historia y dar de comer a las gallinas. Pero no es ésa la forma en que el significado opera en la ficción. Cuando ustedes puedan enunciar el tema de un cuento, cuando puedan separarlo de la historia en sí misma, podrán estar seguros de que ese cuento no es muy bueno. El significado de un cuento debe estar corporizado en la historia, debe hacerse concreto en ella”.

A los 18 años, Flannery O´Connor hacía grabados en linóleo con una técnica parecida a la de los sellos de papa que usan los chicos en el jardín de infantes. Se publicaron en el periódico de la Universidad de Georgia para la Mujer entre 1940 y 1945 mientras Flannery estudiaba Ciencias Sociales. En uno de los más famosos, se ve a un dentista con el torno en la mano, sentado casi sobre su paciente mientras dice: “No te importa si me pongo cómoda, ¿no?” Sobre ellos se puede hacer una lectura après coup de lo que va a venir: una mirada del mundo impiadosa, áspera, hilarante que caracterizará su obra literaria. Porque ya, en el principio de todo, Flannery miraba el mundo con relieve.