Entrevista: Juan Forn

“El espesor que tiene la historia cuando hablás de una persona real es único”

Por Hernán Carbonel

Juan FornEl hombre en cuestión dice que la idea de Los Viernes —originalmente una columna que se publica ese día en el diario Página/12— nació después de terminar María Domecq, un libro en el que se hubiese quedado a vivir. María Domecq: relato mítico familiar. El Almirante Manuel Domecq García, su bisabuelo, y los que vinieron después, incluido Naboru Yokoi, hijo extramatrimonial del Almirante resultado de sus aventuras orientales. En paralelo, la experiencia personal: una pancreatitis fulminante que manda al autor al hospital, donde se cruzará con la tal María Domecq, “una mujer que según la ciencia médica debía estar muerta hacía años”. Incluso ella se coló en alguna columna: “Hace diez años conocí a una mujer que debía estar muerta según los cánones de la medicina. Tenía cuarenta, la misma edad que yo, cuando la conocí”.

¿Se podía hacer buena literatura con personajes reales? Claro que se podía.

La cosa-viernes empezó en 2008, entre las reverberaciones de los libros de su biblioteca y las caminatas por la playa de Gesell, y se convirtió en un culto semanal de los lectores, que esperan por esas páginas como quien aguarda el sermón de la montaña. Una guía de lectura en constante actualización, la aproximación a una caterva de personajes que, quizá, no hubiesen llegado a cierto público de otra manera. A la antología de cuatro tomos que publicó Emecé en Argentina se sumará, seguramente el año que viene, a través de Planeta, una nueva selección, sólo que a través de un eje geográfico, a modo de “historia cultural informal del Siglo XX”.

El hombre en cuestión, se habrán dado cuenta, se llama Juan Forn. Nació en el seno de una familia con arraigo en lo libresco, creció al calor del regreso de la democracia —esa disyuntiva entre psicobolches y posmodernos— y a las puertas de los veinte tuvo su viaje iniciático a Europa, a lo que le siguieron —vaya experiencia— durante una década y media, sendos trabajos como editor de Emecé y Planeta.

Luego, entre algunas novelas (Corazones, Frivolidad, Puras mentiras) y un tomo de cuentos (Nadar de noche), vino la fundación del suplemento Radar de Página/12, la crisis de 2001, el coma pancreático y la salida airosa hacia las arenas geselinas.

Es el mismo hombre que escribió que “leer es lo que hacen los de la tribu del libro para ser menos extranjeros de sí mismos” y que en Vidas paralelas, de Plutarco, es donde, es su humilde opinión, se inventa toda la literatura; el que va con Flaubert en aquello de que “no son las perlas las que hacen el collar; es el hilo”. El mismo que ahora, en esta entrevista para Fundación La Balandra, rememora cuando Abelardo Castillo le dijo que en él hay más un cuentista que un novelista; el que empezó por la poesía, pero en seguida comprobó que lo que le gustaba era contar historias; al que las revistas culturales le fueron dando un background importante casi sin que se diera cuenta; y el que encontró una nueva forma de unificar varios géneros (Historia, sociología, biografías, memorias, crónica, artículo periodístico) en uno: las columnas de Los Viernes.

Los viernes—Comencemos por las columnas de Los viernes. ¿Creíste, en un principio, que podría tener el “éxito” o la empatía masiva con los lectores que tuvo?

—No, para nada. Cuando terminé María Domecq, que era un libro en el que me quería quedar a vivir, me di cuenta de que lo tenía que soltar. Así que, cuando lo solté, tenía una depre tremenda, y además sentía que no tenía ningún interés en escribir narrativa y no sabía dónde meterme. Y en el diario me dijeron: sabés cuánto hace que no mandás una nota. Y ahí se me ocurrió, en vez de seguir escribiendo las notas largas que hacía para Radar, empezar con las contratapas, que para mí había sido un lugar legendario de Página/12 y que estaba un poco devaluado, y ahí empecé. Miré los libros en mi biblioteca y me dije: algo voy a encontrar. Y fue así. Descubrí que, si me sumergía en un autor, tarde o temprano empezaban las reverberaciones de otros temas, más esto de la limitación del espacio, que debía ser sintético. Por otro lado, en vez de hacer como hacen todos cuando tienen una columna semanal, que es escribirla rápido para dedicarle el resto del tiempo a lo que les interesa, yo hice lo contrario: dedicarle toda una semana a eso. Las caminatas por la playa me ayudaban mucho a acomodar las ideas e iba descubriendo la manera de contarla y cómo ordenar los elementos. Es lo mismo que cuando entrenás cualquier músculo. Fue encontrando su forma. Desde el 2008 que empecé, hasta el 2011, no viajé a Buenos Aires, ni estaba en las redes, y en esa época Página no tenía la opción de los comentarios debajo de las notas, así que no tenía dimensión de lo que pasaba, salvo Saccomanno, que venía y me comentaba. Cuando empecé a viajar a Buenos Aires para dar talleres, ahí lo descubrí, en un tipo que leía en el Subte o alguien que me paraba en la calle, y a lo largo de los años fueron llegando mails de los lugares más inesperados del mundo de gente que las seguía.

—Las columnas son una especie de nuevo género donde confluyen varios géneros: artículo, crónica, memorias, biografía, crítica, Historia. ¿Hubo una búsqueda de esa alquimia o se dio con naturalidad?

—Es un poco mi manera de leer y mi manera de escribir. Venía un poco saturado, cada vez creía menos en el mecanismo de la ficción, en la idea de inventar un personaje. Descubrí que la realidad era mucho más nutricia, me di cuenta que mis lecturas iban cada vez más por ese lado. Libros que tenían que ver con historia, con sociología, biografías, memorias. Y muchos libros mestizos, que comulgan en diferentes géneros. Y después hay una larga tradición de lo que se llama “vidas breves”, que es algo que empezó a hacer John Aubrey. Por supuesto, también están las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, lo que hizo Alfonso Reyes, lo que hizo Borges en Historia universal de la infamia, lo que hizo J. R. Wilcock, lo que hizo Sergio Pitol, Vila-Matas o Danilo Kis. Hay muchos tipos que lo practican. Hay una mujer, que se llama Fleur Jaeggy, la esposa de Rodolfo Calasso, que tiene un librito así.

—Y el amor por la Rusia soviética, ¿de dónde viene?

—Si Los viernes hubiera empezado diez años antes, hubiera tenido más mitteleuropeos que rusos, o más japoneses. Y si lo hubiese empezado veinte años antes, hubiese tenido mucho más yanquis e ingleses. Yo me fasciné con el mundo de la vida soviética, las diferentes capas y etapas de la URSS, desde los primeros años de la revolución, con la idea esa del futurismo y de que todo era posible, a las purgas, los campos de Siberia, los disidentes, y así hasta llegar a Svetlana Aleksiévich, la ganadora del Premio Nobel.

—¿Y cómo se convirtió en libro?

—Una de las cosas que más libertad me dio fue la de dejar de pensar en el formato libro: yo pensaba en el formato viernes. De la misma manera en que los poetas no piensan en que están escribiendo un libro. Ellos, cuando pueden, escriben un poema y después escriben otro poema y después otro. Yo hacía más o menos lo mismo sólo que en prosa y con fecha de entrega semanal. Y cuando llegó la hora de encontrarle formato libro, le propuse a Emecé si podíamos hacer una cajita que tuviera tres tomos, y me sacaron cagando (risas): que era anti-económico, que era un delirio. Y para mi sorpresa me propusieron publicar los tomos sueltos. Y ahí me di cuenta que un año tiene 52 semanas, lo cual significaba 52 textos, que significaban un tomo de doscientas y pico de páginas, y me costó armarla, porque a esa altura ya llevaba escritas como cuatrocientas. Cuatrocientas contratapas son 1600 páginas, para que te des una idea. Y no conseguía a nadie que me ayudara a seleccionar, porque nadie tenía paciencia para leerlas y seleccionarlas.

Los ViernesPero no me terminó de convencer la forma en que salieron Los viernes, entonces armé, con una sugerencia que me hizo la editora chilena Andrea Palet, un itinerario, una historia cultural informal del Siglo XX. Traté de armarlo con un eje, un recorrido geográfico: elegí las noventa contratapas que más me gustan. El libro empieza en África –—porque todo empezó en África—, va yéndose hacia Oriente, hace China, Japón, de ahí va a Rusia, de Rusia baja por Polonia, Checoslovaquia, de Yugoslavia cruza a Italia, Francia, Inglaterra, va a Estados Unidos, de ahí baja a México, sigue por Latinoamérica y América del Sur y termina en Argentina con las autobiográficas. Es el libro que, fuera de Argentina, quiero que circule. Yo lo que necesitaba es que el lector, en formato libro, sintiera lo mismo que sentían los fanáticos que las leían todas las semanas, pero con un procedimiento que deja a la luz este intento subterráneo de contar la historia del Siglo XX.

—Recién hablabas de María Domecq. Cuando uno lee esa novela no puede evitar preguntarse hasta qué punto es ficción y hasta qué punto testimonial.

—La vara que usé para ese libro es la siguiente: cuando hablo de muertos, todo lo que cuento es verídico, tanto los de mi familia como los de la historia. El único personaje que está construido es, justamente, el de María Domecq. En realidad, conocí a una mujer que tuvo esa enfermedad, que me contó lo que había sido para ella. Además, yo tengo una hermana, e inventé el hermano gay para protegerla a ella. Y cuando se habla de parientes vivos, está todo deformado. Pero lo de mi abuela, lo del japonés que le golpeó la puerta, lo del Almirante en la guerra de Japón, en la guerra del Paraguay, lo de la Semana Trágica, todo eso es verídico. Y el último capítulo, donde se cuenta la historia de Naboru Yokoi, eso lo tuve que construir un poco, porque de ese personaje, lo único que pudimos rastrear, es que tenía una hija, y esa hija sólo hablaba japonés y no había nada que sacarle. Mi abuela, la hija del Almirante, dejó algunos papeles, y conseguí, a pesar de que en mi familia las cosas no están del todo bien, acceso a esos papeles. El japonés fue criado con la imagen de ese padre ausente, pero la madre se lo tuvo presente, y aparentemente el Almirante le envió dinero a esta mujer hasta que se cortó cuando Japón se alió con Alemania en la Segunda Guerra.

—¿Se puede decir que estás alejando de a poco de la ficción?

—Por empezar yo soy un escritor poco prolífico, escribía un libro cada cuatro años, con suerte. Siempre tuve que trabajar mucho y nunca supe defender el tiempo para escribir. O porque había algo que me divertía hacer o por cuestiones de laburo. Abelardo Castillo siempre me decía: vos sos mucho más cuentista que novelista. Lo que pasa es que me resulta muy fácil, por haber trabajado tantos años como editor, entender las cuestiones formales. Entonces la construcción de una novela me resulta… divertida, si querés, pero lo que me creo cada vez menos es la construcción de personajes imaginarios. Yo escribí poesía desde los 15 hasta los 20, y de pronto me di cuenta de que sólo leía poesía o ensayos sobre poesía, y a los 21 entendí que, a mí, lo que me gustaba, era contar historias. Entonces sentí que estaba recontra atrasado con todos los de mi generación, porque no había leído ni a Dostoievski ni a Faulkner ni a Arlt. Ahí empecé a devorar, hasta los 30, 35 años, sólo ficción, de todo tipo. Además de que siempre fui un consumidor compulsivo de revistas culturales, en los idiomas que pudiera, y eso me fue dando un background periodístico casi sin que me diera cuenta. Desde que empecé a trabajar en Radar, y ni hablar desde que me vine a Gesell, mi universo de lectura se amplió muchísimo. Empecé a leer más los géneros relacionados con las historias reales, y descubrí que el espesor que tiene la historia cuando hablás de una persona real es único. De hecho, creo supersticiosamente que logro de alguna manera hacer contacto y llegar muy cerca de la persona de quien escribo. Y conseguir eso con la ficción es un plomo, porque vos inventás el personaje y le adjudicás las características que querés. El personaje no te esconde cosas. Si vos querés que tenga un accidente, tiene un accidente, si querés que se coja la mina más linda, se coje la mina más linda (risas).

María Domecq—Hace poco leí un cuento que publicaste en Socompa, que se llama “La luz de las estrellas muertas”, que tiene algo del narrador de Los viernes y que se parece al narrador de “El borde peligroso de las cosas”, el cuento que está en Nadar de noche: un narrador que entra y sale del texto y que invoca al lector, que lo invita a ser parte de, que lo incluye.

—Y sí. “La luz de las estrellas muertas” es el primero o segundo capítulo de Puras mentiras, el último libro que escribí estando en Buenos Aires, en 2001. Yo acepté que lo vendieran como novela, pero en realidad son cuentos enganchados con el mismo personaje. Ahí es donde empecé a romper las formas o a sentir que estaba encorsetado por los códigos de la ficción y donde estaba más desorientado. Y en “El borde peligroso de las cosas” soy yo en mi estado de máxima pelotudez y delirio (risas). Como a muchos de mi generación, me pasó que fui un joven serio a los 21, 22 años —los últimos tiempos de la dictadura, digamos—, y me liberé y me hice posmoderno y me solté y me permití ser frívolo casi llegando a los 30. Creo que fui más joven a los 29 que a los 22. En realidad, Nadar de noche tendría que tener nueve cuentos, como homenaje a Salinger, y el último cuento tenía que ser un cuento de Navidad, con nieve en Buenos Aires en diciembre, y me salió mal, así que el libro terminó saliendo con ocho cuentos, y el último que escribí fue “El borde peligroso de las cosas”, que es donde más experimenté, el más largo y el más generacional. El libro empieza con un pibe totalmente cabeza hueca y termina con el tipo que, casi sin darse cuenta, es padre. Mirá lo que es la prepotencia de la juventud. Yo lo escribí en los ’80 y se publicó en 1991, pero hay un cuento al que lo ambienté en el ’97, que era el futuro, y que a mí me parecía una maniobra súper arriesgada, y hoy lo leés y es exactamente igual que los demás cuentos. Hay un lugar en mi cabeza que sigue viviendo en el Siglo XX y nunca me di cuenta que pasamos al XXI (risas).