El bello Japón de Kawabata

Por Lucía Parravicini

En la arquitectura japonesa el jardín no es una simple zona exterior, es parte de la casa, como una habitación más. Por eso, dependiendo de cuánto se decida abrir o cerrar una ventana, o puerta, se tendrá una composición sensorial diferente del paisaje.

Es fácil imaginar al escritor japonés Yasunari Kawabata abriendo y cerrando la ventana de su jardín interior, y en esa contemplación nutrirse de las tradiciones para construir un estilo literario tan particular como el suyo.

Kawabata fue sin duda el gran referente de la literatura nipona del siglo XX, junto con otros nombres importantes, como Jun’ichirō Tanizaki, Ryūnosuke Akutagawa y Yukio Mishima, quien además fue amigo y alumno de Kawabata.

Kawabata Nobel de LiteraturaSu figura sobresale por ser el primer Premio Nobel de Literatura de su país , lo ganó en 1968. Tuvieron que pasar casi treinta años para que la historia se repitiera, pero esta vez de la mano del escritor Kenzaburō Ōe, que lo ganó en 1994. Al recibir el premio en Suecia, Kawabata dio un discurso que se volvió famoso, y más tarde publicaría Eudeba con el título Mi bello Japón y yo. El discurso abre con dos haikus: uno que habla del cambio de las estaciones del monje Dogen y otro dedicado a la luna del monje Myoe. Kawabata los elige especialmente para remarcar la emoción ante lo bello de las múltiples manifestaciones de la naturaleza, lugar donde radica el corazón de su escritura.

La obra de Kawabata mira hacia el pasado. Recupera los haikus y los clásicos que nacieron en la época feudal y los traslada a las descripciones que usa en su prosa. Eso, sumado a la lectura voraz de las vanguardias europeas, se cruza en sus libros, donde encontramos personajes solitarios y por momentos atormentados por la culpa y los celos.

Lo bello y lo triste En su novela Lo bello y lo triste (Planeta, 1964)  combina el paisaje de Kioto, en un viaje de Año Nuevo, y el deseo amoroso del protagonista, Oki Toshio, un escritor casado y maduro, que decide encontrarse con una ex amante, la hermosa Otoko. Sin embargo, los celos de la joven Keiko, aprendiz de Otoko, darán una capa más al relato y florecerá lo erótico, y la venganza.

La soledad, la muerte, la búsqueda obsesiva de la belleza: son tópicos que se repiten en otra de sus novelas, El sonido de la montaña Emecé, 1949), donde se detiene en el vínculo familiar y a su vez El sonido de la montaña reflexiona sobre la unión de las parejas. El relato gira entorno al anciano Ogata Shingo que siente que no puede ganarse el respeto ni el amor de sus hijos. En paralelo, su hijo Shuichi está casado con Kikuko, pero le es infiel con otra mujer con la cual tienen un hijo. Por el otro lado, Fusako, su hija, vuelve a la casa de la infancia con sus dos hijos tras un divorcio complicado con un marido drogadicto.

Otra pieza clave son los protagonistas masculinosEl sonido de la montaña entrados en años que se detienen a pensar en sus vidas y logros. Eguchi es un claro ejemplo, en él recae la historia de la novela breve La casa de las bellas durmientes  (Emecé, 1961), donde ese jubilado de 67 años busca revivir la pasión y por recomendación de un amigo llega a un burdel muy particular, donde nada es lo que parece.

A Yasunari Kawabata se lo asocia especialmente con la escritura de novelas. Sin embargo, también publicó cuentos. Algunos muy breves, como “Rostros”; otros algo más extensos, como “Un brazo”; todos igual de buenos. En “Gracias”, por ejemplo, se trasluce la pobreza como consecuencia de haber perdido la guerra; en el relato, una madre viaja para vender a su hija menor de edad y un chofer de micros, que recuerda a un noble y moderno samurái, resguardará el honor de la chica.

Hay mucho para descubrir en la obra de este autor que llegó a comentar que era un insomne perpetuo, que en su juventud tuvo un amor fugaz por el cine (fue guionista y actor) y a los 73 años, lamentablemente, decidió quitarse la vida (aunque otras teorías hablan de un descuido al dejar abierta la llave de gas) en su hogar de Zushi, prefectura de Kanagawa.

Yasunari Kawabata dejó como legado una ventana a su jardín interior: una hermosa y profunda estética, su mirada sobre el otro lado del mundo, colmado por su sensibilidad, sus cerezos y geishas; solo hay que animarse a abrirla.