El anhelo

Julia Rendón

 

Carlos y Xiomara ya están esperándolos cuando llegan al restaurante. Hay poca luz, a pesar de que son las dos de la tarde. La alfombra es gruesa y el cochecito no rueda tan bien. Grego duerme, Hernán empuja. Vanessa tapa al bebé porque el aire acondicionado está muy fuerte. Al entrar, se pisa una parte del vestido, sabía que debía haberlo arreglado, pero ya lo hará cuando vuelva a México. En Miami no conoce a una buena costurera.

Carlos se levanta apenas los ve entrar y se cierra el botón del blazer. Al abrazar a su hijo, le da dos grandes palmadas en la espalda. Su mujer, Xiomara, que también se ha parado, abraza a Vanessa, que sin perder de vista el cochecito saluda deprisa a su suegro. Luego, con apuro, le acomoda la cobija a Grego que sigue dormido. Quizá pueda comer y conversar, piensa, mientras se toca su aro de perla de la oreja derecha. 

Xiomara es la primera en acercarse al cochecito. Cuando Carlos, alzando la voz, lanza un ¡ya desde chiquito es un campeón!, Grego mueve un poco los pies y se pone de lado. Hernán acomoda el coche entre su silla y la de Vane.

—¿Tienes frío, amor? —le pregunta y, sin esperar la respuesta, le pone un chal encima de la espalda. Ahora Vanessa está preocupada de que no se le resbale el chal.

Carlos se desabrocha el blazer y cuando todos están sentados, pone una mano sobre el muslo de Xiomara y le pregunta a Hernán por Guillermo. Carlos siempre sonríe cuando escucha hablar de su hijo menor y eso lo sabe Hernán. Está, y siempre estuvo claro, que es el preferido. Que a Guille no le gustaba ir al colegio de curas, que bueno, que le cambien al Americano. Que Guille no quería salir a estudiar sino que se quería quedar en el DF haciendo su carrera, que bueno, que se quede en la UNAM. Que Guille no quería ser del directorio de la de vidrios, que bueno, pero que por lo menos tenga un voto. Que a Guille no le gusta la mediana de las Calderón sino la más chiquita, que bueno, que se la coja a la chiquita que ‘luego, luego’ vemos con quien le casamos. Que no se quiere casar, que bueno, que todavía está joven. En fin, en este imperio, Hernán sabe que el rey no va a ser él, que es el mayor, a pesar de hacerlo todo bien. Y eso que con Grego ha subido puntos.  

Vanessa se pide una copita de vino blanco, aunque quisiera no poder hacerlo, y mientras toma piensa en Mayra, la nana de Grego, que les dio de lactar a sus hijos hasta los tres años. Ella no pudo ni darle una semana. Se sentía débil, y aunque Mayra trataba de ponérselo en la teta, siempre venía alguien, las visitas llegaban sin avisar, y Hernán le decía que se tapara. Cada sacada era un desgarro. Una partida más dura que el propio parto. Mayra comenzó a darle el biberón, y el bebé a pesar de fruncirse, se lo tomaba. Al terminar, Vanessa veía cómo la nana lo apapachaba, lo abrazaba y acariciaba las orejitas mientras le cantaba una canción de pueblo. Está segura de que lo hace como para compensar. Ella ha escuchado a Mayra y a las otras hablar de cuánta leche tenían, de que les dieron a sus seis y más hijos hasta por lo menos los dos años y medio. Esa gente no tiene visitas, o por lo menos no les hacen taparse cuando llegan. Por eso no se les seca la leche.

Ahora mira a Grego. Hernán y su padre discuten de negocios y Xiomara le pasa la carta. Vanessa ni la abre porque eso lo hace siempre su marido. Además, quiere estar atenta para cuando se despierte su bebé ser la primera en hacerle upa. En su casa del DF, nunca echa la carrera. Apenas llora, Mayra va. Sube rapidísimo las escaleras y lo agarra primero. Vane quiere ir a ver a su hijo, pero Hernán suele decirle que siga descansando, que ya le va a pedir el desayuno. Siempre le ordena huevos rancheros, aunque a ella no le gusten tanto los huevos. Para cuando llegue a la mesa, Mayra ya le habrá dado el biberón a Grego y lo tendrá en brazos. También sabe que a veces se lo cuelga con la tela en la espalda, aunque a Hernán no le guste, lo hace a escondidas de él, y de ella, por supuesto. Grego se sonríe al ver a su mamá. Vanessa recién lo puede cargar cuando ha terminado su desayuno. Pero Mayra pronto se lo quita pues ya tiene que cambiarle el pañalcito, seguramente muy orinado.

Hernán y Carlos ahora hablan del golf. Hernán le cuenta a su padre que está jugando todos los sábados. Xiomara habla por teléfono, mejor, así Vanessa no quita la vista de Grego. Pronto se va a despertar. Siente que tiene que ir al baño pero trata de aguantarse. Cuando Xiomara cuelga el teléfono, le pregunta si sigue con la misma nana.

—Si, Mayra, es muy buena —le contesta, mientras se sube el chal que se le estaba cayendo de los hombros.

—Qué imprescindible es eso ¿no,Vane? Con mi primer marido tuve que criar a mis hijas sin ayuda. Me hacía pulpo —dice mientras bebe su copa de vino blanco.

—Igual, con nana y todo, una se hace pulpo —piensa que es obvio que Xio antes de estar con Carlos no tenía de donde pagar nada—. Pero, ¿pudiste pasar mucho tiempo con tus hijas, ¿no?

—Si, el tiempo vuela, Vane, aprovecha mucho con Grego. Está demasiado lindo, a poco no es un señorcito, se parece al abuelo ¿no? —mientras lo dice le aprieta la mano a Carlos.

Vanessa se levanta, no puede esperar más para ir al baño. Camina rápido, el vestido se le vuelve a enganchar en los zapatos. Adentro no hay nadie y ella se mira al espejo. Está poco maquillada, no le dio tiempo el Grego. El pelo lo tiene lacio por la keratina japonesa. Quiere apurarse, pero toma un respiro. Afuera, junto a la puerta, la está esperando Hernán, siempre la sigue apenas se levanta de la mesa. Cuando sale, él la agarra del codo y vuelven juntos, más despacio.

Grego ya se ha despertado y lo tiene Xiomara. El bebé se ríe y estira sus bracitos cuando ve a su madre. A pesar de eso, Xiomara no se lo pasa y se lo entrega a Carlos quien lo tiene un instante, lo alza y le quiere hacer avioncito, pero Grego hace pucheros. Hernán se lo quita casi en el aire. Le hace caritas y le ruge como un león. Xio y Carlos ríen a carcajadas, mientras Vanessa sigue de pie, con los brazos extendidos. 

Mayra también le juega al avioncito, aunque a ella le parezca una pendejada. Pero Grego con la nana se sonríe y levanta sus bracitos como si fuera un pájaro.

Hernán agita al bebé y Vanessa piensa que si lo hace llorar tal vez se lo pase. Decide sentarse y se toma el vino, dejando una mancha de pintalabios rosa en la copa. Se friega las piernas con las manos. Tiene frío pero no hambre. Han llegado las entradas: camarones jumbo y un queso brie con manzana. No puede dejar de mirar a Grego.

—¿Te doy un camarón, chiquito?

—No, Hernán, no puede comer camarones todavía, es muy pequeño.

—Pero si ya es un campeón. ¡Míralo, mi amor!

—Mejor y me lo pasas, Hernán, así le doy el biberón.

—Pero antes dámelo a mí, así lo apapacho un ratito de nuevo —se mete Xiomara mientras le hace caritas al bebé.

Hernán le pasa al Grego por encima de la mesa, saltándose el puesto de la madre. Vanessa recuerda que cuando nació se lo sacaron al instante. Que tenían que medirlo y pesarlo, que tenían que ver que estuviera bien. Ella no le quitaba los ojos de encima. Se fregaba las piernas, tenía frío, mucho frío.

Xio le habla, lo toca, le canta el bravo, bravo bravo bravísimo bravo. Vanessa se muerde los labios, espera. Carlos y Hernán aplauden. Grego no ríe. Se da la vuelta en busca de su mami, o en busca de Mayra, quién sabe. Mayra no está, seguramente lo espera con ansias en la casa, en México.

Vane quisiera quedarse a vivir en Miami, pero seguramente Hernán se conseguiría a otra Mayra. Una cubana. Una cubana que le cocine arroz con habichuelas o esas cosas, esas ropas viejas o como se llamen. Seguramente a la cubana también le chorrearía la leche al alimentar a sus hijos. Esas mujeres siempre tienen.

Julia Rendón
(Ecuador, 1978)

Narradora y artista plástica ecuatoriana. Es licenciada en Comunicaciones por el Boston College y tiene dos posgrados (Parsons School of Design de Nueva York y Universidad Nacional de las Artes Argentina). Además, cursó la especialización en Escritura Narrativa en el instituto argentino Casa de Letras.

Varios de sus textos han sido publicados en diferentes medios impresos y digitales, como La Balandra, Entremares Magazine, SoylaZoila, La Barra Espaciadora y Yoga+, entre otros. Su trabajo en periodismo narrativo consta en las antologías El otro portal (La Barra Espaciadora y Doble Rostro Ediciones, 2017) y Coro de voces: crónicas de un terremoto (Ayuda Directa Onlus, 2017).

En el 2015, el sello argentino Linda y Fatal Ediciones publicó su primer volumen de relatos cortos, La casa está muy grande. En 2020, la Editorial Loqueleo (Santillana) del Ecuador publicó su libro infantil La mano de Malena.

Es fundadora del Espacio Cultural PezPlátano en Cumbayá, Ecuador. Actualmente dicta talleres de escritura creativa, y, lo más importante: es mamá de dos hijas, fuentes de inspiración inagotable para su trabajo y su vida.