Entrevista: Francisco Moulia

“Contar historias es lo que nos salva”

Por Sebastián Grimberg

Francisco Moulia

Francisco Moulia

Francisco Moulia es escritor, editor y traductor y Los infieles (Hojas del Sur, 2019), su cuarta novela, es un libro que lo consolida como un escritor que trabaja, por momentos, de manera casi cinematográfica y que parece empeñado en tirar de la cuerda del verosímil hasta segundos antes de que se rompa. Hace unos años, en ocasión de su primera novela, Cortes Argentinos (Nulú Bonsai, 2012) escribí que era un libro que “lleva al escritor de las pestañas”, haciendo referencia a algo que se constata libro tras libro: al final de cada capítulo aparece una necesidad, casi física, de leer, siempre, un capítulo más. La historia en esa novela gira sobre un grupo de amigos en el contexto del conflicto entre el gobierno y el sector agropecuario por la Ley 125. Su segunda novela, Tácticas de superación personal (Interzona, 2015), es distinta a las demás en el sentido de que su estructura es la de un diario íntimo y es la única narrada en primera persona, lo que la asimila a Cortes…, es la emergencia de hechos “posibles” pero sumamente improbables. En Cortes… es la relación de uno de los pibes con una perra, en Tácticas… la ayuda de un nieto al cumplimiento del deseo tanático de su abuela. Estas escenas, al límite del verosímil, vuelven a aparecer en Las manos (Notanpuän, 2016), donde se siguen en paralelo las historias de tres jóvenes que nacieron el mismo día.

Moulia reparte su tiempo entre Buenos Aires, Rosario e Italia. Aprovechando que estaba en la ciudad, llegué hasta el edificio donde vive, a metros del Parque Rivadavia, para entrevistarlo. El edificio es antiguo, con mármol en la puerta principal y un recibidor con sillones en el hall. Moulia lleva una camisa de franela, a cuadros, y una sonrisa cordial. Es cortés, de maneras reposadas, y se maneja con la tranquilidad de un yogui —por algo en Tácticas hay un epígrafe de Buda. Durante la entrevista notaré que medita bastante sus respuestas y que le cuesta parar de hablar cuando algo lo entusiasma, como la trama de la tercera novela de la trilogía que se abre con Los infieles. Subimos al departamento en un ascensor con puertas de madera, prepara unos mates y nos sentamos a tomarlos en el balcón. La música de fondo de las preguntas y respuestas es la que imponen los colectivos que transitan unos metros más abajo.

Los infieles transcurre durante el conflicto de Malvinas. El “clima de guerra”, la incertidumbre y desesperación, las traiciones a la vuelta de la esquina, están muy logradas. ¿Investigaste previamente?

—Sí, y mucho. Una de las cosas que más me interesa trabajar en las novelas es la deconstrucción del verosímil; y una forma de hacerlo es desdibujando los límites entre lo investigado y lo inventado. Es más: mi objetivo como escritor es que al lector no le importe. De la misma forma en que toda mentira surge de una verdad, no se puede construir una ficción si no es a partir de la inercia de lo real.

—Desde los centros urbanos suele percibirse la soledad de los paisajes Patagónicos como una suerte de Edén, a través de la novela, de Lucía, uno podría pensar que no es tan así, que un paisaje sin objetos donde depositar la vista ahoga. ¿Creés que es de esa manera? ¿Cómo trabajaste la atmósfera?

—En realidad el paraíso patagónico está del lado de las montañas, con los lagos, las pistas de esquí, todas postales. La Patagonia oriental es otra cosa: son kilómetros de desierto, polvo, viento, frío. Parte de mi familia viene de ahí. Y con un amigo hace unos años hicimos un viaje a dedo por la ruta 3, desde Río Gallegos hasta capital. La atmósfera la trabajé desde un empaste de recuerdos. Y esa angustia de no tener un relieve en el cual descansar la vista, fue algo que viví. Al mismo tiempo, te da la sensación de que ahí puede pasar cualquier cosa y quedar sepultada por la misma desolación del paisaje. Eso fue lo que más me interesó trabajar: la realidad clandestina en un paisaje que te odia.

—Después de leer la novela se me ocurrió que una pareja tiene determinado “tiempo útil”, que en dinámicas como las de la ciudad, donde suelen encontrarse para desayunar y cenar, ese tiempo se “estira”, digamos, y que en lugares como La Panorámica, ese hotel casi desmoronado en medio de la estepa, obligados a interactuar la mayor parte del día, ese tiempo se gasta mucho más rápido, como les sucede a Lucía y Dandrea.

Los infieles—Creo que estamos en un momento de transición, de cambio de paradigma con respecto a la idea de pareja. Venimos de siglos de una concepción religiosa, hipócrita, represiva y disfuncional de lo que implica estar involucrados sentimentalmente con una persona. Hoy cualquier pareja que tenga intenciones de consolidarse como un proyecto a mediano plazo tiene que deconstruir esa inercia y plantearse las cosas con un nivel de sinceridad que hasta hace no tanto era inadmisible. Yendo concretamente a tu pregunta, no sé si las parejas tienen un determinado “tiempo útil”. Para mí, el amor es una construcción teórica. Nos distrae del hecho fatal de que nos vamos a morir. En ese sentido creo que las personas con las que nos involucramos sentimentalmente son las que más nos hacen sentir que extrañaríamos esto de estar vivos. La Patagonia oriental corroe la relación entre Lucía y Dandrea porque los obliga a interactuar demasiado, sí, pero también porque lo que saca de cada uno ese paisaje antipático no sirve para olvidar la muerte y hace que Lucía identifique que está sumergida en una idea de pareja que no funciona.

—En Tácticas… la escritura del diario por parte del protagonista resulta una estrategia de supervivencia, en Los infieles, la manera que tiene Lucía de atravesar el caos es por medio del licor de huevo, los cigarrillos, las siestas fuera de horario y el tejido de esas pilas de pulóveres que se acumulan en una de las habitaciones del hotel. Esta necesidad de encontrar algo para lidiar con el malestar o, tirando un poco de la cuerda, con el simple hecho de estar vivos, ¿es algo que tenés en cuenta a la hora de escribir?

—Y medio que escribir es un poco un método de subsistencia que me armé. Me pasa que cada día la vida para mí tiene menos sentido. Sin ánimo de escritor maldito ni nada, ¿eh? Creo que nos pasa un poco a todos y todas. Esto no va para ningún lado. Lo que nos queda es tratar de pasarla lo mejor posible y no enroscarnos en esas preguntas trascendentales que terminan siempre con la ausencia total de sentido. Escribir es un poco mi placebo. Una construcción teórico-práctica sobre el amor a la vida para distraerme del pánico a la muerte y, por qué no, hacer que los demás también se distraigan. Esa distracción puede hacer pensar, puede emocionar, puede generarnos muchas cosas. Contar historias es lo que nos salva de esa alienación que supondría estar todo el tiempo conectados con nuestra mortalidad.    

—Hay algo cinematográfico en todas tus novelas y un mecanismo que aparece en muchas series, ese que nos obliga, aunque estemos cansados, a seguir mirando. ¿Tomás algo de esa narrativa?

—En principio te diría, sí, por supuesto, sería negligente ignorar algunos atributos de un sistema narrativo que funciona tan bien como el audiovisual. La literatura tiene la obligación de actualizarse, de ir desarrollando nuevas dinámicas narrativas que se adapten a los cambios de paradigma respecto de cómo se va percibiendo la realidad a través del tiempo. En ese sentido, creo que puede tomar algunos elementos del mundo audiovisual, sobre todo con respecto a la concepción del ritmo narrativo y, un poco lo que decías en la pregunta, a cierta forma de arquitectura de la trama que estimule permanentemente avanzar en la historia. Por otro lado, creo que sería un error tratar de hacer cine a través de la literatura, digo, que una novela sacrifique sus atributos naturales para tratar de ser una película en papel. Por eso trato de tomar algunos elementos y estrategias del mundo audiovisual en la medida en que siento que pueden realzar las cualidades propias de la novela y ayudar a que un texto sea más atractivo.

—¿Te planteaste en algún momento la “construcción de obra”? Porque hay líneas que pueden seguirse en todas las novelas, sobre todo respecto al verosímil.

—Antes de decirte que sí, prefiero dejar en claro qué entiendo yo con esto de “construcción de obra”. En principio, diría que tiene que ver con cierto nivel de conciencia sobre lo que nos impulsa a escribir. No es que haya que tener una teoría personal que justifique la escritura, pero sí creo que identificar más o menos de dónde parte la necesidad de escribir ayuda a darle una cierta dirección a la obra. En mi caso, podría decir que la deconstrucción del verosímil es un poco mi sustancia literaria, lo que siempre me estimuló a escribir y lo que me gusta explorar en cada novela. Trato de plantear tramas que propongan un absurdo realista, una realidad desproporcionada, un cuestionamiento a la dimensión de lo posible. Para mí la literatura cumple la función de proyectar versiones alternativas de la realidad y expandir la experiencia de vida a través de esas ficciones. Más allá de lo diferentes que sean entre sí mis novelas, todas parten de la misma necesidad, de la misma pulsión de escritura, y en todas está presente la búsqueda de la deconstrucción del verosímil. Me gusta pensar que cada libro es un acontecimiento único, pero, al mismo tiempo, un elemento más que contribuye a definir mejor y consolidar ese sistema mayor al que llamamos “obra”.  

—¿Qué lugar ocupa Los infieles en tu obra?

—Los infieles es la novela de la que más aprendí. Y no solo escribiéndola, sino también juzgándola después de ser publicada. Es la que mejor me hizo entender cómo quiero escribir. También es, sin duda, la novela más pragmática que escribí; y a partir del análisis de ese pragmatismo me di cuenta de que es un buen punto de partida para explorar nuevas texturas narrativas.

La sombra que había empezado a estirarse desde un lateral del balcón lo cubrió entero. Habíamos terminado el segundo termo de mate y empezaba a refrescar. Moulia me acompañó hasta la puerta. Ya en la calle, la calcomanía de una mariposa en una vidriera me hizo acordar de una pregunta que se me ocurrió y no llegué a formular. Quería preguntarle a Moulia si conocía el proverbio chino que dice: “El aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”. En el caso de Los infieles, un hecho que sucede en uno de los lugares más aislados de Argentina, que transcurre sin que lo sepan más que un puñado de personas, tiene la potencia de cambiar la historia de un pueblo, de un país, del mundo. Solemos imaginar que los eventos, las decisiones, que transforman la vida de millones suelen tomarse en lujosos edificios, en medio de vidrios y aceros impenetrables, pero también, esos hechos, son posibles en medio del desierto, de la estepa, con el aullido del viento como principal testigo.