Cheever y Carver: El lado B de la literatura norteamericana

Por Lucía Parravicini

Cheever y Carver: El lado B de la literatura norteamericanaUna radio con el poder de sintonizar los secretos de un edificio de clase alta de Nueva York desvela a la protagonista que se pregunta si tiene una vida perfecta; una camarera de un dinner mantiene a flote como puede su casa mientras su marido desocupado la obliga a hacer dieta; los inquilinos de un hotel familiar solo esperan que se vuelva a activar la hilandería de la ciudad para poder salir de la pobreza; una pareja de mediana edad con infidelidades cruzadas intenta salvar su matrimonio en crisis cuando, en una imagen epifánica, su jardín en los suburbios es invadido por caballos; un hombre decide regresar a su casa atravesando todas las piletas de sus vecinos, y en cada brazada nos muestra sus estilos de vida y la necesidad de tener un trago siempre a mano.

Son trozos, mordiscones a los cuentos de John Cheever y Raymond Carver, autores que expusieron el desencanto de una Norteamérica lejos del American dream.

Como dice con acierto Ricardo Piglia en Escritores norteamericanos (Tenemos las máquinas, 2016): “El mundo se ha llenado de objetos hostiles, el hombre se extravía entre supermarkets y las máquinas tragamonedas, entre los aparatos de TV y los ascensores neumáticos”. Y allí están los protagonistas de Cheever y Carver queriendo entender ese mundo, pero del lado B del vinilo.

Ambos escritores se centraron en los anti-héroes: la mayoría son parejas blancas en sus treinta con dificultades para prosperar económicamente, personajes que abusan del alcohol y con el deseo puesto en amores prohibidos. Es lo que se llama de forma despectiva los white trash, desplazados y masas anónimas que intentan sobrevivir en el día a día. Carver siempre se dedicó a retratarlos, seguramente porque era uno más de ellos. Solo el Cheever maduro y ya consagrado (en los 50s y 60s) se desplazó a otras orillas, dedicándose también a escribir sobre la doble moral de la clase media-alta de los suburbios de Nueva York, con clásicos como “El nadador” o “El marido rural”.

Sin embargo, los puntos en común entre los dos autores van más lejos, como dos hermanos separados al nacer. Una figura paternal compleja: el padre de Carver fue alcohólico y el de Cheever perdió su empresa con el crack de la bolsa de 1929 para después abandonar a su familia. Los problemas que tuvieron ellos mismos con el alcohol. Los múltiples trabajos para salir adelante. Incluso, Carver explicó que la brevedad de sus cuentos se debía al poco tiempo que tenía libre entre deudas, por eso nunca se preocupó demasiado por escribir novelas. La carrera literaria construida de los dos, cuento a cuento, a través de revistas y diarios: The New Yorker, Esquire, The Atlantic, Cosmopolitan… Las antologías llegaron después.

Del lado de John Cheever sus compilaciones más reconocidas son The Stories of John Cheever (1978) y Fall River (Godot, 2018) y en novelas se destacan Crónica de los Wapshot (1957) y El escándalo de los Wapshot (1964), para la cual se inspiró en sus propios padres.

En el caso de Raymond Carver, se sabe de su vínculo conflictivo con su editor, Gordon Lish, y especialmente con el cuento “De qué hablamos cuando hablamos de amor” (1981). Diez años después de la muerte de Carver en 1998, se supo a nivel público que la edición de Lish había sido tan excesiva que llegó a recortar casi tramas completas, y se le terminó adosando el estilo del cuento minimalista por el cual Carver se había hecho famoso. Sin embargo, en Catedral (1983) Carver fue menos flexible a los cambios de Lish y, a partir de ahí, sus cuentos llegaron a ser más cercanos a su deseo personal. También se dedicó a la poesía, en el libro Todos nosotros (1996) se compila su obra completa en ese género.

Cuando se los nombra a Cheever y a Carver, se los asocia casi de forma automática al realismo sucio, la línea borrosa entre protagonistas y narradores, el uso del recurso del diálogo para conocer a los personajes y motor de las acciones, las descripciones minimalistas y la escasez de adjetivos y recursos retóricos, sin perder en ello intensidad. Sin embargo, cada uno tuvo su territorio: las historias de Cheever pasan entre Nueva York y sus suburbios; en cambio, Carver toma por asalto la costa oeste, pueblos y ciudades, en su mayoría entre San Francisco y Seattle.

Otro punto que los une, quizás desde los márgenes, son algunos cuentos que escribieron sobre la tensión no resuelta con el otro. Por ejemplo, en “Cerveza negra y cebollas rojas”, de Cheever, la protagonista acepta que una caravana de indios acampen en su granja, agasaja a sus invitados con exceso, hasta que algo quiebra el espíritu de fiesta y alegría; mientras en “Vitaminas”, de Carver, el relato se centra en una charla de bar entre una pareja de blancos y dos afroamericanos que va creciendo en incomodidad.

Una y otra vez, ambos escritores han sido usados por cineastas, ahí están Belleza americana de Sam Mendes o Terciopelo azul de David Lynch, solo por nombrar dos directores. Son películas donde hay casas de dos pisos, unas pegadas a las otras; chicos jugando en la calle; jardines con rosas florecidas y céspedes siempre cortos y de un verde impoluto; matrimonios con sonrisas pegadas a la cara, a punto de resquebrajarse de tanta artificialidad.

Han pasado los años y las historias escritas por John Cheever y Raymond Carver no han perdido vigencia. La explicación quizás la haya dado el propio Carver en su ensayo “Escribir un cuento”, incluido en el libro Cómo escribir. Consejos de escritura, publicado por China Editora en 2016. Ahí, habla de que muchos escritores tienen talento, pero lo importante es su consonancia con el mundo, saber ver lo que les rodea de forma única.