Caramelos ácidos de limón

Olivia Gallo

 

Mariano venía seguido a visitarnos. Tocaba el timbre a eso de las nueve de la noche y cuando le abría, ahí estaba, con el piloto negro de siempre, cargando un par de revistas. Nos abrazábamos y después me agarraba de los tobillos y así, boca abajo, me llevaba a la cocina donde mamá y papá estaban poniendo la mesa. Me sacudía de arriba abajo hasta que la cara se me ponía roja y me ahogaba con mi propia risa. Entonces mamá decía “basta, Mariano”, y él me dejaba en el piso y me daba las revistas. Yo me iba a mi cuarto a mirar las Hola que traía de España; pasaba las fotos de las familias reales y las casas de millonarios mientras ellos tres tomaban vino y conversaban en la cocina.

Siempre fue el más lindo de todos los amigos de mis padres. Tenía el pelo marrón lleno de rulos y usaba unos anteojos con marco de carey. Se vestía distinto a como se vestía mi papá o los hombres de esa edad en general: usaba jeans gastados y zapatillas rojas, como un eterno adolescente. Vivía en un dos ambientes en Almagro con su novia Kari, una chica taciturna y de nariz afilada que tenía por lo menos quince años menos que él. Siempre que la invitaban a casa a comer venía a mi cuarto a dejarme las sobras de su porción, que eran casi el plato entero.

Yo también iba a su casa. Cuando ni mamá ni papá podían pasarme a buscar por el colegio, él se ofrecía. Llegaba con los bolsillos llenos de figuritas para el álbum que estaba completando o de caramelos ácidos de limón, envueltos en papel celofán. A veces invitaba a mis amigas, y él manejaba muy rápido y en zigzag para hacernos reír. En su casa podíamos hacer todo lo que quisiéramos. Escribíamos “Mariano te amo” con marcadores indelebles sobre las paredes y comíamos toda la comida que encontrábamos en las alacenas. Sobre unas colchonetas que usaba Kari para hacer yoga, él nos enseñaba a hacer la vertical, el puente y la vuelta carnero, y entre nosotras nos peleábamos para pasar primero y fingíamos que nos salía mal, aunque ya sabíamos hacer esas cosas. Jugábamos a que éramos sus novias, pero él elegía solo a una, por sorteo, para casarse. A la elegida le poníamos una servilleta enganchada con clips en la cabeza a modo de velo. Cuando yo escuchaba que Mariano le decía “sí, acepto” a otra que no era yo, sentía tanta bronca que creía que iba a vomitar.

Cuando Kari llegaba del trabajo, la casa estaba tan sucia y tan desordenada que se ponía a gritar. “¡Pendejas de mierda, se van ya!”, nos decía, y nos llevaba hasta la puerta agarrándonos fuerte del brazo. Mariano trataba de tranquilizarla y se encerraba con ella en su habitación. Nosotras nos reíamos bajito cuando escuchábamos que Kari lloraba. Mariano salía después de unos minutos, a ella la dejaba en el cuarto, y se reía con nosotras. Entonces Kari llamaba a papá, que nos pasaba a buscar y dejaba a mis amigas en la casa de padres enojados porque no sabían dónde habían estado sus hijas. Uno a uno los papás fueron prohibiéndoles a mis amigas que se juntaran conmigo, pero no me importó. “Mejor —pensé—; así ninguna otra se casa con Mariano”.

 

Durante unos meses, Mariano dejó de venir a casa. Kari todavía nos visitaba bastante seguido y se encerraba con mamá en la cocina. Yo pegaba la oreja a la puerta para enterarme de algo, pero entendía poco porque la puerta era gruesa y a Kari se le mezclaban las palabras con el llanto. Al parecer, Mariano había roto todas las ventanas de la casa y cuando Kari había llegado del trabajo, lo había encontrado acostado encima de los pedazos de vidrio, moviendo los brazos como si estuviera haciendo un ángel en la nieve. Dijo eso textual, subía y bajaba los brazos como si estuviera haciendo un ángel en la nieve, y yo me reí porque pensé que seguro era un chiste de Mariano, de esos que Kari nunca entendía.

Pero mamá y papá empezaron a hablar de Mariano en un tono preocupado. Al resto de sus amigos les decían que había tenido un “episodio”, y cuando decían esa palabra yo pensaba en capítulos, como los de una novela o de una serie. También hablaban de una clínica donde estaba Mariano, a la que iban de vez en cuando, pero aunque se los rogué, nunca me llevaron. Un día salió de la clínica. Eso tampoco me lo dijo nadie, me enteré porque una noche vino a comer a casa con Kari. Me saludó y parecía estar muy feliz de verme, pero no jugamos. Esa noche comí con ellos en la mesa y Mariano casi no habló. Decía “sí”,  “no” y algunas pocas palabras más. Sonreía mucho. Kari tenía cara de no haber dormido.

 

Ya casi no lo veía, pero un día pasó a buscarme por casa. Estaba sola cuando sonó el timbre. Bajé. Me esperaba en el auto, el mismo que había tenido siempre, pero con abolladuras en las puertas. Me senté en el asiento de adelante y cuando me incliné para ponerme el cinturón, vi en el piso un montón de papeles de celofán de los caramelos ácidos de limón, cubiertos de polvo. Esa fue la primera vez que sentí en el pecho el nudo horrible y hermoso de la nostalgia.

Mariano casi no habló en todo el camino. Nada más me preguntó qué radio quería escuchar. Le dije que no sabía, porque nunca había escuchado radio. Puso una estación cualquiera. Tampoco me dijo adónde íbamos, pero en un momento llegamos a un cine. Sacó entradas para ver una película que eligió sin preguntarme. Entramos a la sala con un balde de pochoclos y una caja de maní bañado en chocolate, que él volcó sobre los pochoclos. La película era para adultos, muy aburrida. En un momento, dijo que iba al baño y se levantó. Yo me quedé en la sala comiendo pochoclos con maní bañado en chocolate hasta que me quedé dormida. Me despertó el acomodador del cine, un adolescente con un acné rabioso y visera azul. Las luces estaban prendidas y la pantalla, en blanco.

El acomodador me acompañó a buscar a Mariano. Lo encontramos en el piso del baño con la cara mojada. Él dijo que estaba todo bien, que le había bajado la presión un poco, pero que ya se sentía normal. Sonrió y me agarró de la mano, y mientras me decía que caminara más rápido, me di vuelta y vi que el acomodador nos miraba y se rascaba la frente por debajo de la visera.

Las manos de Mariano temblaban tanto que parecían tener vida propia. Trató de calmar el temblor cerrándolas con fuerza alrededor del volante, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. A la vuelta tampoco me dijo adónde íbamos, pero yo supuse que me dejaría en casa. Por primera vez desde que lo conocía, esperaba que hiciera eso en vez de llevarme a la suya.

“Vas a ver algo que nunca más vas a ver en la vida”, me dijo por fin. Yo no respondí. Repitió la misma frase muchas veces, como si se hubiera olvidado que ya la había dicho. Sentí la cuerina del asiento empapada de sudor. “Vas a ver algo que nunca más vas volver a ver”, me dijo de nuevo, mientras subíamos por el ascensor de su casa.

Dos veces trató de abrir la puerta, pero falló porque el temblor de las manos no le permitía embocar la llave en la cerradura. Por fin entramos y se acercó con pasos largos al balcón. Yo lo miraba desde la entrada porque no me animaba a avanzar. Vi que abría la puerta y salía. Y después no lo vi más, pero escuché, lejos, un ruido seco y fuerte, seguido del aleteo abrupto de unas palomas.

 

Unos días después, fuimos con mis padres a la quinta de unos amigos suyos. Nadaba en la pileta sola cuando mamá se tiró de cabeza. Los demás estaban adentro, en la casa, tomando café después de almorzar. El ruido de su cuerpo al chocar contra el agua sonó como un cachetazo. Salió rápido y se sentó en el borde de una reposera de plástico blanco. Yo seguí nadando. Metí la cabeza debajo del agua tratando de ver cuánto tiempo podía aguantar la respiración. Escuché la voz de mamá y saqué la cabeza.

—¿Qué dijiste? —le pregunté.

—Mariano murió hoy —respondió.

Ella y papá lo habían visitado en el hospital después de que se tirara del balcón; el toldo de un almacén había amortiguado la caída. Pasó diez días enchufado a un respirador artificial. Yo no fui a verlo ni le pedí a mis padres que me llevaran. Cuando mamá me dijo eso, la miré y creí que estaba llorando porque tenía la cara mojada, pero podían ser las gotas de agua de la pileta.

Olivia Gallo

Olivia Gallo
(Buenos Aires, 1995)

Narradora y estudiante de letras. Hizo sus primeras publicaciones literarias en el sitio de La Agenda Cultural de Buenos Aires y, en 2019, su cuento “Caramelos ácidos de limón” recibió una mención en la XII edición del Premio Mujica Lainez del Municipio San Isidro, que fue posteriormente publicado en una antología de la editorial Notanpüan. Las chicas no lloran (Tenemos las máquinas, 2019) es su primer libro de cuentos.