Perfiles: George Saunders

Captar el sufrimiento del otro, intuir su necesidad

por Fernando Manzini

Mezclá la tercera o cuarta persona más inteligente que conozcas con la segunda más locuaz. Ahora, agregale medio monaguillo con formación científica y cinco o seis cucharadas de tu comediante favorito. Ahí tendrías, más o menos, a George Saunders, si además espolvorearas la mezcla con el sudor de diez años en trabajos zaparrastrosos y una uñita de cultura literaria adquirida después de los veintitrés. Pero faltaría agregar otra cosa, el ingrediente más importante: la escritura. Porque George Saunders, sobre todo, es escritor. Ya hace más de veinticinco años que viene publicando libros. El primero fue allá en 1996, el último (hace poquísimo) en 2021. Y de eso es de lo que vamos a hablar ahora: de sus libros.

Los géneros en los que mete mano van desde el cuento hasta el ensayo crítico, pasando por la novela, la nouvelle, la crónica, el artículo de opinión, la arenga y la humorada ácida. Su tema favorito (por lejos) es la opresión del marginado por todas las fuerzas posibles. Sus personajes son los Erdosain, los Billy Pilgrim, los Akaki Akákievich del mundo: seres débiles y sensibles pisoteados por los de arriba, los de abajo y los del medio, desde el Presidente de la República hasta el botellero que pasó con su carro a través de un charco y, sin querer, ¡ay!, los salpicó. 

Su recurso preferido (prácticamente, una marca registrada) es el narrador chusma que se entromete en la cabeza de los personajes para contarnos, desde ahí, sus fantasías torcidas, sus obsesiones, sus deseos compensatorios. Una especie de Crónica TV del discurso introspectivo.

Pero su prosa no gimotea, no agobia, no chorrea culebrones sentimentales. George Saunders (como Vonnegut, como Gogol), es, ante todo, un humorista. Fresco y distendido, se ríe (y nos hace reír) de las fantasías escapistas de sus personajes (“Vuelta de la victoria”, “Diez de diciembre”, “El final de Firpo en el mundo”), de la farsa social que los acorrala en un rinconcito sórdido (“Pastoralia”, “Robles de mar”, “A casa”), de tu propia incapacidad para captar el sufrimiento del otro, intuir su necesidad (“Experimento mental”, “Pregunte al optimista”, “El gran divisor”). De lo que nunca se ríe (de lo que nunca/jamás se reiría) es de la tristeza de los de abajo. Para Saunders, el dolor del oprimido es sagrado. Un problema urgente que debiera movernos, sin dilaciones, a la ternura y la compasión. Risas más, risas menos, es ahí donde nos quiere herir con el dardo. Y lo logra.

Al emerger de un texto suyo (sea un cuento, una novela, un ensayo), nos sentimos, sin darnos cuenta, ligeramente movidos de nuestro eje. Algo adentro nuestro (¿una convicción íntima?, ¿un presupuesto rígido?) acaba de derrumbarse para dar lugar a algo mejor. Algo más comprensivo, más fluido y humano. La gente que nos rodea ya no es más esa caricatura plana y unidimensional con la cual la simplificábamos: ahora se trata de personas reales, de carne y hueso, individuales, matizadas, complejas, sufrientes. Nuestra percepción, de golpe, quedó enriquecida. Conversión mediante, el ciego que aúlla durante diez minutos seguidos tres canciones de Manzanero en un vagón del Roca ya no nos molesta tanto: colgados del caño, lo soportamos, lo entendemos, y hasta somos capaces de donarle el vuelto de los cigarrillos que nos acabamos de comprar. La cajera del “chino” que nos cobra, sin mirarnos, sin responder a nuestro saludo amistoso, el yogur y las galletitas, ya no es la bruja antipática que solía ser: ahora comprendemos que está exhausta, tiene hambre, se muere de ganas de ver a sus hijos.

¿Cómo hace Saunders para provocarnos esto? Lo de siempre: una letra al lado de la otra, en fila horizontal, sobre papel blanco. Solo que, en su caso, esas letras nos trasportan, durante una hora o dos, a la conciencia de un indeseable que jamás quisimos conocer. En ese lapso, sin darnos cuenta, nos volvemos ese indeseable. Padecemos lo que él padece, fantaseamos lo que él fantasea, nos desmoronamos cuando él fracasa. En dos palabras: lo entendemos. ¿Cómo salir sin mella de un sueño lúcido así de poderoso?

Saunders hace, de la lucidez, una influencia. Milita su lucidez.

Participa en todas las reuniones en donde lo invitan a hablar de literatura, dice que sí a todas las entrevistas, dicta conferencias de egreso en las Universidades de su país (una de ellas se volvió viral, se compartió millones de veces y se publicó, finalmente, en un libro), dicta cursos de posgrado en escritura creativa, tiene decenas de videos en Youtube donde ofrece consejos tanto a iniciados como a escritores en proceso. 

Como cronista (hay que decirlo todo), Saunders fue sibarita en Dubai, esnob en el Reino Unido, patovica anti-inmigración en la frontera que divide a México de Norteamérica. Pero en Dubai contó los excesos hiperbólicos del capitalismo a costa del esfuerzo de los que menos tienen. En el Reino Unido se rió a carcajadas de la baja educación del turismo yanqui. En la frontera que divide a los de arriba y los de abajo, denunció la estupidez de los grupos anti-inmigratorios, su odio racial, su falta de empatía.

Saunders se mete, de a poco, en el cine. Hace unos años, Ben Stiller compró los derechos para filmar su primer libro de cuentos: CivilWarLand in bad decline. Y en junio de este año, Netflix subió a su plataforma una película basada en uno de los cuentos más logrados de Tenth of december: “Escapando de la cabeza de la araña”. La película lleva el título algo más lacónico de “La cabeza de la araña” y la podemos recomendar, sin demasiada vergüenza, a los lectores. No logra ninguno de los momentos verbales más exquisitamente cómicos del cuento, ni su final conmovedor, pero al menos cumple con las buenas actuaciones de Miles Teller (Whiplash) y Chris Hemsworth (Thor). Tratándose de Netflix, está muy bien.

Saunders ganó el Premio Nacional de Revistas de Ficción, el Premio Booker, el Premio Mundial de Fantasía. Fue elegido como miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y nombrado (por la Revista Times) como una de las cien personas más influyentes del mundo.

En la Argentina no se lo conoce. Sus libros no se consiguen en ninguna librería. ¿Por qué? Acá van algunas hipótesis que intentan explicar la indiferencia editorial: 1) Escribe, mayormente, cuentos. (Puaj!) 2) No solo se trata de que escriba cuentos: los escribe, además, largos, muy largos, o larguísimos. (Fastidioso-Fastidioso). 3) Aunque su lenguaje sea accesible y moderno, sus historias no son siempre fáciles de seguir: cambia de punto de vista sin previo aviso, narra desde el caos mental de sus personajes, mezcla la fantasía, la ciencia ficción y el realismo. (Veredicto: ¡Demasiado experimental!). 4) Por si lo anterior no alcanzara, los títulos de sus libros son, para nosotros, de raros a esquizofrénicos: ¿El megáfono con muerte cerebral? ¿Guerracivilandia en ruinas? (¡Por favor! ¿Cómo se hace para vender eso en un kiosco?). Y ese sería todo el problema: sus libros, al menos al principio, no se venderían mucho por estas tierras.

De los doce volúmenes que publicó hasta el momento, solo cuatro están traducidos a nuestro idioma. Para comprarlos, el lector argentino deberá comunicarse con una librería española, desembolsar en euros, pagar embalaje, impuestos de importación, esperar dos meses. 

Y acá se acabaron las bromas. Empiezan los reclamos. Editoriales: por favor, edítenlo. Traductores: por favor, tradúzcanlo. Quizá George Saunders no sea todo lo comercial que se desearía, eso está por verse. Pero escribe el tipo de literatura que necesitamos, la que nos hace comprender a los demás, corregir el mundo.

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