Entrevista

María Rosa Lojo, íntima. “Los traumas de guerra se trasladan generacionalmente”

Por Laura Galarza

María Rosa LojoDetrás de María Rosa Lojo hay una gran biblioteca de madera con puertas de vidrio. “Me la hizo mi marido porque soy alérgica, los libros son un reservorio de ácaros”. Lojo da la entrevista por videollamada desde su casa en Castelar. La misma de su infancia, donde alguna vez su padre plantó un castaño en el jardín como si plantara la bandera española, cuando llegó después de la Guerra Civil Española porque no quería vivir bajo el régimen franquista. “En pandemia recuperé mi conexión con el jardín, lo natural”. 

Lojo creció como si esa casa fuera una pequeña España. No se comía pizza ni pasta, sino paella. Llamaba la atención en la escuela aquella niña que hablaba con la zeta. Siempre estuvo en el horizonte familiar  volver a esa patria. “Mis padres hubieran querido conservarme como un clavel del aire, una planta sin raíces, lista para plantarse en tierra española. Pero yo soy como la planta “ventureira” que nace por azar en una grieta. No estaba previsto que me desarrollara acá, pero ahí quedé y crecí”.

 -¿Podés ubicar ese momento que dijiste soy argentina?

 —Creo que cuando me enamoré de mi marido. Él es un argentino de tercera generación. Era de una colonia alemana de Misiones, tomaba mate. Ahí me di cuenta de que yo iba a echar raíces en la Argentina. Dije, este hombre es el amor de mi vida. Llevamos más de 40 años juntos. Nos complementamos y nos hemos dejado vivir uno al otro. Peleamos por temas, por política, pero no con lo que nos estructura como personas ni con el amor que nos tenemos.

 —¿Cómo fue la reacción en tu familia?

 —. Mis padres ya no estaban bien, mi padre tenía Parkinson y mi madre entró en un proceso depresivo. Se dieron cuenta de que si ellos volvían a España yo me iba a quedar. Este año escribí un testimonio  para un dossier de la Universidad Complutense de Madrid, por el aniversario del exilio republicano español. Y pasó algo inesperado: me centré en la figura de mi mamá de un modo menos doloroso que en mis libros.

Al contrario de papá, que combatió en la Marina de la República, y de su familia, que era republicana en general, la de mi mamá era conservadora. Ella sufrió un episodio traumático: se iba a casar con un primo al que mataron los milicianos al comienzo de la guerra civil. Él estudiaba en el exterior y volvió para casarse, no participaba en política. Pero su madre, muy católica, había escondido a unos curas en el sótano de su casa. Los milicianos los encontraron y  ejecutaron a todos los que había en la casa. Mamá se salvó porque había ido a probarse su vestido de novia. Creo que esa y otras desgracias detonaron en sus últimos años;  entró en una depresión y se intentó suicidar una semana antes de que naciera mi primer hijo, su primer nieto. Estábamos en la misma clínica, ella en terapia intensiva por intento de suicidio y yo por parto. Pasé años elaborando esa tragedia, pero te quedan cicatrices, secuelas. Sucede que los traumas de guerra se trasladan generacionalmente. Yo lo pude procesar en parte a través de la literatura.

Lojo cerró el 2020 con dos premios que distinguen su trayectoria poética: el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía; y la Medalla Europea de Poesía y Arte Homero. “Gracias a eso conocí China, y estoy escribiendo sobre China y las maravillas del mundo. Es un libro poético sobre experiencias subjetivas ante paisajes diferentes. Porque, en definitiva, la poesía es un viaje, es trasladar significados a lugares donde no estaban. Te conduce a otra dimensión, como si hubiera una fisura, una grieta en la percepción y ves el mundo desde otro ángulo”.

—Pareciera que te movés con soltura entre los géneros, y con libertad. 

—Uno de los rasgos de mi carácter es la curiosidad. Lo creativo es la gran aventura de la vida, lo que da intensidad a mi existencia. Y sí, me manejo con mucha libertad interior. Eso te puede acarrear problemas comerciales, no saben dónde clasificarte, pero la libertad no tiene precio. Escribo mucha ficción histórica, contra la que, en ciertos círculos intelectuales, hay un prejuicio. Creo que hay un equívoco con lo que dijo Saer sobre Zama: que la novela histórica no existe porque la reconstrucción del pasado es imposible; que solo construimos una idea del pasado propia del observador. Pero eso es lo que caracteriza a la ficción histórica, así que cuando Saer rebate el género, está contribuyendo a definirlo.

—¿Cuándo decidís que en un dato histórico puede haber un pasaje a la ficción?

—Hay personajes disparadores que me impactan. Es encontrar el hilo de donde tirar para contar. En Así los trata la muerte (que será publicado en Alfaguara durante 2021) veinte años después de Historias ocultas en la Recoleta se me ocurre volver al espacio del cementerio con otros personajes, Victoria Ocampo, Eduarda Mansilla, Camila O´Gorman e imaginar a qué mundo fueron después de morir. Qué dimensión les esperaba. Uno de ellos es Polidoro Segers, un médico que se mete en la primera expedición oficial argentina a Tierra del Fuego, y presencia el inicio de la matanza del pueblo selk’nam, que había vivido 10.000 años en la zona. Polidoro después de su muerte va a una Tierra del Fuego mítica, antes de que estuvieran los blancos. Otro personaje menos conocido, es el primer Jefe de bomberos de Buenos Aires, el gallego José María Calaza, que va al infierno a visitar a Nerón.

—¿Quién lee lo que escribís?

—En las empresas editoriales tuve buenas editoras.  Aparte conté con lectoras como la investigadora Marcela Crespo Buiturón que ha estudiado mi obra, o la crítica y narradora Elsa Ducaroff, mi amiga desde hace muchos años. Necesitamos la mirada del otro, hasta para lo básico: ¿esto se entiende? ¿le llega al lector? Y ahí también es muy útil la opinión de quienes no son profesionales de la lectura.

—¿A qué debería prestarle atención alguien que comienza a escribir?

—Lo primero es leer. Yo empecé a hacerlo antes de la escuela con mi abuela materna. Luego leí la biblioteca de mamá, que había sido librera, para jóvenes y para adultos: Jane EyreMujercitasSinuhé el egipcio del finlandés Mika Waltari,  Marguerite Yourcenar, Simone de Beauvoir, Françoise Sagan. En los programas de la Facultad no se leía a escritoras mujeres, como si fueran de segunda. A Victoria Ocampo la descubrí en la biblioteca de la Facultad: La rama de Salzburgo que es un breve tratado sobre la pasión amorosa, una joyita. Olga Orozco. Sara Gallardo: su Eisejuaz es uno de los libros que más me impactó en mi vida. Antes no había talleres literarios, la gente se educaba leyendo a los grandes escritores. Lo mío fue ensayo y error. Después me presenté a concursos, gané el premio del FNA y el premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires; así me fui afirmando.

—¿Ahora también leés para escribir?

—Los mismos proyectos en los que estoy me llevan a leer. Y un libro te lleva a otro. Para el último libro de cuentos Así los trata la muerte, leí todas las cartas de Eloísa y Abelardo. El último confín de la tierra de Lucas Bridges, hijo de misioneros en Tierra del Fuego. Leí sobre Nerón. Para un ensayo estuve releyendo el Heptamerón de Marechal publicado en 1966, compuesto por varios cantos.

—¿Esta devoción por la historia argentina que es el nervio de tu obra tiene que ver con aquel mandato de no arraigarte?

—Absolutamente. Toda mi literatura fue una reapropiación del lugar donde caí. Tuve que buscarme a mí misma y convertirme en madre de mi patria, parir una patria. La literatura me sostuvo en los peores momentos de mi vida. Tengo un libro de cabecera, Cándido o el optimismo de Voltaire, un libro breve, pero es una gran novela de la resiliencia, y también una crítica a la soberbia humana. Sostiene que nadie tiene acceso al misterio de la vida pero sí cada uno puede modificar su actitud frente a la existencia a través del trabajo creador. Cándido y sus compañeros descubren que “cultivar el jardín” es lo que da sentido a sus vidas. Por mi lado, sigo en mi huerta o mi jardín de libros, desbrozando malezas, enterrando semillas y esperando cosechar cosas mejores. Eso le ha dado siempre sentido a mi vida también.

 

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