A 100 años de su nacimiento

Aurora Venturini: Escribir para olvidar

Por Natalia Neo Poblet

aurora-venturiniAurora Venturini es oriunda de la ciudad de La Plata y nacida en el año 1921, aunque decía que era de 1922 porque nació en el mes de diciembre. Escribía ocho horas diarias porque se jactaba de que era lo único que sabía hacer. Tiene una obra basta, pero recién a sus ochenta y cinco años fue cuando salió a la luz, al presentarse y ganar el Premio de Nueva Novela Página/12, en el 2007, con su novela Las primas. Aquella vez usó como seudónimo el nombre de Beatriz Portinari, musa inspiradora de Dante Alighieri en La divina comedia.

El año pasado, 2020, nos enteramos de que Aurora Venturini se apareció años atrás en la casa de Liliana Viola para anunciarle que la dejaba como heredera de su obra literaria en forma de agradecimiento al llamado que le hizo para anunciarle que había sido la ganadora del concurso de Página/12, ya que ese llamado le dio la felicidad que había estado buscando toda su vida.   

Solía escribir en primera persona. Encarno cada personaje. Me pongo en su piel y desde ahí escribo, comentó en una entrevista realizada por Natu Poblet para el programa de radio Leer es un placer. De hecho, hay una fusión entre Aurora y Yuna: Yuna soy yo, dijo alguna vez Venturini, al estilo de Faulbert cuando en una de las cartas que le escribe a Louise Colet declara: Madame Bovary soy yo.

Los temas recurrentes en sus novelas suelen ser la muerte, embarazos no deseados, abortos, enanos, la incapacidad. Y su relación con la palabra. 

Yuna en Las primas

Yuna, la protagonista de Las primas, prefiere hablar lo menos posible para que los demás no se percaten de su retraso impostado, más que nada por su madre. Una mujer fracasada e ignorante que la somete a un lugar poco prometedor, teniendo una mirada peyorativa hacia ella. 

A Yuna la destaca su fragilidad ante la gramática, su insaciable voluntad por superar su “debilidad mental” y su “minusvalía”. Presenta dificultades con el lenguaje y busca palabras en el diccionario para sostener una fidelidad en el uso de las mismas y poder completar sus frases para hacerse entender. Suele romper la lógica de la sintaxis prescindiendo de puntos y comas. Se le atropellan las palabras y la fatiga el uso de la puntuación. En uno de los pasajes de la novela declara:

(…) si ponía punto o coma perdía la palabra hablada.

Yuna no entiende del todo el significado de las cosas. Se le dificulta leer y hacer uso de la palabra. Habla sin puntuación porque dice que se le escapa la idea: 

Ah…los puntos…fatigan pero adentro de la cabeza ponen ideas tantas que se atropellan y luego ya no sé qué era lo que tenía interés de aclarar (…).

Pero en algún momento comenzó a pintar en cartones alegorías de sus sentimientos sobre algunas escenas familiares que vivía. Mientras conoce a un profesor de pintura que la incita a pintar:

(…) y como me vino la inspiración, pinté a brochazos apresurados motivos atinentes a cuanto ocurrió esa semana trágica, abundante y goyesca. Ya dije que por dentro de mi psiquis sabía detalles y formas, que era muy distinta a la boba de afuera que hablaba sin punto ni coma porque si ponía punto o coma perdía la palabra hablada (…).

Sus cuadros comienzan a llamar la atención y de la mano de ese profesor termina en una exposición.

Así va pasando de la debilidad mental a ser una artista. Se reinventa en el acto de pintar. Pasa de una escritura atropellada, sin puntuación, a un uso más prolijo de la palabra al habitar otro lenguaje, la pintura: 

El profesor dijo que yo no era tarada sino artista plástica ensimismada y que haría una exposición de cuadros en buenos aires y que en la ciudad ya había vendido dos.

Pese al duro comentario de su madre y sostenida por el apoyo de su profesor de pintura, Yuna empieza a exponer en Bellas Artes:

(…) Compré una tela grande para pintar mi mundo”.

“Tenía en mi cabeza líos enormes que volcaba en los cartones (…). Yo sólo vivía para sentarme y pintar y el mundo circundante desaparecía dejándome en una preciosa isla de tonalidades.

Logra inventarse un nombre que le permite ficcionar, armar otra versión de aquello que se le presenta. Ahora es “alguien importante”:

(…) yo ya entraba en un campo cultural aceptable y tanto que en Bellas Artes me ofrecieron suplencias porque el profesor José Camaleón ya se jubilaba. Acepté porque ya dominaba bastante la palabra hablada y trataría de hablar lo menos y pintar lo más.

Donde antes había una minusválida mental, ahora hay una artista:

Qué fatigada estoy por puntuaciones y comas imprescindibles para respirar que de otra manera me ahogaría y no quiero desaparecer hasta no presentar un número importante de pinturas en el salón de Bellas Artes, dijo el profesor que sería una exposición unipersonal es decir de una sola persona que sería quien escribe estos documentos vitales que alguien leerá y se admirará no por lo escrito que carece de estilo literario sino por lo pintado que auguran y que será rimbombante en diarios y revistas y estoy orgullosa de mi obra y de que el profesor me llame niña de la corbata por mi parecido con la señorita melancólica de Modigliani.

La invención

Es recurrente encontrar en las novelas de Aurora Venturini que las protagonistas suelen identificarse en una pintura. En su novela Nosotros, los Caserta, la protagonista refiere: soy la “alegoría de la melancolía” de Alberto Durero, y mi recinto es el mismo entorno del personaje. Así mismo, en su novela Las primas y en Las amigas, la protagonista se identifica con a niña de la corbata de Modigliani: yo era bonita como una chica modelo de Modigliani, “La niña de la corbata”

Tanto en Las primas como en Nosotros, los Caserta, las protagonistas ganan premios en pintura y escritura. Adquieren un reconocimiento por fuera y eso pasa a ser el trampolín para que logren emanciparse de su núcleo familiar y continuar su formación universitaria e intelectual. Mientras en su novela Las amigas, Yuna, la protagonista, ahora de unos 80 años, escribe desde su éxito ya consagrado como pintora. 

Su novela El marido de mi madrastra fue un caso real de minoridad en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor, donde tuvo cargo como asesora y conoció a Eva Perón, con quien trabajó y fue amiga. Aurora Venturini se graduó en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de La Plata

Las amigas: Matilde, Fulvia y Flavia

En su libro Las amigas es Yuna la que escribe, ya siendo adulta, y se sigue fatigando cuando tiene que usar la puntuación. Prefiere no hacerlo al modo de Bartleby, el escribiente.

En este libro nos presenta a Antonella que tiene dieciséis años y que nació en los suburbios de La Plata, en Tolosa. Es quien la ayuda con los quehaceres de la casa. En escena también aparece Matilde, a quien por muchos años había dejado de ver, junto a Flavia y Fulvia, sus otras dos amigas, que son pareja. Las tres se aparecen en la casa de Yuna, ya reconocida como artista plástica, cuya obra se vende en Europa bajo su nombre artístico: Yuna Riglos. Siendo su apellido de “entrecasa” López. 

Yuna entra en diálogo, se le representa en la memoria, la “suicida” de Alejandra Pizarnik a quien conoció en París y relaciona su tartamudez con la de Antonella. 

Durante el libro vamos viendo cómo Yuna se encuentra más cercana a Antonella y a Pizarnik que a sus amigas Matilde, Flavia y Fulvia: 

(…) llego a la conclusión de que no tengo ninguna amistad y bueno mejor dado que el nexo entre persona supone deberes y derechos mutuos y yo no tengo tiempo para cortesías o descortesías y va…

Fulvia

“Fulvia” aparece bajo este nombre como uno de los cuentos incluidos en el libro El marido de mi madrastra, donde nos cuenta que se la encuentra a Fulvia a la salida del Museo de Ciencias Naturales y la invita a su casa. Ella acepta. Fulvia también es pintora, hija de irlandeses, vive sola y ya está jubilada. Conversan sobre el Cronos, la eternidad y, se podría decir, que también sobre la encarnación.

Luego de salir de su casa y no la vuelve a ver. Así parecen ser sus amistades: fugaces. 

Escribir para olvidar

Encuentro en la obra de Aurora Venturini tres pasajes en los que escribe respecto de la necesidad de olvidar. 

Uno de ellos es al final de la novela Las primas, donde dice: Borré. Borré. Borré todo. Mientras que el otro pasaje se encuentra en el cuento “Fulvia”: Debo contarlo todo para olvidarlo todo. Y el tercero es en la novela Las amigas: Sé que mi intento de borrar y borrar ha cumplido su finalidad.  

Frente a esa necesidad de querer olvidar, pienso en un axioma un tanto Nietzschiano: la inocencia del niño viene del hecho de olvidar. No se puede vivir si se recuerda todo. El olvido es necesario y vitalizador.

Olvidar la transporta a la libertad porque es una manera de exorcizarse de las marcas que dejan lo vivido, de esos estigmas maternos, de esos mensajes peyorativos que su madre le inculcó. Si hay algún olvido posible, puede habitar una nueva superficie. 

Esa libertad es la que la lleva a exiliarse de los mandatos y le propicia una salida de lo materno. Podríamos decir que Aurora Venturini vivió dos tipos de exilios. Uno, cuando parte hacia París, tras la Revolución Libertadora, y donde se queda viviendo durante veinticinco años. El otro es la libertad que consigue por la epifanía que le produce comenzar a habitar otro lenguaje: el pintar. La creación, en Venturini, lleva el nombre del exilio. 

Se exilia desterrándose del lenguaje para habitar otra lengua. Esa lengua que viene del saber no sabido. Repatriada en lo político de la lengua porque su escritura es una nueva lengua dentro del lenguaje mismo. Traiciona la lengua materna y comienza a habitar otra lengua: el arte. Su cambio interior pasa a ser íntimo en la apertura al exterior, al pasarlo por otros, al compartir su obra, al hacerla pública:

Sólo escribo para tener memoria de lo vivido pero después solo quemar los papeles que me retrotraen a los tiempos y espacios gastados y estropeados por el correr del Tiempo y del Espacio.

El pasaje es de Las amigas y presenta un arte de vivir: Soy la artífice de mi propio destino. Al olvidar, se inventa. De ser minusválida, se convierte en artista. Y del olvido, renace. 

La escritura en Aurora Venturini como la pintura en Yuna, funcionan como el arte del renunciamiento a sufrir. Le permite pensarse y nombrarse de otras maneras. Renunciar a sufrir requiere una decisión. Venturini lo logra.